El trío en el ascensor de mis vecinos
A lo largo de los siglos me han puesto demasiados nombres, y casi todos se quedan cortos. En unas tierras me rezaban con flores, en otras con sangre, en otras con jadeos. Unos me confundieron con amor, otros con fertilidad, otros con simple pecado. Ninguno entendió del todo lo que soy.
Yo no inspiro ternura. Inspiro hambre.
Soy el impulso que sube por el vientre cuando alguien intenta portarse bien. La idea obscena que entra sin permiso en mitad de una reunión. La humedad repentina entre las piernas de una mujer agotada en el tren. La erección absurda de un hombre que no debería estar pensando en eso, no ahí, no en ese momento. Soy esa voz que no ordena: tienta. Y cuando hace falta, empuja.
Me alimento de la lujuria humana. De dedos metiéndose donde no deben. De bocas abiertas para gemir. De cuerpos sudados chocando contra una pared, una cama, el asiento trasero de un coche o el lavabo de un bar. Hay sexo en todas partes, claro, y la abundancia entretiene, pero no siempre satisface. A veces quiero algo más preciso. Más lento al principio. Más perverso al final.
Me gusta cocinar a fuego bajo. Una fantasía privada que madura durante semanas. Una vecina que exhibe sin admitir que exhibe. Un hombre que observa en silencio detrás de un cristal oscuro. Un marido que sospecha más de lo que dice. Esas historias me gustan porque no estallan de golpe: se hinchan, laten, fermentan.
Fue así como me fijé en ellos.
Él entraba al edificio cargado con dos bolsas de compra. Se llamaba Gael en ese momento de su vida: adulto, treintañero, alto, de barba corta y brazos duros de cargar peso más por costumbre que por gimnasio. No era el más hermoso que había visto en mi existencia, ni de lejos, pero cuando levantó la vista y se cruzó con la mujer del rellano, su deseo le subió por el cuerpo como un incendio seco. Eso sí me interesó.
La mujer era Vera. Casada. Rubia, ojos claros, tatuajes asomando por los brazos y el escote, esa clase de seguridad que no necesita anunciarse porque ya se nota en la forma de caminar. Debajo de la falda no llevaba bragas. No era un accidente ni una comodidad: era una decisión. Le gustaba sentir el aire, el roce de la tela y la fantasía secreta de que alguien lo descubriera.
Con ella iba su marido, Bruno. De su misma franja de edad, algo más ancho de hombros, el gesto cansado, la libido enterrada bajo rutinas y preocupaciones. No estaba apagado del todo. Solo llevaba demasiado tiempo sin mirar de frente lo que deseaba. Y lo deseaba más de lo que él mismo se permitía admitir.
Esperaron el ascensor hablando de tonterías. Precios. Tráfico. El calor en la ciudad. Lo de siempre. Mientras sonreían como vecinos civilizados, yo fui metiendo los dedos donde de verdad me importa: en la cabeza.
Vi a Vera masturbándose algunas noches frente al portátil, enseñándose a desconocidos con una media sonrisa. Vi a Gael observándola desde su ventana que daba al patio interior, escondido en la oscuridad de su salón, con la polla en la mano y la respiración contenida. Vi a Bruno descubrirlo tiempo atrás sin montar una escena, solo guardándose aquella imagen como quien esconde una llave peligrosa.
Entonces decidí intervenir.
Entraron los tres en el ascensor y yo con ellos, invisible, pegada a sus nucas como un perfume denso. Las puertas se cerraron. El aparato subió dos pisos. Lo detuve entre el tercero y el cuarto con un tirón seco.
La luz titubeó. Vera soltó un «joder» breve. Bruno apretó varios botones. Gael dejó las bolsas en el suelo e intentó mantener la calma con ese gesto torpe de quien teme quedar en ridículo.
Hablaron con el servicio técnico por el interfono. Les dijeron que esperaran, que no tardarían. Mentían, claro. Iban a tardar lo que yo quisiera.
El silencio cayó pesado sobre los tres. Ahí empecé a soplar.
Mírale los brazos, le dije a Vera. Piensa cómo te sujetaría por los muslos si te alzara aquí mismo. Piensa en esa bragueta clavándose contra tu coño desnudo. Piensa en lo mojada que estás ya.
