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Relatos Ardientes

El hombre mayor que espié tras la puerta entreabierta

Nunca pensé que mi tesis de arquitectura iba a terminar entre los pasillos de una residencia de ancianos. Cuando elegí el tema —«Espacios de cuidado y bienestar para la tercera edad»— me lo imaginé limpio y manejable: leer un poco, dibujar planos, entrevistar a dos o tres especialistas y listo. Algo que pudiera resolver desde mi escritorio, con un café al lado y los auriculares puestos.

Pero mi tutora no opinaba lo mismo. Insistió en que tenía que habitar el espacio, sentirlo, entenderlo desde adentro y no desde los libros. Por eso, desde hacía casi dos meses, visitaba la Residencia Los Almendros tres veces por semana.

Al principio llegaba tan nerviosa que no sabía dónde poner las manos ni cómo saludar. El olor a desinfectante mezclado con el perfume dulzón de las flores artificiales me golpeaba siempre apenas cruzaba la puerta. Con las semanas dejé de notarlo. O quizá me acostumbré, que no es lo mismo.

Cargaba una libreta llena de notas, grabaciones de voz y bocetos torcidos. Me gustaba fijarme en las cosas chicas: las esquinas mal iluminadas, los pasillos demasiado largos, el jardín que todos decían que alguna vez había sido hermoso y que ahora estaba abandonado por falta de personal.

Los residentes ya me conocían. Algunos me saludaban con la mano desde la galería; otros me pedían que les leyera mis avances aunque no entendieran nada de planos. Yo lo hacía igual. Me gustaba verles iluminarse los ojos cuando imaginaban un lugar más bonito para vivir lo que les quedaba.

Me presentaba en recepción, firmaba un cuaderno viejo y siempre me recibían con una sonrisa un poco cansada, de gente que hace lo mismo desde hace años.

Ese día me tocaba relevar el pasillo de las habitaciones del ala norte. Iba anotando la distancia entre puertas, la ubicación de los enchufes, la altura de los pasamanos. La mayoría de las puertas estaban cerradas, una tras otra, hasta que llegué a la última.

Estaba entreabierta. Unos pocos centímetros, nada más. Sin pensarlo, casi por reflejo de quien anota todo, me asomé por la rendija.

Adentro, la habitación estaba en penumbra, con apenas la luz anaranjada de la tarde entrando por la ventana. Y ahí, de pie en el centro del cuarto, había un hombre. Estaba de espaldas a la puerta, y solo llevaba la ropa de andar por casa más mínima posible.

Fue un instante, pero se estiró como si durara una hora. Un segundo de ver algo que no me correspondía ver. Algo privado, que no era para mí.

Me eché hacia atrás de golpe, separándome de la puerta como si quemara. El corazón me latía contra las costillas. Sentí que había cometido un error enorme, una invasión imperdonable. Respiré hondo intentando calmarme, pero ya era tarde.

Desde dentro de la habitación se oyeron pasos acercándose.

Y la puerta se abrió del todo.

Él quedó ahí, parado en el umbral. Yo me congelé, convencida de que no había manera de explicar lo inexplicable.

Era un hombre de contextura grande, sólida. No flaco, pero tampoco pesado: ancho de hombros, de pecho amplio, de esos que llenan el marco de una puerta sin proponérselo. La piel le quedaba salpicada de vello blanco y fino. Tendría poco más de sesenta, con el pelo todavía espeso y completamente cano.

Que lo descubriera lo había sorprendido, pero no parecía enojado. Solo me miraba, con una expresión cansada y a la vez expectante, como si esperara que yo dijera algo coherente. Yo, en cambio, sentía que la cara me ardía. No sabía dónde dejar los ojos. Sostenerle la mirada me parecía un atrevimiento todavía mayor, así que, en un acto de pura vergüenza, bajé la vista al piso buscando una salida.

Fue un movimiento rápido, instintivo. Pero en ese descenso forzado, mis ojos pasaron por delante de él antes de llegar al linóleo. Y lo vi. No quise verlo, pero lo vi: una fracción de segundo, un detalle que no busqué y que igual se me metió adentro, antes de que con un esfuerzo enorme clavara la mirada en mis propios zapatos.

—Perdón —logré decir, con la voz estrangulada—. La puerta estaba abierta… soy la estudiante, la de la tesis.

Él no dijo nada por un momento. Yo seguía mirándome los zapatos, sintiendo el ardor subirme por el cuello, con la imagen recién impresa en la cabeza.

—Ya —respondió al fin, con esa voz grave y tranquila—. Pues si andás anotando cosas, anotá que esta habitación tiene corrientes de aire. El radiador no calienta nada y de noche se siente.

Su tono era práctico, como si le estuviera reportando una falla a mantenimiento. Como si mi vergüenza, mi intrusión, fueran completamente irrelevantes. Eso, no sé por qué, me desarmó todavía más.

Oyendo sus pasos, me animé a levantar apenas la vista. Él ya se daba vuelta con una naturalidad que me dejó atónita. Caminó hacia el interior, tomó una bata del respaldo de una silla y empezó a ponérsela, con movimientos lentos y precisos, sin ninguna prisa.

—No… no vuelvo a molestar —murmuré, ya retrocediendo por el pasillo.

Él no se dio vuelta. Solo asintió levemente, como si ya hubiera olvidado que yo seguía ahí.

No esperé un segundo más. Giré sobre los talones y me alejé casi corriendo, dejando atrás la habitación 14 lo más rápido que pude sin parecer una loca escapando de algo.

