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Relatos Ardientes

La señora de la limpieza me puso de rodillas

El BMW de Rodrigo entró en el aparcamiento subterráneo a las siete y media de un viernes de finales de junio que se negaba a refrescar. Treinta y cuatro grados, aire acondicionado a tope, y aun así la camisa azul marino se le pegaba a la espalda. Apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante, mirando la pared de hormigón manchada de aceite.

«No deberías estar aquí. Deberías estar en casa, con Marta. Es viernes por la noche, joder.»

Pero el cliente del palacete del casco antiguo quería toda la documentación para la reunión del lunes. Renders, planos, presupuestos. Todo impecable, como siempre, porque Rodrigo Salazar no entregaba trabajos a medias.

Subió al cuarto piso, el que alquilaba entero para su estudio. El pasillo estaba en silencio bajo esa luz fluorescente que lo dejaba todo medio muerto. Viernes, casi las ocho. El edificio debería estar vacío.

Pero al fondo había luz encendida.

Y entonces la vio. A ella.

Charo, de espaldas, estirándose para alcanzar lo alto del ventanal, el brazo extendido y la bayeta trazando círculos amplios y metódicos. El polo blanco del uniforme se le tensaba sobre la espalda con cada movimiento. Llevaba auriculares, tarareaba algo, y las caderas se le movían apenas al compás. No lo había oído llegar.

Rodrigo se detuvo a mirarla. No debería. Era su empleada. Pero, joder. Los brazos definidos por años de trabajo físico, no de gimnasio. La nuca despejada por la coleta alta. Y esos mechones blancos que le salían de las sienes, brillando bajo el fluorescente como hilos de plata.

«Sesenta años.»

Ella misma se lo había contado meses atrás, con ese orgullo de madre que cruza generaciones: el hijo mayor a punto de hacerla abuela otra vez. Y estaba mejor que la mitad de las clientas de cuarenta que intentaban seducirlo con mallas de marca.

Charo se giró y se sobresaltó, una mano al pecho. Luego sonrió, esa sonrisa instantánea que le marcaba todas las arrugas de los ojos. Se quitó un auricular.

—¡Don Rodrigo! Qué susto. No esperaba a nadie a estas horas.

—Charo, por favor, ya te he dicho mil veces que me llames Rodrigo. El «don» me envejece.

Ella se rió, ese sonido grave que siempre lo desconcertaba un poco, porque venía de una mujer que no llegaba al metro sesenta.

—Es la educación de antes. Además, usted es el jefe. Hay que guardar las formas.

El «usted» fue deliberado. Casi burlón. Y entonces Rodrigo, entrenado para notar lo que otros pasaban por alto, empezó a registrar las anomalías.

El maquillaje. Ligero, muy ligero, pero ahí. Charo nunca se maquillaba para trabajar. Hoy tenía rímel en las pestañas y un brillo discreto en los labios. El polo, más ajustado de lo habitual, amoldándose a sus hombros, a sus pechos pequeños, a su cintura. Y un olor floral debajo del aroma a limón y amoniaco. Perfume.

«Perfume. Para limpiar oficinas vacías un viernes por la noche. Algo raro está pasando.»

—¿No deberías haber terminado ya? —preguntó, mirando el reloj.

—Me he quedado un poco más. —La voz le bajó medio tono—. Quería dejarlo todo impecable para el lunes.

Mentira. Charo terminaba a las seis, siempre. Nunca se quedaba tarde. Hasta hoy.

—¿Te apetece un café? —se oyó decir, sorprendiéndose a sí mismo—. Tengo una cafetera decente en la cocina del estudio. Ya que estamos los dos aquí…

Ella parpadeó, sorpresa genuina. Nunca le había ofrecido nada más allá de los buenos días.

—Vale. Sí. Un café estaría bien.

***

La cocina del estudio era ridículamente pequeña para un espacio que presumía de boutique. Tres metros cuadrados, encimera de granito negro, la cafetera en un extremo. Apenas cabían sin tocarse. Rodrigo le pasó la taza humeante y los dedos se rozaron en la entrega. Contacto breve. Eléctrico.

Charo se apoyó en la encimera, brazos cruzados bajo los pechos.

