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Relatos Ardientes

La milf que cayó con el amigo de su hijo

Me llamo Verónica, paso de los cuarenta, estoy casada desde hace muchos años y durante mucho tiempo creí que ya conocía todo lo que mi cuerpo podía sentir. Mi rutina era simple, cómoda, ordenada. Casa, compras, comida, llamadas, silencios, y por la noche un marido cada vez más cansado, más distraído y menos dispuesto a tocarme como yo necesitaba.

No siempre fue así. Durante años tuvimos una vida sexual decente, con sus altibajos, sus escapadas y sus intentos por no dejarnos aplastar por la costumbre. Pero el encierro, el estrés y los problemas de salud de él fueron apagando todo hasta dejarme convertida en una mujer caliente, frustrada y demasiado consciente de su propia hambre.

Mi esposo empezó a evitar el tema con excusas. Que estaba agotado, que le dolía la cabeza, que no podía concentrarse, que otro día. Y cuando por fin lo intentábamos, apenas lograba una erección floja y breve que me dejaba peor de lo que estaba antes de empezar.

Yo me odiaba por pensarlo así, pero era la verdad. Necesitaba una verga. Necesitaba que me tocaran de verdad, que me apretaran, que me abrieran las piernas sin pedir permiso veinte veces. Necesitaba volver a sentirme mujer y no un adorno útil dentro de mi propia casa.

Mi hijo, ya adulto, seguía reuniéndose con sus amigos en casa de vez en cuando. Yo los conocía desde hacía años, los había visto crecer, cambiar la voz, estirarse, sacar músculos y perder esa torpeza adolescente. Para mí siempre habían sido eso: los amigos de mi hijo. Muchachos ruidosos, desordenados, medio inmaduros, incapaces de despertar algo real en mí.

Hasta que volvió Darío.

Hacía tiempo que no lo veía de cerca. Recordaba al chico flaco que se pasaba horas jugando en la sala, pero el hombre que cruzó mi puerta aquella noche ya no tenía nada de niño. Entró con una sonrisa tranquila, el pelo corto, los hombros más anchos y un cuerpo trabajado que se notaba incluso con la camiseta puesta.

Lo saludé como siempre, pero al acercarse percibí su perfume y algo en mí reaccionó de una forma sucia e inmediata. No era solo que se hubiera puesto guapo. Era la seguridad con la que me sostenía la mirada. La manera en que sonreía como si supiera algo que yo todavía no quería admitir.

Durante la reunión me descubrí saliendo del cuarto con cualquier pretexto para verlo. Agua, hielo, servilletas, botanas, lo que fuera. Y siempre acababa encontrándomelo a él, sentado entre los demás, riéndose, bebiendo, con las piernas abiertas y esa calma insolente de hombre joven que todavía no sabe moderar el efecto que produce.

Una vez nuestras miradas se cruzaron y Darío sonrió solo para mí. No fue una sonrisa educada. Fue una de esas sonrisas que desnudan. Sentí un golpe de calor entre las piernas tan brusco que tuve que encerrarme en el baño.

Ahí, con la música amortiguada al otro lado de la puerta, me levanté el vestido, me bajé la ropa interior y me metí dos dedos. Me toqué pensando en él, en sus brazos, en su boca, en cómo se vería sin camiseta. Me corrí rápido, temblando y avergonzada, con el corazón latiéndome en la garganta.

Volví a la cama junto a mi marido dormido y me quedé mirando el techo durante horas. ¿Qué carajo me pasa? Eso me repetía. Era el mejor amigo de mi hijo. Un adulto, sí, pero alguien a quien conocía desde hacía años. Alguien que no debía convertirse en fantasía. Y sin embargo ya era tarde para fingir que no.

A las tantas de la madrugada me levanté a preparar un té. La casa estaba casi a oscuras, silenciosa, con ese olor mezclado a alcohol, comida y fiesta apagada. Encendí solo la luz de la cocina y me senté en la barra con la taza caliente entre las manos.