Ella tragó saliva y se quedó mirando los antebrazos de Gael, tensos todavía por el peso de las bolsas. Juntó un poco las piernas, tarde. Ya tenía humedad corriéndole entre los labios.
Dilo, le susurré a él. Confiesa por qué la miras. Confiesa qué haces cuando la ves desde tu ventana.
Gael alzó la cabeza como si se hubiera decidido de golpe.
—Vera, tengo que decirte algo.
Bruno giró hacia él, desconcertado. Vera lo miró fija, como si ya supiera que no iba a gustarle y aun así quisiera oírlo entero.
—Te he visto algunas noches —soltó él—. En tu casa. En la ventana del patio. Y... joder, me pones muchísimo.
El aire del ascensor cambió. Más espeso. Más vivo.
—¿Perdón? —dijo Bruno.
Yo sonreí y metí más presión.
—No solo te he visto —continuó Gael, con la voz más ronca—. Me he masturbado viéndote. Muchas veces. Viéndote enseñar las tetas, tocarte, meterte juguetes... Me vuelves loco.
Vera abrió los ojos, sorprendida, pero no indignada. Eso fue lo mejor. No hubo escándalo. Hubo calor.
—Gael... —murmuró ella.
—Y cuando te veo en la escalera me imagino empotrándote contra la pared —remató él—. Levantándote la falda y follándote hasta hacerte correr.
Bruno debería haberse enfadado. En su lugar, miró a su mujer. No a Gael. A su mujer. Como si verificara algo que llevaba tiempo sospechando.
—¿Es verdad? —preguntó, pero no se refería al espionaje. Se refería a otra cosa.
Vera sostuvo la mirada de su marido un segundo y luego volvió a mirar a Gael. Sus pezones ya marcaban bajo la tela. Yo la apreté un poco más desde dentro.
—Sí me has excitado —admitió en voz baja—. Saber que me mirabas. Saber que te corrías viéndome.
Gael soltó el aire de golpe. La erección le abultaba clara en el pantalón. Vera la vio. Bruno también.
—Joder —dijo Bruno, sin rabia. Solo con una mezcla espesa de sorpresa y morbo.
Me incliné a su oído invisible.
No apartes la vista. Tu mujer está mojada por otro hombre y eso te está poniendo más duro de lo que recuerdas. Disfrútalo.
Él no respondió, pero su respiración se aceleró. Ya estaba dentro.
Vera apoyó la espalda en la pared del ascensor y habló con una sinceridad que no habría usado fuera de ese encierro.
—Si te soy sincera, ahora mismo me gustaría enseñarte algo —le dijo a Gael.
—¿Qué? —preguntó él, casi sin voz.
—Lo que quieras ver de cerca.
No tuvo ni que pensarlo.
—Tu culo.
Ella soltó una risa nerviosa, se giró despacio y levantó la falda con las dos manos. Primero apareció la parte baja de las nalgas, luego más, luego toda la curva redonda y lisa, y después la raja abierta por la postura. Sin bragas. Nada. Solo piel y un brillo tenue más abajo, entre los muslos.
Gael dio un paso adelante como hipnotizado.
—Joder... —murmuró—. De verdad no llevas nada.
Vera giró la cara por encima del hombro.
—Me excita salir así. Sentirme desnuda debajo. Pensar que alguien puede descubrirlo.
Bruno la escuchaba sin intervenir, con el pantalón ya abultado también. Estaba despertando. Por fin.
—Tócale el culo —dijo de pronto.
Ni siquiera hizo falta que yo se lo ordenara. Esa parte ya había empezado a brotar sola.
Gael alzó las manos y las posó sobre las nalgas de Vera con una cautela casi reverente. Acarició primero despacio, abarcándolas enteras, notando el calor de su piel, la firmeza blanda de la carne, el pequeño temblor que ella no pudo evitar. Después apretó. Los dedos se hundieron un poco. Vera dejó escapar un gemido ahogado contra la pared.
—Así... —susurró ella.
Gael siguió amasándole el culo, abriéndole apenas las nalgas, rozando con el pulgar la entrada del ano y luego bajando hacia el coño. Cuando encontró la humedad, maldijo en voz baja.