—Este calor no hay quien lo aguante —murmuró, abanicándose con una mano, y se le escapó una frase entera en su lengua materna antes de volver al castellano—. Perdona. Se me sale sola.

—Me gusta oírte hablarla.

—¿De verdad? La mayoría me mira raro cuando mezclo. Como si fuera paleta.

—La mayoría de la gente es gilipollas.

Ella soltó una carcajada que llenó la cocina.

—Ostras, don Rodrigo diciendo palabrotas. Eso no lo había oído nunca.

Bebieron en silencio. El aire acondicionado estaba apagado y el calor se acumulaba en el espacio sin ventanas. Rodrigo se aflojó la corbata.

—¿Y tu marido? —preguntó, por decir algo—. ¿No te espera?

—Mi Paco se ha ido esta semana. A Cullera, con sus amigos jubilados, a jugar al dominó y beber cerveza barata. —Bebió un sorbo, y su voz se volvió plana—. Además, Paco y yo ya no somos pareja en ese sentido. Hace diez años que no nos tocamos. Perdí la cuenta.

Lo miró directamente, sin vergüenza.

—¿Sabes qué es lo peor? Que a él no lo echo de menos. Pero echo de menos… eso. Ya me entiendes.

«Está hablando de sexo. Abiertamente. Conmigo. En la cocina de mi estudio. ¿Qué coño pasa aquí?»

—Una mujer como tú seguro que no tendría problema en…

—¿Una mujer como yo? —Levantó una ceja—. ¿Una limpiadora con canas y arrugas? —Dio un paso, cerrando la distancia—. No me hagas la pelota, que sé lo que soy. Y sé también que tú no eres precisamente un santo.

El aire abandonó los pulmones de Rodrigo.

—¿Qué?

—El miércoles pasado te vi salir de aquel bar del puerto. Con aquella rubia, la arquitecta joven del estudio de la competencia. ¿Bárbara se llamaba?

El pánico lo golpeó como un puñetazo en el estómago.

—Charo, yo…

—Tranquilo. —Levantó una mano—. No voy a decir nada a nadie. Y menos a juzgarte; cada uno vive como puede. —Dejó la taza en el fregadero—. Pero me hizo pensar… si tú puedes, ¿por qué yo no?

El silencio que cayó fue denso. Rodrigo la miró de verdad por primera vez en tres años. No como la empleada alegre de siempre, sino como mujer. Y entendió que nada de aquello era casualidad: ni el maquillaje, ni el polo ajustado, ni el perfume. Lo estaba seduciendo, y lo tenía todo planeado.

Su cuerpo respondió antes que su cabeza. Charo lo notó, claro, y sonrió.

—Llevo años sin que nadie me toque. Sin sentirme deseada. Como mujer, no como empleada ni como esposa. —Apoyó una mano en su pecho, sobre el corazón disparado—. Y tú siempre me has tratado con respeto. Como si fuera persona.

—Charo, no sé si esto es…

—¿Apropiado? Claro que no. Hace años que dejé de preocuparme por lo apropiado. —Lo miró fijo—. Solo quiero saber una cosa. ¿Te atraigo? Aunque sea un poco. Sé honesto.

Podría haber mentido, pero ella lo había llamado Rodrigo, no don Rodrigo, y su mano seguía sintiendo cada latido traicionero.

—Sí —dijo, simple—. Me atraes. Desde hace tiempo.

Los ojos de Charo se iluminaron.

—Entonces no perdamos más el tiempo.

***

Su despacho privado estaba al fondo, tras una puerta de cristal esmerilado con su nombre grabado en letras doradas: Rodrigo Salazar Bernal — Socio Principal. Ventanales del suelo al techo, la ciudad bañada en luz de atardecer, una alfombra de tres mil euros comprada en Marrakech. Todo controlado, todo en su sitio. Como su vida. Como su fachada.

Echó el pestillo. El clic resonó en el silencio como un disparo de salida.

Cuando se inclinó para besarla, ella le puso una mano firme en el pecho.

—Espera. Antes de empezar, quiero que entiendas una cosa. —Lo miró desde abajo, tan bajita que tuvo que alzar la barbilla—. Tú te pasas el día tomando decisiones. Dirigiendo, mandando, diciéndole a todo el mundo qué hacer. ¿Verdad? Y yo me paso el día recibiendo órdenes. «Limpia esto. Más rápido. Has dejado una mancha.» Como si fuera invisible.

