La cajera madura que vino a mi casa
Voy a contar una experiencia que me dejó pensando varios días, porque empezó de la forma más tonta posible: con un dulce barato en la caja de un supermercado y una mirada que se sostuvo un segundo más de la cuenta.
Había entrado después de entrenar, con hambre y con esa sensación de que me merecía un capricho. Agarré un roscón, café, fruta, un par de cosas más, y me fui a pagar sin esperar nada especial. Entonces la vi.
Era nueva en la caja. Alta, rubia, de cuerpo grande y firme, con unas piernas potentes y una cara de mujer segura que contrastaba con el uniforme. La ropa ancha no dejaba ver demasiado, pero aun así se adivinaban unas tetas generosas y un culo que llenaba el pantalón de trabajo con autoridad.
Cuando pasó el roscón por el lector, el código no entró. Tuvo que pedir ayuda, y mientras una compañera iba a buscarlo, nos quedamos solos frente a frente, atrapados en esa conversación banal que de pronto deja de ser banal.
—Cada año sacan estas cosas antes —dijo ella, sonriendo—. Así no hay quien se cuide.
—Yo ya me he rendido —contesté—. Lo he visto y he pensado que me lo había ganado.
—¿Está tan bueno?
—Tiene muy buena pinta. Si no, no me lo habría llevado.
Me miró al decirlo. No fue una mirada inocente. Fue esa clase de cruce breve que no te garantiza nada, pero te deja la idea instalada en la cabeza. Luego llegó la compañera con el código, pagué y me fui.
Todo debió quedar ahí, pero no quedó. Durante días volví a acordarme de ella. No por romanticismo. Por morbo puro. Por la forma en que me había sostenido los ojos mientras hablábamos del puto roscón como si estuviéramos hablando de otra cosa.
Después de las fiestas regresé al mismo supermercado a primera hora. Vi otro roscón rebajado y me hizo gracia llevármelo, casi como una excusa privada. Cuando llegué a caja, ahí estaba otra vez.
Esta vez no había cola.
Ella reconoció el producto antes que mi cara y soltó una risa pequeña.
—Otra vez el roscón.
—No aprendo.
—¿Y qué tal estaba el otro?
—Muy bueno. Aunque no me habría importado quedarme un rato más contigo aquel día.
Se puso colorada sin dejar de pasar los artículos. No levantó la vista, pero noté que lo había recibido. Antes de que me cobrara, le pedí un bolígrafo. En el ticket escribí mi número y una dirección, con una pregunta simple: «¿A las cinco?».
Se quedó mirándome mientras escribía.
—Cuando termines, si quieres, tira el ticket —le dije.
Cogí la bolsa y me fui sin volverme. Me parecía la forma más limpia de hacerlo. Sin presionarla, sin dejarla en evidencia, sin teatro. En el coche pensé que lo más probable era que no pasara nada.
Dos horas después me entró un mensaje de un número desconocido.
—Eres un descarado.
Sonreí al instante. Seguimos escribiendo un momento. Me dijo que se llamaba Verónica, que pensó al principio que yo era más joven y que no sabía si aquello tenía sentido. Yo le dejé claro mi edad, mis intenciones y algo más importante: no esperaba nada, pero a las cinco estaría en casa.
Contestó que no prometía nada.
Y sin embargo, a las cinco y cuarto sonó el timbre.
Los minutos que tardó en subir se me hicieron larguísimos. Cuando se abrió el ascensor y la vi avanzar por el rellano, tuve claro que había imaginado bien su cuerpo y me había quedado corto. Llevaba un abrigo largo, zapatos de tacón discreto y un vestido negro sencillo que no buscaba provocar, pero le quedaba de una manera brutal.
Nos dimos dos besos y nos presentamos como si no acabáramos de cometer una locura. Yo me llamaba Darío para ella; ella ya era Verónica para mí. Le tomé el abrigo y al dejarlo colgado pude verla mejor.