—Estás empapada.
—Sí —contestó Vera—. Por esto. Por ti. Por él mirando.
Eso terminó de abrir la puerta en Bruno. Se desabrochó el pantalón y metió la mano dentro sin darse cuenta siquiera de lo que hacía. Empezó a pajearse lento, mirándolo todo.
—Mírate —le dije a Gael, empujándolo—. Mírale al marido la cara mientras le metes los dedos a su mujer.
Gael obedeció sin saber que obedecía a nadie. Miró a Bruno y, sin apartar la vista, deslizó dos dedos entre los labios de Vera. Entraron con facilidad, cubiertos al instante. Ella se arqueó, echando el culo hacia atrás, ofreciéndose más.
—Joder, sí... así... —jadeó.
Gael se los metía y sacaba despacio al principio, sintiendo cómo el coño de ella se cerraba alrededor de sus dedos. Luego más fuerte. Más hondo. Su mano libre seguía abierta sobre una nalga, sujetándola. Vera ya no simulaba nada. Gemía de verdad, sin importarle el eco metálico del ascensor ni que los técnicos pudieran oír algo al otro lado del interfono si volvían a llamar.
—¿Te gusta que me masturbe pensando en ti? —preguntó él, empujando los dedos hasta el fondo.
—Sí.
—Dilo bien.
Ella gimió cuando él dobló los dedos dentro y buscó ese punto que la hizo temblar de rodillas a hombros.
—Me encanta —dijo—. Me encanta saber que te pones duro por mí. Me encanta imaginarte corriéndote mientras me miras.
Gael le dio una palmada seca en una nalga. Vera soltó un grito corto y volvió a apretar las piernas antes de abrirlas otra vez por pura necesidad.
—Eso quería oír.
Bruno se acercó más. Ya no había vergüenza en su cara. Había hambre y una curiosidad sucia que le estaba devolviendo la vida a golpes.
—Quiero probarla —dijo él.
Gael sacó los dedos del coño de Vera, brillantes, y se los puso delante de la boca.
—Abre.
Bruno abrió. Chupó los dedos del otro hombre despacio, limpiando la humedad de su mujer mientras seguía masturbándose. El gemido que soltó Vera al verlo fue más fuerte que todos los anteriores juntos.
—Mierda... —murmuró ella—. No sabía que eso me iba a poner tanto.
—Pues míranos bien —dijo Gael.
La giró entonces para tenerla de frente. Le arrancó la camiseta por encima de la cabeza, dejando al aire unos pechos firmes, medianos, con pezones ya tiesos y rosados. Se los agarró con las dos manos, pesándolos, apretándolos, y bajó la boca a uno de ellos sin pedir permiso. Chupó, lamió, mordió apenas el pezón. Vera echó la cabeza atrás y le sujetó la nuca.
Bruno seguía delante, viéndolo todo con el pene fuera. Se acariciaba más rápido.
Gael se bajó la cremallera y sacó la polla. Dura, gruesa, roja en la punta. Vera bajó la vista y sonrió como si llevara tiempo esperando verla de cerca.
—De rodillas —le dijo él.
Ella obedeció enseguida. Ahí los dos hombres quedaron mirándola desde arriba, completamente vestidos todavía, mientras ella estaba desnuda en el suelo del ascensor, con las rodillas abiertas y la boca entreabierta frente a la polla del vecino. La imagen era tan buena que incluso yo tuve que saborearla un instante.
Vera le pasó la lengua por la punta, recogiendo el primer líquido. Gael cerró los ojos y soltó un bufido. Ella volvió a lamer, esta vez más despacio, trazando la vena inferior, rodeando el glande, jugando un segundo con la lengua antes de tragársela entera hasta donde le dio la garganta.
—Joder, Vera... —gimió él.
Ella mamaba bien. Sin prisas tontas, sin teatralidad. Bajaba la cabeza, apretaba los labios, sacaba la polla llena de saliva y la masturbaba mientras besaba la base y las pelotas. Luego volvía a meterla, más hondo, babeando de verdad. Gael le agarró el pelo con una mano y la guio, no con violencia, sino con una urgencia que ya no ocultaba.
