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Relatos Ardientes

La amiga madura de mi madre en la noche de San Juan

Vivía tranquilo en Barcelona. Mi trabajo de interiorista me dejaba hacer lo que siempre había querido, y creía estar enamorado de Clara, un año menor que yo, responsable de comunicación en una marca de cosmética. Todo parecía perfecto.

Hasta que una tarde llegué a casa antes de la cuenta y la encontré con otro. Mi mundo se vino abajo. Caí en una depresión espesa, y cuando salí de ella, con la cabeza por fin despejada, aproveché el encargo de un cliente para mudarme a la costa de Murcia, donde había veraneado de niño.

Ese cliente, que se había hecho rico con la construcción, me cedió un apartamento pequeño pero precioso en Cabo de Palos, con una terraza de atardeceres que parecían pintados. A mis treinta y un años empecé a recuperar la ilusión: me salían proyectos y había vuelto a correr cada mañana por el paseo, con el Mediterráneo todavía dormido a un lado.

Aquella mañana de junio tenía que pasar por el ayuntamiento a preguntar por unos permisos para rehabilitar una finca. Mientras esperaba en la recepción de urbanismo, entre el zumbido de los ventiladores de techo y el eco de las teclas, alguien me saludó.

—Hombre, el interiorista fantasma —dijo Noelia con sorna.

Era la jefa de sección de urbanismo. Morena, provocadora. Nos habíamos acostado un par de veces, un juego sin promesas que ella conocía mejor que nadie.

—Buenos días, Noelia.

—Es muy temprano para ti —añadió, cruzando los brazos sobre el mostrador—. Hace tiempo que no tenemos un rato tú y yo.

—Necesito el estado del expediente de la finca de los Bernal —dije, esquivando.

—¿No te habrás dejado pillar ya? —soltó, levantando una ceja.

No respondí. Ella sonrió, segura de algo que no existía.

—Vaya, he acertado. ¿Una de aquí, o una turista, polvo y adiós y el corazón a salvo?

—Ya te llamaré —corté, cogiendo los papeles y saliendo de allí.

Me convenía mantener la amistad, pero el problema era que Noelia se parecía demasiado a Clara: lo físico, y la vida que podía ofrecerme.

***

Acabadas las gestiones, me acerqué al club náutico, donde tenía amarrado un barco pequeño. Al pasar por la cafetería La Marea me llamó la atención una mesa con tres mujeres. Una de ellas me sonaba muchísimo, pero no conseguí ubicarla.

A la mañana siguiente bajé a desayunar frente al mar, como me había acostumbrado. Café solo, tostada con aceite y tomate. Y fue entonces cuando la vi.

Primero escuché una risa aguda, de esas que brotan sin freno. Y la reconocí: las tres mujeres del día anterior, y ella, Marta, a la que no veía desde hacía dos o tres años. Había sido vecina nuestra en verano; la recordaba bajando a la playa con sus hijos. Dani, su hijo, era amigo mío. Estaba más delgada, con un vestido veraniego que dejaba ver unos hombros firmes, gafas oscuras, el pelo más claro y suelto. Aparentaba treinta y pocos, aunque, si Dani tenía mi edad, ella rondaría los cincuenta y dos.

Cuando giró la cabeza me devolvió la sonrisa, como si me reconociera sin reconocerme. Tardó unos segundos.

—¡Hugo! —dijo, con un gesto a medio camino entre lo maternal y lo nostálgico.

Me acerqué y me presentó a sus amigas como un vecino de la infancia. Ellas bromearon sobre mi edad y mi piel quemada de navegar. Me contó que habían venido por las fiestas de San Juan, y se marcharon caminando con ese aire de quien sabe que la están mirando.

Me quedé con la vista clavada en la silla vacía. De adolescente me fascinaba su figura; ahora me parecía aún más atractiva. ¿Qué hacía sola en la costa? ¿Y Esteban, su marido? Seguramente otra pareja rota a los cincuenta, como les pasó a mis padres.

***

Esa noche, en El Faro, abarrotado como siempre en vísperas de las hogueras, la vi otra vez.

