El hombre maduro que me esperaba en la piscina
Me llamo Carolina, tengo treinta y dos años y mi cuerpo siempre fue un mapa de contradicciones que aprendí a llevar con una mezcla de pudor y desafío. El pelo negro y rizado, con mechas castañas que destellan como cobre bajo la luz, es mi orgullo. Lo demás lo discuto conmigo misma cada mañana frente al espejo: las tetas pequeñas de pezones oscuros y siempre despiertos, el vientre suave que nunca persiguió ninguna perfección, las caderas anchas y el culo grande y redondo que atraen miradas que durante años me incomodaron. Solo con el tiempo descubrí que esas miradas, cuando yo decidía permitirlas, me daban una forma de poder que no sabía que quería.
Los domingos al mediodía eran mi refugio, un ritual sagrado. Me despertaba tarde, envuelta en el calor de las sábanas, con el aroma del café filtrándose desde la cocina. Después iba a la piscina cubierta del barrio, donde el agua templada me aliviaba el dolor crónico de la espalda. Me ponía mi bañador azul marino, de tela brillante que se ajustaba como una segunda piel, marcándome el coño y clavándoseme entre las nalgas, y nadaba largos hasta que el mundo se reducía al murmullo del agua contra mis oídos.
A esa hora casi no había nadie. Por eso lo noté la primera vez: un hombre que entraba justo cuando yo llevaba media rutina, se metía en la calle de al lado y nadaba con una brazada lenta y segura, sin prisa. Tendría unos cincuenta y cinco, quizá sesenta. La piel morena le brillaba como cuero pulido, el pelo entrecano todavía espeso, el cuerpo robusto sin ser pesado, de esos que hablan de una vida entera de trabajo y no de gimnasio. Y un bulto en el bañador negro que la primera vez que le miré me hizo tragar saliva y apartar la vista con las mejillas ardiendo. Lo había visto alguna vez en el pueblo de mi padre, una cara conocida sin nombre.
Durante semanas no nos dijimos nada. Solo eso: dos cuerpos compartiendo el agua en silencio, cruzándose en los virajes, midiéndose con esa cortesía tensa de quienes saben que se están mirando y fingen que no. Yo empecé a esperar los domingos por él más que por la espalda. Es absurdo, me decía. Le saco veinte años, ni siquiera sé cómo se llama. Pero los jueves ya pensaba en el bañador azul, y los sábados me depilaba con más cuidado del que admitía, dejándome el coño liso como el de una cría y las ingles perfectas, imaginando que él bajaba la boca hasta ahí. Alguna noche me toqué pensando en su verga apretada contra la tela negra, metiéndome dos dedos hasta el fondo y mordiendo la almohada para no gritar el nombre que ni siquiera conocía.
Aquel domingo el aire estaba espeso de humedad y olor a cloro. Nadaba de espaldas, perdida en el vaivén de mis brazos, cuando un desplazamiento del agua me avisó de que él había entrado. No abrí los ojos. Seguí flotando, dejando que se acercara, consciente de cada centímetro de piel que el bañador dejaba a la vista, de los pezones duros contra la tela, del coño que ya latía por debajo. Cuando terminé y fui hacia la escalerilla, lo sentí detrás, sin tocarme todavía, con esa cercanía que es una pregunta.
Subí el primer peldaño. El metal estaba frío bajo mis pies. Me incliné un poco, ofreciéndole sin querer queriendo la curva del culo, y entonces sus manos —grandes, cálidas, ásperas de trabajo— se posaron en mi cintura. No me sujetaron. Me sostuvieron, como quien ofrece equilibrio. Me quedé quieta. Podría haber subido. No subí.
—Llevo meses preguntándome si algún día te ibas a dar la vuelta —dijo, con una voz grave que vibró contra mi nuca.
Me di la vuelta. Estábamos a un palmo, el agua hasta nuestras cinturas, su pecho ancho goteando frente a mis ojos. Olía a cloro y a una loción de afeitar especiada, un olor que me revolvió el estómago de una manera que no tenía nada que ver con el asco. Por debajo del agua sentí, sin mirar, el bulto duro de su polla rozándome el vientre.
—Carolina —dije, ofreciéndole mi nombre como quien baja una guardia.
—Andrés. —Sonrió despacio—. ¿Quieres que pare?
Negué con la cabeza antes de pensarlo. Y esa pequeña honestidad, ese «no» a la pregunta correcta, fue lo que rompió todo lo que llevaba meses conteniendo.
