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Relatos Ardientes

La milf del surf volvió sola a buscarme

Cuando dejé la carrera a medias y me fui a vivir a la costa, no buscaba aventuras. Buscaba silencio. Después del accidente y de todo lo que vino detrás, el mar era lo único que conseguía apagarme la cabeza unas horas al día. Terminé dando clases de surf en una escuela pequeña, en una playa donde el invierno era limpio y el verano llegaba cargado de turistas con dinero, prisa y ganas de sentirse libres durante una semana.

Yo me ganaba bien la vida. Sol, tablas, agua salada, noches sueltas con alguna clienta o con alguna camarera de los bares de la zona. Nada serio, nada que se pareciera a empezar otra vez. Hasta que una mañana la recepcionista apareció con dos alumnas nuevas y todo se me desordenó.

La hija entró primero, morena, nerviosa, de sonrisa fácil y cuerpo de gimnasio. Detrás venía la madre. Alta, rubia, serena. No necesitó hacer nada para que yo dejara de escuchar el ruido de las olas durante un segundo. Llevaba un pareo oscuro, gafas grandes y esa clase de elegancia que no se compra en una tienda.

Se llamaban Lucía y Rebeca. La hija era puro impulso; la madre, control. Cuando Rebeca se quitó el pareo y se quedó con un bañador negro sencillo, entendí por qué no podía dejar de mirarla. No era solo que estuviera buena. Era el conjunto: unas piernas firmes, las caderas llenas, el pecho alto, la barriga suave y real de una mujer adulta, y una forma de sostenerme la mirada que no tenía nada de inocente.

—Antes de subirse a la tabla hay que aprender a caer —les dije, clavando la quilla en la arena para que me atendieran—. Si quieren correr antes de tiempo, el mar las va a poner en su sitio.

Lucía soltó una risa desafiante. Rebeca sonrió apenas, como si ya supiera que yo no hablaba solo del surf.

La hija aprendía rápido, pero era torpe por ansiosa. Rebeca, en cambio, iba despacio y absorbía cada instrucción. Cuando entramos al agua tuve que colocarle la espalda, bajarle los hombros y sujetarla por la cintura para que encontrara el centro del cuerpo sobre la tabla. El contacto me duró un segundo y me dejó una erección absurda dentro del neopreno.

—Así —le dije detrás de la oreja, con la boca demasiado cerca de su cuello—. Relaja las rodillas. No pelees con la tabla.

—Si me sigues sujetando así, no prometo concentrarme —respondió en voz baja.

No supe si lo había imaginado hasta que se giró apenas y me sostuvo los ojos con una calma que me dejó claro que no.

Volvieron al día siguiente. Y al otro. Y al otro también. La hija iba y venía, pero yo esperaba los momentos en que Rebeca se quedaba sola conmigo entre espuma y viento. Me contaba cosas sueltas: que pasaba el verano en una urbanización exclusiva a media hora, que había enviudado un tiempo atrás, que llevaba años ocupándose de negocios y de gente, y que ya casi nunca hacía nada únicamente por placer.

Yo no le conté de entrada por qué había acabado allí. Con ella me nacía una vergüenza extraña, como si no quisiera parecer un chico roto delante de una mujer que parecía haber aprendido a reconstruirse sola.

Al terminar el curso de surf, las invité a tomar algo frente al mar. La hija contestó por las dos que no podían. Rebeca bajó la mirada con una media sonrisa resignada que me dejó el cuerpo encendido toda la tarde. Pensé que se había acabado ahí.

Me equivoqué.

***

Dos semanas después apareció sola. Yo estaba guardando velas y revisando un arnés de kitesurf cuando vi sus piernas acercarse sobre la arena. Llevaba shorts de mezclilla, una camisa blanca anudada a la cintura y el bikini asomando apenas por el escote. Iba peinada por el viento y por la decisión.

—Hoy no viene tu vigilante —le dije, intentando sonar tranquilo.

—Se fue de viaje con su novio —respondió—. Y yo me quedé pensando en una invitación pendiente.

—¿La del atardecer?

—Esa misma.