El vestido no era ajustado, pero no lo necesitaba. Su pecho empujaba la tela con naturalidad, sus caderas la llenaban por completo, y las medias oscuras convertían sus piernas en algo que costaba dejar de mirar. Era una mujer madura, sí, pero sobre todo era una mujer muy consciente de que aún podía volver loco a un hombre.
—¿Quieres café? —pregunté.
—Y ver la casa —dijo, como si necesitara ganar tiempo.
La recorrimos rápido. Era un ático pequeño, cómodo, con una terraza grande que esa tarde de invierno no servía para nada. Luego fuimos al salón, puse café, saqué el famoso roscón y nos sentamos.
Las primeras dos horas pasaron con una facilidad engañosa. Hablamos de viajes, de trabajos, de rutinas, de lo absurdo que era habernos conocido así. Ella se relajó poco a poco y me contó que llevaba tiempo sola, que salía poco, que casi nunca hacía algo impulsivo.
—Entonces hoy estoy de suerte —dije.
—Hoy estoy siendo irresponsable —respondió, pero sonriendo.
Pasamos del café a la cerveza. Luego a otra. Más tarde, le propuse cenar algo sencillo y se vino conmigo a la cocina mientras preparaba unas hamburguesas. Ella cortaba tomate y lechuga; yo abría vino y moldeaba la carne. La escena era casi doméstica, y quizá por eso la tensión se volvió más evidente.
En un momento tuve que alcanzar una fuente situada encima de ella. Me pegué por detrás más de lo necesario. Mi pelvis rozó su culo con claridad. No fue un accidente.
Verónica dejó de cortar de inmediato.
Apoyó las manos en la encimera y no se apartó. Su espalda se tensó. No dijo nada. Yo tampoco. Cogí la fuente y regresé a mi sitio con el corazón acelerado.
Cuando se volvió hacia mí, su mirada ya no era la misma. Tenía más calor, más decisión, menos excusas.
Cenamos en el salón. Después serví una copa. Ella se acomodó en el sofá, cruzó las piernas y la falda del vestido subió lo suficiente para dejar ver el borde de las medias. Esa imagen me golpeó de lleno.
Me senté a su lado y seguí escuchándola, pero ya no podía concentrarme en las palabras. Solo veía la curva de su muslo, la piel que asomaba entre la media y el vestido, el movimiento lento de sus dedos alrededor de la copa.
En un silencio cómodo, apoyé la mano sobre su rodilla.
No se apartó.
La acaricié con suavidad. Subí un poco. Bajé. Volví a subir. Ella seguía hablando, aunque cada vez más despacio. Hasta que acabó confesando que llevaba demasiado tiempo sin acostarse con nadie.
—¿Demasiado cuánto? —pregunté.
Bajó la vista y soltó el aire.
—Mucho.
Nos dijimos la edad real. Nos sorprendimos los dos. Luego vino esa pregunta que muchas mujeres seguras hacen cuando en el fondo necesitan oír la respuesta.
—¿Y qué haces fijándote en una señora como yo?
Le apreté el muslo un poco más arriba, ya muy cerca del final de la media.
—No me estoy fijando en una señora. Me estoy fijando en una mujer que lleva toda la tarde volviéndome loco.
Esta vez sí me miró de frente. No hubo marcha atrás. Me acerqué despacio y la besé. Al principio fue un beso suave, medido, como si ambos estuviéramos comprobando que aquello era real. En cuanto ella respondió, metiendo la lengua y agarrándome la nuca, se acabó la prudencia.
Mi mano subió por su muslo hasta tocar piel desnuda. Caliente, blanda y firme a la vez. La acaricié por debajo del vestido y apreté una nalga grande, dura, llena. Ella soltó un gemido corto contra mi boca.
—Joder —murmuré—. Menudo culo tienes.
Se sonrojó, pero no con vergüenza. Con excitación.
