Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La milf del resort quiso jugar delante de su marido

Viajé al sudeste asiático por trabajo, aunque sabía que, una vez terminados los trámites, me quedaría unos días en el mismo rincón al que siempre volvía para desconectar. Era un complejo pequeño, discreto y elegante frente al mar, levantado entre arena blanca, palmeras y villas de madera con terraza privada. El dueño, un viejo amigo llamado Darin, me recibió como si yo fuera de la familia.

Su esposa, Naree, igual de amable que siempre, se ocupó de que no me faltara nada. Con ellos estaba su hermana menor, Suda, una viuda joven pero claramente adulta, de mirada suave y manos delicadas. Tenía esa mezcla de timidez y calor que hacía difícil no fijarse en ella.

Los primeros días fueron de papeleo, esperas eternas y reuniones absurdas en la capital. Cuando por fin regresé a la costa, lo único que quería era nadar, bucear y olvidarme del teléfono. Darin me prestó una lancha pequeña para moverme por las islas cercanas y me pasé varias jornadas entrando y saliendo del agua como si el mundo se hubiera reducido a sal, sol y silencio.

Todo cambió por una torpeza idiota. Una noche, preparando el equipo del día siguiente, pisé descalzo una punta metálica y terminé con varios puntos en la planta del pie. El médico me prohibió meterme al mar unos días, así que me resigné a la hamaca, al bar y al gimnasio nuevo que Darin había montado junto a la piscina.

Fue allí donde empecé a observar a las parejas del resort. Había gente de media Europa, algunos latinos, varios españoles. Una de las mujeres era atlética, de piernas fuertes y carácter seco. La otra me atrapó desde el primer momento: una española de unos cuarenta, morena, alta, culo firme, cintura estrecha y una forma de moverse que parecía calculada para que todos miraran sin que ella tuviera que pedir atención.

La llamaré Verónica. Su marido, al que llamaré Bruno, era de esos tipos parlanchines que se ríen demasiado y hacen preguntas con doble intención. Ella, en cambio, tenía una lengua afilada y una seguridad descarada. No se parecían en nada, salvo en una cosa: los dos disfrutaban con el juego de la tensión sexual, aunque ella fingía oponerse más de lo que en realidad le apetecía.

Cada mañana Suda me cambiaba el vendaje del pie junto a mi tumbona. Se inclinaba delante de mí con esa seriedad profesional que no conseguía ocultar el roce de su pecho contra mi muslo ni el perfume dulce que me dejaba dando vueltas en la cabeza. Verónica y Bruno estaban cerca y creían que yo era inglés, porque me habían oído hablar en ese idioma con Darin y con el personal.

No me molesté en corregirlos. Me divertía demasiado escucharlos.

Usaban el traductor del móvil para hablar conmigo cuando les convenía, pero entre ellos comentaban en español creyendo que yo no entendía una palabra. Así me enteré de que Bruno estaba obsesionado con la idea de ver a su mujer con otro. Y de que Verónica, lejos de escandalizarse de verdad, le seguía el juego a base de insultos, sonrisas y amenazas.

—No me jodas, que el inglesito está buenísimo —le soltó él una mañana.

—Buenísimo está, sí, pero no por eso voy a abrirme de piernas en la playa —respondió ella, con una risa seca.

—Pues curiosidad tendrás.

—Curiosidad tengo de muchas cosas, Bruno. Otra cosa es que te las conceda.

Me quedé inmóvil, fingiendo concentración en el portátil, mientras por dentro me empezaba a subir una excitación lenta. Ella llevaba un bikini mínimo, amarillo pálido, que apenas le cubría los pezones y se perdía entre sus nalgas. El tipo la miraba como un hambriento y, al mismo tiempo, como si quisiera ofrecérmela envuelta para regalo.

Ese mediodía se sentaron conmigo a comer. Bruno insistió tanto que terminé aceptando, y entre traducciones torpes, copas y chistes, fue dejando caer insinuaciones cada vez más directas. Verónica se reía, negaba con la cabeza y me miraba con unos ojos que decían lo contrario de su boca.

Al día siguiente, muy temprano, Suda entró en mi villa a dejarme un té helado con coco. Cerró la puerta, me miró fijo y, sin una palabra, apartó la sábana hasta descubrirme. Me agarró la polla con una urgencia que no le había visto nunca y se la llevó a la boca con hambre, metiéndosela casi hasta la garganta mientras me sujetaba las caderas.