Entonces lo vi.

Darío apareció desde el pasillo con el pelo mojado y solo un bóxer oscuro pegado al cuerpo. Venía secándose con una toalla pequeña y se quedó inmóvil al encontrarme allí. Yo también me quedé quieta, pero mis ojos ya habían bajado. El bulto que marcaba la tela era imposible de ignorar.

Tenía el torso ancho, el abdomen duro, los muslos fuertes. No era un hombre enorme, pero estaba hecho con una firmeza joven que me golpeó directo en el coño. Y él se dio cuenta de que lo estaba mirando. Claro que se dio cuenta.

—Perdón, señora —dijo, con una media risa—. Pensé que ya todos estaban dormidos.

—Tu amigo sí —respondí, demasiado rápido—. ¿Qué haces despierto?

—Se me ensució la ropa. Me bañé y vine a apagar una luz.

Asentí, pero seguía mirándolo. Él lo notó y no se tapó. Al contrario, se apoyó en la barra, a pocos pasos de mí, como si quisiera darme tiempo para inspeccionarlo sin culpa.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿No puede dormir?

—A veces me cuesta.

—Ya veo.

Hubo una pausa espesa. Darío no apartó los ojos de mi escote. Yo llevaba un camisón ligero, sin sostén, y con la luz de la cocina era evidente que mis pezones estaban duros.

—No me mires así —le dije, fingiendo firmeza.

—¿Así cómo?

—Como si no supieras lo que haces.

Sonrió. Dio un paso más. Olía a jabón y a hombre. A juventud limpia con fondo de alcohol.

—Sé perfectamente lo que hago —murmuró—. Igual que usted sabe lo que hace cuando no deja de mirarme.

Sentí un latigazo de vergüenza y excitación. Me puse de pie, dispuesta a irme, pero me rozó la muñeca. No me apretó fuerte; solo lo suficiente para detenerme.

—Suéltame —dije en voz baja.

—Si quiere, me voy.

—Hazlo.

—Pero no es lo que quiere.

Lo miré por fin a los ojos y fue un error. Había deseo ahí, sí, pero también decisión. No la inseguridad de un chico improvisando. La calma de alguien que llevaba tiempo deseando lo mismo.

—Eres el amigo de mi hijo.

—Y usted es una mujer que lleva meses mal cogida.

La frase me cayó como una bofetada. Abrí la boca para insultarlo, pero él ya estaba delante de mí. Me sostuvo la cara con una mano y me besó.

Al principio debí apartarlo. Lo intenté un segundo, quizá dos. Después su lengua entró en mi boca y todo el cuerpo se me ablandó. Lo besé de vuelta con una hambre tan vieja que casi me dolió. Él me apretó la cintura y yo terminé pegándome a su torso desnudo, sintiendo la dureza de su cuerpo y el bulto creciente contra mi muslo.

Cuando recuperé un poco de aire, lo empujé.

—No. Aquí no. Esto está mal.

Darío se pasó la lengua por el labio inferior y asintió, como si respetara mis palabras aunque no mi temblor.

—Entonces me voy a dormir —dijo.

Y se fue.

***

A la mañana siguiente me evitó al principio, pero yo notaba sus ojos buscándome. En el almuerzo, mientras mi esposo hablaba de cualquier cosa y mi hijo revisaba el teléfono, Darío parecía más atento a mis manos que al plato. Yo procuraba no mirarlo, aunque el recuerdo de su torso en la cocina me seguía ardiendo entre las piernas.

Más tarde entré a lavar los trastes y él apareció detrás de mí.

—Perdón por lo de anoche —dijo.

No me giré. Seguí enjuagando un vaso para no delatar el temblor de mis manos.

—Olvídalo.

—No puedo.

Entonces sí lo miré. Llevaba una camiseta ajustada de mi hijo que le marcaba el pecho y los brazos. Se veía ridículamente bien. Demasiado bien.

