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Relatos Ardientes

Mi exsuegra me llevó desnudo hasta su habitación

El amanecer ya clareaba por las cortinas cuando Nora se incorporó sobre mí con una seguridad que me dejó sin aire. Todavía la tenía mojada y abierta alrededor de mi polla, y cuando le agarré la cintura para ayudarla a subir y bajar, me miró con una sonrisa descarada, de esas que solo tienen las mujeres que saben exactamente lo que provocan.

—¿Sabes qué pensé el día que me presentaste a tu hija? —murmuró, jadeando—. Que me ibas a traer problemas. Y mírame ahora, rebotando sobre la polla de mi exyerno como una loca.

La frase me puso todavía más duro. Nora lo notó enseguida. Echó la cabeza hacia atrás, apretó los muslos contra mis costados y empezó a cabalgarme con más fuerza, dejando que sus tetas maduras botaran libres con cada golpe. Yo la sujetaba fuerte, enterrándole los dedos en la cintura, sintiendo cómo su coño me apretaba cada vez que bajaba hasta el fondo.

—Joder, así —dijo—. No me sueltes. Quiero sentirla entera.

Estaba a punto de incorporarme para darle la vuelta y follármela yo cuando una voz nos congeló a los dos.

—¡Mamá!

Volvimos la cabeza al mismo tiempo. En la puerta estaba Lucía, despeinada, con una camiseta larga y una cara entre escandalizada y furiosa. Su madre seguía sentada sobre mi polla, desnuda, sudada y sin la menor intención de apartarse.

—¿Qué mierda están haciendo? —soltó ella.

Nora resopló, como si la interrupción le fastidiara de verdad.

—Lo ves perfectamente. Estoy follando.

Lucía me miró a mí, luego a la mano de su madre aferrada a mi pecho, luego al movimiento lento con el que seguía deslizándose sobre mí.

—Pero es mi ex.

—Precisamente —respondió Nora, y se inclinó hacia delante para besarme el cuello mientras hablaba—. Ex tuyo. Ahora apártate o te quedas mirando en silencio.

Lucía abrió la boca para discutir, pero no dijo nada más. Se dio media vuelta y se marchó con pasos duros. El portazo de la habitación de al lado sonó seco.

Nora soltó una risa baja y volvió a moverse sobre mí, más excitada que antes.

—Esto me pone enferma —susurró—. Que se enfade me da igual. Que se quede con ganas de mirar ya es otra cosa.

Metí las manos entre sus nalgas, la levanté un poco y empecé a embestir desde abajo. Ella dejó caer el cuerpo sobre mí, pegando sus pezones a mi pecho, y sus gemidos se hicieron más roncos. Cada vez que la levantaba y la bajaba, el chasquido húmedo de su coño sonaba claro en la habitación.

—Más fuerte —me exigió—. No me trates como si fuera de cristal.

Le obedecí. La agarré de la cintura y empecé a follarla duro, dejando que ella rebotara mientras yo la recibía desde abajo. Sus uñas me arañaron el hombro. Me mordió el labio. Se corrió con un espasmo largo, apretándome tanto que casi me vació ahí mismo.

Cuando por fin nos separamos, ella se puso de pie sin pudor. Recogió su vestido del suelo y se lo pasó por la cabeza con una calma insultante. Yo seguía desnudo y empalmado en la cama, viéndola caminar hacia la puerta como si acabara de servirse un café, no de correrse encima de mí mientras su hija nos descubría.

Escuché voces en el salón. No distinguía todas las palabras, solo el tono tenso de Lucía y la tranquilidad obscena con la que Nora le contestaba. En algún momento cerré los ojos unos segundos, agotado por la noche y por el amanecer.

Me desperté al sentir una mano caliente deslizándose por mi polla.

Nora estaba de nuevo a mi lado. Tenía el pelo recogido deprisa, el vestido mal abrochado y esa expresión satisfecha que me volvía loco. Me masturbaba despacio, subiendo y bajando con la palma llena de mi propio lubricante seco y de su humedad anterior.

—Qué haces —pregunté, todavía medio dormido.

—Disfrutando de ti —dijo—. Ya hablé con ella. Recoge tus cosas y ven a mi habitación.

Me incorporé para buscar el pantalón, pero Nora negó con la cabeza.

—Nada de ropa. Me excita verte desnudo.

—Tu hija está en casa.

Sonrió, lenta, maliciosa.

—Mi hija ya te ha visto desnudo. Yo también. No veo el drama.