El cambio fue instantáneo. En segundos la tenía dura, pesada, latiendo entre sus labios. Suda me la chupaba con esa mezcla de devoción y descaro que vuelve loca la cabeza de un hombre: lengua larga por el tronco, besos húmedos en la punta, garganta tragando despacio. Le agarré el pelo, no para apartarla, sino para marcarle el ritmo, y ella respondió gimiendo con la polla enterrada en la boca.

Estaba a punto de corrérmele dentro cuando alguien golpeó apenas la puerta y entró sin esperar. Era Bruno.

Se quedó quieto, helado, mirando a Suda arrodillada y a mi polla tiesa fuera de sus labios. Ella se levantó de golpe, roja de vergüenza, y salió casi corriendo. Bruno tardó dos segundos más en reaccionar, masculló una disculpa y desapareció como si lo hubieran empujado.

Cuando bajé a desayunar, él ya estaba sentado. Tenía la cara desencajada, pero no por pudor. Lo que le brillaba en los ojos era puro morbo. Verónica notó enseguida que algo pasaba y empezó a presionarlo, pero él aguantó hasta que sirvieron el café. Yo tuve que morderme por dentro para no soltar una carcajada al escuchar cómo se lo contaba.

—He entrado en su villa y lo he pillado con la chica del hotel chupándosela —dijo en voz baja.

—Eso te pasa por entrar donde no te llaman —contestó ella.

—No es eso. Es que… joder, Vero, no he visto una cosa así en mi vida.

Ella lo llamó exagerado, pero se le alteró la respiración. Lo noté. También noté cómo me miró al levantar la taza, como si de pronto yo me hubiera convertido en un problema delicioso.

Desde ese momento, Bruno se volvió todavía más pesado. Me ayudaba a levantarme, me acompañaba a todas partes, me preguntaba por mi trabajo, por el gimnasio, por si daba masajes. Le dije que sí, que llevaba años formándome en terapia corporal y recuperación muscular. No era mentira del todo, y vi al instante cómo se le encendía la cabeza.

Esa misma tarde me pidió que le diera un masaje a su mujer en una tumbona, delante de él. Verónica protestó por las formas, pero se tumbó igual, boca abajo, con un vestido ligero sobre el bikini. Empecé por los hombros, luego la espalda, los lumbares. Al poco tiempo tenía la piel caliente y la respiración más lenta.

—¿Qué tal te lo está haciendo? —preguntó Bruno con sonrisa de idiota.

—Muy bien —respondió ella.

—¿Muy bien de verdad?

—Si sigues hablando, te juro que me levanto y te doy una hostia.

Pero no se levantó. Al contrario. Cuando bajé a sus caderas y trabajé con los pulgares cerca del borde del bikini, separó un poco las piernas. Muy poco. Lo suficiente.

Paré a tiempo. Le dije que en la tumbona no podía trabajar bien, que en mi villa tenía camilla y aceites, y que si quería un masaje de verdad se lo daba allí. Bruno lo tradujo encantado. Verónica dijo que ni hablar. Yo asentí como si no me importara. Sabía que eso no había terminado.

***

Esa noche hubo cena común en el restaurante del complejo. Darin tenía la costumbre de mezclar a los huéspedes en las mesas, y terminó sentándome con Verónica y Bruno. Ella apareció con un vestido corto, ceñido, de tela ligera, y sandalias de tacón fino. No enseñaba demasiado, pero no hacía falta. Lo que se adivinaba bastaba para volverme a poner duro antes del postre.

Bruno bebió más de la cuenta y empezó con sus tonterías. Ella le respondía llamándolo enfermo, salido, imbécil. Lo curioso era que cada insulto le salía con media sonrisa. Cuando empezó la música, él la empujó literalmente a bailar conmigo.

Verónica aceptó.

En la pista, pegó el cuerpo al mío sin ninguna prudencia. Su vientre contra mi pelvis, sus tetas rozándome el pecho, su culo apretándose cuando girábamos. Yo seguí el ritmo despacio, firme, notando cómo mi erección crecía entre nosotros. Ella la sintió casi enseguida y alzó la vista con una expresión divertida.

—Vaya, inglés —murmuró en español, segura de que no la entendía—. Así que era verdad lo que dijo mi marido.

No respondí. Solo le apreté la cintura.

—Mucho cuerpo, mucha pose… pero parado eres un rato —añadió, acercando los labios a mi oído—. Como sigas rozándome así, me lo vas a clavar aquí mismo.

Tuve que contenerme para no darle la vuelta y comerle la boca allí mismo. Volvimos a la mesa con los dos respirando distinto. Bruno la interrogó en cuanto me alejé al baño. Cuando regresé, él tenía esa mirada vidriosa que solo da el morbo. Ella, en cambio, parecía irritada, pero con las mejillas encendidas.

