Lo que el padre de mi novio me hizo en la boda
La boda de Lorena, la hermana de mi novio, llevaba meses en preparación. Yo estaba entusiasmada desde el primer momento, porque siempre me han encantado esas celebraciones: los preparativos, los nervios de última hora, el vestido, todo. Y como era la persona de confianza de Lorena, terminé acompañándola en cada detalle de esa semana interminable.
Llevaba dos años saliendo con Mateo. Sus padres me adoraban, eso nunca lo oculté ni ellos tampoco. Su madre me trataba como a una hija; su padre, Ricardo, me trataba de otra forma. Un hombre de poco más de cincuenta años, elegante, de esos que entran a un salón y todos giran la cabeza. Siempre correcto, siempre amable, con un matrimonio que parecía perfecto. Pero yo notaba cómo me miraba cuando creía que nadie se daba cuenta.
Y a mí me gustaba que lo hiciera. No voy a fingir lo contrario. Provocar siempre me ha divertido, y con Ricardo el juego tenía un sabor distinto, porque estaba prohibido desde el primer segundo.
El día de la ceremonia salió impecable. Lorena estuvo tensa hasta el último minuto, así que antes de entrar nos tomamos una copa para soltar los nervios. Ella apenas la probó. Yo, en cambio, no me quedé en una. Cuando llegó la fiesta, ya tenía esa calidez en el cuerpo que vuelve todo más ligero y más atrevido.
Mateo no me soltó la mano en toda la noche, pero tampoco soltó la botella. Bebía como si el mundo se fuera a acabar. Yo llevaba un vestido corto, ajustado, de esos que obligan a medir cada movimiento, y bailaba pegada a él rozándolo a propósito. No lo hacía solo por Mateo. Sabía perfectamente que del otro lado del salón había unos ojos que no se despegaban de mí.
Ricardo me observaba desde su mesa con una copa en la mano y una expresión que intentaba disimular y no lograba. Yo le sostuve la mirada más de una vez. Me mordía el labio, giraba apenas las caderas, y él tragaba saliva. Un par de veces, mientras bailaba, me llevé una mano al muslo y subí el borde del vestido apenas un centímetro, lo justo para que él viera y nadie más. Sabía perfectamente que se estaba imaginando lo que había debajo, y me gustaba que se le marcara el bulto en el pantalón cuando cruzaba las piernas. Era un juego silencioso que solo nosotros dos entendíamos, y me encantaba ganarlo.
Sabe que lo provoco. Y le encanta.
La noche avanzó y Mateo pasó de prometerme cosas al oído a quedarse dormido en una silla, con la cabeza colgando y una sonrisa de borracho feliz. Era costumbre en él. Cuando bebía de más, se apagaba como una luz y no había forma de despertarlo en horas.
Mientras los últimos invitados se despedían, Ricardo se acercó a mí. Estaba pasado de tragos también, pero se notaba que aguantaba mejor que su hijo. Nos quedamos hablando un buen rato, de la boda, de Lorena, de cualquier cosa. Había algo distinto en esa conversación, una tensión que ninguno de los dos nombraba pero que llenaba el aire.
Cuando empezaron a recoger el salón, él acompañó a su esposa hasta el auto y la dejó en casa, porque ella también estaba agotada. Después volvió por nosotros. Yo ya tenía mis cosas listas. Entre los dos cargamos a Mateo hasta la parte de atrás de la camioneta; no reaccionaba, murmuraba algo y volvía a dormirse. Lo acomodamos lo mejor que pudimos y cerramos la puerta con cuidado.
Nos quedamos un momento de pie, junto a la camioneta, bajo las luces tibias que todavía colgaban en la entrada del salón.
—Perdona a mi hijo —dijo Ricardo, pasándose una mano por el pelo—. Cuando bebe se pone así. Va a dormir hasta mañana al mediodía.
—Sí, ya lo conozco —respondí, y solté una risa floja—. Lo peor es que esta noche yo necesitaba que cumpliera. Estoy con muchas ganas.