—No vuelvas a hacerlo —le dije.

—Si no quiere, no. Pero no me diga que no le gustó.

No contesté. Él se acercó, me tomó la barbilla y me besó otra vez. Más corto. Más preciso. Un beso robado y terco que me derritió al instante. Esta vez fui yo quien lo separó, aunque me quedé a un suspiro de su boca.

—Están en la casa —murmuré.

—Lo sé.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando, Verónica.

Escuchar mi nombre en su boca fue peor que el beso. Sonó íntimo, sucio, cómplice. Antes de irse me dijo que me escribiría. Y lo hizo.

Los mensajes empezaron esa misma noche. Primero cautelosos, luego cada vez más descarados. Me decía que siempre le había gustado, que desde hacía años me miraba más de la cuenta, que mi culo lo volvía loco, que le encantaban mis tetas, que me imaginaba en cuatro, que quería hacerme gemir. Yo tardé poco en responderle en el mismo tono.

Cuando me mandó una foto saliendo de entrenar, sudado y con la camiseta levantada, me quedé mirándola varios minutos. Le hice zoom al abdomen, al vello que bajaba hacia el short, a la línea dura de sus caderas. Esa noche me masturbé otra vez pensando en él.

Después llegaron mis propias fotos. Primero inocentes. Un escote, una pierna, la curva del culo frente al espejo. Luego fui perdiendo el miedo. Le mandé mis tetas apenas cubiertas por la mano, el encaje de una tanga hundido entre los labios, la humedad marcándose en la tela. Él respondió con fotos de su verga dura, gruesa, sostenida con una mano grande. No era rumor: la tenía enorme.

Escribíamos como dos animales con el hocico abierto. Él quería saber si me gustaba chuparla, si tragaba, si me dejaba poner en cuatro. Yo quería saber cuánto duraba, si cogía duro, si sabía usar la boca, si podría correrse dos veces. Cada mensaje me aflojaba un poco más la culpa y me endurecía más el deseo.

Hasta que un viernes me quedé sola en casa por unas horas y le escribí que podía venir.

Ese día me arreglé demasiado para una mujer que supuestamente no esperaba a nadie. Me depilé, me perfumé, me puse una blusa fácil de abrir y un short corto que me levantaba el culo. Preparé algo de cena solo para fingir normalidad, pero en realidad lo único que esperaba era oír la puerta.

Cuando sonó el timbre, el corazón se me disparó. Abrí y apenas entró cerré la puerta detrás de él. No hizo falta decir nada. Darío me arrinconó contra la pared del recibidor y me besó con una ansiedad contenida durante demasiado tiempo.

Su lengua entró en mi boca mientras sus manos me recorrían la espalda, me apretaban el culo, me hundían los dedos en la cintura. Yo le agarré la cara, el cuello, los hombros, como si necesitara asegurarme de que era real. Gemí cuando me mordió el labio y me levantó la blusa de un tirón.

—Tenía unas ganas de tocarte que me estaban volviendo loco —dijo contra mi cuello.

Me sacó el sostén sin paciencia y se inclinó sobre mis tetas. Me chupó un pezón con fuerza, luego el otro, alternando lamidas largas con mordidas breves que me arrancaron gemidos cada vez más sucios. No tenía nada que ver con la forma tibia y repetida en que me tocaba mi marido. Darío comía como si de verdad tuviera hambre.

—Mierda... —solté—. Despacio.

—No quiero despacio.

Yo tampoco. Solo lo dije por inercia, por ese último resto de decencia que ya estaba muriendo. Me agarró del muslo, me hizo caminar de espaldas hasta mi cuarto y me empujó sobre la cama.

Cayó encima de mí y volvimos a besarnos. Le bajé la mano al pantalón, froté sobre la tela y sentí el tamaño duro, pesado, vivo. Él gruñó en mi boca y me apartó la muñeca solo para bajarme el short y la tanga de una vez.

