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Relatos Ardientes

Mi alumno me confesó que llevaba años deseándome

Me llamo Mariela y tengo treinta y ocho años. Soy licenciada en literatura y doy clases en un instituto de formación para adultos, gente que vuelve a estudiar después de los veinte, de los treinta, a veces más. Llevo cuatro años con los mismos grupos, y eso me dio algo que pocos docentes consiguen: confianza real con mis alumnos. No la del respeto frío, sino la del que se sienta a tomar un café con vos después de la cursada.

Soy de piel muy blanca y pelo negro, largo, lacio hasta la cintura. Uso labial rojo desde que tengo memoria. Cuando entré al instituto, algunas colegas se quejaron de cómo me vestía: remeras ajustadas en verano, jeans, botas de cuero. Decían que era inadecuado. Fueron mis propios alumnos los que presentaron una nota firmada pidiendo que dejaran el tema. No vestía de manera provocativa ni me comportaba así con ellos; simplemente molestaba mi presencia. La dirección cedió. Desde entonces, los profesores me miran de reojo y los alumnos me adoran. Me eligieron consejera del curso.

Tomás era mi debilidad. Tiene veintisiete años, es buen compañero, tranquilo, atento, sensible. El problema era que le costaba mantener el ritmo de algunas materias. La mía incluida. Tras un par de charlas con la tutora del instituto, armé un esquema de acompañamiento para él. Y tomé una decisión que sabía riesgosa: en lugar de derivarlo a un profesor particular externo, se las iba a dar yo. En mi casa.

—Tomi, quedate dos minutos en el recreo así charlamos —le dije una mañana, cuando sonó el timbre.

Esperé a que saliera el resto. Él se acercó a mi escritorio con cara de no entender nada.

—¿Pasó algo, profe?

—Nada malo. Resolví algo de lo que hablamos con la tutora. Decidí darte clases particulares yo misma. ¿Te parece?

—Obvio. Me encanta la idea.

—Pero esto queda entre nosotros dos. Nadie más se entera. Vamos a coordinar días para que vengas a casa al salir. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Le juro que no se lo digo a nadie. —Hizo una pausa—. ¿Le puedo dar un abrazo?

Me reí y le dije que sí. Nos abrazamos. Él me rodeó la cintura; yo le pasé los brazos por los hombros. Es más alto que yo, mide casi uno ochenta, me saca una cabeza entera. Sentí el calor de su cuerpo más de la cuenta y lo solté antes de que se notara.

—No me decepciones. Andá al recreo.

Esa noche, en casa, no pude dejar de pensar en cómo organizarlo. Que se filtrara que le daba clases privadas a un alumno en mi casa me metería en un lío de ética profesional. Quizás exageré, pero compré dos chips prepagos: uno para mí y otro para él. Así íbamos a coordinar sin dejar rastro. Al día siguiente lo llamé otra vez al escritorio.

—Pensé en martes y jueves. Decime si te sirve.

—Me sirve. Los miércoles tengo ensayo, así que perfecto.

—¿Ensayo de qué?

—Baile. Hago urbano. Aunque estoy viendo si sigo, por plata y por ganas. —Se encogió de hombros—. Tomá, este es tu chip. Hablamos por ahí. Nada de mandar mensajes al teléfono de siempre.

—Me encanta, estamos re encubiertos —se rió—. ¿Empezamos mañana?

—Mañana. Nos vemos en la plaza de atrás, en la fuente. No salimos juntos, por las dudas.

Así quedó el arreglo. Empezamos a vernos dos veces por semana. Y funcionó: lo veía más entusiasmado, más receptivo, levantó notas en un mes. Pero pasó otra cosa. En esos dos meses formamos un vínculo que dejó de parecerse al de una profesora con su alumno. Me contaba cosas suyas, me pedía opiniones. Salimos a comer un par de veces, caminamos, conversamos al aire libre. Yo me decía que era normal, que era parte del acompañamiento. Me mentía.