La idea de salir así por el pasillo me puso tenso y cachondo a la vez. Aun así, hice lo que me dijo. Tomé mis cosas con una mano y caminé detrás de ella completamente desnudo, con la polla semidura balanceándose entre las piernas. Justo cuando íbamos a entrar en su cuarto, Lucía salió del suyo.

Nos miró de arriba abajo. A mí me clavó la vista en la entrepierna sin disimulo antes de subirla otra vez a la cara.

—Así que siempre serías mi «amigo» —dijo con veneno.

—Y lo sigo siendo —respondí—. Solo que ahora también lo soy de tu madre.

Nora soltó una carcajada y me empujó suavemente hacia dentro de la habitación.

—No seas egoísta, hija.

Entramos y cerró la puerta, aunque no del todo. Ese detalle no se me escapó. Tampoco a ella.

—¿La dejas entornada a propósito? —pregunté.

—Tal vez —dijo, acercándose a mí—. Tal vez quiero que se imagine cómo te mueves. O tal vez quiero que escuche cómo me haces gritar.

Me agarró la polla y me hizo retroceder hasta la cama. Luego se arrodilló delante de mí con una naturalidad obscena, alzó la vista y me pasó la lengua por la punta, muy despacio, recogiendo el líquido que ya me brillaba allí.

—Joder, Nora...

—Calla y déjame jugar.

Abrió la boca y me la tragó casi entera de golpe. El calor me dobló las rodillas. Su boca era húmeda, profunda, experta. Me sujetó por la base con una mano y con la otra me apartó los huevos para lamer por debajo, chupando y soltando con un ruido sucio que me hizo gemir como un idiota. Cada vez que subía, me miraba; cada vez que bajaba, cerraba los labios y apretaba.

—Me encanta esta polla —murmuró al sacársela un momento—. Dura, grande y obediente. Ahora méteme los dedos.

Se subió el vestido hasta la cintura y se sentó al borde de la cama con las piernas abiertas. No llevaba bragas. Su coño estaba hinchado, brillante, los labios húmedos y entreabiertos. Acerqué la mano y le pasé un dedo por la entrada. Ella soltó un siseo, separándose más.

—No me acaricies como si estuvieras pidiendo permiso. Mételos.

Le metí dos dedos de golpe. Su cuerpo respondió con un temblor que me puso aún más caliente. Empecé a follarla con la mano, entrando y saliendo rápido, mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Nora se echó hacia atrás sobre los codos, ofreciéndose entera.

—Así... sí... joder. Ahora chúpame.

Caí de rodillas entre sus piernas. Hundí la cara en su coño y empecé a lamerla de abajo arriba, metiendo la lengua, abriéndola más con los dedos. Tenía un sabor fuerte, limpio, excitante. Nora me agarró del pelo y me mantuvo ahí, guiándome con pequeños tirones.

—No pares —jadeó—. Quiero correrme en tu boca.

Le metí la lengua lo más adentro que pude, alternando lamidas lentas con chupadas directas en el clítoris. Sus piernas empezaron a cerrarse alrededor de mi cabeza. Después vino el temblor. Se corrió con la espalda arqueada, diciendo mi nombre entrecortado mientras me empujaba contra su coño empapado.

Cuando se calmó apenas unos segundos, me hizo ponerme de pie otra vez.

—Ahora fóllame —ordenó—. Quiero desayunar después con las piernas flojas.

La tumbé boca arriba y le levanté una pierna sobre mi hombro. Entré despacio al principio, sintiendo cómo su coño se abría y me tragaba. Ella dejó escapar un gemido grave, de esos que salen del vientre. Luego empujé hasta el fondo y supe por la forma en que se aferró a la sábana que ya no quería suavidad.

Empecé a embestir fuerte. El colchón golpeaba la pared. Su respiración se volvió irregular. Me pedía más sin parar, una palabra tras otra, sin vergüenza, sin filtro.

—Más... más... no pares... fóllame bien...

Cambié de ángulo, le agarré las dos piernas y se las abrí más. Mi polla entraba y salía cubierta de su humedad, golpeándola tan hondo que cada embestida le arrancaba un gemido distinto. Nora se pellizcó un pezón y luego me buscó la mano para que se lo apretara yo.

—Me gusta cuando te pones bruto conmigo —dijo—. Se nota que todavía te pongo como un animal.

Me incliné sobre ella y la besé mientras seguía follándola. Sentía sus caderas buscando mis golpes. Cuando estaba cerca de correrme, me empujó el pecho.