Diez minutos después íbamos en el quad de la escuela cruzando la playa. Se agarró a mi cintura desde el primer bache y no me soltó en todo el trayecto. Cada vez que el vehículo rebotaba, sus tetas me rozaban la espalda y yo apretaba la mandíbula para no pensar en ella abriéndose sobre mí. El olor de su protector solar mezclado con sal me estaba volviendo idiota.

Paramos en un chiringuito apartado, de madera gastada y luces cálidas. Pedimos vino blanco, pescado frito y luego otra botella. El sol caía despacio y, con él, la distancia entre los dos. Hablamos de todo lo suficiente como para dejar de fingir.

—No pareces alguien que haya elegido esta vida por casualidad —me dijo, girando la copa entre los dedos.

—No la elegí por las razones correctas.

Entonces se lo conté. Le hablé del accidente, de la culpa, de la ciudad que ya no soportaba, de mi fuga disfrazada de libertad. Ella no me interrumpió ni una vez. Solo puso la mano sobre la mía y dejó que terminara.

—Yo también sé lo que es seguir viva por inercia —dijo al final—. Y ya me cansé.

La música del bar cambió a algo más suave. Afuera, varias parejas caminaban por la orilla. Rebeca se quitó las sandalias y me miró con esa expresión que ya no podía confundir.

—Vamos a andar —dijo.

Caminamos descalzos con el agua lamiéndonos los tobillos. Hablamos menos. Nos mirábamos más. Yo sabía que si la besaba no iba a haber vuelta atrás, y aun así lo hice. La sujeté por la nuca y junté mi boca con la suya. Al principio respondió con un temblor. Luego se pegó a mí con hambre, metiéndome la lengua, agarrándome la camiseta con ambas manos.

—Joder —susurré contra sus labios.

—Eso llevo pensando días —me confesó, respirando agitada.

La besé otra vez, más fuerte. Le apreté el culo por encima del short y ella soltó un gemido corto, sorprendido por su propia reacción. Le mordí el labio, bajé al cuello, y noté cómo se arqueaba.

—No me mires así porque voy a perder el poco control que me queda —dijo.

—Pues piérdelo.

Se separó solo lo suficiente para quitarse la camisa. Debajo llevaba el bikini húmedo de sudor y brisa. Yo me saqué la camiseta y ella me pasó la palma por el pecho, por el abdomen, por el borde del bañador. Al tocar mi erección soltó aire por la nariz y sonrió como una mujer a la que le gusta comprobar el efecto que provoca.

—No exagerabas nada —murmuró.

—Tú tampoco.

Entramos al agua de noche hasta que nos cubrió los muslos. Allí, con la playa casi vacía y el rumor del mar tapando cualquier sonido, nos besamos como dos adultos que ya no estaban para perder tiempo. Metí una mano por dentro de la braguita del bikini y encontré su coño caliente, ya mojado. Muy mojado.

—Mierda, Rebeca...

—No me hagas hablar —me cortó—. Tócame.

Le metí dos dedos y me cerró las piernas por reflejo. Después las abrió más. Gemía contra mi cuello con una mezcla de pudor y hambre que me puso la polla dura hasta doler. Moví los dedos despacio, buscando ritmo, y ella se agarró a mis hombros.

—Hace mucho que no me pongo así —dijo jadeando—. Mucho.

Le chupé la base del cuello, la mandíbula, la boca otra vez. El agua nos golpeaba las caderas y yo seguía metiéndole los dedos, sintiendo cómo se aflojaba por dentro, cómo me mojaba la mano cada vez más.

—Quiero seguir —me dijo—, pero no aquí. No en la arena. Llévame a tu casa.

No hizo falta repetirlo.

***

En cuanto cerré la puerta de mi apartamento, volvimos a besarnos como si nos debiéramos semanas de contención. Ella fue al baño a quitarse la sal y yo me quedé en el cuarto oyendo el agua caer, con la cabeza hecha un incendio. Cuando salió, llevaba una camiseta mía y nada más. El algodón le llegaba a medio muslo y bajo la tela se adivinaban los pezones marcados.

—No te acostumbres al espectáculo —dijo al verme mirarla—. Todavía me da un poco de vergüenza.

—Conmigo se te va a pasar rápido.

La senté en la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le besé las rodillas, la cara interna de los muslos, y fui subiendo poco a poco la camiseta. Ella intentó cerrarlas por inercia, pero se lo impedí abriéndole las piernas con firmeza. Verla así, madura, nerviosa, húmeda, ofreciéndose a medias y deseando del todo, me volvió loco.