Empecé a acompañarlo a sus ensayos de baile, incluso a sus clases de natación en un club. Lo que al principio me resultó raro se volvió rutina, una que me gustaba. Hasta que apareció ella: la entrenadora de natación. Andrea. No sé explicar por qué, pero verla hablarle tan cerca, verla reírse con él, me prendía una bola de celos en el estómago que no podía disimular.

Un viernes lo acompañé como siempre. Terminó la clase media hora antes, habló con Andrea, me miró desde lejos y se fue al vestuario. Ella entró detrás. No lo pensé: me levanté de la grada y caminé hacia allá. No llegué a entrar. Los vi parados en la puerta, de perfil, demasiado cerca. Ella le acarició la frente, después la mejilla, y le dio un beso al borde de la mejilla antes de volver a las piletas. Tomás entró a cambiarse. Yo volví a mi lugar montada en una furia que no me cabía en el cuerpo.

Cuando salió, me hizo la seña para irnos. Yo, por despecho, le di un beso en la mejilla a un tipo cualquiera que estaba sentado al lado mío, le sonreí, y me fui.

—¿Y eso? —preguntó él apenas salimos.

—¿Qué cosa?

—El tipo ese. ¿Lo conocés?

—No, pero capaz lo conozco más adelante. Me invitó a tomar algo. Buena onda.

—Ah. Si venís más seguido al club, conseguís novio seguro —dijo, con un filo que no le conocía.

—Ojalá. Unas ganas de hacer cucharita todo el invierno.

—Vení más seguido, entonces. Te lo levantás y listo.

—Vamos a casa. Te invito a cenar así charlamos un rato.

—¿De qué querés hablar?

—De tu malhumor, por ejemplo.

—No tengo malhumor.

—Entonces estás caliente conmigo y nada más. Me quedo tranquila.

No dijo una palabra más. Fuimos a mi departamento. Apenas entramos cerré con llave, por costumbre, me saqué la campera, y ahí empezó algo que jamás había imaginado.

***

Se frenó en seco en el living y casi lo choqué. Giró, me miró fijo.

—¿Te gustó el boludo ese? —soltó.

—¿De quién hablás?

—Del del club. Al que le diste un beso y le sonreíste después de chamuyarlo.

—Es lindo. Él me chamuyó y yo fui amable. ¿Te molesta?

—Un poco sí. Mirá si venís a verme a mí y terminás colgada de un tipo cualquiera de la tribuna.

—¿Vos me hablás en serio? —Lo encaré—. ¿Querés que hablemos sin caretas? Dale, hablemos. ¿Por qué no me contás vos qué hacías con tu entrenadora en el vestuario?

—¿Qué decís? Nada que ver.

—Nada que ver, claro. Con verla dos segundos acariciarte la cara y reírse pegada a vos me alcanza. Te la estás cogiendo a escondidas, y venís a hacerme reclamos a mí.

—¿Me estabas espiando? —Su voz cambió.

—Fui a buscar el baño y te encontré ahí, calentito. El besito al costado de la boca y la mano en el pecho, ¿también es para ver si tenés fiebre?

—No pasó nada con Andrea. Le dije que me iba porque no me sentía bien, y se fijó si tenía temperatura. Nada más.

—Mirá vos. Qué tierna.

—¿Estás celosa o qué onda? —Dio un paso hacia mí—. Decímelo.

—El celoso sos vos, bebé. Te calentó verme bien con otro.

Me agarró de la cadera y quedamos cara a cara, respirando el mismo aire.

—Yo voy a estar celoso de cualquiera que se te acerque —dijo, en voz baja—. Donde sea, quien sea.

—No sos nada mío. ¿Por qué te ponés así?

—Porque sos perfecta. Y hace cuatro años que estoy enamorado de vos. Podría estar con quien quisiera, pero lo que me pasa con vos es otra cosa. Es mucho más que las ganas que me das.

Algo se me aflojó en el pecho y, a la vez, algo se me tensó más abajo. Sentí el coño mojado de golpe, la bombacha pegada a los labios, un latido caliente entre las piernas que ya no podía disimular.