Estaba en una mesa alta con sus dos amigas. De negro, ajustado, sencillo, pero imposible no mirarla. Las piernas cruzadas, una copa en la mano, un cuerpo maduro y francamente apetecible. Sus ojos azules me encontraron antes de que yo me decidiera. Levantó una ceja y me hizo un gesto con la cabeza.

Me acerqué. Las amigas me recibieron con risas y comentarios deliberadamente altos.

—Mira quién está aquí —dijo una, dándole un codazo a Marta.

Ella me señaló el taburete de al lado.

—No quiero molestar, Marta. Has salido con tus amigas.

—No seas tonto —respondió rápido—. Me alegré mucho de verte esta mañana. Y, además, espantas a los buitres.

Me quedé con su grupo, bailando, acercándome a Marta, que no rechazaba mi cercanía. A pesar de la diferencia de edad y de ser la mujer de Esteban, me atraía más que ninguna otra en la sala. Hacia medianoche, mientras Gloria y Rosa ligaban con dos hombres, Marta me miró con esos ojos que parecían taladrarme.

—¿Me acompañas a casa? No hace falta que te diga dónde es.

Lo sabía bien: vivía en el mismo edificio donde mis padres tenían el apartamento. Asentí, dejé la copa y salimos al paseo. La humedad de la noche se pegaba a la piel sin agobiar.

—¿Te apetece dar un paseo antes? —preguntó.

—Seré tu escolta.

Se arremangó el vestido, yo me subí los bajos del pantalón, y caminamos descalzos por la orilla, los zapatos en la mano. Al principio íbamos en silencio, solo con el rumor del mar.

—¿Cuánto llevas viviendo aquí? —preguntó.

—Desde principios de año. Me ofrecieron un proyecto y necesitaba salir de Barcelona.

Se detuvo a mirar el horizonte, como si buscara dónde apoyarse antes de hablar.

—Yo también he venido huyendo. Me estoy planteando el divorcio. Pero no es fácil después de treinta años respirando el mismo aire.

Me giré hacia ella. La luna le suavizaba el rostro, y en el fondo de sus ojos había un poso de tristeza.

—¿Infidelidad? —pregunté sin rodeos.

—No, que yo sepa. Estoy cansada de la vida que llevo. He perdido media vida con alguien que hace tiempo dejó de mirarme como mujer. Soy solo su amiga.

La escuchaba, y a la vez crecía en mí un deseo brutal. Se me endurecía la polla dentro del pantalón solo con imaginar el cuerpo que se adivinaba bajo aquel vestido negro, y tuve que apretar el paso para disimular.

—¿Y qué harías tú en mi lugar? —preguntó de pronto.

—No soy quién para decidir por ti, Marta. Pero si después de tantos años el amor no ha cuajado, difícil que prenda ahora.

—Tengo miedo de equivocarme. A lo mejor solo son fantasías de una mujer a punto de cumplir años. ¿Volvemos?

Caminamos despacio hasta su portal. Buscó las llaves en el bolso y, al encontrarlas, levantó la vista con un brillo distinto.

—Gracias por acompañarme. ¿Ves? No daba un paseo así con Esteban desde hace años.

La puerta quedó entreabierta. Ella se quedó parada, esperando algo. No fui capaz de dar el paso, así que fue ella la que se adelantó y me besó. Un beso corto, suave. Luego se dio la vuelta y desapareció escaleras arriba, dejándome frente al portal con el sabor de su boca y la sal del mar en los labios, y con la polla dura clavada contra la cremallera.

***

Me desperté con su recuerdo pegado a la piel y la polla tiesa contra el vientre. Me la casqué pensando en ella antes de la ducha, imaginando su boca alrededor, y me corrí en la mano con un jadeo ronco. A las nueve dudaba si escribirle cuando su mensaje me ahorró la decisión.

—¿Un desayuno abajo?

—Perfecto. ¿Te apetece salir a navegar después?

—¿Tienes barco? —preguntó al llamarme—. ¿Y si preparo un picnic y pasamos el día en el mar? Hasta la noche no tengo plan.