Pausa. Esos ojos color avellana clavándose en él.

—Así que aquí, ahora, en esta habitación, cambiamos las reglas. Yo te digo qué hacer y tú obedeces. ¿Te parece?

El corazón de Rodrigo dio un vuelco, y su cuerpo respondió con un interés que lo avergonzó.

«Tú eres el que controla, el que marca el ritmo. Siempre.» Pero otra parte de él, una que llevaba cuarenta y cinco años callada bajo el peso de ser el responsable, susurraba algo distinto. «¿Y si por una vez no tienes que controlar nada?»

—A no ser que prefieras llevar tú la voz cantante —añadió ella, señalando la puerta—. En cuyo caso, me visto y me voy. Sin dramas.

Rodrigo respiró hondo.

—Vale. Tú mandas.

La transformación en el rostro de Charo fue instantánea. La espalda se enderezó, los hombros hacia atrás, la barbilla en alto. Ya no era la limpiadora invisible que fregaba suelos. Irradiaba poder de repente, y él, para su propia sorpresa, sintió su postura cediendo en respuesta.

—Quítate la chaqueta —dijo ella, suave—. Despacio.

Rodrigo obedeció. La corbata después, deshecha en tres movimientos. Los zapatos, alineados junto a la silla. Quedó en calcetines sobre la alfombra.

—Así me gusta. El gran arquitecto siguiendo las órdenes de la limpiadora. —No fue cruel. Fue juguetón, excitante de un modo inesperado.

Charo le desabrochó la camisa botón a botón, los nudillos rozándole el pecho, y se la deslizó por los hombros hasta dejarla caer al suelo. Le recorrió el torso con las palmas abiertas, le pellizcó un pezón y él inhaló bruscamente.

—Me gusta saber qué te hace reaccionar.

Se apartó un paso y, sin dejar de mirarlo, se quitó el polo por la cabeza. Luego el sujetador deportivo: pechos pequeños, firmes, pezones oscuros ya duros. Después el pantalón azul marino, deslizándolo por las piernas tonificadas. Quedó desnuda en mitad del despacho, las manos en las caderas, completamente cómoda.

—¿Decepcionado? ¿Esperabas lencería cara, encaje?

—No. Estás… perfecta así.

Su vello púbico era blanco como la nieve, recortado pero sin domesticar del todo. A Rodrigo le gustó más de lo que esperaba: era real, auténtico, distinto de las mujeres con las que se acostaba.

—Ahora siéntate en tu silla cara de ejecutivo —ordenó.

Él obedeció. El cuero fresco contra la espalda desnuda. Charo se plantó frente a él, mirándolo desde arriba por primera vez en tres años, y la inversión resultó endemoniadamente erótica.

—Arrodíllate —dijo entonces—. Delante de mí. Quiero verte de rodillas.

«Ninguna mujer me ha pedido esto nunca. Arrodillarme. Yo. Delante de ella.»

—¿Es demasiado? —La voz de Charo se suavizó—. Si lo es, lo dejamos.

—No. No es demasiado.

Y se arrodilló sobre el suelo duro, donde no había alfombra: ella había elegido el sitio a propósito. Se sentó en la silla y, con una lentitud calculada, separó los muslos.

—Voy a hacer que me lo comas —dijo, directa, sin eufemismos—. Y lo vas a hacer bien. Porque si no, me visto y me voy.

La parte de él que aún se aferraba a algo de dignidad gritaba alarmas, pero esa voz se ahogaba bajo una necesidad más primitiva: la de ser, por una vez en su vida, el que recibía las órdenes. Y descubrir que eso lo encendía más que cualquier conquista.

Se inclinó. El olor lo golpeó, almizclado e intenso, profundamente femenino. Extendió la lengua. Primer contacto.

—Mmm… así —jadeó ella, los dedos hundiéndose en su pelo, no tirando, solo sosteniéndose—. Más despacio. No tengas prisa.

Rodrigo ralentizó. Lametazos largos, deliberados, aprendiendo qué la hacía gemir más fuerte. