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Relatos Ardientes

El marido maduro de mi exdirectora embarazada

Sigo escribiendo mis memorias, esas que solo me atrevo a contar en papel. Anoche vi una escena en una película —dos desconocidos mirándose de más en una pileta— y de golpe volvió a mí un recuerdo de hace unos años, cuando todavía me creía una chica tímida y descubrí que no lo era en absoluto.

Tenía veintitrés años y acababa de rendir las últimas materias de la facultad. Para festejar, me fui con dos amigas a un balneario tranquilo del sur, uno de esos pueblos de cabañas y arboledas donde el verano se mueve despacio. Alquilamos una cabaña con galería y parrilla, y planeábamos no hacer absolutamente nada útil durante tres semanas.

Lo que no esperaba era encontrarme con un fantasma de mi adolescencia. En la cabaña de atrás, separada de la nuestra apenas por un cerco bajo de plantas, se alojaba Adriana, la que había sido directora de mi colegio. Una mujer de unos cuarenta y cinco años, todavía muy linda, de esas que envejecen con elegancia. Estaba con su familia y, por esas vueltas de la vida, otra vez embarazada: tenía la panza enorme, claramente en los últimos meses.

Nos cruzamos la primera tarde y nos saludamos con esa cortesía rara de quien se reencuentra fuera de contexto. Ella me felicitó por la carrera; yo le pregunté por el bebé. Cosas amables. Nada que anticipara lo que vendría después.

***

Esa primera noche salimos a cenar las tres y volvimos tarde. Mis amigas se fueron directo a dormir, agotadas por el viaje. Yo me quedé en la galería terminando una charla por teléfono, con las luces de adentro apagadas y la oscuridad del fondo cubriéndome como una cortina.

Fue entonces cuando los vi.

En la cabaña de Adriana, la luz de la cocina seguía encendida, y la distancia entre una construcción y otra era mínima. Ella y su marido jugaban, se reían bajo. Yo debería haber entrado. En cambio, resguardada por las sombras, me acerqué todo lo que pude al cerco para mirar.

Él estaba inclinado sobre ella, besándole los pechos hinchados, sacando con la lengua las primeras gotas de leche que el embarazo ya le provocaba. Adriana gemía con la cabeza echada hacia atrás. Yo apenas respiraba, pegada a las plantas, con el corazón golpeándome el pecho.

Después la hizo sentarse en una silla y se bajó el pantalón. Y ahí me quedé sin aire.

El hombre era pequeño, delgado, bastante mayor que ella; no parecía gran cosa. Pero lo que liberó entre las piernas no tenía nada que ver con su tamaño. Un destello tenue de la luz de la calle me dejaba ver lo suficiente: ella lo tomó con las dos manos y todavía sobraba un buen pedazo. No puede ser de él, pensé, hipnotizada.

Lo chupó un rato, sin demasiada técnica, y luego se levantó y se apoyó contra la mesa, ofreciéndose. Él intentó entrar despacio. Pero Adriana hizo un gesto de dolor, le dijo algo que no llegué a escuchar, se señaló la panza. La negativa fue clara: el embarazo tan avanzado no la dejaba. Él la abrazó, resignado, y apagaron la luz rumbo al cuarto.

Recién entonces me solté del cerco y entré a mi cabaña, con la respiración entrecortada y un calor entre las piernas que no me dejaba en paz. Eran más de las dos de la mañana. Me metí en la cama, deslicé la mano bajo las sábanas y dejé que mis dedos terminaran lo que esa escena había empezado. Me dormí pensando en lo que ese hombre tan común escondía bajo la ropa.

***

Al día siguiente, en la playa, Adriana me presentó a su marido. Se llamaba Marcelo. Le di la mano con cara de inocente y aproveché la confusión de los saludos entre familias para mirarlo de arriba abajo con un descaro que él no pasó por alto.

Nos ubicamos cerca de ellos. Adriana se pasó la mañana leyendo bajo la sombrilla, una mano siempre sobre la panza. Marcelo, en cambio, no me sacaba los ojos de encima. Cada vez que me levantaba a buscar la pelota o a meterme al agua, sentía su mirada recorriéndome. Y yo, lejos de incomodarme, exageraba cada movimiento.

Al mediodía fui hasta la barra del balneario a buscar bebidas frescas. Marcelo apareció a mi lado como si nada.

—Sos de la ciudad, ¿no? —me dijo—. Se nota que no estás acostumbrada a este sol.

—Me estoy acostumbrando rápido —respondí, mirándolo a los ojos.

Charlamos de bobadas: lo lindo del lugar, qué se podía hacer, los lugares para correr a la mañana. Él entrenaba temprano, me dijo, salía a las siete.

—Yo también corro —mentí—. ¿Te molesta compañía?

Marcelo sonrió de un modo que no tenía nada de inocente.

—Para nada. Te espero en la esquina.

***

A las seis ya estaba despierta, preparando el cuerpo para algo que no era precisamente deporte. A las siete salí de la cabaña en silencio para no despertar a mis amigas. Él me esperaba en la esquina, con una remera ajustada que le marcaba un cuerpo más firme de lo que aparentaba.