***
Me besó con una calma que me desarmó, sin la torpeza ansiosa de los hombres de mi edad. Una mano subió por mi espalda hasta la nuca, la otra se quedó firme en mi cadera, y me apretó contra él lo justo para que sintiera lo que provocaba. Su verga estaba dura como una piedra dentro del bañador, y al aplastarme contra su vientre me arrancó un gemido bajo que se le hundió en la boca. Yo, que había imaginado tantas versiones de ese momento en la ducha de los vestuarios, me encontré de pronto sin guion, llevada por el peso de sus manos, con los pezones tan duros que dolían y el coño empapado por debajo del bañador y el agua.
—Aquí no —murmuré contra su boca—. Hay cámaras en el techo.
Andrés se rió por lo bajo, ese sonido de hombre que no tiene prisa por nada.
—Entonces vístete —dijo—. Te invito a comer y decidimos sin agua de por medio.
No fuimos a comer. En el aparcamiento, junto a su coche, volvimos a besarnos como adolescentes, y él me metió una mano por debajo del vestido y directamente dentro del bañador, palpándome el coño mojado con dos dedos gruesos que me abrieron los labios y me sacaron un jadeo pegado a su boca. Media hora después estábamos en su casa, una vieja casa de pueblo con las persianas bajas y el sol entrando en franjas doradas por las rendijas. Me quitó el vestido que me había puesto sobre el bañador todavía húmedo, despacio, mirándome el cuerpo entero con una atención que me hizo sentir hermosa en lugar de expuesta.
—Ese culo me ha vuelto loco desde el primer domingo —dijo, las manos amasando mis caderas con una rudeza que yo había deseado—. ¿Lo sabías?
—Lo sabía. —Sonreí—. Por eso seguía yendo.
Bajó los tirantes del bañador y me lo peló hasta la cintura de un tirón. Se me cayeron las tetas contra el aire fresco y él bajó la boca sin dudar, chupándome un pezón entero, mordiéndolo hasta que grité, y luego el otro, sujetándome las tetas con las dos manos como si le pertenecieran de siempre. Me lamió el escote, el cuello, la garganta, y siguió tirando de la tela hacia abajo, sacándomela por las caderas, por los muslos, dejándome desnuda en el recibidor con las bragas del bañador colgando de un tobillo.
—Enséñamelo entero —murmuró, y me hizo girar. Se puso de rodillas detrás de mí, abrió mis nalgas con las dos manos y me pasó la lengua desde el ojete hasta el coño en una sola pasada larga y caliente que me hizo doblarme y apoyar las manos en la pared. Volvió a hacerlo, esta vez despacio, comiéndose cada centímetro, chupándome los labios hinchados por detrás, metiéndome la lengua en el coño y sacándomela empapada de mí. Cuando me clavó la punta de la lengua en el culo pegué un grito que resonó en el pasillo vacío.
—Andrés, por Dios —jadeé—. Llévame a la cama antes de que me caiga.
***
Me tendió sobre la cama y se tomó su tiempo. Eso fue lo que más me sorprendió: la paciencia. Se desnudó de pie a mis pies, sin prisa, y cuando le vi la polla se me secó la boca. Era gruesa, morena, curvada, con la punta oscura y ya perlada, colgándole pesada entre los muslos fuertes. Me relamí sin darme cuenta.
—Ven aquí —le pedí, sentándome en el borde—. Déjame.
Se acercó y yo se la agarré con las dos manos, sopesándola, y me la metí en la boca de una vez, tragándomela hasta que se me clavó en la garganta y me hizo lagrimear. Andrés soltó un gruñido grave y me cogió del pelo, no para forzarme, solo para sujetarme mientras yo lo mamaba entero. Le chupé la punta como un caramelo, subí y bajé la lengua por toda la vena gorda de abajo, le besé y le mamé los huevos uno a uno mientras le hacía una paja lenta con la mano llena de saliva. Cuando lo volví a tragar hasta el fondo, él tiró de mi pelo y me apartó.
—Para, o esto se acaba antes de empezar —dijo con la voz rota.
Me tumbó de espaldas y me abrió las piernas de rodilla en rodilla, sin pudor, mirándome el coño empapado como quien admira un plato. Bajó la boca y me comió el coño como llevaba meses queriendo comérmelo: con toda la cara metida entre mis muslos, la lengua clavada en la entrada, los labios cerrados sobre el clítoris chupándolo con una succión sostenida que me arqueó la espalda del colchón. Me metió dos dedos, luego tres, doblándolos hacia arriba, y yo me sujeté al pelo entrecano con las dos manos y le monté la cara sin vergüenza, restregándome contra su boca y su barba hasta que un orgasmo me pilló de golpe, me arrancó un aullido y me dejó temblando con las piernas cerradas alrededor de su cabeza.