—Mírame —le pedí.

Lo hizo. Tenía la respiración corta y las mejillas encendidas.

Le pasé la lengua por el coño de abajo arriba y pegó un respingo. Volví a hacerlo, esta vez abriéndola más con los pulgares. Gemía bajo, como conteniéndose, y yo no quería contención. Quería que se soltara. La chupé despacio al principio, saboreando cómo se mojaba más con cada lamida, y después empecé a trabajarle el clítoris con la lengua mientras le metía un dedo, luego dos.

—Joder... así... así... —balbuceó.

Se echó hacia atrás sobre los codos. La camiseta se le subió al pecho y me dejó ver los pezones duros. Solté un momento su coño para agarrarle una teta y chuparle el pezón, alternando la boca entre arriba y abajo hasta que empezó a moverse desesperada.

—No pares —me ordenó, ya sin nada de pudor—. Cómeme bien el coño, por favor.

Eso hice. Le abrí más las piernas y enterré la cara entre ellas. La chupé con hambre, metiendo la lengua, succionándole el clítoris, jugando con la presión hasta que dejó de articular frases. Solo soltaba jadeos, tacos, ruegos rotos. Su mano me agarró del pelo y me pegó más a ella.

—Me voy a correr... no... espera... sí... joder, sí...

Se corrió apretándome la cabeza entre los muslos. Noté el temblor en las piernas, el coño contrayéndose alrededor de mis dedos, el líquido caliente en la lengua. Seguí lamiéndola un poco más, porque me encanta cómo se retuercen cuando ya han pasado el límite, y ella se quejó con una risa ahogada.

—Eres un animal.

—Y tú estás empapada.

Me quité el pantalón corto y la camiseta de un tirón. Su mirada bajó directa a mi polla. No fingió sorpresa ni escándalo. La agarró con una mano y la acarició de base a punta, lenta, probando su peso.

—Llevo demasiados días imaginándome esto —dijo.

Se inclinó y me la chupó sin ceremonias. Primero la punta, con la lengua bien plana, recogiendo lo que ya rezumaba. Luego me metió más en la boca, apretando con los labios, subiendo y bajando mientras me miraba desde abajo. Esa imagen me reventó la cabeza: una mujer de su edad, tan elegante vestida y tan descarada de rodillas, chupándome la polla con hambre real.

—No juegues conmigo o no voy a durar —le advertí.

Se la sacó de la boca con un sonido húmedo.

—Entonces fóllame de una vez.

La tumbé boca arriba y le subí la camiseta hasta el cuello. Le aparté las piernas y le pasé la punta por el coño, empapándome más. Ella levantó las caderas buscando que entrara, impaciente.

—Despacio al principio —dijo, aunque tenía la voz rota de ganas—. Quiero sentirlo todo.

Entré poco a poco. Me apretó los hombros y abrió la boca al notar cómo la iba llenando. Cuando estuve dentro hasta el fondo, nos quedamos inmóviles un segundo, respirando juntos, sintiendo el cuerpo del otro acomodarse a la realidad de por fin estar follando.

—Mierda... —susurró—. Qué bien entras.

Salí casi entero y volví a meterme. Otra vez. Y otra. Empecé con un ritmo lento, profundo, para disfrutar cómo me recibía, cómo se iba mojando todavía más, cómo cada embestida le arrancaba un gemido más claro. Ella me rodeó con las piernas y se agarró a mi culo para traerme más fuerte.

—No me trates como si fuera de cristal —dijo de pronto.

—¿Ah, no?

—Fóllame como llevas queriendo desde que me viste en la playa.

Eso bastó. Le agarré un muslo, se lo empujé hacia el pecho y empecé a follarla más duro. La cama golpeaba la pared al ritmo de mis caderas. Sus tetas rebotaban con cada embestida y yo no dejaba de mirarlas, de tocarlas, de apretarlas mientras le metía la polla hasta el fondo. Gemía ya sin miedo, abierta, roja, desordenada.

—Así... así... joder... más... —repetía.

Me incliné para besarla y ella me mordió el labio. Bajé una mano entre nuestros cuerpos y le froté el clítoris mientras seguía penetrándola. La combinación la hizo perder el hilo.