—Así, sí... chúpamela así.
Bruno se acercó tanto que casi le rozaba el hombro. Miraba a su mujer comerle la polla a otro hombre como si estuviera viendo por fin la escena que le faltaba desde hacía años.
—¿Te gusta verla? —le preguntó Gael entre jadeos.
—Muchísimo.
—Entonces tócala.
Bruno se arrodilló junto a Vera. Le apartó el pelo de la cara, la besó en la sien y luego le acarició una teta mientras ella seguía mamando. Después bajó la mano entre sus piernas y empezó a frotarle el clítoris con dos dedos. Vera gimió sin soltar la polla, el sonido vibrando alrededor de ella.
—Más fuerte —murmuró apartándose solo un instante para hablar—. No pares.
Gael la volvió a llevar contra sí. Bruno siguió tocándola, primero por fuera, luego metiéndole un dedo, luego dos, mientras ella subía y bajaba la cabeza con la boca llena. El ascensor olía a sudor, saliva y coño abierto. Un olor magnífico.
—Mírala —dijo Bruno, ya desatado, hablándole a Gael pero excitándose a sí mismo—. Mira cómo se pone. Mira cómo se corre cuando se la hacen así.
Gael obedeció. La observó mejor. Vera tenía el rímel un poco corrido en las pestañas inferiores, saliva en la barbilla, las tetas agitadas y el coño contrayéndose alrededor de los dedos de su marido. Estaba preciosa y sucia al mismo tiempo.
—Quiero follármela —dijo Gael.
—Fóllatela —respondió Bruno, casi al instante.
Eso me gustó. Mucho.
Gael hizo que Vera se levantara. La giró otra vez hacia la pared, le abrió las piernas con el pie y le levantó una de ellas para apoyársela en la barra lateral del ascensor. Quedó doblada, ofreciéndole el culo y el coño abiertos. Él se escupió en la mano, se pasó la palma por la polla y la colocó en la entrada. Vera estaba tan mojada que apenas encontró resistencia.
Entró de una embestida.
El grito de Vera rebotó en las paredes metálicas. Gael se quedó quieto un segundo dentro de ella, respirando entre dientes por lo apretada y caliente que la sentía. Luego empezó a moverse. Primero corto. Luego más largo. Luego ya sin cuidado.
—Joder, joder... —decía ella—. Sí, así. Más. No pares.
Gael le agarró la cadera con una mano y con la otra el pecho, tirando de ella hacia atrás para clavarla mejor en cada empujón. Su polla entraba y salía húmeda, sonora, dejándole el coño abierto y brillante entre golpe y golpe. Bruno miraba desde un lado, tan duro que apenas podía apartar la mano de su propio pene.
—Ven aquí —le ordenó Gael.
Bruno se acercó. Gael le cogió la nuca y lo hizo ponerse a la altura de la boca de Vera, que gemía contra la pared.
—Bésala mientras me la follo.
Bruno la besó. Un beso sucio, entrecortado, con los gemidos de ella metiéndose entre sus lenguas. Gael no aflojó. Cada vez empujaba más fuerte, usando el cuerpo de Vera sin contemplaciones, y ella se dejaba hacer con un descaro delicioso, moviendo el culo hacia atrás para recibirlo aún mejor.
—Dile de quién es ese coño ahora mismo —soplé al oído de Vera.
—Es tuyo —jadeó ella, separándose apenas del beso—. Ahora mismo es tuyo. Fóllame.
Gael le dio otra palmada y siguió embistiéndola hasta que el ascensor entero tembló con el ritmo. Bruno bajó a sus pechos, los chupó, se arrodilló y terminó entre las piernas de su mujer, lamiéndole el clítoris desde abajo cada vez que la polla salía casi por completo. Era una postura torpe, apretada, perfecta para mí. Vera estaba recibiendo placer por delante y por detrás a la vez, y ya no sabía si gemía, gritaba o suplicaba.
—Me voy a correr —dijo—. No paréis, no paréis, no paréis.
