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Relatos Ardientes

La madura del casino me esperaba en la arena

Buenas noches. Me llamo Ramiro, aunque mis amigos y amigas siempre me dijeron El Mono. Para los que ya leyeron algo mío, ya saben que las mujeres maduras me vuelven loco desde que tengo memoria, pero eso no quiere decir que ignore al resto.

Antes de empezar, una aclaración que ayuda a entender lo que escribo. Vivo a pocas horas de media docena de ciudades costeras, esas donde la gente se desborda cada verano: playas largas, vida nocturna, poca vergüenza y cuerpos de todas las edades que se visten como se les antoja, sin medir si el físico acompaña o no.

Las noches ahí son un descontrol. Los boliches estallan, las confiterías se llenan de gente a la que le importa muy poco la apariencia ajena, y cada tramo de playa donde gana la oscuridad se vuelve terreno fértil para las locuras.

Pese a vivir tan cerca, hacía más de cinco años que no pisaba esos lugares. Cuestiones de plata, de trabajo, y esa edad que lo lleva a uno a esquivar las multitudes. Hasta que un viernes de enero me llamó Beto, un amigo con olfato para cualquier oportunidad comercial.

—Mono, te invito tres días a Las Toninas —me dijo sin saludar—. Voy a cerrar unos negocios, compro equipamiento de cocina y de paso vagueamos un poco.

Me contó que estaba por abrir un local gastronómico en nuestra ciudad y que varios negocios de la costa cerraban a fines de enero porque la temporada les había ido mal. Su plan era aprovecharse de eso y comprar las máquinas a precio de remate.

—Arreglo con seis lugares para ver las cosas, y a la tarde y la noche nos dedicamos a mirar minas, salir y no hacer nada útil —remató.

La idea no estaba nada mal. No tenía obligaciones esa semana, así que acepté. El lunes a las ocho de la mañana Beto tocaba bocina en la puerta de casa. Había armado un bolso con lo justo: mallas, remeras, un jean, calzado cómodo y poco más.

El viaje se me hizo corto entre sus planes y sus delirios. Había alquilado una casa cerca de la playa, aunque algo lejos del centro, y traía en el baúl varios packs de cerveza, carne para la parrilla, verduras y las infaltables botellas de vino.

Tipo diez de la mañana llegamos y nos instalamos. Una vuelta rápida por la ciudad, las compras clásicas de pan y leña, una ducha y la primera visita a un local para tasar los artefactos que Beto quería. La cosa duró unos cuarenta minutos.

—La próxima cita es a la una —dijo al salir—. ¿Nos tiramos a la playa hasta esa hora?

—Dale —contesté—. No hay nada mejor que hacer.

***

Ahí empezó la seguidilla de sorpresas. Varios de los negocios de toda la vida habían bajado la persiana, quedaban solo los más fuertes. Y la gente que iba camino a la orilla era bastante mayor y se vestía muy distinto a la última vez que estuve. Las mujeres ya no usaban pareos sino unos vestidos de red que dejaban ver las mallas mínimas; los hombres llevaban shorts de colores eléctricos.

Lo que más me impactó fue ver mujeres de cuerpos muy generosos, sin ánimo de ofender, usando bikinis y colas diminutas, y hombres con la ropa apretadísima y la panza cervecera al aire, casi al borde del ridículo.

Beto me miró y se mató de risa. No podía creer que yo estuviera tan asombrado.

—Tranquilo, Mono. Esperá a que bajen las pibas, andan medio en bolas. Y otra cosa: si le gustás a alguna veterana, te encara sin vueltas.

Él se sabía la película de memoria. Viajaba cada verano y ya no se sorprendía con nada. A mí, en cambio, me estaba descolocando todo.

Alquilamos una carpa por el día en un parador. Un muchacho nos acercó sillas y acomodó las lonas para frenar el viento y la arena. Minutos después apareció una chica de no más de veinticinco años, con un bikini marrón tan chico que con mi short se podían hacer dos juegos completos, trayendo dos latas de cerveza y un bol con maní.

—Caballeros, cortesía de la casa —dijo—. Para lo que necesiten, soy Belén y estoy a las órdenes.