—Me corro otra vez —dijo casi gritando—. No pares, no pares, no pares.

Se corrió apretándome por dentro con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos un segundo para aguantar. Sentí el coño latiéndome alrededor de la polla, su cuerpo entero temblando, sus uñas clavándose en mi espalda. Seguí follándola a través del orgasmo hasta que ella misma me empujó el pecho, sobrepasada.

—Espera... espera un segundo...

—Ni hablar.

La hice girarse y ponerse a cuatro. La camiseta terminó en el suelo. Le abrí las nalgas con una mano y me quedé mirando su coño hinchado, mojado, abierto para mí. Le escupí un poco entre las piernas por puro vicio, froté la punta arriba y abajo y volví a entrar. Desde atrás gemía distinto, más grave, más sucio.

—Joder, sí... ahí... no sabía que necesitaba esto —decía, con la cara hundida en la almohada.

Le agarré el pelo para hacerle arquear la espalda y empecé a darle más fuerte. El sonido húmedo de cada embestida llenó el cuarto. Una mano mía le sujetaba la cadera; la otra le amasaba una teta cuando conseguía incorporarla un poco. Ella empezó a mover el culo contra mí, encontrando el ritmo, buscando más profundidad.

—Dime cómo te gusta —le dije.

—Duro. Bien metida. Que me llenes la coño con esa polla y no tengas prisa.

Le di exactamente eso. La follé largo, sin correrme, dejándola subir y bajar varias veces. Cuando la noté cerca otra vez, la hice girarse y sentarse encima de mí. Ella misma me agarró la polla y se la colocó. Bajó despacio, con los ojos cerrados, hasta tragársela entera. Luego empezó a cabalgarme.

Verla arriba fue otra locura. Su pelo todavía húmedo le caía por la espalda, las tetas subían y bajaban delante de mí, y su coño me apretaba con cada descenso. Tenía una mano en mi pecho y la otra entre sus piernas, frotándose el clítoris mientras me montaba.

—No me mires así o me corro otra vez —dijo.

—Quiero verte correr dos veces más.

—Presumido.

La agarré por la cintura y empecé a impulsarla. Ella se dejó llevar, jadeando cada vez más alto, perdiendo la compostura que había mantenido toda la noche. Ya no era la empresaria, ni la madre controladora, ni la mujer prudente de la playa. Era una hembra caliente montándome la polla con la boca abierta y los ojos vidriosos.

—Voy... voy... —balbuceó.

Le pellizqué un pezón y con la otra mano le froté el clítoris. Se corrió sentada sobre mí, temblando, apretándome los muslos con fuerza mientras seguía bajando en espasmos cortos. Verla así me terminó de romper. La sujeté de las caderas y la levanté apenas para follármela desde abajo, cada vez más rápido.

—Me voy a correr —le avisé.

—Dentro —dijo sin dudar—. Córrete dentro.

La abracé por la cintura y me corrí metido hasta el fondo, descargando en varias sacudidas mientras ella seguía moviéndose despacio sobre mí, exprimiéndome hasta la última gota. Nos quedamos así un rato, pegados, sudados, respirando como si hubiéramos salido de una pelea.

—Ahora sí siento las piernas de gelatina —murmuró al fin.

—Yo siento que me vas a matar.

Se rió y cayó a mi lado en la cama.

***

Creí que nos dormiríamos, pero media hora después volvió a buscarme con el pie entre mis piernas. Yo seguía sensible, medio agotado, pero me bastó sentirle la mano bajándome por el abdomen para despertarme otra vez.

—No me mires con esa cara —dijo—. Me dejaste demasiado abierta para que ahora pretendas dormir.

—¿Eso es una queja?

—Es una invitación.

Se puso de lado y me guio la polla todavía dura hacia su coño. Entré más fácil que antes, porque seguía húmeda y caliente. Esta vez follamos más lento al principio, como si estuviéramos saboreando el desgaste. Ella me besaba entre frase y frase, me confesaba lo que llevaba semanas imaginando.

—Te veía tocarme la cintura en el agua y me pasaba el día pensando en tus manos —dijo.

—Yo me hacía pajas pensando en tu bañador negro.

—Qué bruto.

—Y tú una mentirosa si dices que no te gusta.