—Quiero verte —dijo.

Abrió mis piernas con las manos y se quedó mirándome el coño empapado. Yo me cubrí por reflejo, pero él me detuvo.

—No te escondas ahora. Llevas días mandándome fotos para volverme loco.

Me besó los muslos por dentro, pegó la nariz a mi entrepierna y aspiró hondo. Ese gesto me deshizo más que cualquier palabra. Luego pasó la lengua desde abajo hasta el clítoris, lenta la primera vez, firme la segunda, y a la tercera ya me estaba agarrando de las caderas para mantenerme abierta mientras me comía entera.

Sabía chupar. Y sabía mirar. Cada vez que levantaba los ojos hacia mí mientras me lamía, sentía que se me aflojaba todo el cuerpo. Metió dos dedos y los curvó adentro, buscando ese punto exacto que mi marido jamás había sabido encontrar. Su boca trabajaba en mi clítoris con una insistencia brutal, húmeda, inteligente. No era una lamida tímida; era succión, presión, lengua rápida, pausas cortas para oírme gemir y volver peor.

—Así... así, no pares —jadeé.

Él respondió metiéndome un tercer dedo. Me abrió más, me removió por dentro y siguió chupándome con un ritmo que me hizo arquear la espalda. Yo ya no pensaba. Solo sentía. El colchón bajo mi culo, su barba raspando, sus dedos entrando y saliendo mojados, el clítoris latiendo como si fuera a explotar.

Me corrí con un grito ahogado, apretándole la cabeza entre las piernas. Darío no se quitó. Al contrario. Siguió lamiendo mientras yo temblaba, y ese exceso me llevó a un punto entre placer y tortura donde solo podía suplicarle y retorcerme.

—Basta... espera... joder...

Se apartó al fin, con la boca brillante y una sonrisa sucia que me excitó todavía más. Se incorporó, se bajó el pantalón y el bóxer y por fin la vi entera. Gruesa, larga, dura de verdad. Se me secó la boca.

—¿Te asustaste? —preguntó.

—No —mentí.

Buscó un condón en el bolsillo de la chaqueta, se lo puso sin dejar de mirarme y volvió a subirse a la cama. Me tomó de las rodillas y me las abrió más. La punta de la verga rozó mi entrada y yo solté un gemido solo con eso.

—Relájate —murmuró—. Va a entrar toda.

Me la fue metiendo despacio al principio, estirándome de una forma que dolía y excitaba al mismo tiempo. Era demasiado después de tanto tiempo sin coger bien. Me agarré de las sábanas y respiré hondo mientras avanzaba centímetro a centímetro.

—Joder... me arde...

—Lo sé.

Se quedó quieto un segundo, hundido hasta la mitad, y me besó. Luego empujó un poco más. El dolor se mezcló con una oleada de placer tan intensa que terminé abriendo más las piernas para recibirlo. Cuando por fin entró completo, sentí que me llenaba de una forma obscena.

—Mírate —dijo, jadeando—. Tienes un coño precioso y se está tragando toda mi verga.

Esa vulgaridad me hizo gemir. Empezó a embestirme despacio, saliendo casi entero y volviendo a entrar con firmeza, obligando a mi cuerpo a adaptarse a su tamaño. Cada estocada me iba aflojando más. La molestia inicial se volvió presión rica, luego puro placer.

Me agarró una teta con una mano y con la otra me sostuvo la nuca mientras aceleraba. Los golpes de cadera empezaron a sonar húmedos. Yo lo sentía hasta el fondo, rozándome sitios que no recordaba tener despiertos.

—Así te quería coger —me dijo al oído—. En tu cama. Abierta para mí.

Le clavé las uñas en la espalda. Él gruñó y me subió las piernas a los hombros. En esa posición entró todavía más profundo. Solté un grito y él sonrió con una arrogancia insoportable.