Le cogí la mano y la llevé a mi pecho. Ella entendió enseguida. Me recorrió el torso, bajó al abdomen y terminó en la bragueta. Notó el bulto y respiró hondo. Desabrochó el botón del pantalón sin apartar los ojos de los míos y empezó a frotarme por encima del calzoncillo, lenta, tanteando, como si quisiera medir el efecto exacto que me estaba causando.
Yo seguía besándole la boca y el cuello. Le mordí justo debajo de la oreja y tembló entera. Mientras tanto, le subí el vestido hasta la cintura. Debajo llevaba medias, tanga y un sujetador que apenas podía contenerle el pecho.
Le abrí las piernas. El calor que salía de entre ellas se notaba incluso a través de la tela. Pasé un dedo por encima del tanga y lo sentí húmedo al instante.
—Mírate cómo estás —le susurré.
Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.
—No me hagas esperar más.
Le saqué el vestido por arriba y luego el sujetador. Sus tetas cayeron pesadas, grandes, con unos pezones anchos y oscuros que me hicieron gemir a mí. Las agarré con las dos manos, sin delicadeza, notando su peso, amasándolas mientras ella me apretaba el paquete por encima de la tela.
Me incliné para chuparle un pezón. Primero lento, con la lengua. Después metiéndomelo bien en la boca, succionando y mordiendo lo justo. Su reacción fue inmediata: un gemido más ronco, una mano tirándome del pelo y las piernas abriéndose más.
Pasé a la otra teta. La traté igual. Chupar, lamer, morder, tirar del pezón con los labios. Verónica respiraba ya como una mujer al borde de perder la compostura, y eso me encendió todavía más.
Me arrodillé frente al sofá y le quité el tanga. Salió pegado, empapado. Lo dejé caer al suelo y la arrastré hasta el borde del asiento, separándole bien las piernas. Tenía el pubis con vello rubio muy cuidado y el coño hinchado, brillante de excitación.
—Hace mucho que nadie te come esto, ¿verdad?
—Demasiado —dijo, casi sin voz—. Hazlo.
No la hice repetirlo.
Le di una lamida larga desde abajo hasta el clítoris, abriéndola con la lengua. Su cuerpo se arqueó de golpe. La siguiente fue más lenta, más profunda, recreándome en su sabor, en cómo se mojaba más a cada segundo. Empecé a comerle el coño en serio, con la cara hundida entre sus muslos, chupando el clítoris y metiendo la lengua en la entrada como si quisiera follármela con la boca.
Verónica ya no gemía bajo. Gritaba a ráfagas y se tapaba la boca con el antebrazo para no descontrolarse del todo. Le separé los labios con los dedos y la lamí con más precisión, notando cómo se contraía.
Metí un dedo. Luego dos. Entraron con facilidad por lo mojada que estaba. Se los abrí dentro despacio, buscando el punto que la hacía sacudirse. Mientras tanto, no dejaba de chuparle el clítoris.
—Joder... sí... así... así... —repetía.
Quise llevarla un poco más lejos. Saqué un momento la boca de su coño y le acaricié el culo. El agujero se contrajo al notar la yema de mi dedo mojado.
—Relájate —le dije—. Déjate hacer.
Empujé con suavidad y el dedo entró poco a poco. Ella abrió los ojos, sorprendida, y clavó la mirada en mí. Vi duda durante un segundo.
—Si no quieres, paro.
Negó con la cabeza, jadeando.
—Sigue.
Volví a bajar la boca y reanudé el ritmo. Dos dedos en el coño, uno en el culo, la lengua en su clítoris. Empecé lento otra vez y luego fui acelerando, sintiendo cómo me apretaba la cara con los muslos.
Su orgasmo llegó sin aviso limpio. Primero una tensión brutal en el abdomen. Luego un grito largo, húmedo, y una sacudida tan fuerte que tuve que sujetarla por las caderas para que no se me escapara del sofá. Se corrió de verdad, empapándome la boca y los dedos, temblando de pies a cabeza.
Se quedó jadeando, roja, descompuesta y avergonzada a la vez.
—Perdón... joder... yo...