Corrimos un par de cuadras hasta la playa y empezamos a trotar por la arena húmeda. A esa hora había gente: jubilados, pescadores, alguno paseando el perro. Pero Marcelo conocía el terreno y, por lo visto, ya tenía un plan. Sin decir mucho, nos desviamos hacia un parque pequeño y arbolado donde no se cruzaba nadie.

De a ratos me hacía adelantarme «para marcar el ritmo», decía, aunque yo sabía perfectamente para qué. Me piropeaba sin disimulo, comentaba cada detalle de mi cuerpo con una soltura de hombre que sabe lo que quiere.

—Hace meses que no toco a mi mujer —me confesó al fin, sin vueltas, con los ojos brillándole—. El embarazo, ya sabés. Estoy desesperado.

No tardé ni un segundo en ofrecerme a calmarle el fuego. Caminamos cinco cuadras más allá del parque y, sobre la mano derecha, aparecieron los carteles de un hotel por horas. Nos miramos y entramos sin decir una palabra.

***

—Démonos primero una ducha —le propuse en cuanto cerró la puerta.

Bajo el agua tibia, Marcelo me tomó los pechos con una urgencia contenida. Era tan bajito que su boca quedaba justo a la altura de mis tetas, y las aprovechó. Este hombre maduro sabía exactamente cómo arrancarle gemidos a una mujer: jugaba con mis pezones mientras una de sus manos bajaba a explorarme entre las piernas, despacio, con paciencia de experto.

No aguanté más. Me arrodillé sobre las baldosas frente a esa entrepierna que llevaba toda la noche obsesionándome. Empecé por los testículos, lamiéndolos uno por uno, y fui subiendo con la lengua a lo largo de toda su extensión. Confirmé con la boca lo que había adivinado en la oscuridad: era enorme, grueso justo en el medio, con una cabeza no tan ancha que me dejaba hundirlo casi entero.

Lo llevé hasta el fondo de mi garganta, subiendo y bajando, y él me sostenía la nuca con las dos manos. Tenía meses de deseo acumulado: no tardó nada en venirse, y me lo tragué todo mientras el agua nos caía encima.

Salimos de la ducha y me llevó a la cama. Me puso en cuatro y empezó a pasarme la lengua por la espalda, por las nalgas, bajando despacio hasta donde yo lo necesitaba. Sus manos se sumaron a su boca, abriéndome, jugando, mientras murmuraba lo bien que respondía mi cuerpo a cada caricia. Para cuando me di cuenta, yo me estremecía contra las sábanas, mordiendo la almohada para no gritar, estallando en el primer orgasmo de la mañana.

—Date vuelta —le pedí, sin aliento.

Pero él tenía otros planes. Se acomodó detrás de mí y entró despacio, primero para acostumbrarme, después con todo. Me agarró de la cintura y empezó a embestir con una fuerza que no le calzaba al cuerpo flaco. La habitación se llenó del ruido de la piel y de mis gemidos ahogados. Cuando se descargó dentro de mí, lo sentí temblar entero, aferrado a mi espalda.

Se fue al baño a darse otra ducha. Yo me quedé ahí, boca abajo sobre las sábanas revueltas, todavía recuperándome, sintiendo el cuerpo flojo y satisfecho.

***

Cuando volvió, hizo el gesto de empezar a vestirse. No se lo permití. Lo tomé de la mano y lo arrastré de nuevo a la cama.

—Todavía no terminamos —le dije.

Le ofrecí otra vez los pechos para que los disfrutara a gusto, y después bajé a regalarle una nueva mamada, lenta, hasta que volvió a ponerse duro. Entonces fui yo la que mandó. Me senté sobre él de una sola vez, hundiéndolo entero, y empecé a cabalgarlo mirándolo a los ojos.

—No quiero dejarte embarazada —jadeó, preocupado de golpe.

—Hace dos días que terminé el período —le contesté sin frenar el ritmo—. No te preocupes por nada.

Esas palabras fueron como soltarle la correa. Me agarró de las caderas y empujó hacia arriba mientras yo bajaba, y así, entre los dos, fuimos subiendo hasta llegar juntos al final. Lo sentí vaciarse dentro de mí justo cuando un segundo orgasmo me recorría de la cabeza a los pies.

Nos quedamos un rato abrazados, recuperando el aire, riéndonos de lo absurdo de la situación. Después nos vestimos, salimos del hotel y volvimos trotando como si de verdad hubiéramos ido a correr.

Esa misma tarde, en la playa, saludé a Adriana con la mejor de mis sonrisas y le pregunté, otra vez, por el bebé. Ella me agradeció, ajena a todo. Marcelo, a su lado, me sostuvo la mirada apenas un segundo de más.

Me retiré hacia mi sombrilla más que satisfecha, con el cuerpo todavía caliente y un amante asegurado para las tres semanas de vacaciones que recién empezaban.

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Comentarios(5)

LectNocturno

Buenisimo!!! me quede sin palabras al final

Curiosa_1987

Por favor seguila, dejo todo en suspenso y quede con ganas de mas

suspiro_lector

los maridos callados siempre guardan algun secreto jaja. muy bueno

Emilio_Cordoba

Me gusto mucho como esta narrado, esa tension del principio se va construyendo de a poco y cuando llega el momento... buf. Buen trabajo

MarcelaRio

Jaja las apariencias engañan siempre. Me recordo a un vecino que tuve hace años, esas cosas pasan mas seguido de lo que uno cree

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