Sonrió y me apretó entre las piernas.

La puse boca abajo, le levanté la cadera con una almohada y volví a penetrarla desde atrás, más despacio, más profundo. Desde ahí podía oír su respiración romperse con cada embestida, podía verle el culo abrirse un poco y su coño tragándome una y otra vez. Bajé una mano y le metí dos dedos en la boca para que los chupara; cuando los saqué, la agarré de la barbilla.

—Quiero oírte pedirlo.

—Fóllame —dijo sin problema.

—Más claro.

—Fóllame fuerte. Quiero más polla.

Le di más. La cama volvió a golpear la pared. Ella gemía ya sin control, con esa voz ronca de mujer excitada de verdad, no de película. Se corrió otra vez con la cara hundida en la sábana, y yo tardé poco en seguirla, esta vez saliéndome a tiempo para correrme sobre su culo y su espalda baja. Ella se llevó los dedos a tocarse y luego me miró por encima del hombro.

—No pensaba sentirme tan guarra contigo —dijo.

—A mí me encanta esa versión tuya.

—Pues acostúmbrate.

Nos limpiamos entre risas cansadas y al final sí caímos rendidos.

***

Por la mañana me desperté antes. La vi dormida de lado, con el pelo revuelto sobre la almohada y una expresión de paz que no le había visto despierta. Le dejé una nota en la cocina antes de ir a trabajar: Te espero en la escuela. Hoy te toca tu primera clase de kitesurf. Y esta noche, si sigues en pie, te vuelvo a comer entera.

Pasé la mañana distraído, recordando su cuerpo debajo del mío, la forma en que había dicho «dentro», la manera en que se había corrido mordiéndose el labio. Cuando llegó a la playa llevaba una de mis camisetas y unos shorts diminutos. Me besó como si no hubiera nadie alrededor.

La clase fue un desastre divertido. El viento la arrastró, se cayó, se enredó en las líneas y se rió de sí misma como una adolescente no, como una mujer liberada por fin de hacer siempre el papel correcto. Cada vez que yo iba a corregirle el arnés o a recolocarle las manos en la barra, ella aprovechaba para rozarme la polla por debajo de la licra.

—Compórtate —le dije entre dientes.

—Anoche te gustaba más cuando no me comportaba.

Después fuimos a una zona apartada de la playa. No había casi nadie. Extendimos las toallas, bebimos agua y nos tumbamos al sol. Yo seguía viéndola con hambre. Ella lo notó, porque se desató la parte superior del bikini y dejó los pechos al aire como quien deja una copa sobre la mesa.

—¿Qué? —preguntó al ver mi cara.

—Que no voy a sobrevivir así mucho rato.

Se incorporó, miró alrededor y me bajó el bañador lo justo para sacar mi polla. Ya estaba dura. La sostuvo con la mano y le dio una chupada corta, provocadora, apenas la punta, antes de volver a mirarme.

—Entonces no sobrevivas.

No esperé más. La llevé al agua, hasta que nos cubrió la cintura. Allí la alcé por los muslos y ella me rodeó con las piernas, pegándose a mí. La punta encontró sola la entrada de su coño, todavía sensible de la noche. Entré de abajo arriba mientras las olas nos golpeaban.

—Ah... mierda... —gimió, apretando los brazos alrededor de mi cuello.

La follé sujetándola en el mar, levantándola y bajándola sobre mi polla. Cada embestida iba acompañada por el agua salpicándonos las caderas. Era incómodo y perfecto a la vez, porque ella estaba caliente de un modo casi juvenil y a mí me encantaba sentirla perder la cabeza en pleno día.

—Más —me susurró al oído—. No me cuides tanto.

Le mordí el hombro y empujé más fuerte. Su coño me apretaba de forma brutal, y ella no dejaba de moverse, buscando el ángulo, gimiendo sin disimulo. Se corrió abrazada a mí, con la frente pegada a la mía, y yo la seguí segundos después, saliéndome justo para correrme en el agua y sobre su vientre bajo.

Volvimos a la orilla casi sin fuerzas, riéndonos como dos idiotas. Nos tendimos en la arena húmeda a recuperar aire, y ella me acarició la cara con una ternura que contrastaba con la guarrada de hacía un minuto.

—No recordaba que el sexo pudiera sentirse así —dijo.

