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Relatos Ardientes

Nadie me avisó del fuego que llega a los cuarenta

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Me llamo Carmela y tengo cuarenta y cuatro años, aunque nunca me sentí tan despierta como ahora. Estuve casada durante más de veinte, crié a mis hijos, atendí una casa y, en el camino, me olvidé de que tenía un cuerpo que también pedía cosas. Lo escribo porque hace poco lo entendí y todavía me sorprende: una mujer no se apaga con los años. A veces es justo al revés.

Durante mucho tiempo creí que el deseo era cosa de la juventud. Que se gastaba, como se gasta la ropa, y que a cierta edad una se sentaba a mirar pasar el resto. Me equivoqué de una manera que me daría vergüenza si no me diera tanto placer.

Mi marido, Aurelio, es un buen hombre. Trabajador, presente con los chicos, incapaz de levantarme la voz. Pero hace años que entre nosotros la cama se volvió un mueble más. Él se acuesta agotado, se gira hacia su lado y respira hondo hasta dormirse. Yo me quedo mirando el techo, escuchando el reloj de la cómoda, con una inquietud que antes sabía ignorar y que de pronto dejó de dejarse ignorar.

Todo empezó una tarde de marzo, sin nada especial que lo anunciara. Los chicos en sus actividades, Aurelio de viaje por trabajo, la casa entera para mí. Me di una ducha larga, de esas en las que el agua caliente te afloja los hombros. Y mientras me pasaba la mano con jabón por el cuerpo, me detuve.

No fue una decisión. Fue una pregunta que mi propia piel me hizo. ¿Cuánto hace que nadie me toca así, despacio, como si valiera la pena?

Me quedé bajo el chorro, los ojos cerrados, y dejé que la mano hiciera lo que quisiera. Reconocí un cuerpo que creía conocido y que, sin embargo, me respondía como a una desconocida. La curva de la cintura, el peso de los pechos, la piel del cuello erizándose. Me sostuve contra los azulejos fríos y me di, por primera vez en mucho tiempo, un placer que no le debía a nadie.

Cuando salí de la ducha estaba temblando, pero no de frío. Me miré en el espejo empañado, pasé la mano para abrir un círculo en el vaho y me encontré con una mujer colorada, despeinada, con los ojos brillantes. Sonreí. Hacía años que no me sonreía así.

***

A partir de esa tarde, algo cambió en mí que no supe cómo nombrar. Empecé a fijarme en cosas en las que no me fijaba. En cómo me quedaba un escote frente al espejo del dormitorio. En la forma en que un vendedor del supermercado me sostuvo la mirada un segundo de más. En el modo en que la tela del vestido me rozaba los muslos cuando caminaba rápido.

No era vanidad. Era hambre. Una palabra fea para algo que se sentía hermoso.

Una noche, con la casa en silencio, hice algo que jamás había hecho. Busqué en internet, con el corazón golpeándome el pecho como una adolescente que esconde el teléfono. No sabía bien qué buscaba. Encontré relatos, voces de otras mujeres como yo, confesiones de gente que se animaba a decir en voz alta lo que yo apenas me atrevía a pensar. Leí hasta tarde, con una mano en el teléfono y la otra donde el cuerpo me la pedía.

Descubrí que no estaba sola. Que esto que me pasaba tenía hasta nombre, y que muchas mujeres maduras lo vivían como una segunda primavera, un viento que llegaba tarde pero que llegaba con fuerza. Me reconocí en cada línea. Me reconocí, sobre todo, en la rabia tierna de haber esperado tanto.

¿Por qué nadie me avisó de esto cuando era joven?, pensé. ¿Por qué nos enseñan a apagarnos justo cuando recién empezamos a entender lo que queremos?

***

El que terminó de despertarme tenía nombre y oficio. Se llamaba Damián y vino a arreglar una filtración del techo del baño. Tendría unos treinta y cinco años, manos grandes, una calma de hombre que sabe lo que hace. Trabajaba en silencio, concentrado, y yo me descubrí ofreciéndole agua, café, conversación, cualquier excusa para quedarme cerca.

—Va a quedar como nuevo, señora —me dijo, secándose la frente con el antebrazo.

—Carmela —lo corregí—. Nada de señora.

Me sostuvo la mirada un instante. Solo un instante, pero fue suficiente para que el aire de la casa se pusiera espeso. Yo llevaba una blusa de seda que esa mañana había elegido sin pensar y que ahora me parecía la decisión más deliberada de mi vida.

—Carmela —repitió, como probando el nombre.

No pasó nada ese día. Recogió sus herramientas, me dio la mano, una mano caliente y firme, y se fue. Pero esa noche yo no dormí. Me quedé pensando en cómo había dicho mi nombre, en la forma en que sus ojos bajaron un segundo hasta mi escote y volvieron a subir, como pidiendo permiso.