Gael le metió la mano entre las piernas y le frotó el clítoris con los dedos húmedos mientras seguía follándola. Bruno no dejó de lamer. Vera se corrió así, atrapada entre la pared y el cuerpo del vecino, con el marido comiéndole el coño desde abajo. Se corrió de verdad, con las piernas temblando y un chorro caliente empapándole aún más los muslos.
—Hostia... —soltó Bruno, viéndolo de cerca—. Mira cómo se corre.
Eso terminó de romper algo dentro de él. Se incorporó, agarró a Gael del brazo y habló con una decisión nueva.
—Quiero chuparte la polla.
Gael dudó un instante. Yo no. Le di el empujón exacto.
—Todavía no —dijo él con una sonrisa dura—. Primero haz otra cosa.
Se salió del coño de Vera. Bruno miró la polla brillante de su mujer un segundo, fascinado. Gael se giró y bajó un poco más el pantalón, mostrándole el culo.
—Cómeme aquí mientras ella me la chupa otra vez.
Bruno tragó saliva. Había nervio en su cara, sí, pero más excitación que miedo. Se arrodilló detrás. Vera entendió enseguida y volvió a colocarse delante de Gael, de rodillas, con la polla frente a la boca. La escena se armó sola: él de pie, uno delante, otro detrás, y yo bebiéndomelo todo.
Vera empezó a mamársela con hambre renovada, aún más suelta, más guarra, como si verla follada la hubiera desatado. Bruno separó las nalgas de Gael y pasó la lengua primero con timidez, luego con decisión. El gemido que soltó Gael fue casi un rugido. Se apoyó en la pared del ascensor con una mano y echó la cabeza atrás.
—Joder... sigue... así...
Bruno lamía mejor de lo que él mismo habría creído posible. La excitación lo tenía entregado. Se masturbaba mientras lo hacía, combinando lamidas largas con otras cortas, apretando la boca un poco, escuchando cómo la respiración de Gael se iba rompiendo arriba de él. Vera lo sentía todo en la polla: cada sacudida, cada tensión, cada aviso de que estaba a punto.
—No voy a aguantar —dijo Gael—. Me voy a correr.
—Córrete en mi boca —pidió Vera, apartándose apenas para hablar antes de volver a hundírsela hasta el fondo.
Ese fue el golpe final. Bruno siguió lamiendo. Vera siguió mamando. Gael se tensó entero y explotó con un gemido salvaje, empujando la cadera hacia delante. Se corrió en la boca de ella a pulsos largos, abundantes. Vera tragó parte, dejó que otra le cayera por la barbilla y sacó la lengua para recoger lo último de la punta. Bruno no se apartó hasta oír el temblor final en la voz del otro.
Yo cerré los ojos un instante para saborearlo. Excelente. De lo mejor de aquella semana.
Cuando Gael bajó la vista, Bruno seguía de rodillas detrás de él, con la polla dura en la mano y una expresión entre aturdida y hambrienta. Vera, aún desnuda, se limpió la comisura de la boca con dos dedos y sonrió.
—Ahora te toca a ti —le dijo a su marido.
Yo pude haberlos dejado ahí, satisfechos, fingiendo después que nada había ocurrido. Pero no me gustan las medias raciones.
Chasqueé los dedos y el ascensor volvió a moverse.
Los tres se sobresaltaron al sentir el tirón. La realidad regresó de golpe, pero ya era tarde para la vergüenza. Vera recogió su ropa del suelo sin llegar a vestirse del todo. Se puso solo la falda a medias y la camiseta colgando de una mano. Gael guardó la polla, aún medio duro. Bruno se subió el pantalón como pudo, sin dejar de mirar a los otros dos.
Las puertas se abrieron en su planta.
Se quedaron inmóviles un segundo en el rellano, respirando el aire del pasillo como si salieran de otra dimensión. Entonces Vera abrió la puerta de su piso, miró a ambos hombres y les hizo un gesto con la cabeza.
—Entrad.
Ninguno preguntó nada.
Yo fui detrás, sonriendo. El ascensor solo había sido el aperitivo. La noche todavía tenía cama, sofá, ducha, corridas pendientes y un marido recién despertado con ganas de recuperar años enteros de deseo de la forma más sucia posible.
Y cuando una diosa como yo encuentra una mesa así de bien servida, no se va después del primer plato.
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