—Yo me puse celosa de esa mujer —admití—. Te fui a espiar. No me gustó verla salir detrás tuyo.

—No pasó nada con ella. Me hice el enfermo para irme antes y quedarme un rato a solas con vos.

—Dicen que el que perdona está más cerca del cielo. —Le sostuve la mirada—. Yo no te pienso perdonar tan fácil.

Me agarró del culo con las dos manos y me apretó contra él. Sentí su verga dura contra mi vientre, marcada a través del pantalón, gruesa, palpitando. Lo abracé y nos besamos con una urgencia que llevaba meses guardada. Me metió la lengua entera en la boca, mordió mi labio inferior, me chupó la lengua. Me amasaba las nalgas con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne, mientras yo me aferraba a su espalda y le rozaba la pija con la pelvis, arriba y abajo, sintiéndola crecer.

—Así que te dan celos de mi entrenadora —murmuró contra mi boca.

—Muchos. No la soporto.

—Se me quiso tirar encima. No tuvo suerte.

—¿Y quién sí tuvo suerte? —Lo frené con la mano en su pecho—. Decime la verdad o te echo de mi casa.

Bajó la vista un segundo. Eso me bastó.

—Una vez —confesó—. Solo una vez. Nada más que eso.

—Dos meses dando vueltas yo, y vos ya jugando por tu cuenta. —Le saqué la remera de un tirón—. Pendejo apurado.

—Vos diste mil vueltas, Mariela. Yo no soy de piedra.

Le di una cachetada suave, justo en el límite entre la rabia y el juego, y empujé sus hombros hasta sentarlo en el piso. Me miró desde abajo con los ojos encendidos. Le desabroché el pantalón con manos rápidas, se lo bajé hasta las rodillas junto con el bóxer, y su pija saltó afuera, dura, larga, con la cabeza roja e hinchada, una gota transparente resbalándole por el glande. Me quedé mirándola un segundo, la boca seca.

—Mirá lo que tenías escondido, pendejo —le dije, y me arrodillé entre sus piernas.

Le agarré la verga con la mano y se la apreté en la base. Estaba caliente, pesada, me palpitaba en la palma. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, lento, saboreándolo, y cuando llegué arriba me metí el glande entero en la boca y lo chupé con ganas. Él soltó un gemido ronco y me clavó la mano en la nuca.

—Puta madre, Mariela…

Se la mamé sin apuro, tragándola cada vez más hondo, sintiéndola golpear contra el fondo de mi garganta. Le mojé toda la pija con saliva, chorreaba desde la punta hasta los huevos, y le lamí las bolas mientras se la masturbaba con la mano. Después subí otra vez, me la volví a meter entera, y empecé a moverme más rápido, con ruido, chupando fuerte, dejando que la baba me colgara del mentón.

—Así, así, no pares —jadeaba él, mirándome desde arriba con la boca abierta.

Me la saqué de la boca y le escupí encima. Le agarré la pija con las dos manos y se la sacudí mientras le lamía la punta con la lengua plana. Él tenía la cara roja, las venas del cuello marcadas, la respiración cortada.

—Sos hermosa —dijo—. Tenés mejor cuerpo del que imaginé todos estos años.

—No tengo competencia con ella. Vos fuiste ansioso. Yo no fui lenta, fui prudente. Es distinto.

Me paré y me terminé de desvestir despacio, mirándolo. Me saqué la remera, me bajé los jeans, quedé en bombacha y corpiño negros. Él se sacó lo que le quedaba de ropa sin dejar de observarme, la pija dura pegada al abdomen. Me acerqué de nuevo, me saqué la bombacha empapada y se la tiré a la cara. La agarró y la olió, sin vergüenza, mirándome fijo.

—Estás chorreando —dijo.

—Y vos tenés la culpa. Vení a arreglarlo con la boca.

Separé las piernas, una a cada lado de su cuerpo, apoyé una mano en su nuca y lo acerqué a mí. Le hundí la cara contra el coño abierto, húmedo, latiendo.