—Todavía no. Quiero guardarte para después.

***

Desayunamos tarde, con el aire cargado de una tensión espesa que no se podía disimular. Nora llevaba un bikini blanco bajo una camisa abierta; Lucía, unos vaqueros cortos y una blusa ligera. Yo me puse un bañador por puro trámite, aunque ninguno de los tres parecía interesado en fingir normalidad.

Fue Nora quien volvió a romper el silencio, removiendo el café como si hablara del tiempo.

—¿Y ese hombre nuevo que te trae tan distraída?

Lucía casi se atragantó al oírla.

—Se llama Adrián.

—¿Ya te lo follaste? —preguntó su madre, sin pestañear.

—Mamá, por favor.

—Eso es un no.

Lucía la fulminó con la mirada. Nora sonrió y se recostó en la silla, triunfal. Yo no sabía si reírme o desaparecer.

—Nos invitaron a una barbacoa —dijo al fin Lucía, mirándome a mí—. Podemos ir luego. Si vienes, diremos que eres amigo de la familia.

—Perfecto —respondí.

Nora dejó la taza y me rozó el muslo por debajo de la mesa.

—Antes de eso, quiero piscina.

La forma en que lo dijo no dejaba dudas sobre lo que significaba realmente.

Salimos al jardín cuando el sol ya pegaba con fuerza. La piscina brillaba azul, tranquila, casi indecente en contraste con lo que se respiraba entre nosotros. Nora se quitó la camisa, luego la parte de arriba del bikini y después la de abajo con una lentitud calculada. Se quedó completamente desnuda frente a mí, sin esconder nada.

—¿Vas a mirarme o vas a seguir vestido como un imbécil?

Me quité el bañador. Lucía soltó un bufido desde la tumbona, pero no apartó los ojos.

Entramos al agua desnudos. Nora se pegó a mí enseguida, bajo la superficie, frotando su coño contra mi muslo mientras me besaba con hambre. El agua enfriaba la piel, pero no el cuerpo. Su mano encontró mi polla y empezó a moverla bajo el agua con una tranquilidad provocadora, sabiendo muy bien quién estaba mirando desde fuera.

—De verdad van a hacer esto delante de mí —dijo Lucía.

Nora giró la cabeza hacia ella.

—Si no quieres verlo, vete.

Pero no se fue.

Salimos de la piscina chorreando y nos tumbamos sobre una colchoneta inflable junto al borde. El plástico caliente crujió bajo nuestros cuerpos mojados. Nora se colocó encima de mí primero, a horcajadas, y me guio la polla entre sus piernas. El glande rozó su entrada húmeda varias veces antes de hundirse por fin, despacio, delicioso, mientras ella soltaba un gemido que fue casi un ronroneo.

—Estoy empapada —dijo sin pudor—. Y creo que es porque mi hija nos está mirando.

Empezó a moverse sobre mí con círculos lentos de cadera. Cada balanceo hacía sonar el colchón con un chirrido ridículo y excitante. El sol le doraba la piel mojada, y sus tetas subían y bajaban frente a mí. Le agarré las caderas y empecé a marcarle el ritmo.

—Sigue —me pidió—. No pares. Quiero sentirla muy dentro.

La embestí desde abajo varias veces, y el colchón se deslizó un poco sobre las baldosas. Lucía seguía inmóvil, de pie ahora, con los brazos cruzados, mirando demasiado fija para fingir desprecio. Nora se dio cuenta y exageró sus gemidos, abriendo más las piernas, dejándome verla entrar y salir de ella.

—Así, joder... sí... más hondo...

Le pellizqué los pezones y le clavé la polla hasta el fondo. Ella soltó un grito breve y después empezó a repetir un «ya, ya, ya» entrecortado mientras se corría por primera vez. Noté la contracción brutal de su coño alrededor de mí. Aun así no quiso bajarse.

—Otra vez —exigió, jadeando—. Dame otra.

Le di la vuelta en la colchoneta y la puse a cuatro patas. El agua seguía escurriendo por sus muslos y por la curva madura de sus nalgas. Me puse detrás y la penetré de una sola embestida. El sonido fue más húmedo, más sucio, más obsceno. Empecé a follarla fuerte, sujetándola por las caderas, hundiéndome en ella mientras sus pechos se balanceaban sobre el plástico y el colchón rechinaba sin descanso.

—Sí, sí, justo así —gritaba—. Fóllame, no pares, quiero correrme otra vez.

Lucía dio un paso atrás, pero no por irse. Se quedó clavada, con la respiración agitada. Lo vi incluso desde donde estaba. Nora también.