Entonces llegó la excusa perfecta. Bruno dijo que a su mujer se le había cargado la espalda y me pidió, con el traductor en la mano, si podía darle ese masaje en mi villa. Verónica lo llamó gilipollas, le dijo que la estaba metiendo en un compromiso y que luego no hiciera el pajillero. Pero acabó levantándose y viniendo con nosotros.

En cuanto entramos, les señalé la sala interior donde estaba la camilla, medio separada por un panel de madera calada. Se podía ver y no ver al mismo tiempo. Le expliqué por señas a Bruno que él debía quedarse sentado, sin acercarse, para que ella se relajara. Asintió como si le estuviera confiando un tesoro.

Verónica fue al baño y salió envuelta en una toalla grande. Debajo llevaba solo unas bragas anchas de algodón fino. Nada de sujetador. Los pezones se le marcaban contra la tela mojada del calor de su piel. Se tumbó boca abajo y me lanzó una mirada desafiante.

—Más te vale que merezca la pena, inglés.

Empecé despacio, con aceite tibio. Hombros, cuello, espalda. Luego bajé a la cintura y a las nalgas, apretando con la palma entera. Ella intentó mantenerse dura al principio, hacer bromas con su marido, pero el cuerpo no sabe fingir tanto. La noté aflojarse, abrir apenas los muslos, entregarse al peso de mis manos.

Tiré de la toalla al estirar el brazo hacia el aceite y se le descolocó. No se quedó desnuda del todo, pero la mitad de la espalda y el culo quedaron al aire. No dijo nada. Solo apretó los dedos contra la camilla cuando empecé a trabajarle los glúteos con fuerza.

—¿Te está gustando? —preguntó Bruno desde fuera.

—Cállate —dijo ella, pero con la voz ya menos firme.

Seguí bajando. Le masajeé la parte posterior de los muslos, el hueco bajo las nalgas, el interior de las piernas. Cada vez que subía un poco más, Verónica separaba un poco más las rodillas. El aceite le dejaba la piel brillante y caliente. Sus respiraciones ya eran demasiado profundas para seguir fingiendo normalidad.

Le enganché las bragas por la cintura y se las fui metiendo entre las nalgas, como quien despeja una zona de trabajo. Entonces sí se revolvió apenas.

—Ni se te ocurra —susurró.

Me incliné hasta su oído y hablé en español muy claro, por primera vez.

—Claro que se me ocurre. Y tú lo llevas buscando desde que llegaste.

Se quedó rígida. Giró la cabeza como pudo, con los ojos abiertos de par en par.

—¿Tú… entiendes todo?

—Todo. Cuando me llamaste inglés. Cuando dijiste que estaba parado. Cuando le dijiste a tu marido que te tenía cachonda.

El susto le duró dos segundos. Después vi otra cosa en su cara: vergüenza, sí, pero también una excitación brutal por haber quedado descubierta. Se mordió el labio y apoyó de nuevo la mejilla en la camilla.

Metí la mano entre sus muslos. Tenía las bragas completamente mojadas. No húmedas: mojadas de verdad, pegadas al coño. Le aparté la tela a un lado y deslicé dos dedos por sus labios hinchados, empapándome de ella. Soltó un bufido ahogado y clavó las uñas en el acolchado.

—No hagas ruido —le dije—. O tu marido sabrá exactamente lo puta que te has puesto.

La palabra la sacudió. Le metí un dedo, luego dos, abriéndola despacio mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Verónica empezó a mover la cadera sola, buscando más. Desde fuera, Bruno preguntó si todo iba bien. Ella tardó un momento en responder.

—Sí… me ha pillado un punto… joder…

Saqué los dedos y me los llevé a la boca delante de ella. Después me arrodillé entre sus piernas, tiré de las bragas hasta las rodillas y le abrí del todo los muslos. Su coño estaba rosado, abierto, brillando bajo la luz cálida de la villa. Le di un beso en la cara interna del muslo y empezó a temblar.

Le comí el coño sin delicadeza. Lengua dura, boca abierta, chupadas lentas en el clítoris, luego rápidas, luego otra vez lentas para volverla loca. Ella se tapó la boca con la toalla, pero aun así dejó escapar gemidos cortos, húmedos, cada vez más desesperados. Cuando le metí la lengua y después dos dedos a la vez, se arqueó tanto que casi se incorporó.

—Qué tonterías dices… —alcanzó a responderle a Bruno cuando este soltó alguna provocación desde el otro lado.