Cuando salí a la calle, el pueblo se había transformado: música, olor a pólvora y a churros, camisas blancas. Marta llegó con una pamela, un pareo floreado sobre el bikini y una neverita de tela.

—Buenos días, capitán —dijo—. ¡Qué ilusión salir al mar!

Por extraño que parezca, frente al café estábamos más cortados que la noche anterior.

—Me extraña que no salgas con nadie —comentó—. ¿Te gustaría volver a enamorarte?

—Más que nada. Pero no me vale un sucedáneo de amor, y no ha aparecido la persona adecuada. Aunque anoche me sorprendiste tú.

Se quedó en silencio, dejó la taza con un movimiento lento y me miró de frente.

—Yo también estoy sorprendida. De anoche, y de salir a navegar contigo. Solos.

***

A mediodía solté amarras. Desplegué las velas y dejamos el club atrás, hasta que la orilla se volvió una silueta. Puse rumbo a Isla Grosa, de aguas cristalinas, donde podríamos fondear y bañarnos. Le cedí el timón a Marta; el viento le abría el pareo y sus ojos, sin gafas, eran de un azul en el que uno se perdía sin querer ser rescatado.

Cuando retomé los mandos, ella subió a la proa y se tumbó con los brazos abiertos al sol. Yo la observaba desde el timón, hipnotizado. Algo en ella había cambiado desde aquellos veranos en que la veía bajar a la playa como una madre más.

Eché el ancla cerca de la isla. Cogió unas gafas de buceo y se lanzó al agua.

—Tenías razón, el azul es precioso. ¿Te bañas conmigo?

El Mediterráneo nos envolvió, salado y libre, igual que ella me estaba envolviendo a mí. A pesar de su edad, Marta nadaba con movimientos armoniosos. Al rato se acercó al casco y se apoyó; me puse a su lado, frente a frente, medio sumergidos.

—No te lo esperabas cuando saliste de Barcelona —dije.

—¿El qué?

—Estar en un barco, con un viejo amigo de tu hijo.

—No. Pero anoche, después del paseo, pensé en ti. Como si se abriera una ventana que llevaba años cerrada, y ahora solo dejara entrar el aire.

Debajo del agua nuestras piernas se rozaron, y noté cómo su muslo pasaba por encima de mi polla, que respondió al instante hinchándose contra el bañador. Ella también lo notó, porque sonrió sin apartarse, apretándose apenas un segundo más contra mí antes de impulsarse hacia la escalerilla. Al subir tuve que apartarme para disimular la erección que el roce me había provocado. Tendimos dos toallas en la proa y nos tumbamos al sol.

—Imagina que el barco forma parte de un sueño —dije—. Siéntete libre.

Como si mis palabras la animaran, se incorporó, se desabrochó el top del bikini y se quedó en topless con la naturalidad más absoluta. Sus tetas eran redondas, firmes, con los pezones tostados por el sol y ya duros por el aire fresco. Se untó crema en los hombros, y una gota le bajó por el pecho hasta bordear el pezón. Debió de notar mi expresión.

—Tú me invitaste a sentirme libre. ¿Te molesta?

—No. Es que me has sorprendido. No te recordaba tan… joven.

—¿Joven? Tengo cincuenta y dos, dos menos que tu madre. La naturaleza fue generosa conmigo.

Asentí y fui a por dos cervezas. Buscando la sombra, se apoyó en mi pecho y trazaba líneas con el dedo sobre mi piel mientras la conversación derivaba a miedos, a rutinas que ahogan, a sueños abandonados por comodidad.

—¿Sabes qué me da miedo? —susurró—. Que esto me guste más de lo que debería.

Se inclinó y me besó con una ternura que me desarmó. Luego se tumbó sobre mí, una pierna enredada en la mía, y noté cómo su coño, apenas cubierto por la tela mojada de la braga, se apoyaba contra mi muslo. El sol, la cerveza y el vaivén la fueron venciendo hasta dormirse en mis brazos.