—Mírala —dijo entre jadeos—. Está rabiosa y cachonda. No sabe qué hacer con eso.

Le metí una mano entre las piernas y le froté el clítoris mientras seguía follándola. Nora tembló entera. Se corrió de nuevo con un gemido largo y sucio, y yo no pude aguantar más. Me corrí dentro de ella, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo recibía cada pulsación apretándome con desesperación.

—Sí... lléname —dijo en un grito ahogado.

Lucía por fin habló, con la voz rota de furia.

—Dan asco. Lo hacen para joderme.

Se giró y se fue hacia la casa. Nora se dejó caer sobre la colchoneta, sudada y temblando de satisfacción.

—Ha sido mejor por eso —confesó, sonriendo sin abrir los ojos—. Sentirte dentro mientras ella miraba me volvió loca.

***

Más tarde, ya en el salón, el ambiente seguía cargado. Lucía anunció que iba a pasar antes por casa de ese hombre para organizar lo de la barbacoa. Nora apenas esperó a que empezara a subir la escalera para desanudarse otra vez la parte de arriba del bikini.

—¿Y si lo consumamos nosotros una vez más? —preguntó, sacándose también la parte de abajo—. Aquí mismo.

Se tumbó desnuda sobre el sofá, abrió las piernas y se acarició el coño con dos dedos, mirándome a la cara. Yo me quité la camisa y el bañador en menos de diez segundos. La polla ya me latía dura en la mano antes de llegar junto a ella.

Me tumbé a su lado y empecé a frotarme contra su cuerpo. Mis muslos contra los suyos, mi polla resbalando entre su vientre mojado y su monte, mis manos amasándole las tetas. Nora jadeó y me agarró la nuca para llevarme a su boca. Nos besamos con saliva, con dientes, con prisa.

—Quiero que me des por detrás —susurró de pronto—. Hoy quiero todo.

En ese momento apareció Lucía en la escalera. Se quedó paralizada al vernos otra vez.

—¿No podían esperar a que me fuera?

Nora ni la miró.

—No queríamos perder tiempo.

Lucía resopló y siguió hacia la puerta, pero se quedó allí, a medio camino, escuchando. Eso bastó para excitar más a su madre. Nora se puso a cuatro patas sobre el sofá y me enseñó el culo sin pudor, separándose las nalgas con una mano.

—Métemela —ordenó—. Quiero que me encules.

Tragué saliva. La imagen era brutal: su espalda arqueada, el coño hinchado y brillante, el ano cerrado y tenso esperándome. Me acerqué primero con los dedos. Le escupí un poco entre las nalgas y empecé a frotar despacio. Nora soltó un gemido contenido y se apretó contra mi mano.

—Así... prepárame bien.

Le introduje un dedo lentamente, sintiendo cómo su cuerpo se resistía y luego cedía. Empecé a moverlo adentro, mientras con la otra mano le metía dos dedos en el coño para mantenerla abierta y excitada. Ella jadeaba cada vez más fuerte, echando la cabeza hacia atrás.

—Otro —me pidió.

Le metí un segundo dedo en el culo. El ano empezó a ceder de verdad, a aflojarse alrededor de mi mano. Luego un tercero, muy despacio, empujando al ritmo en que mi otra mano la seguía follando por delante. Nora se corrió así, apoyada sobre el sofá, gimiendo como una perra en celo, empapándome los dedos.

—Ahora —dijo, sin aliento—. Ahora sí. Métela.

Alineé la punta de la polla con su ano y empecé a empujar. La cabeza entró con resistencia; Nora gritó, mitad dolor, mitad excitación. Me detuve un segundo.

—¿Sigo?

—Sí. Ya la tengo. Sigue, joder.

Empujé más. Su culo terminó de abrirse y me tragó entero a tirones cortos. El calor era diferente, más apretado, más salvaje. Me quedé quieto un instante para no correrme en el acto, respirando hondo con las manos clavadas en sus caderas.

—Dios... —murmuró ella—. Muévete.

Empecé despacio, retirándome apenas y volviendo a entrar. Cada embestida arrancaba un gemido distinto. Su cuerpo se iba acostumbrando, relajando, pidiendo más. Le metí una mano por debajo del vientre y empecé a frotarle el clítoris mientras la follaba por el culo. Ahí se perdió del todo.

—No pares... no pares... así... así...