Antes de que me recuperara ya se había subido encima. Me colocó la punta de la polla en el coño hinchado y me la metió despacio, muy despacio, ganando centímetro a centímetro, hasta que me la enterró entera y se quedó quieto dentro de mí, apoyado en los codos, mirándome.
—Estás apretada, joder —susurró.
—Fóllame —le pedí sin pensar, y me sorprendí a mí misma diciéndolo—. Fóllame fuerte, Andrés.
Y me folló. Empezó con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta los huevos, cada golpe arrancándome un gemido que él se comía con la boca. Me cogió una pierna y me la echó sobre su hombro, abriéndome más, y desde ese ángulo la polla me llegaba a un sitio que me hizo perder el hilo de todo. Los muelles de la cama crujían, la piel se nos pegaba, el olor a sexo llenaba la habitación por encima del cloro que aún llevábamos encima.
—Boca abajo —gruñó, y me dio la vuelta con las dos manos como si no pesara nada. Me puso a cuatro patas, me abrió las nalgas con los pulgares y me volvió a clavar la polla desde atrás de una embestida seca que me arrancó un grito. Me agarró del pelo, tiró hasta arqueármelo, y me folló a un ritmo que me hacía darme con la frente en el cabecero.
—¿Así, Carolina? ¿Así te gusta que te la meta?
—Así, sí, sí, no pares —jadeé contra la almohada—. Rómpeme.
—¿Hasta dónde quieres llegar? —preguntó, con la voz ronca pero los ojos atentos, aflojando el ritmo lo justo para que le respondiera de verdad.
Le dije lo que nunca le había dicho a nadie. Le confesé la fantasía que me visitaba en las noches solitarias, la que me daba vergüenza y placer a partes iguales: quería sentir su polla en el culo, quería que me abriera por ahí, quería aprender a que me gustara. Andrés escuchó, asintió, y prometió ir despacio.
Y fue despacio. Buscó el aceite en el cajón de la mesilla sin soltar mi mirada, se echó un chorro generoso en la mano y me embadurnó el ojete con dos dedos, dándome pequeños masajes hasta que se me relajó. Metió un dedo, sacó, metió dos, girándolos, esperando cada vez a que mi cuerpo cediera antes de avanzar. Yo tenía la cara contra el colchón y el culo bien alto, jadeando, sintiéndome sucia y adorada a la vez. Cuando me penetró con la polla, la primera presión fue un ardor agudo que me hizo contener el aire; él se detuvo de inmediato, la mano firme y tranquilizadora en la base de mi espalda.
—Respira —dijo—. Tú mandas. Si dices basta, paro.
No dije basta. Respiré, empujé un poco hacia atrás, y el ardor se transformó en una plenitud densa y extraña que me llenaba por completo, una presión que dolía y fascinaba al mismo tiempo. Cada milímetro que ganaba dentro de mí me arrancaba un gemido más grave, más animal. Cuando lo tuve entero enterrado en el culo, con los huevos pegados a mi coño, me pareció que iba a partirme y me pareció también que nunca había estado tan llena, tan tomada, tan viva.
—Muévete tú —le supliqué—. Despacio.
Empezó a moverse con embestidas cortas y suaves, y con una mano me buscó el coño por delante y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos mientras la otra mano me sujetaba de la cadera. La combinación era demoledora: la polla llenándome el culo con esa presión ardiente, los dedos jugándome el clítoris hinchado, su respiración pesada en mi nuca. Empujé hacia atrás, marcando yo el ritmo, y lo escuché gemir contra mi pelo, perdido el control que tan bien fingía. El sonido de su jadeo, grave y entrecortado, fue lo que terminó de encenderme.
—Así —gruñó, los dedos clavados en mis caderas—. Mándame tú, Carolina.
Y lo mandé. Me incorporé sobre las rodillas, lo hice salir con cuidado, lo empujé de espaldas sobre el colchón y me coloqué encima, a horcajadas, con la polla apuntándome al culo. Tomé para mí el control que en mi fantasía siempre me había sido arrebatado y me fui bajando yo, agarrándosela con una mano, sintiéndomela entrar centímetro a centímetro a mi antojo. Cuando la tuve entera dentro otra vez, esta vez con mi peso empujándomela hasta el fondo, me quedé quieta un segundo, echándome el pelo hacia atrás, sintiéndome poderosa y guarra y hermosa a la vez.