Tenerla al lado con el pecho desnudo era una tentación demasiado fuerte. No había prisa, solo deseo y una calma casi irreal. Acaricié uno de sus pechos, mucho más firme de lo que su edad hacía suponer, y le pellizqué el pezón entre dos dedos hasta sentirlo endurecerse aún más. Llevé la mano a su braga y, con cierto pudor, deslicé los dedos por dentro. Su vello era corto, apenas una sombra, y debajo la piel estaba caliente y húmeda, ya empapada. Tembló sin abrir los ojos.

—Mmm… —murmuró.

Rocé su clítoris con la yema, despacio, dibujando círculos pequeños, y noté cómo se hinchaba bajo mi dedo. Su respiración se entrecortaba, los labios se le abrían apenas, y la humedad me chorreaba entre los dedos. Bajé un poco más y hundí la yema del corazón en la entrada de su coño, sin llegar a meterlo, solo para probar la resbaladiza tibieza que salía de dentro. Entonces abrió los ojos y retiré la mano de golpe.

—¡Hugo! ¿Qué pasa?

—Nada, era una gaviota. Sigue durmiendo —improvisé, susurrándole al oído hasta que volvió a dormirse.

No me atreví a seguir, pero me quedé colgado de ella, con los dedos aún oliendo a su coño y la polla dura marcándose bajo el bañador.

***

Entramos en puerto con el sol cayendo. Me invitó a ducharme en su casa, un apartamento con terraza, libros y plantas. Salí y la encontré en la cocina, con una camiseta sobre el cuerpo aún mojado, abriendo dos cervezas que bebimos a morro.

—No quiero complicarte la vida, ni la mía —dije, sincero—. Pero los dos podemos permitirnos explorar algo sin comprometernos a nada.

—Al fin y al cabo, somos adultos —respondió—. Decidimos nosotros, sin que nadie nos juzgue.

—¿Qué plan tienes esta noche?

—Voy con las chicas al club de golf. Quieren quemarlo todo. ¿Y tú?

—La playa, con los amigos. Hogueras, música. ¿Por qué no te vienes? A dejar de ser espectadora.

—¿Qué pinto yo entre niñas de tu edad? Me quedo con el recuerdo del día —se rindió—. ¿Qué rito sigues tú en San Juan?

—El clásico. Saltar cuatro veces sobre el fuego hacia delante y tres hacia atrás, quemando algo que quieras olvidar. Aunque la tradición más reciente dice que esta noche hay que arder en la hoguera de la pasión.

Su sonrisa salió forzada. Me marché resignado, con la sensación de dejar escapar una ocasión única.

***

A las diez ya estaba en la playa, bebiendo con el grupo, preparando los saltos, cuando sonó el móvil.

—¿Qué tal la noche?

Me aparté hacia la orilla.

—Mucho fuego, mucha cerveza. Solo faltas tú.

Hubo una pausa.

—Pásalo bien —se despidió.

Reía como un autómata, pero estaba en otro sitio. Una hora después llegó otro mensaje.

—¿Sigues notando mi ausencia?

—Más que nunca.

—¿Por qué no vienes a buscarme, entonces?

Cogí la moto y salí disparado. Cuando llegué al club, la vi junto a la barra exterior: un vestido ibicenco blanco, muy escotado, atado a la espalda con cordones, la melena rubia rizada por el mar. Reía con sus amigas, pero tenía los ojos puestos en la entrada. Al verme, sonrió sin fingir.

—Has tardado —me dijo al oído.

—He tenido que cruzar círculos de fuego.

Antes de irnos, Gloria me apartó.

—Pórtate bien. Marta se merece una noche especial. Sé tan cariñoso como sepas.

No necesitaba ningún empujón, pero no venía mal saberme aceptado. Volvimos a la playa caminando por la arena entre fogatas, ella con las sandalias en la mano y un brillo de puro vértigo en los ojos.

Se quedó mirando una hoguera donde el fuego crepitaba sin prisa. Sacó del bolso una hoja arrugada, escrita a mano, y la sostuvo un segundo sobre las llamas.

—Era una carta que empecé a escribirle a mi marido. No sabía si decirle que lo dejaba o que volvía. Da igual. Esta noche quiero quemar que soy «la señora de». Solo quiero ser yo.