—Te voy a enseñar a tenerme respeto —le dije—. Porque no me gustó nada que te adelantaras con otra. Chupame, dale.

Entendió enseguida lo que quería. Me pasó la lengua desde el culo hasta el clítoris, un lengüetazo largo y ancho que me hizo temblar las piernas. Después se centró en el clítoris, lo chupó, lo mordió despacio, lo lamió en círculos mientras me metía dos dedos en el coño y me los movía adentro. Le hundí los dedos en el pelo y dejé escapar un sonido que no pude controlar. No se detenía; tenía las manos clavadas en mis muslos y la cara pegada a mí como si no quisiera respirar otra cosa.

—Así —jadeé—. Justo así. Chupame el clítoris, no lo sueltes.

Me le monté más en la cara, restregándome contra su boca, sintiendo la lengua entrar y salir, meterse entre los labios, subir al clítoris, bajar de nuevo. Me chupó los jugos que me chorreaban por dentro de los muslos, me limpió toda con la lengua y volvió a cavar hondo. Cuando le sentí la lengua metida hasta adentro del coño le agarré la cabeza con las dos manos y le monté la cara sin piedad, moviendo la cadera contra su boca. Él aguantaba, tragando, chupando, gimiendo contra mi carne.

—Me vas a hacer acabar así, pendejo. Seguí, no pares…

Sentí el primer temblor subir desde los pies, pasar por las piernas y explotarme entre las piernas. Me corrí en su boca con un gemido largo, apretándole la cabeza contra mi coño, sintiendo cómo seguía chupándome mientras el orgasmo me sacudía. Se me aflojaron las rodillas y casi me caigo encima suyo.

—Puta madre —jadeé—, qué bien la chupás.

Me quité el corpiño y quedé desnuda, las tetas al aire, los pezones duros como piedras. Él me miró la cara con la boca brillante de mi corrida, sonriendo. Me apreté los pechos con las dos manos, me pellizqué los pezones para él, y me agaché. Me acomodé encima suyo abrazándolo como un koala, le agarré la pija con la mano y la guié hasta la entrada del coño. Le froté la punta contra el clítoris, la deslicé entre los labios, la mojé bien, y me la clavé de una, hasta el fondo.

—Ay, la puta que te parió —gemí, echando la cabeza hacia atrás.

Me llenó entera. La sentí golpear hasta el útero, gruesa, dura, palpitando adentro mío. Nos besamos mientras empezaba a moverme, despacio primero, subiendo y bajando sobre la pija, sintiéndola entrar y salir con cada vaivén. Me agarré de sus hombros, apoyé el pecho contra el suyo y aceleré. Rebotaba encima suyo con fuerza, mis tetas le chocaban contra la cara, él me las agarraba con la boca, me chupaba los pezones, me los mordía. Me clavaba las uñas en las nalgas, me abría el culo con los dedos, me apretaba fuerte cada vez que le caía encima.

—Sos hermoso, Tomi —le dije sin dejar de moverme, montándolo con todo—. Cogeme fuerte, dale.

—Hace cuatro años que sueño con esto. Sos perfecta. Qué coño tenés, la concha de tu madre…

Empezó a empujar de abajo, saliéndome al encuentro, y sus embestidas me sacudían entera. El ruido de mi coño mojado tragándose la pija llenaba el living, el chapoteo de los jugos, mis gemidos, sus quejidos cortos, todo junto. Me abrazó la cintura, me recostó de espaldas sobre la alfombra sin sacarla y tomó el control. Me abrió las piernas de par en par, se me acomodó entre ellas y me la volvió a meter de un envión.

—Mirame —me ordenó—. Mirame mientras te cojo.

Pasé los brazos por debajo de los suyos y le clavé las uñas en la espalda. Movía la cadera con una potencia que me arrancaba el aire. Cada estocada me hacía chillar, me golpeaba adentro, me hacía crujir la alfombra debajo. Yo le mordía el lóbulo de la oreja, le insultaba entre dientes, lo provocaba para que no parara.

—Así, más fuerte, rompeme el coño —le pedí—. Por favor, no pares.