Empecé a moverme. Subía y bajaba despacio, apoyándome en su pecho, decidiendo cada centímetro, cada pausa. Sus manos subieron a mis nalgas, amasándolas, separándomelas para verme mejor mientras me cabalgaba. Otra vez me buscó el clítoris, esta vez chupándose los dedos primero, y me lo empezó a frotar en círculos, sin quitarme los ojos de encima. Yo empecé a bajar más fuerte, a girar las caderas, a sacarle la polla casi entera y clavármela otra vez de una sentada, y él gruñía cada vez, con los dientes apretados.
—Eres una diosa —murmuraba, con la voz rota—. Sigue, sigue así, córrete encima mío.
—Chúpame las tetas —le ordené, inclinándome hacia adelante, y él las obedeció, atrapándome un pezón entre los dientes mientras yo lo montaba cada vez más rápido. El placer me crecía desde un punto profundo y desconocido, mezclado con una sensación de poder vertiginosa: era yo quien arrancaba esos gemidos, yo quien lo veía deshacerse debajo de mi cuerpo, yo la que había pedido tenerlo metido en el culo y ahí lo tenía, ordeñándolo a mi ritmo.
El orgasmo me llegó como una ola desde el centro mismo del cuerpo, un espasmo que me estremeció entera. Sentí el culo contraérseme una y otra vez alrededor de su polla, apretándosela, y él lanzó un rugido ronco, me clavó los dedos en las caderas y arqueó todo el cuerpo hacia arriba. La corrida caliente se me disparó dentro en tres, cuatro chorros gruesos que sentí latir contra mis paredes, y me dobló temblando sobre su pecho.
Nos quedamos así, enredados, con su polla todavía enterrada en mi culo y la corrida escurriéndoseme muslo abajo cuando por fin me la saqué despacio, escuchando los latidos bajar. Por la rendija de la persiana, una franja de sol cruzaba la cama y le iluminaba la mitad de la cara entrecana. Me reí, sin saber bien de qué.
—¿De qué te ríes? —preguntó, acariciándome la espalda.
—De que llevaba meses imaginando esto y resultó mejor que la versión de mi cabeza —admití—. Y de que ni siquiera sé a qué te dedicas.
—Carpintero —dijo—. Jubilado a medias. Y nadador de los domingos, por lo visto.
***
No le conté nada a nadie, pero no por vergüenza. Lo guardé porque era mío, una cosa íntima que no quería gastar contándola. Andrés y yo seguimos coincidiendo en la piscina, con la diferencia de que ahora nos sonreíamos al cruzarnos en los virajes, y algunos domingos no terminábamos la rutina porque se nos ocurría algo mejor que hacer con la tarde. Aprendí a mamársela en el asiento reclinado de su coche, aparcados en un camino de tierra al que solo iban cazadores; aprendí a correrme con su lengua en el culo mientras él me metía tres dedos en el coño; aprendí que decir en voz alta lo que quería no me hacía menos, me hacía más.
Meses después lo vi en las fiestas del pueblo, acompañado de unos amigos. Me miró desde el otro lado de la plaza con esa sonrisa tranquila, esa complicidad de quien comparte un secreto bueno. Yo le sostuve la mirada esta vez, sin apuro, y sentí en el bajo vientre el mismo calor de aquel primer domingo en el agua, y el coño se me humedeció ahí mismo, entre la gente, solo con acordarme de cómo me follaba.
Aprendí algo con Andrés que no esperaba aprender a los treinta y dos: que el deseo no me convertía en alguien frágil, ni la entrega en alguien sin voz. Que podía pedir exactamente lo que quería, marcar el ritmo, decir basta o decir más, y que un hombre que merecía la pena sabría escuchar las dos cosas. Aquella piscina dejó de ser solo mi refugio del dolor de espalda. Se volvió el lugar donde dejé de pedirle permiso al mundo para desear, y empecé a pedírmelo solo a mí misma.
En las noches solitarias todavía cierro los ojos y vuelvo a esa casa de persianas bajas, al sol entrando en franjas, a sus manos ásperas y su paciencia de carpintero. Me toco despacio, sin culpa esta vez, dos dedos en el coño y el pulgar apretándome el clítoris, recordando el peso de su voz diciéndome «tú mandas», el ardor de su polla abriéndome por primera vez, el latido de su corrida caliente dentro de mí. Y me corro pensando no en lo que me hicieron, sino en lo que elegí, en la Carolina que se atrevió a darse la vuelta en la escalerilla y descubrir que el poder, cuando una lo toma con las dos manos, sabe mucho mejor que cualquier fantasía.
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