La dejó caer al fuego. Las letras se doblaron, chispearon y se hicieron ceniza. Se giró hacia mí, la piel iluminada por el resplandor.

—Y esta noche tampoco quiero que seas el hijo de mis vecinos. Quiero que seas solo tú.

Acerqué la boca a su cuello y dejé un beso largo. Sentí que se apretaba contra mí, y lo entendí como un permiso. Le aparté el pelo y la besé en la boca, con esa lentitud intensa de lo inevitable. Nuestras lenguas se buscaron, su mano subió a mi nuca, la mía rodeó su cintura y bajó hasta apretarle el culo contra mi polla, que ya empujaba dura contra su vientre. Se restregó un segundo, sin disimulo, y noté cómo se le escapaba un jadeo dentro de mi boca.

***

Cerca de las cuatro éramos de los últimos en la playa. Teníamos el barco a un paso y elegí pasar la noche sobre el mar. Subió a bordo tropezando.

—Nunca he dormido en un barco.

—¿Quién ha hablado de dormir?

Le ofrecí una cerveza, pero negó con la cabeza.

—No quiero beber más. Esta noche quiero sentirlo todo. ¿Te gusto de verdad? Es lo único que necesito saber.

No quería un cuerpo rendido por el alcohol; quería que su cabeza también lo deseara.

—Me vuelves loco, Marta.

—Entonces fóllame hasta el amanecer.

Bajamos al camarote. La luz naranja de la lámpara de balancín le pintaba la piel de bronce. Le desaté los nudos del vestido, tirando despacio de cada cordón, y la tela resbaló por su piel como si la noche entera la desnudara. No llevaba sujetador. Sus tetas quedaron al aire, redondas y pesadas, los pezones marrones erizados de puro deseo. Se bajó ella misma la braga, y me quedé quieto mirando su coño depilado casi por entero, con una franja fina de vello rubio arriba, los labios ya brillantes de humedad. Solo su cuerpo, firme y maduro, su respiración acelerada y esos ojos que no esquivaban los míos. Me desnudé también, sin urgencia. Cuando el bañador cayó al suelo, mi polla saltó hacia arriba, tiesa, la punta ya mojada, y ella se mordió el labio inferior sin apartar la vista.

—Joder, cómo la tienes —murmuró, alargando la mano y cerrándola alrededor. Empezó a mover el puño despacio, subiendo y bajando, apretando con la medida exacta de quien ha follado toda una vida—. Llevaba meses sin ver una así de dura.

—Esta noche no soy madre ni esposa —añadió, arrodillándose sin soltarme—. Solo soy Marta. No sé si tengo cincuenta y dos años o treinta. Solo sé que te quiero dentro. Pero antes te la voy a mamar como Dios manda.

Abrió la boca y se la metió entera de un empujón. Sentí cómo el calor húmedo me envolvía hasta la base y la lengua giraba por debajo, buscándome el frenillo. La sacaba y la volvía a hundir, saliva chorreándole por la barbilla y por mis huevos, sin dejar de mirarme desde abajo con esos ojos azules cargados de lujuria. Me metí las manos en su pelo y la ayudé a marcar el ritmo. Me chupaba los cojones uno a uno, subía por la vena de la polla lamiendo, se metía la punta y jugueteaba con la lengua sobre el glande, y volvía a tragármela hasta el fondo, la garganta apretando el capullo. La saliva le colgaba en hilos y ella se reía entre gemidos apagados.

—Mmm, qué rica —soltó al sacársela un segundo, escupiendo saliva sobre el glande antes de volver a chupar—. Podría estar así toda la noche.

Nos tumbamos sin más palabras, mecidos por el mar. La empujé de espaldas sobre la cama estrecha y le abrí las piernas con las rodillas. Acaricié cada centímetro de sus pechos, se los estrujé, se los chupé, sentí sus temblores, su deseo contenido. La besé por el cuello, los hombros, y bajé sin detenerme por el vientre hasta hundir la cara entre sus muslos. Su coño olía a mar y a hembra. Le abrí los labios con los pulgares y le pasé la lengua entera por la raja, de abajo arriba, terminando en el clítoris hinchado. Se sacudió como si le hubiera dado un latigazo.