—Eso, dímelo con la cara —murmuró—. Te encanta.

Y sí. Me encantaba. Cada vez que me embestía me movía toda sobre la cama. Sus huevos golpeaban mi culo, su pelvis chocaba contra mi cuerpo, sus jadeos se mezclaban con mis gemidos. No estaba haciendo el amor. Me estaba follando, y yo llevaba demasiado tiempo necesitando exactamente eso.

Metí la mano entre nosotros para tocarme el clítoris. Darío me la apartó y me lo frotó él, rápido, exacto, sin perder el ritmo de las embestidas. Esa mezcla me quebró.

—Me voy a correr —avisé, casi llorando.

—Pues córrete.

Lo hice temblando, con las piernas tensas sobre sus hombros y la verga de ese hombre joven enterrada hasta el fondo. El orgasmo me recorrió el vientre entero y me dejó medio ciega por unos segundos. Darío siguió metiéndomela durante el clímax, obligándome a sentir cada espasmo alrededor de su polla.

Cuando bajé un poco, me giró sin cuidado y me puso en cuatro sobre la cama. Me abrió el culo con una mano, escupió entre mis piernas y volvió a entrarme desde atrás con una sola embestida dura que me arrancó un gemido ronco.

Desde esa posición se sentía brutal. Más hondo, más animal. Me agarró del pelo, tiró hacia atrás y empezó a darme con fuerza, seca y repetida, mientras la cama golpeaba la pared.

—Así te imaginaba —dijo—. En cuatro, con ese culo para mí.

Me dio una nalgada fuerte. Luego otra. El ardor me encendió más. Yo empujaba hacia atrás para recibirlo mejor, ya sin fingir nada, dejándome usar como me daba la gana porque me estaba poniendo como loca.

Su mano bajó entre mis piernas y me encontró otra vez el clítoris. Me frotó mientras me follaba duro y yo tuve que morder la sábana para no gritar demasiado. El cuarto olía a sudor, a sexo, a mi propio coño abierto después de tanto tiempo de hambre.

—No sabía que ibas a ser tan puta conmigo —me soltó, jadeando.

En otro momento me habría indignado. Ahí lo único que hizo fue mojarme más. Me corrí por segunda vez con la cara hundida en la cama, temblando mientras él seguía dándome sin piedad. Sentí cómo mi coño le apretaba la verga durante el orgasmo y eso lo descontroló.

—Mierda, no aprietes así o me corro.

Salió de golpe, se arrancó el condón con prisa y empezó a pajearse al lado mío. Me giré justo a tiempo para verlo: la mandíbula tensa, el abdomen marcado, la mano subiendo y bajando rápido sobre esa verga gruesa. La imagen me excitó de una forma casi obscena.

—Ven aquí —le dije.

Me incorporé y le agarré la polla con la mano. Seguía dura, caliente, pesada y resbalosa. Escupí en la punta y empecé a masturbarlo con ambas manos, subiendo y bajando todo lo que me daba el grosor. Darío dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave.

—Así... joder... no pares.

Lo miré mientras lo pajeba. Me gustaba tenerlo así, respirando fuerte por mí. Me gustaba ver cómo su cuerpo entero respondía al movimiento de mis manos. Apreté un poco más, giré la muñeca, le pasé el pulgar mojado por el glande y él casi se dobló.

—Te vas a correr para mí —le dije, sorprendida de oír mi propia voz tan segura.

—Sí... sí...

Seguí más rápido. Su polla latía entre mis manos. Le escupí otra vez, apreté desde la base y en dos movimientos más se corrió con fuerza. Chorros espesos me mancharon los dedos, el vientre y un poco la sábana. Él gimió sin disimulo, temblando mientras seguía vaciándose.

Cuando terminó, le saqué hasta la última gota con un apretón lento de abajo arriba. Darío soltó una risa incrédula y se dejó caer a mi lado, jadeando.