Lo dije sin pensarlo del todo, empujada por el vino y por el juego. Teníamos confianza, sí, pero esa frase cruzó una línea y los dos lo supimos en el acto.
Ricardo me miró un segundo de más antes de hablar.
—Una mujer como tú no debería quedarse nunca con las ganas.
—La verdad es que Mateo hace lo que puede —dije, encogiéndome de hombros con una sonrisa—. No siempre alcanza. Se corre rápido, se duerme antes de que yo empiece de verdad. Hace meses que no me deja bien follada.
—Entonces no salió a su padre.
Esa respuesta me prendió por completo. Sentí el calor subirme por el cuello, y algo más abajo también, un tirón claro entre las piernas. Lo miré directo a los ojos, decidida a no dejar el juego a medias.
—Eso tendría que comprobarlo —dije.
No contestó. Solo abrió la puerta y se subió al asiento del conductor. Por un instante pensé que lo había arruinado, que se había asustado. Subí al lado de él con el corazón golpeándome el pecho y las bragas mojadas pegadas al coño.
Y entonces lo vi. No había nada que comprobar: él ya había decidido por los dos.
***
Arrancó sin decir palabra, con una mano en el volante. Con la otra me sostuvo la nuca y me atrajo hacia él. Yo tampoco dije nada. Con Mateo durmiendo a unos centímetros, en la oscuridad de la camioneta, me incliné sobre Ricardo y lo dejé guiarme.
Le abrí el cinturón con dedos torpes y le bajé el cierre. Cuando le saqué la polla por encima del bóxer, la boca se me abrió sola. Era gruesa, dura como una piedra, más larga que la de Mateo y con las venas marcadas. La tenía ya mojada en la punta, un hilo brillante colgando del glande que atrapé con la lengua antes de metérmela entera. Sabía a hombre, salada, caliente, y ese primer contacto me hizo apretar los muslos.
—Joder —susurró, apretando el volante—. Así, despacio.
Empecé despacio, chupándole solo la cabeza, jugando con la lengua alrededor del glande, dejando que la saliva le corriera por el tronco. Después bajé hasta los huevos y se los lamí uno por uno, sin dejar de acariciarle la polla con la mano. Él respiraba por la nariz, largo y hondo, tratando de mantener la cabeza en la carretera vacía. Yo lo miraba de reojo y me gustaba verlo así, aguantando, ese hombre elegante que en la iglesia había estado impecable y ahora tenía a la novia de su hijo mamándosela camino a casa.
Volví a subir por el tronco y me la metí hasta el fondo, hasta que la punta me golpeó la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas. La saqué con un sonido húmedo, tragué saliva y volví a hundirla. Otra vez. Y otra. Con las dos manos apoyadas en su muslo, empecé a mamársela con ganas, chupándole fuerte, apretando los labios, moviéndome de arriba abajo con un ritmo que le sacó el primer gemido ronco.
Era distinto a su hijo. Todo en él lo era. La forma de tomarme, la calma con la que manejaba mientras yo me hundía en su regazo, la seguridad de un hombre que no tenía nada que demostrar y por eso lo demostraba todo. Lo hice despacio primero, después con ganas, ahogada, sin aliento, mientras él respiraba hondo y mantenía la vista en la carretera vacía. Sentía la polla palpitarme dentro de la boca, cada vez más hinchada, cada vez más caliente.
—Vas a hacer que te llene la boca ahora mismo —murmuró, poniéndome una mano en la nuca.
No lo dejé terminar. Quería más. Quería sentirlo dentro, comprobar de verdad lo que había insinuado con tanta arrogancia. Le solté la polla con un beso húmedo en la punta y me limpié los labios con el dorso de la mano.
—Todavía no —le dije bajito—. Todavía no me la quiero perder.
Él soltó una risa entre dientes, apretó el volante y aceleró.