—Pedímelo de nuevo.

—Seguí así, no te detengas. Cogeme como cogiste a esa puta, dale, más fuerte todavía.

Se me trepó, me agarró las piernas por atrás de las rodillas y me las abrió hasta pegármelas al pecho. Desde ahí me clavó la verga hasta el fondo, con cada embestida golpeándome contra el útero. Sus embestidas se volvieron más profundas, más brutales. Mis gemidos subieron de tono, mis uñas le rasguñaron la espalda entera, y eso lo encendió todavía más. Sentía el ruido húmedo de la pija entrando y saliendo, el choque de los huevos contra mi culo, la respiración pesada suya en mi cuello.

—Date vuelta —me dijo, y me giró de un tirón.

Quedé en cuatro sobre la alfombra, el culo levantado, la cara apoyada contra el suelo. Me agarró de la cadera y me volvió a penetrar de una, con toda la fuerza. Me llenó otra vez, tan hondo que me arrancó un grito. Empezó a cogerme por atrás sin darme tiempo a nada, agarrándome del pelo, tirándome la cabeza para atrás, mientras yo empujaba contra él para clavármela más adentro.

—Así te cogía a Andrea, hijo de puta? —le tiré, jadeando.

—Ni cerca, Mariela, ni cerca. Vos me apretás distinto. Sos otra cosa.

Me dio una palmada fuerte en la nalga que me hizo aullar. Después otra, del otro lado, dejándome la marca de la mano roja. Me abrió el cachete y me miró el coño tragándose la pija. Yo temblaba entera, con otro orgasmo subiendo, imparable.

—Me voy a correr otra vez —le avisé—, me voy a correr, no pares…

Me apretó las caderas y me embistió más fuerte todavía, chocando contra mi culo con cada estocada. El clímax me explotó desde adentro y me chorreó por los muslos, apretándole la pija con espasmos. Le mojé todo el pubis, la cara interior de los muslos, la alfombra. Me besó con una pasión rabiosa, descontrolado, doblado sobre mí, sin dejar de moverse.

—Sos el amor de mi vida —jadeó contra mi cuello.

***

Me ayudó a levantarme y nos volvimos a besar, las manos suyas recorriéndome la cintura, mis pezones apretados contra su pecho, la pija todavía dura rozándome la panza. Tenía una idea dándome vueltas hacía rato.

—Vení —le dije, y lo llevé de la mano hacia el balcón.

—¿Qué hacés? Estamos desnudos —dijo, mirando hacia afuera.

—Por lo general, la gente se desnuda para tener sexo. Por eso estamos así.

—Ya sé. Pero nos pueden ver desde otro edificio. O escucharnos.

—El riesgo es parte del juego, bebé. Estás en la casa de tu profesora, te acostaste conmigo. Eso ya fue prohibido y te gustó. Ahora dejame arrastrarte un poco más, para que descubras lo que te gusta a vos.

Me agarró la cintura, me besó el cuello, los labios, y nos perdimos otra vez como dos enamorados a los que no les importa nada. Caminé unos pasos, lo empujé contra el muro de la escalera que da a la terraza y me arrodillé frente a él. Le agarré la pija con la mano —todavía brillante por mis jugos— y me la metí entera en la boca. Se la chupé profundo, saboreando mi propia corrida en su verga, tragándomela hasta el fondo, dejando que se me llenaran los ojos de lágrimas. Él me agarró del pelo y empezó a moverme la cabeza al ritmo que quería, cogiéndome la boca.

—Así, tragátela toda —jadeaba—. Mirá cómo me la mamás, profe.

Le chupé los huevos uno por uno, mientras le seguía sacudiendo la pija con la mano. Después me la volví a meter entera, y le clavé las uñas en el culo para pegarlo más contra mi cara. Estuvo por acabarme en la boca; sentí cómo se le tensaba todo. Le saqué la verga a último momento y me paré.

—No, todavía no. Adentro mío, dale.