Nos quedamos así unos segundos, oyendo nuestras respiraciones. Yo miraba el techo con el cuerpo flojo y una satisfacción casi dolorosa. Hacía mucho que no me corría dos veces en el mismo encuentro. Hacía mucho que no sentía mi coño tan lleno, tan trabajado, tan despierto.

Él giró la cabeza hacia mí.

—No sabes cuántas veces imaginé esto.

—Yo tampoco sabía que lo necesitaba tanto.

Darío sonrió, todavía sin aliento. Le pasé la mano por el pecho sudado y bajé la vista a su verga ya medio dormida. Aun así seguía viéndose grande, obscena, impresionante.

—¿De verdad me deseabas desde hace tanto? —pregunté.

—Desde hace años —dijo sin dudar—. Pero ahora te vi mirándome distinto y supe que podía pasar.

Debería haber sentido culpa. En cambio sentía una paz turbia, carnal, egoísta. Como si por fin hubiera dejado de negarme algo.

Me incorporé para buscar mi ropa, pero antes de ponerme la blusa volví a mirarlo y la tentación me venció. Me acerqué, me arrodillé entre sus piernas y volví a agarrarle la polla, ahora suave, aún pegajosa por la corrida reciente. Darío abrió mucho los ojos y soltó una risa.

—¿Otra vez?

—Quiero tocarla bien —dije.

Se la acaricié despacio, curiosa, disfrutando del grosor incluso en reposo. Lo besé en el abdomen, lamí un resto de semen de mi dedo y noté cómo se le endurecía otra vez entre la mano y mi boca a medias. La juventud, pensé. Esa facilidad insolente para volver al combate.

Le di unos cuantos besos en la punta, más juego que intención, y él ya estaba poniéndose tieso otra vez. Me levantó la barbilla con dos dedos.

—Si sigues, no me voy nunca.

Eso me hizo reír, pero también me devolvió a la realidad. Miré la hora y sentí un latigazo de alerta. Mi esposo no tardaría demasiado.

—Tienes que irte.

—Cinco minutos más.

—No.

Protestó con la cara, no con la voz. Se vistió despacio mientras yo recogía la ropa del suelo. Antes de irse me abrochó el sostén por detrás y aprovechó para besarme el cuello. Ese gesto, más íntimo que cualquiera de los brutales de la cama, me dejó temblando otra vez.

En la puerta me abrazó por la cintura y me rozó la oreja con los labios.

—Esto no se va a quedar en una sola vez.

Yo debería haberlo negado. Debería haber cortado ahí, cerrar la puerta y recuperar el juicio. Pero todavía sentía su verga dentro de mí, sus manos en mi culo, su boca entre mis piernas.

—Vete ya —le dije, sonriendo pese a todo.

Salió por fin. Me quedé apoyada en la puerta, desnuda bajo la blusa mal puesta, con las piernas débiles y el coño todavía sensible. No me estaba preguntando por qué lo había hecho. Me estaba preguntando cuándo volvería a hacerlo.

Esa tarde guardé la comida que ya no cenamos y me duché despacio. Mientras el jabón resbalaba por mis tetas y entre mis muslos, recordé cada embestida, cada palabra sucia, cada gemido. Y supe que el verdadero problema no era haber cruzado el límite.

El verdadero problema era que me había gustado demasiado.

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Comentarios(6)

Rober_noc

increible!!! me dejo con ganas de mas, tremendo relato

NocheLarga22

Por favor seguí escribiendo, quede con muchas ganas de saber como termino la noche entera

CeleBsAs

Se nota que no es ficcion jaja, muy bien narrado, da la sensacion de que es real

Juli_Lectura

Me recordo a algo que me paso hace tiempo... ciertas noches marcan un antes y un despues. Buenisimo!

Marcos_LN

Y despues que paso?? necesito la segunda parte ya!

Pelayo_cba

El momento en el pasillo lo describiste genial, engancha desde el principio

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