Yo seguí lamiendo hasta que empezó a retorcerse de verdad. Me agarró del pelo, no para apartarme, sino para hundirme más. Le chupé el clítoris con insistencia, le follé el coño con los dedos y la hice correrse con una sacudida fuerte, tragándose el grito dentro de la toalla. Le temblaron las piernas, se le cerró el vientre y me mojó la boca con un orgasmo abundante.

Quedó jadeando, pero no apartó las piernas. Al contrario. Cuando me incorporé, buscó mi polla con la mano. Se la saqué y se quedó unos segundos mirándola, aún con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.

—La madre que te parió —susurró—. Esto no me entra ni de coña.

—En tu coño sí entra —le dije—. Y si te portas, en el culo también.

Me miró con una mezcla de desafío y calentura que ya no ocultaba nada. Entonces me la agarró, la pesó entre los dedos y la acarició una vez de arriba abajo. Bruno seguía fuera, sin verlo, consumiéndose por dentro.

—Amor —dijo ella alzando la voz—, creo que tu fantasía va a dejar de ser fantasía.

Él soltó una risa nerviosa.

—¿Sí?

—Sí. Pero quietecito donde estás. Como te acerques, se acaba.

Me coloqué detrás de ella y le levanté la cadera. Le guié la punta de la polla entre los labios del coño, ya abiertos y resbaladizos, y se la fui metiendo despacio. Verónica apretó los dientes. No por rechazo, sino porque la estaba llenando de una manera a la que no estaba acostumbrada. Cuando noté que había cedido lo bastante, me hundí del todo.

Se le escapó un gemido grave. Esta vez no pudo tragárselo entero.

Empecé a follármela con embestidas cortas primero, para que se acostumbrara, sintiendo cómo me apretaba alrededor. Su coño estaba empapado y caliente, y cada vez que le sacaba casi toda la polla y se la volvía a meter hasta el fondo, se le tensaban las piernas. Le agarré un pecho por debajo de la toalla, le pellizqué el pezón duro y ella gimió otra vez.

—¿Qué te hace? —preguntó Bruno, ronco.

—Lo que tú no sabes —escupió ella entre jadeos.

Yo sonreí y aumenté el ritmo. La camilla crujía, así que alterné empujones lentos con otros secos y profundos. Le metí una mano bajo el vientre para sentir cómo se contraía cada vez que le rozaba cierto punto. Con la otra le separé una nalga y le acaricié el agujero con el dedo untado de su propio flujo.

Verónica dio un respingo.

—Ni se te ocurra…

Le metí solo la yema, girando despacio mientras seguía follándole el coño. Su protesta se convirtió en un jadeo tembloroso. El dedo entró un poco más, luego salió, luego volvió a entrar. Su cuerpo dejó de resistirse y empezó a empujar hacia atrás por puro vicio.

—Dile a tu marido lo mojada que estás —le ordené al oído, sin dejar de embestir.

—Bruno… —dijo ella, casi riéndose de lo perra que sonaba—. Si metes los dedos, me encontrarás chorreando.

Él soltó un «joder» tan sincero que casi me excita tanto como ella.

La saqué del coño. Verónica se volvió para protestar, pero ya estaba colocándola de rodillas al borde de la camilla. Fui a la sala, le hice una seña a Bruno para que se acercara solo lo justo, y lo puse frente a su mujer. Ella seguía envuelta a medias en la toalla, desnuda de cintura para abajo, con el coño brillante y la cara encendida.

—Tradúcele esto —le dije, mirándolo fijo—: si se mueve sin permiso, no la toco más.

Bruno obedeció. Temblaba.

Le di a Verónica una palmada en una nalga. Luego otra. Al principio suaves. Después más fuertes. Su culo empezó a ponerse rojo, primero en el centro y luego extendiéndose hacia los lados. Ella protestaba por orgullo, pero no se apartaba. Al contrario: se abría un poco más con cada golpe.

—Más despacio, animal —decía.

Le di otra, más seca, y dejó escapar un gemido que ya no sonó a queja.

—Dile que quieres más —ordené.

—Ni loca —respondió ella.

Le agarré del pelo y le di una palmada todavía más fuerte. Entonces me miró por encima del hombro, húmeda de sudor y deseo.

—Díselo —insistí.

Se tragó la vergüenza y habló.

—Dile… que me azote otra vez.

Bruno lo tradujo con la voz quebrada. Yo seguí golpeándole el culo hasta dejarlo ardiendo y brillante, y cuando ya estaba temblando de excitación, le indiqué a su marido que pusiera un poco de aceite sobre la raja. Muy poco. Apenas unas gotas.