—Ahí, joder, ahí no pares.

La chupé sin piedad. Le metía la lengua dura dentro del coño, la sacaba y volvía al clítoris, chupando, mordisqueando suave. Le metí dos dedos, luego tres, curvándolos hacia arriba, y ella empezó a levantar las caderas contra mi cara, ahogando gritos con el brazo apretado sobre la boca. Sentía cómo se iba empapando cada vez más, y todo el sabor a sal me chorreaba por la barbilla. Cuando mis dedos volvieron al clítoris mientras la lengua le lamía la entrada, arqueó la espalda del todo y abrió las piernas hasta que las rodillas casi le tocaron los hombros, sollozando.

—Métemela ya, Hugo, no aguanto más. Fóllame ya, por favor.

Me coloqué sobre ella y le apoyé el capullo contra la entrada. Empujé despacio, viendo cómo la polla iba desapareciendo dentro de aquel coño apretado y caliente, hasta clavarla del todo. Ella soltó un grito ronco, los ojos en blanco un segundo, las uñas clavadas en mi espalda. Empecé a entrar y salir con embestidas lentas y profundas, y sus gemidos subían de intensidad con cada golpe de cadera.

—Así, despacio… saboréalo… así, muy adentro… —pidió, agarrándome el culo con las dos manos para que no saliera del todo.

Me embriagaba su olor, el fuego de sus ojos, el ruido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño. Le levanté una pierna y me la puse al hombro para follármela desde otro ángulo, más hondo, y noté cómo mi glande le pegaba contra un punto que la hacía convulsionarse.

—Ay, joder, ahí, ahí, ahí… —jadeaba sin controlarse ya—. Voy a correrme, voy a correrme, no pares, no pares…

Bastaron unos pocos movimientos más para que su coño se cerrara alrededor de mi polla en espasmos violentos y su cuerpo temblara entero, recorrido por la descarga de un orgasmo que llevaba meses guardado. Se le escapó un grito largo que rebotó contra las paredes del camarote, y noté cómo un chorro caliente me empapaba los huevos.

—Has despertado al animal que dormía. Ahora te toca alimentarlo.

Salí de ella para alargar el momento, la polla brillante y goteando de sus flujos. Me abrazó, me empujó de espaldas contra el colchón, se subió encima y con la mano se colocó mi verga en la entrada. Se dejó caer entera de golpe, ensartándose hasta el fondo con un gruñido de placer, abriendo el sexo como abría la boca a mis besos. Se quedó quieta un segundo, contrayendo el coño alrededor de la polla, y me miró con una sonrisa perversa.

—¿Notas cómo te aprieto? Todavía tengo el coño de una jovencita, ¿no?

—Joder, sí. Cabálgame, hostia.

Cabalgó despacio al principio, subiendo hasta la punta y dejándose caer del todo, comprimiéndome, buscando estirar cada segundo. Sus tetas se bamboleaban a la altura de mi cara y le agarré una y otra, chupándole los pezones mientras ella subía y bajaba.

—¿Te gusta cómo te follo? ¿Te gusta cómo te mama el coño de esta madura?

—Mucho. Pero puedes ir más fuerte. Fóllame más fuerte, Marta.

La insinuación le dio alas y empezó una galopada desatada, la melena revuelta, los pechos al ritmo de su cadera, el sonido de sus nalgas chocando contra mis muslos llenando el camarote. Le cogí las caderas con las dos manos y la ayudé a moverse más rápido, empujando yo desde abajo, clavándole la polla hasta el fondo en cada bajada. El coño le chorreaba, le corría un hilo caliente por mis huevos.

—Dime guarradas, Hugo, dímelas. Nadie me habla sucio desde hace años.

—Eres una perra caliente, Marta. Mira cómo te comes mi polla. Estabas necesitada de un buen polvo, ¿eh?

—Sí, sí… hazme una guarrada. Follame por detrás. Quiero que me metas la polla por detrás.

La bajé, la puse a cuatro patas sobre la cama, con el culo apuntándome, la espalda arqueada, mirándome por encima del hombro con la lengua fuera. Le di una palmada en cada nalga y le clavé la polla en el coño otra vez, ahora desde atrás, con toda mi fuerza. La agarré del pelo, tirando suave, y empecé a follarla como una bestia, el ruido de mis caderas golpeando su culo, sus tetas balanceándose debajo, sus gemidos convirtiéndose en gritos.

—Así, así, dame duro, más duro, rómpeme el coño…

Me chupé el pulgar y se lo apoyé sobre el ojete, presionando sin llegar a meterlo. Ella gimió más fuerte y empujó el culo hacia atrás.

—Métemelo, métemelo también ahí, guarro…

Se lo hundí despacio hasta el nudillo, mientras la seguía follando en el coño, y sentí cómo se estremecía entera. Estuvo así unos minutos, arqueada, jadeando, hasta que otro orgasmo la sacudió y se derrumbó boca abajo, con la polla aún dentro. La agarré por las caderas y aceleré, consciente de que me quedaban segundos, hasta oírla gritar debajo de mí. Tiré fuera en el último instante y me corrí en chorros gruesos sobre su culo y su espalda, jadeando roncamente su nombre, regalándole el primero de los muchos polvos que vendrían después. Ella se giró, hundió dos dedos en el semen que le resbalaba por la piel y se lo llevó a la boca con una sonrisa.

—Joder, qué bueno eres —rio después, abrazada a mí, con un lenguaje travieso que nunca le había oído—. Y qué guarra me pones. Me has dominado como has querido.

—Y lo que queda —le susurré, chupándole todavía un pezón.

Descansamos apenas un rato, hablando bajito, hasta que noté su mano bajando otra vez por mi vientre. Me la agarró blanda y empezó a acariciarla lenta, con los dedos, con la palma, hasta despertármela de nuevo. Se puso a horcajadas otra vez, esta vez de espaldas, dándome la vista del culo mientras se ensartaba y se movía con la cadera dibujando círculos.

—Mírame el culo mientras me follas —jadeó—. Tócamelo. Ábrelo.

Le abrí las nalgas con las dos manos, viendo cómo la polla entraba y salía de su coño empapado, y ella se corrió otra vez, temblando, dejándose caer hacia atrás sobre mi pecho. Cuando por fin exploté dentro de ella con una embestida final, sentí cómo el semen la llenaba por completo y le chorreaba entre los muslos.

Hicimos el amor como si el mundo fuera a acabarse, follando en cada rincón del camarote, sobre la mesita, contra el mamparo, con ella de rodillas mamándomela una vez más, hasta que las primeras luces se filtraron por el ojo de buey y nos venció el cansancio, abrazados entre el crujir suave de la cama y el rumor del mar, con las sábanas empapadas y el olor a sexo mezclándose con el del salitre.

***

Marta volvió a Barcelona unos días después. No le pregunté por Esteban ni ella me dijo nada de su decisión. Por suerte había firmado el proyecto de un chalet que me devoraba el tiempo, y su recuerdo me bastó para rechazar las cenas con las que Noelia me buscaba.

Una mañana bajé a desayunar como cada día cuando alguien se detuvo junto a mi mesa.

—¿Está ocupada esta silla?

El timbre de aquella voz era inconfundible. Alcé la cabeza y su sonrisa me deslumbró.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste?

—Quería ver tu cara al encontrarme —sonrió.

—¿Cuánto te quedas?

—Me debían días del año pasado, las vacaciones… ¿Podrás soportarme dos meses y medio?

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Comentarios(7)

Fede_Norte

excelente relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

MartinLec

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas. Muy bueno

GuilleNoche

La noche de San Juan siempre tiene algo especial... este relato lo capta a la perfeccion. Me recordo a un verano de hace años jaja

Beatriz_Cba

Me encanto como esta escrito, se siente natural sin ser burdo. Muy bueno!

Nick_Rodante

Tremendo, lo lei de un tiron. Hay segunda parte???

Vale_Noche

Que bien lograda la tension desde el principio. Bravo!

MartaLect22

increible!! sigan subiendo cosas asi

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