Fue entonces cuando Lucía regresó. No sé si había olvidado algo o si simplemente no pudo irse. Se quedó en la entrada del salón, mirando con los ojos muy abiertos cómo su madre recibía mi polla por el culo sobre el sofá.

—Dios...

Nora, en vez de taparse, abrió más las piernas y siguió empujando hacia atrás para recibirme mejor.

—¿Qué haces ahí parada? —jadeó—. Si vas a mirar, mira bien.

Lucía no contestó. Se sentó en una silla sin apartar la vista. Tenía el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Luego, con una lentitud que me dejó helado, se desabrochó el pantalón corto y metió una mano por dentro. La otra la llevó bajo la blusa, agarrándose un pecho.

—Me he puesto cachonda —admitió, casi en un hilo de voz.

La escena me golpeó como una descarga. Seguí follando a Nora por el culo mientras ella se masturbaba frente a nosotros. Mi ex miraba cómo penetraba a su madre y se tocaba al mismo tiempo, respirando entre gemidos pequeños y avergonzados. Nora, al darse cuenta, se excitó aún más.

—¿Ves? —dijo entre jadeos—. Te dije que solo necesitaba mirarte un rato.

La sujeté del pelo y aceleré. Mi polla entraba y salía de su ano con un sonido espeso y húmedo. Nora gemía sin ningún control. Lucía se acariciaba cada vez más rápido, con la cara encendida, mordiéndose el labio para no gritar. Yo alternaba embestidas profundas con roces firmes en el clítoris de Nora, sintiendo cómo se deshacía entre mis manos.

—Me corro —dijo ella—. No pares, no pares, no pares...

Se corrió con todo el cuerpo convulsionando bajo mí. El espasmo de su culo me apretó tanto que me arrastró al borde. Seguí un poco más, duro, sin ritmo ya, hasta que me vacié dentro de ella con un gruñido. Al mismo tiempo, Lucía se arqueó en la silla y se corrió también, tapándose la boca demasiado tarde para ahogar el gemido.

Quedamos los tres respirando como si hubiéramos corrido una maratón.

Cuando me aparté, Nora se dejó caer de lado sobre el sofá, temblorosa, con una expresión satisfecha y agotada. Lucía se acomodó la ropa sin mirarnos directamente, pero tenía las manos temblando.

—¿Estás bien? —le preguntó su madre, con voz ronca.

—Sí —dijo ella tras un silencio—. Más tranquila de lo que esperaba.

Nora soltó una risita cansada.

—A mí me duelen las piernas. Y el culo. Pero me ha encantado.

Lucía se levantó despacio.

—Se me olvidó por qué había vuelto.

Subió las escaleras y desapareció un momento. Nora intentó ponerse de pie y se quejó, sujetándose al brazo del sofá.

—Joder. Me dejaste floja de verdad.

La ayudé a incorporarse. Me coloqué detrás de ella, la abracé por la cintura y le agarré las tetas mientras mi polla, todavía semidura y manchada, se apoyaba entre sus nalgas. Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás.

—No hagas eso.

—¿Te duele?

—No. Me excita demasiado.

Lucía volvió a bajar justo entonces y nos encontró pegados otra vez. Se detuvo un segundo, suspiró y negó con la cabeza.

—Da igual. Los espero más tarde en casa de Adrián. Recuerden: amigo de la familia.

Se fue por fin, cerrando la puerta con menos violencia que antes.

Nora giró apenas la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—Necesito una ducha. Contigo.

—Pensé que ya habíamos terminado.

Sonrió con una malicia intacta a pesar del cansancio.

—No seas ingenuo. Solo quiero lavarte... y volverte a poner duro.

Subimos juntos la escalera, ella desnuda, yo detrás, acariciándole las caderas. Ya en el baño, abrió la ducha y dejó que el agua caliente nos cubriera. Se apoyó de espaldas contra los azulejos y volvió a agarrarme la polla con la misma hambre de la primera vez, como si todo lo que había pasado aquel día no hubiera sido suficiente.

Y la verdad era que para mí tampoco lo era.

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Comentarios(6)

FerAlvarez

tremendo relato!! no me lo esperaba para nada

RobertoPlata

por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como termina todo

MarcelaCba_78

hace tiempo no leia algo tan bien narrado. Se siente autentico, sin ser exagerado. Muy bueno

Lautaro_NQN

increible!!! siguiendo de cerca

Hernan_RO

me recordo a algo que me paso con la familia de mi ex, jajaja aunque nada tan al limite. Buen relato

DiegoPM

esto paso de verdad? igual da igual, esta muy bien contado

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