Dejó todo sobre la mesa, nos regaló una vista perfecta de su cola y volvió al parador.

—Beto, si la moza atiende casi desnuda, no me quiero imaginar lo que viene —comenté.

—Ya vas a ver —respondió—. Acá las ofertas sobran, solo hay que saber elegir.

Hasta la una, el desfile fue interminable: mujeres esculturales, gorditas con tangas mínimas, chicas que podrían ser nuestras sobrinas usando tres triángulos para tapar lo justo, y hombres con mallas que apretaban lo poco o mucho que cargaban. Un muestrario de todo.

***

Cerca de las dos se ocupó la carpa de al lado. Una mujer de unos sesenta y pico en bikini rosa, bronceada hasta lo imposible, con colgajos por todos lados. La acompañaba otra de unos cuarenta y tantos, con un hilo dental rojo y un par de tetas operadas que parecían a punto de escaparse del corpiño. Detrás, dos nenes chicos y un señor mayor de short y remera, sin dudas el marido de la mayor.

Nos saludaron con cortesía. El hombre clavó una sombrilla cerca de la orilla, abrió una reposera y se acomodó a dormir la siesta mientras los nietos jugaban en la arena mojada. Las dos mujeres se quedaron en la carpa, comentando la suerte que habían tenido la noche anterior en el casino.

Beto no perdió un segundo y les preguntó cómo les había ido. La mayor relató con lujo de detalles, mientras la hija se untaba crema en los brazos y las piernas.

—Deberían probar suerte —nos dijo la señora—. Parece que esta semana están regalando la plata.

—No somos de jugar —contestó Beto—. Ni sabemos cómo se hace.

—Esta noche vamos por la revancha, tipo once vamos a estar ahí —siguió ella.

—Mamá, ¿otra vez? —protestó la hija.

—Claro, nena. A tu padre no le gusta, así que vamos las dos solas.

—¿Y si nos enseñan? —tiró Beto.

—Encantada, si no les molesta ir con una vieja y su hija.

—Vieja nada —le devolvió él—. Una mujer con experiencia.

A la señora se le dibujó una sonrisa y la hija se puso colorada como un tomate. Hubo presentaciones de rigor y quedamos en encontrarnos en el casino. Cuando madre e hija se fueron al mar, Beto me clavó la mirada.

—Esta noche se garcha, Mono. La señora está regalada, pero la hija va a costar un poco más.

—¿Te vas a animar con la madre? —le pregunté.

—No te hagas el inocente. Tiene apenas unos años más que nosotros. Seguro que el marido no la toca hace siglos. Y encima tienen plata.

Mi carcajada se debe haber escuchado desde el agua.

***

Volvimos a la casa a las seis y conocimos a los vecinos: cuatro amigas de unos treinta y cinco que veraneaban siempre juntas, y un matrimonio mayor de Córdoba. Las cuatro se enteraron de que íbamos a hacer un asado y se sumaron con la condición de invitarlas; los cordobeses aportaron fernet y gaseosa para la previa.

Cenamos todos juntos, entre risas y chistes, hasta cerca de las once. Los mayores se fueron a descansar y las cuatro amigas se prendieron en la salida al casino.

—Ya hay para elegir —me dijo Beto por lo bajo—. No desperdicies la chance.

—A mí me gusta la hija de la señora.

—Yo voy a tantear a las vecinas, capaz se arma fiesta.

Llegamos y nos cruzamos con madre e hija. Para la medianoche, la señora ya llevaba ganados unos cuantos billetes, la hija había perdido bastante, Beto y yo habíamos salvado el viaje, y las vecinas tenían los bolsillos cargados. Fuimos al bar por unos tragos. La madre se excusó y volvió a la casa. La hija, que se llamaba Carla, quería la revancha, y Beto se quedó en la barra con dos de las vecinas.

Para la una, Carla había recuperado lo perdido y se quería ir. Me acerqué a Beto y le avisé que la acompañaba y después volvía.

—Andá tranquilo —me dijo—. Estas están medio borrachas, no caminan derecho.

Carla paraba en un edificio frente al mar y me ofrecí a llevarla. Bajamos a la playa y caminamos un buen rato. Los tragos le habían pegado mal y se reía de cualquier cosa. Le propuse sentarnos en la arena hasta que se le bajara un poco la euforia.