Metí un dedo en su culo. Entró con resistencia al principio, luego con un tirón suave del esfínter. Ella soltó aire por la boca, largo, casi un gemido. Saqué el dedo, metí dos. Después los retiré y me embadurné la polla con el aceite y con lo mojada que ella estaba.

Verónica me miró con una mezcla de miedo y deseo real. No fingido.

—Si te duele de verdad, me lo dices —murmuré.

—Métemela —dijo, apretando la mano de Bruno—. Y calla de una puta vez.

Le apoyé la punta en el culo y empujé despacio. El primer tramo costó. Su cuerpo se cerró por reflejo, y ella soltó una lágrima, mitad impresión, mitad tensión. Me quedé quieto, respirando con ella, dejándole tiempo. Le acaricié el coño con los dedos al mismo tiempo para distraer el dolor con placer. Poco a poco fue cediendo.

Cuando entré un poco más, Verónica soltó un gemido ronco y echó la cabeza hacia atrás. Bruno la sostenía de la mano como si asistiera a una ceremonia. Yo seguí empujando hasta tener media polla dentro, luego tres cuartos, luego toda. Quedé enterrado en su culo, notando cómo me apretaba de una forma distinta, feroz, caliente.

—Joder… —susurró ella—. Joder… sí…

Empecé a moverme muy despacio. Hacia fuera unos centímetros, hacia dentro otra vez, sin perder el control. El aceite y el trabajo previo hicieron lo suyo. El gesto de dolor se le fue transformando en cara de puro vicio. Se llevó una mano al coño y empezó a frotarse el clítoris con desesperación mientras yo se la metía por el culo una y otra vez.

Entonces sí dejó de fingir cualquier contención. Cada embestida le arrancaba un jadeo. Cada vez que entraba hasta el fondo, echaba el culo hacia atrás para recibirme mejor. La sujeté por la cintura y empecé a follarla más fuerte, ya sin cuidado de camilla ni de silencio. El golpe de mis caderas contra sus nalgas enrojecidas sonaba húmedo, crudo, adictivo.

—Mírala bien —le dije a Bruno—. Mira cómo disfruta.

Él tradujo algo torpemente, pero ya no hacía falta. Verónica estaba perdida. Se corría tocándose mientras yo le follaba el culo, apretando los dientes, con el cuerpo entero convulsionando. El orgasmo le llegó de golpe, brutal. Se le cerraron las piernas, se le doblaron los brazos y soltó por fin un grito abierto que llenó la villa.

Ese apretón me disparó a mí. Seguí embistiendo dos veces más y me corrí dentro de ella con una descarga espesa y larga, agarrándole las caderas mientras sentía cómo su culo me ordeñaba hasta la última sacudida.

Nos quedamos quietos unos segundos, los tres respirando como animales cansados.

Cuando salí, Verónica se dejó caer sobre la camilla, temblorosa, con el culo rojo, el coño húmedo y la toalla perdida en alguna parte del suelo. Bruno la miraba como si acabara de ver cumplida una fantasía que no sabía si lo excitaba o lo desbordaba.

Fui al baño a limpiarme. Mientras me enjuagaba, los oí hablar.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Estoy de puta madre —respondió ella, todavía jadeando.

—Me has hecho el hombre más feliz del mundo.

Hubo un silencio breve. Luego la oí reír, cansada, satisfecha.

—Pues la próxima vez, cariño, me dejas empezar por chupársela. Y tú miras sin tocar.

Salí del baño con una sonrisa que ya no intenté ocultar. Verónica me sostuvo la mirada, descarada otra vez, y esta vez ya sin papel que representar. Había llegado al resort como una mujer que jugaba a escandalizarse. Salía de mi villa con el culo ardiendo, la entrepierna empapada y una fantasía nueva latiéndole en la cabeza.

Y yo supe, por cómo me miró antes de irse, que aquello no había sido una aventura aislada de viaje. Había sido el principio de algo mucho más sucio, más libre y más peligroso para ellos dos.

¿Andás por Buenos Aires? Mirá escorts en Caballito, con perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(6)

TuristaDeVerano

tremendo relato... quede enganchado desde el titulo. mas por favor!!!

CarlosV45

Muy bien narrado, se nota que saben escribir. Seguí así.

Ricky_playa

jajaja el marido en ese plan me mató. que situaciones que se dan en los resorts, siempre hay algo interesante si uno sabe mirar

Fede_BA23

excelente, de lo mejor que lei en mucho tiempo

NightReaderMx

Me recordo unas vacaciones de hace unos años... hay encuentros que uno guarda para siempre. Muy buen relato, gracias por compartirlo.

ClaraM

Primera vez que comento pero vengo leyendo hace rato. Este me obligo a escribir algo. Felicitaciones!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.