Me limpié con el dorso de la mano y me puse de pie.
—No pidas perdón por correrte así. Me has puesto la polla peor de lo que ya estaba.
Me bajé pantalón y calzoncillo de una vez. Ella miró mi polla con mezcla de curiosidad y hambre, y enseguida se incorporó para agarrarla. Empezó a masturbarme despacio, aún recuperando el aire.
—Hace mucho que no hago esto —admitió.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
—Quiero.
Se inclinó y me la llevó a la boca con cierta torpeza, pero con muchas ganas. La primera chupada fue cauta, húmeda, probándome. Luego repitió con más confianza, cerrando los labios mejor, llevándosela más adentro. No era una experta, pero justamente eso la volvía más excitante: la notaba concentrada, entregada, queriendo aprender mi cuerpo sobre la marcha.
Le acaricié el pelo mientras me la mamaba. Mis dedos acabaron sujetándole la cabeza, marcándole un ritmo suave. Ella aceptó el movimiento y empezó a acompasarse, tragando saliva, jadeando por la nariz, masturbándome la base con la mano mientras chupaba el resto.
Yo le apretaba las tetas a la vez, jugando con los pezones, viéndola mojarse de nuevo solo con tenerme en la boca. De vez en cuando se metía la otra mano entre las piernas y se tocaba el coño mientras seguía chupándome.
—Así, nena... así... —le dije, notando que me ponía al límite.
En un momento me la saqué de la boca y tiré de ella para levantarla. La besé con fuerza, saboreando mi propio gusto en sus labios. Ella me preguntó casi en un susurro:
—¿No te da asco?
Le respondí metiéndole la lengua hasta el fondo y apretándole el culo con ambas manos.
—Me pone más.
La llevé caminando hacia la mesa del comedor mientras nos besábamos. Cuando chocó con el borde, se subió sola. Abrió las piernas y me miró con una decisión que ya no tenía nada de tímida.
Puse la punta de la polla en su entrada y la froté entre sus labios mojados. Verónica soltó un gemido grave y levantó las caderas pidiéndome más.
—Dime cómo lo quieres.
—Fóllame —respondió—. Y no me trates como si fuera de cristal.
Empujé despacio al principio. La entrada ofreció resistencia; hacía tiempo que no la penetraban. Noté cómo se abría poco a poco alrededor de mí, caliente y apretada. Ella frunció el gesto, pero en lugar de apartarse me agarró por las nalgas y me atrajo con fuerza.
—Más —ordenó.
Se la metí hasta el fondo de una embestida seca. El golpe arrancó de su garganta un grito áspero que me volvió loco. Empecé a follármela de pie, entrecortado primero y luego con un ritmo duro, cada vez más seguro, viendo cómo le rebotaban las tetas con cada empujón.
La tumbé sobre la mesa y le abrí más las piernas. Desde ahí podía entrarle mejor, más hondo. Le agarré los pezones y tiré de ellos mientras la embestía una y otra vez. El sonido era obsceno: mi pelvis golpeando su culo, su coño recibiéndome húmedo, sus gemidos subiendo de volumen sin que intentara esconderlos ya.
—Joder, sí... sí... no pares... —repetía.
Le metí una mano entre los cuerpos y empecé a frotarle el clítoris mientras seguía penetrándola. Eso la remató. Se arqueó, me apretó por dentro y volvió a correrse, temblando sobre la mesa, soltando un «me corro» a destiempo porque el orgasmo ya le estaba rompiendo la voz.
Me salí cuando todavía estaba contrayéndose y la giré sin demasiadas contemplaciones. Se apoyó sobre los antebrazos, dejándome el culo en pompa, hermoso, grande, ofreciéndose por completo.
Le di un azote de prueba.
Se quedó quieta un instante.
Le di otro, más fuerte.
Entonces giró la cabeza hacia mí, con las mejillas encendidas.
—Otro.
Sonreí.