Después de unas cuadras detuvo la camioneta a un costado de la calle, en una zona oscura y desierta. Se giró hacia atrás para asegurarse de que Mateo seguía profundamente dormido. Lo estaba: ni siquiera se había movido, respiraba pesado, con la boca abierta.
—No aguanto más —dijo en voz baja, casi un gruñido—. Ven aquí.
Me pasó de mi asiento al suyo de un solo movimiento, como si no pesara nada. Me subió el vestido de un tirón hasta la cintura y me arrancó las bragas empapadas de un lado; sentí la tela ceder y él las tiró al piso sin mirar. Me acomodó sobre él a horcajadas y, en esa cabina estrecha, con el techo rozándome la cabeza y el cuerpo de mi novio dormido a un metro escaso, guio la punta de la polla contra mi coño y me empaló despacio, centímetro a centímetro, hasta que me la metió entera.
Tuve que morderme la mano para no gritar. Me abrió por dentro de una manera que no conocía. Era gruesa, larga, y me llegaba a un fondo que Mateo nunca me había tocado. Sentí la diferencia de la que tanto había presumido y no me quedó duda de qué había querido decir con eso de no haber salido a su padre.
—Tranquila —me susurró al oído, con las manos firmes en mis caderas—. Despacio. No lo despiertes.
Empecé a moverme sobre él conteniéndome, subiendo y bajando lento, sintiéndolo entrar y salir, apretándolo con el coño cada vez que lo tenía dentro hasta el fondo. Él me subió el vestido más arriba, me bajó el sujetador de un tirón y se me llevó una teta a la boca. Me chupó el pezón fuerte, jugando con la lengua, y yo tuve que ahogar un gemido contra su hombro.
—Qué apretada estás —murmuró contra mi piel—. Qué caliente. Le tenías ganas a esto, ¿verdad?
—Sí —susurré con los ojos cerrados—. Hace meses que te las tenía.
—Lo sabía. Cómo movías el culo en la pista. Cómo me mirabas.
Me agarró de las nalgas con las dos manos y empezó a marcarme el ritmo, empujándome contra él desde abajo, follándome desde adentro con embestidas cortas y hondas que me arrancaban el aliento. Cada vez que subía, él me esperaba y me clavaba la polla hasta el fondo. Yo me mordía los labios, gemía bajito contra su cuello, reprimiendo cada sonido que me nacía del cuerpo. Y eso, en lugar de frenarme, me encendía más. El silencio obligado, el miedo a que Mateo abriera los ojos, el morbo de tener al padre y al hijo en el mismo espacio, la polla del suegro llenándome mientras el hijo roncaba a un palmo: todo se mezclaba en una sola corriente que me recorría entera.
—Nada que ver con tu hijo —le dije al oído, sin pensar, llevada por el momento—. Me estás partiendo en dos.
—Hay cosas que solo se aprenden con los años —respondió, sosteniéndome de las caderas con las dos manos, marcándome el ritmo—. Y a tu novio le queda mucho por aprender.
Me clavó una embestida más honda y no pude evitar un gemido. Él me tapó la boca con la mano.
—Chsss. Que se despierta.
Yo lo miré por encima de su mano, con los ojos vidriosos, y le lamí la palma sin dejar de moverme. Ricardo apretó los dientes y me dio la vuelta ahí mismo, en esa cabina imposible, hasta dejarme apoyada de espaldas contra la puerta, con una pierna doblada sobre el asiento y la otra contra la palanca de cambios. Se acomodó entre mis piernas y me la volvió a meter de una embestida, esta vez con más fuerza.
Yo apoyé la nuca en el vidrio frío. Cada vez que giraba apenas la cabeza, alcanzaba a ver la silueta de Mateo dormido en el asiento de atrás, y eso, lejos de detenerme, me empujaba más adentro de aquella locura. Ricardo me follaba despacio pero hondo, con una precisión que me hacía apretar los muslos alrededor de su cintura. Me metió dos dedos en la boca y yo se los chupé como le había chupado la polla, mirándolo a los ojos. Después bajó esa mano y con el pulgar mojado empezó a rozarme el clítoris a la vez que me embestía.