—¿Así cómo?

—Libre. Sucio. Tierno. Todo junto.

Yo no tenía una respuesta elegante. La besé y punto.

***

Esa noche la invité a cenar en el pueblo. Caminamos por calles estrechas, cenamos tarde, bebimos más de la cuenta y regresamos a mi apartamento con el cuerpo encendido otra vez. Mientras ella se duchaba, llené el cuarto de velas pequeñas que había comprado esa misma tarde en un mercado. Cuando salió desnuda y vio la habitación iluminada, se quedó quieta en la puerta.

—Tú sí que sabes montar una trampa —dijo.

—Métete en la cama y te enseño la segunda parte.

Se tumbó sin una gota de vergüenza esta vez. Fui a por aceite corporal que usaba después de surfear y lo calenté entre las manos. Empecé por los pies, masajeándole los tobillos, las pantorrillas, los muslos. Quería hacerla arder despacio. Quería oír cómo una mujer acostumbrada a mandar se rendía solo por gusto.

—Así sí podría volverme adicta a ti —murmuró.

Le masajeé las tetas, el vientre, las caderas. Después le hice abrir las piernas y le resbalé las manos aceitadas por todo el coño. Estaba ya húmeda, pero el aceite dejó la piel brillante y más sensible. Le metí un dedo, luego dos, y con el pulgar le trabajé el clítoris en círculos exactos. Ella empezó a retorcerse enseguida.

—No me hagas esperar demasiado —pidió.

—Hoy hago lo que me dé la gana contigo.

—Entonces date prisa.

Me incliné y se la comí otra vez. El aceite, su flujo y mi saliva se mezclaron hasta volver aquello un desorden deliciosamente obsceno. Chupaba, lamía, metía la lengua, y ella no paraba de decir mi nombre. Cuando la noté al borde, subí por su vientre y le metí la polla de una sola vez. El grito que soltó me dejó claro que había entrado justo como quería.

La follé mirándola a los ojos, con las velas reflejadas en su piel sudada. Ella me recibía con las piernas abiertas de par en par, agarrándose los pechos, ofreciéndose toda. Luego quiso ponerse encima, luego quiso a cuatro, luego quiso chuparme hasta casi hacerme correr y después volver a abrirse para sentirme dentro una última vez antes de dormir.

Nos corrimos juntos otra vez, esta vez con menos prisa y más hambre de repetir. Quedó tendida boca arriba, con el pecho subiendo y bajando fuerte.

—No pensé que un profesor de surf me fuera a follar así —dijo con una risa ronca.

—Yo no pensé que una mujer como tú fuera a pedirme tanta polla.

—Pues ve acostumbrándote.

Se acurrucó a mi lado y estuvimos un rato en silencio. Luego habló de su vida, de su empresa, de su hija, de su miedo a volver a vivir a medias. Yo le hablé de Madrid, de lo que había dejado pendiente y de lo poco que me imaginaba regresando.

—No puedes esconderte aquí para siempre —me dijo al amanecer, sin dejar de acariciarme el pecho—. Tienes talento y todavía vida por delante.

—¿Y eso te parece una forma elegante de echarme de la playa?

—No. Me parece una forma honesta de decirte que me importas.

La miré en silencio. Después sonrió, bajó la mano a mi polla otra vez y la apretó con firmeza.

—Pero no hoy —añadió—. Hoy todavía eres mío.

Y mientras volvía a metérsela en la boca con esa calma obscena que ya conocía, supe que aún nos quedaban varios días de mar, vino y polvo antes de que la realidad viniera a pedir explicaciones.

Para quienes leen desde zona oeste: acompañantes en Moreno, con fotos reales.

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Comentarios(5)

CarlosF_MDQ

excelente!!! quiero mas de esta señora

MiriamRD

Me encanto el desarrollo, se nota que saben manejar muy bien la tension. Esperando la continuacion!

ElObservador_ok

La categoria maduras es mi favorita y este relato no defrauda. Muy bien narrado, sin ser burdo. Sigan asi

BrunoSalta

Me recordo a un verano en la costa, esas cosas pasan mas de lo que la gente cree. Bien descripto y creible, se siente real.

Vale_Noc

hay segunda parte??? quede con ganas de saber que paso despues jaja

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