***

Pasé toda la semana sin volver a Los Almendros. Me refugié en otras partes de la tesis, en la biblioteca, en las planillas de relevamiento que podía completar desde casa. Casi logré convencerme de que no había pasado nada.

La noche anterior a mi siguiente visita, mientras guardaba la libreta en el bolso, el recuerdo volvió de golpe. La puerta entreabierta, él parado en el centro del cuarto, la penumbra naranja. Me dio tanta vergüenza recordarlo que me reí sola en mi pieza, una risa nerviosa, incrédula. ¿En serio me pasó eso?, pensé.

Pero esa noche soñé con él.

Soñé que estaba otra vez frente a su puerta. Él estaba ahí, igual que la primera vez. Pero en el sueño se acercaba a mí, despacio, y me tomaba la mano sin pedir permiso. Me la apoyaba contra su pecho ancho, y yo sentía el calor de su piel y el latido pausado debajo. Me miraba a los ojos sin decir nada. En el sueño, un calor lento me subía por todo el cuerpo, y unas ganas raras, nuevas, que no supe nombrar.

Me desperté de golpe, jadeando. Estaba acalorada, con las sábanas pegadas a la piel y la entrepierna húmeda. Ya no me causaba gracia. Era una confusión pesada, densa, que convertía la idea de volver a la residencia en un nerviosismo distinto a todos los anteriores.

Me quedé un rato quieta en la cama, mirando el techo. Todo el cuerpo seguía caliente, y la sensación de su mano sobre la mía no se iba. Me sentía confundida y, al mismo tiempo, excitada. Y esa parte, por más que quisiera, no se me pasaba.

Siempre fui bastante normal con esto. Cuando estoy sola y tengo ganas, a veces veo algo en el teléfono, nada especial, solo para sentirme bien y pasar el rato. Pero eso era lo de siempre, lo conocido. Y lo que sentía ahora no se parecía en nada a lo de siempre.

Todavía en la cama, estiré la mano hasta el teléfono. Sabía perfectamente qué quería buscar, aunque me costaba admitírmelo a mí misma. Escribí «hombres mayores» en la barra y le di buscar antes de arrepentirme.

Aparecieron videos. Hombres con canas, con cuerpos que ya no eran jóvenes, anchos, sólidos, con la espalda poblada de vello blanco. Como él. Me puse más colorada todavía, pero sentí también un tirón cálido y profundo en el vientre. Toqué uno al azar y le di play.

En la pantalla, un hombre grande, de pelo blanco, acariciaba despacio a una mujer. Tenía las manos anchas, firmes, y no iba con apuro por nada. Yo, en cambio, sentía un apuro terrible, una urgencia que me sorprendió a mí misma. Me estaba humedeciendo solo de mirarlo moverse.

Dejé el teléfono a un lado, boca abajo sobre el colchón. Me bajé el short y me llevé la mano entre las piernas. Cerré los ojos y, en lugar del hombre del video, volví a verlo a él. Parado en el umbral, mirándome con esa calma cansada. En mi cabeza ya no estaba yo sola: él estaba ahí, con esas manos grandes, y era como si fueran las suyas las que me recorrían.

Mis dedos se mojaron casi al instante. Me acaricié con presión, en círculos, buscando el punto que conozco bien. Pero esta vez no era solo mi cuerpo: era su imagen ocupándome la mente. Lo imaginaba acercándose en la penumbra, imaginaba su mano ancha cubriendo la mía, guiándola, y era el calor de su piel lo que sentía bajo los dedos, no el mío.

Jadeé contra la almohada, con las piernas abiertas y las rodillas temblando. El calor se me concentraba en el bajo vientre, cada vez más apretado, más insistente. Me imaginé que él me miraba fijo mientras yo hacía esto, esos ojos tranquilos clavados en mí, sin reproche y sin apuro. La idea me prendió fuego. Hundí dos dedos despacio, imaginando que era él quien estaba ahí conmigo.

Se me escapó un gemido contra la tela. Ya estaba cerca, lo notaba subir. Me froté más rápido, en el punto justo, y en mi cabeza él ya estaba inclinado sobre mí, su peso y su tamaño envolviéndome entera. Fue esa imagen, la de él mirándome sin decir nada, la que terminó de empujarme al borde.

Un temblor largo me recorrió de los muslos a la nuca y me vine, mordiendo la almohada, apretando las piernas alrededor de la mano. El placer fue intenso, sostenido, y me dejó sacudida y sin aire durante varios segundos.

Después me quedé quieta, con la respiración lenta volviendo a su sitio y el techo otra vez ahí arriba, igual que antes. Solo que nada estaba igual que antes.

Porque el problema, ahora, era mucho peor. En dos días volvía a Los Almendros, con mi libreta y mis bocetos torcidos. Y no tenía la menor idea de cómo iba a hacer para mirarlo a la cara después de esto.

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Comentarios(6)

LauraV87

Que manera de arrancar con ese primer segundo que te marca para siempre... me engancho desde la primera línea. Muy buen relato!!

RoloPuntano

buenisimo, me dejo con ganas de mas. Seguí escribiendo porfavor

ClaudinaBaires

Me encanto como describe esa sensacion de algo que te queda grabado para siempre. Se nota que escribis con ganas y eso se siente en cada párrafo. Excelente!

Nacho_BA

Muy bueno!!! La intriga desde el principio te atrapa y no te suelta

MikeBA_lector

no me esperaba ese giro hacia el final, tremendo. Muy buen trabajo

Paloma_sf

Por favor que haya segunda parte!!! el excerpt ya me atrapo, imaginate leerlo completo jaja. Quedé con demasiada intriga

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