Me di vuelta, me acomodé sobre sus muslos, una pierna a cada lado, apoyé las manos contra el muro y le di la espalda. Él me agarró las caderas, se acomodó, me abrió los labios del coño con los dedos y me la clavó desde abajo, de una. Empecé a moverme, lento al principio, subiendo y bajando sobre la pija, dejándomela sentir toda. Después más rápido, rebotando encima suyo, robándole gemidos. Me tenía agarrada de los pechos, me pellizcaba los pezones, me apretaba la cadera para clavármela hasta el fondo con cada envión.

—¿Estás bien? —le pregunté entre jadeos.

—Más que bien. Me encantás. Qué culo tenés, la concha de tu madre…

El aire fresco del balcón me pegaba en los pezones duros, en la piel sudada, en el coño abierto. Cualquiera desde enfrente podía vernos: yo montada, las tetas rebotando, la boca abierta, gimiendo sin cuidarme el volumen. Me dio morbo pensarlo. Aceleré, me clavé más fuerte, apretándole la pija con el coño cada vez que me subía.

Me giré para quedar de frente sin sacármela, lo abracé y lo besé desesperada mientras seguía moviéndome como si la noche se fuera a terminar. Le lamí el cuello, le mordí el hombro, le clavé los dientes cuando me embestía más hondo. Él me agarraba el culo con las dos manos y me subía y bajaba sobre su pija como si yo no pesara nada.

—Vení, corrámonos juntos —le pedí al oído—. Adentro. Acabame adentro, dale.

—¿Segura?

—Segurísima. Llename entera.

Sentí cómo se tensaba, cómo se le entrecortaba la respiración, cómo la pija le crecía todavía más adentro mío. Me apretó fuerte contra él, hundió la cara en mi cuello, y empujó de abajo con embestidas cortas y feroces. Yo me dejé llevar con él, con otro orgasmo trepándome desde el coño hasta el pecho. Sentí el chorro caliente escupir adentro mío, una vez, otra, otra más, mientras me sacudía en el clímax, apretándole la verga con los espasmos del coño, chorreándole encima. Nos quedamos temblando, agarrados, sin importarnos si alguien escuchaba, si alguien miraba, si el mundo entero se enteraba.

Después nos quedamos quietos, abrazados, respirando agitados, con su corrida chorreándome por dentro de los muslos. Lo apreté con una ternura que no tenía nada que ver con la furia de antes. Él se aferró a mí en silencio. Habíamos dicho todo con el cuerpo durante horas; ahora hablábamos otro idioma con ese abrazo.

—Me hiciste sentir algo que no voy a olvidar —le dije al oído—. Gracias.

—Yo no me voy a olvidar de esto nunca. Lo deseé tantas veces y nunca creí que iba a pasar de verdad.

Lo miré, le sonreí y lo besé despacio, con todo lo opuesto a lo que habíamos hecho recién. Fueron besos que me pusieron la piel de gallina. Le sostuve la cara entre las manos y no lo solté por varios minutos.

—¿Comemos algo y te quedás esta noche? —le pregunté—. Por favor.

—Me quedo todo lo que quieras.

Nos levantamos para volver adentro. Mientras caminaba delante suyo, sintiendo su semen bajarme entre las piernas, me dio una palmada en la nalga derecha. Y con ese gesto, la llamita que tenía adentro se volvió a encender.

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Comentarios(7)

BetinaMtz

increible relato, quedé sin palabras!!!

Gonza_mendoza

Me recordó algo de mis tiempos en la facu jaja, aunque mucho menos dramático. Muy bien escrito.

LectorNocturno88

Por favor que haya segunda parte, me quedé con muchas ganas de saber cómo termina todo entre ellos dos

Claudio88

Tremendo!!! de los mejores que leí en esta categoría

MarisolQ

Lo que mas me gustó es la tension que se construye desde el principio. Se nota que hay algo acumulado de hace tiempo. Muy bien logrado.

SantiLector

jajaja la escena de la puerta con llave me mató, que suspenso bárbaro

rosaura_lit

Ese final abierto... ¿va a haber continuación? Necesito saber que pasa despues

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