—Te vas a correr en la polla de tu suegro —susurró—. Y no vas a hacer ni un ruido.
Asentí porque no me salía la voz. Sentía el orgasmo subir desde muy adentro, un latido caliente que me apretaba el vientre. Era lo más prohibido que había hecho en mi vida y no quería que terminara.
—No hagas ruido —repitió él, con la voz quebrada—. Aguanta un poco más. Aguanta conmigo.
Me clavó la polla entera y se quedó ahí, moviendo apenas las caderas, moliéndome el clítoris con el pubis. Me corrí en silencio, mordiéndole el hombro por encima de la camisa, con el coño apretándole la polla en espasmos que él sintió porque soltó un gemido ronco contra mi pelo.
—Así —murmuró—. Así, apriétame.
No sé cuánto duró. El tiempo se volvió un solo latido sostenido dentro de esa cabina. Cuando él ya no pudo más, sacó la polla de golpe y se corrió sobre mi vientre y mis muslos, chorros calientes que me salpicaron la piel mientras yo temblaba todavía por lo mío. Me abrazó fuerte contra su pecho y se quedó así, conteniendo el aliento, la polla goteando entre nosotros, mientras yo temblaba en silencio con la cara escondida en su cuello.
Después nos quedamos quietos, los dos respirando agitados, recuperando el aire poco a poco. Atrás, Mateo seguía durmiendo como si nada, ajeno por completo a lo que acababa de pasar a un palmo de él.
Ricardo agarró un pañuelo de la guantera y me limpió el vientre con una delicadeza que no esperaba. Después me apartó un mechón de pelo de la cara con la misma calma.
—Esto no debería haber pasado —dijo, aunque su tono no sonaba arrepentido.
—No —respondí—. Pero pasó. Y va a volver a pasar.
Él sonrió apenas y no me contradijo.
Volví a mi asiento, me acomodé el vestido y me miré en el espejo retrovisor. Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes y los labios hinchados de tanto morderme. Todavía sentía la polla de Ricardo dentro, un eco caliente entre las piernas. Ninguno de los dos volvió a hablar en lo que quedó de camino.
***
Mateo despertó al día siguiente pasado el mediodía, con una resaca monumental y sin recordar absolutamente nada de la noche. Me preguntó si la había pasado bien en la boda. Le dije que sí, que había sido una fiesta preciosa, y le serví un café.
Con Ricardo no hablamos del tema durante días. Hasta que volvimos a cruzarnos en una comida familiar y, en un descuido, en el pasillo que daba a la cocina, su mano encontró mi cintura, después subió por debajo de la falda y comprobó, con dos dedos, que ya estaba mojada solo de verlo. Su boca encontró mi oído y me susurró que esa noche iba a inventar una excusa para pasarse por casa cuando Mateo estuviera trabajando. No hizo falta decir nada más.
Lo que empezó esa noche en la camioneta se prolongó bastante más de lo que cualquiera de los dos habría admitido. Tardes enteras en hoteles a las afueras, polvos rápidos en el baño de restaurantes, mensajes que borraba en cuanto los leía. Él, el suegro perfecto del matrimonio perfecto. Yo, la novia de su hijo, con las bragas siempre listas para él. Siempre me han gustado los hombres maduros, y Ricardo me enseñó por qué: por cómo folla uno que ya sabe exactamente lo que hace.
A veces, cuando los tres coincidíamos en la misma mesa, yo lo miraba a él por encima del hombro de Mateo y sonreía para mis adentros, sintiendo todavía las marcas que me había dejado en las caderas la noche anterior. Algunos secretos pesan. Otros, los que se eligen con plena conciencia, se llevan como una joya escondida bajo la ropa: solo tuya, solo de quien la comparte contigo, brillando en silencio justo donde nadie más puede verla.