Le di una serie de nalgadas alternas, abiertas, sonoras. Su culo empezó a ponerse rojo, y con cada golpe su respiración se volvía más desordenada. Entre uno y otro, le acariciaba el coño mojado y la entrada del culo, manteniéndola excitada y expectante.
—No sabía que te gustaba esto —dije.
—Yo sí lo sabía —contestó jadeando—. Más fuerte.
Obedecí.
Le separé las nalgas y volví a frotar mi polla entre sus labios. Después entré otra vez en su coño de un golpe duro. Se agarró a la mesa y empujó hacia atrás para recibirme mejor. Empecé a follármela así, por detrás, con la visión de sus dos agujeros, su espalda temblando y sus gemidos llenando el salón.
Cada pocas embestidas le soltaba otra nalgada. El contraste entre el golpe y la penetración la tenía completamente encendida. Me pedía más sin parar, más fuerte, más rápido, más hondo. Yo se lo daba todo.
Deslicé un dedo por su culo otra vez, primero por fuera, luego empujando muy poco a poco mientras seguía follándole el coño. Lo aceptó mejor que antes. Gemía con un tono distinto, más roto, más rendido. Así que mantuve el dedo dentro, moviéndolo al ritmo de las embestidas.
—Me voy a correr —le advertí.
—Yo también... no pares... no pares...
Metí el dedo un poco más profundo en su culo y aceleré la cadera hasta perder cualquier control fino. Verónica empezó a gritar de verdad, sin contener nada. Se corrió apretándome como una trampa, y esa contracción me vació.
Me corrí dentro de ella con una sacudida violenta, clavado hasta el fondo, agarrándola por las caderas mientras descargaba. Nos quedamos así unos segundos, sudando, respirando como animales, con mi polla todavía dentro y su cuerpo temblando bajo mis manos.
Cuando me salí, el semen empezó a escurrirle entre los muslos. Bajé la vista, recogí un poco con los dedos y se los acerqué a la boca. Ella me miró en silencio, respirando deprisa, y los chupó despacio, sin dejar de sostenerme la mirada.
Ese gesto me puso a punto de volver a empalmarme al instante.
Nos fuimos a la ducha entre risas cansadas y un pudor tardío que ya no servía para nada. Bajo el agua hablamos como si acabáramos de cruzar una frontera. Verónica confesó que jugaba sola con juguetes, que el culo no era terreno desconocido para ella y que lo de las nalgadas siempre le había dado morbo aunque nunca lo hubiera probado con nadie.
—Pues te han sentado bien —le dije, enjabonándole una nalga aún enrojecida.
—Me han encantado —admitió—. Y eso me da un poco de miedo.
—A mí me da ganas de repetir.
Nos acostamos sin ropa, agotados. Esa noche dormimos pegados, con la comodidad extraña de dos desconocidos que ya se habían visto de la forma más íntima posible. No hubo promesas ni tonterías. Solo calor, olor a sexo reciente y esa satisfacción pesada que deja una buena follada.
Por la mañana me desperté antes. Ella seguía dormida boca abajo, con la sábana enredada en la cintura y el culo medio descubierto. Le pasé la mano por la espalda hasta llegar a las nalgas y las apreté despacio.
Verónica abrió las piernas sin abrir del todo los ojos.
Metí la mano entre sus muslos y la encontré otra vez húmeda.
—Ya estás así —murmuré.
Sonrió contra la almohada, todavía adormilada.
—No me mires así si no quieres que llegue tarde al trabajo.
Le besé la nuca y seguí acariciándola un poco más, disfrutando de cómo se le erizaba la piel y volvía a mover las caderas pidiéndome. Pero aquella mañana sí supimos parar a tiempo. Quizá por eso la historia no se gastó en una sola noche.
Desde entonces, cada vez que veo un roscón en un supermercado, me acuerdo de una cajera madura que me miró como si ya supiera exactamente cómo iba a acabar en mi casa, sobre mi sofá y abierta sobre mi mesa, pidiéndome más con la voz rota y el coño chorreando.
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