Nos sentamos y empezó a contarme de su vida: separada, viviendo con sus padres en la capital, un marido ausente que la había dejado tirada. En un momento, como buena borracha sentimental, se largó a llorar.

La abracé y dejé que descargara el llanto cargado de alcohol.

—A los cuarenta y siete soy una mujer descartable —dijo entre sollozos—. Ya no le intereso a nadie.

Con las defensas en el piso, era blanco fácil. Le sequé las lágrimas con el pulgar y le di un beso corto, casi de consuelo. Ella respondió con una pasión que no esperaba.

***

Lo que vino fue simple. Nos pusimos de pie, buscamos un rincón donde la oscuridad tapaba todo y nos entregamos sin pensar. La besé despacio, después con ganas. Le recorrí la espalda con las manos, le solté el nudo del vestido, le acaricié los pechos por encima de la tela hasta que sentí el ritmo de su respiración cambiar.

—Hace meses que nadie me toca —murmuró contra mi cuello, y eso fue todo lo que necesité escuchar.

Le bajé la tanga sin apuro. La toqué entre las piernas, despacio al principio, hasta que la sentí mojada y temblando. Ella me clavaba las uñas en los hombros y trataba de no hacer ruido, aunque cada caricia le arrancaba un suspiro que se le escapaba igual.

Extendí su pollera sobre la arena fría y la recosté ahí. Me acomodé sobre ella y la penetré lento, mirándole la cara a la poca luz que llegaba del paseo. Le apreté los pechos mientras me hundía, y ella levantaba las caderas para recibirme entero.

—No pares —me pidió, las piernas cerradas alrededor de mi cintura.

En un momento me empujó y me dio vuelta hasta quedar arriba. Empezó a moverse como si estuviera recuperando todo el tiempo perdido, las manos apoyadas en mi pecho, la cabeza echada hacia atrás. La arena se nos metía por todos lados y a ninguno le importaba.

Se vino con un temblor largo que le recorrió el cuerpo entero y se dejó caer sobre mí, agitada, la frente pegada a la mía.

—Llevaba más de medio año sin esto —dijo cuando recuperó el aire—. Hubiese sido mejor en una cama, pero al menos me voy más tranquila.

Se acomodó la ropa, se puso de pie y me pidió que la acompañara hasta el edificio. Caminamos un par de cuadras más, en silencio, con el ruido del mar de fondo.

—Gracias por esta noche —me dijo en la puerta—. No nos vamos a volver a ver, pero me encantó.

Y desapareció rumbo al ascensor.

***

Volví al casino y me crucé con Beto, que salía con dos de las vecinas.

—Dame un par de horas —me dijo—. Si la luz de afuera está apagada, ya estoy solo.

Jugué unas fichas más y me tomé un último trago antes de encarar para la casa. La luz seguía prendida, así que me quedé afuera fumando un cigarrillo. Al rato aparecieron las otras dos vecinas.

—Vecino, ¿lo dejaron en la calle? —se rió una—. Venga, tomamos unos mates hasta que pueda entrar.

Así fue. Entre mate y mate me enteré de que ellas dos eran pareja, y que las otras se habían sumado al viaje a último momento. Sabían lo que pasaba adentro con Beto, así que habían matado el tiempo paseando por la playa. Nunca insinuaron nada más, y yo tampoco.

Cuando las amantes de Beto salieron, la ronda se terminó y por fin pude entrar. Me dormí enseguida, con la arena todavía pegada a la piel.

Me desperté pasado el mediodía. Pero lo del segundo día es para otra entrega de este viaje.

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Comentarios (5)

NachoDRiver

Excelente, de los mejores que leo ultimamente. Seguí así!

LectorzuelaMdp

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. ¿Como termino todo?

RubenPA

Me recordo a algo que me paso en un viaje hace unos años... esas situaciones inesperadas son las mejores jaja

Valentina_lec

increible!! muy bien escrito

DiegoRio23

La ambientacion de la playa de noche esta muy bien lograda, uno se imagina todo perfectamente. Buen relato!

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