Volvió tres días después para revisar que todo estuviera bien. Aurelio seguía de viaje. Los chicos, otra vez fuera. La casa, otra vez mía.

—Quería asegurarme de que no quedara humedad —dijo en la puerta, y los dos sabíamos que era mentira.

Lo hice pasar. Le ofrecí algo frío. Hablamos de cualquier cosa en la cocina, de pie, demasiado cerca para lo que decíamos. En un momento me alcanzó el vaso y nuestros dedos se rozaron, y ninguno de los dos retiró la mano.

—Carmela —dijo, en voz baja, y esta vez mi nombre sonó como una pregunta entera.

Di el paso yo. A los cuarenta y cuatro años, con el pulso disparado y una claridad que nunca había tenido a los veinte. Le puse la mano en el pecho, sentí su corazón golpeando tan fuerte como el mío, y lo besé.

Me besó como si tuviera hambre de lo mismo que yo. Sin prisa al principio, midiéndome, y después con una intensidad que me hizo soltar el vaso sobre la mesada. Sus manos encontraron mi cintura, subieron despacio, y cuando una de ellas se cerró sobre mi pecho por encima de la seda, dejé escapar un sonido que ni reconocí como mío.

—Hace mucho que nadie me toca así —le confesé contra su boca.

—Entonces lo voy a hacer despacio —respondió.

Y lo hizo. Me desabrochó la blusa botón por botón, sin apuro, mirándome la cara más que el cuerpo, como si lo que le interesara fuera lo que me pasaba por dentro. Yo, que llevaba años sintiéndome invisible, me sentí mirada de verdad por primera vez en mucho tiempo.

Nos movimos al dormitorio sin dejar de tocarnos. Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí, me separó las rodillas con las manos y me besó la cara interna de los muslos, subiendo, hasta que tuve que sostenerme de las sábanas para no perder el control demasiado pronto. Conocía mi cuerpo mejor de lo que lo había conocido nadie, y eso que apenas lo conocía a él.

Cuando finalmente lo sentí dentro, me agarré de su espalda y enterré la cara en su cuello para no gritar. Nos movimos juntos, primero lento, después con una urgencia que se nos fue de las manos a los dos. La luz de la tarde entraba por la ventana y nos pintaba la piel de dorado. Yo lo miraba a los ojos y no sentía culpa, solo una certeza limpia: este cuerpo era mío, y por fin lo estaba habitando entero.

Terminé con un temblor largo que me recorrió desde la nuca hasta los pies, mordiéndome el labio, las uñas clavadas en sus hombros. Él me siguió poco después, hundido en mí, repitiendo mi nombre contra mi oído como si fuera lo único que supiera decir.

***

Después nos quedamos tirados en la cama, recuperando el aire, mirando el techo recién arreglado. Me reí sola, una risa baja, incrédula.

—¿De qué te reís? —preguntó.

—De que esperé veinte años para entender algo tan simple.

No le di explicaciones y él no me las pidió. Se vistió despacio, me dio un beso largo en la puerta y me dijo que cualquier cosa lo llamara, con una sonrisa que dejaba claro que no hablaba de filtraciones. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, con el cuerpo todavía vibrando, sintiéndome más viva de lo que me había sentido en años.

No sé qué va a pasar con Damián, ni si va a volver a pasar. Tampoco sé qué va a pasar con Aurelio, ni quiero pensarlo todavía. Lo único que sé es que algo en mí se encendió y que no pienso dejar que se apague.

Cuentan que el cuerpo de una mujer madura se rinde con los años. A mí me pasó lo contrario. A los cuarenta y cuatro recién aprendí a escucharlo, a pedirle, a dárselo. Y si algo entendí esa tarde, con la luz dorada entrando por la ventana, es que el deseo no se gasta. Solo espera, paciente, a que una se anime por fin a despertarlo.

Así que esto es lo que soy ahora: una mujer que dejó de pedir permiso. Y créanme cuando les digo que recién estoy empezando.

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Comentarios(7)

NatiCba

Increible relato!!! me dejo sin palabras de verdad

Romi_89

Me quede con ganas de mas, por favor que haya segunda parte. Muy bueno

SofiaLect_BA

Me gusto mucho que sea desde la perspectiva de ella, sin filtros. El tema de los cuarenta y el deseo lo vi tratado muy pocas veces con tanta honestidad. Felicitaciones.

VeroFC

Que buenisimo!!! se hizo cortisimo

lectora_mx

Me recordo a algo que me paso hace unos años. Esa sensacion de descubrir que seguias viva de golpe. Muy bien contado.

GabyRosario_ok

A los cuarenta dice jaja, tienen razon que llega el fuego. Tremendo relato

Marcos_relatos

Muy bueno, hay alguna parte dos? el personaje me engancho un monton

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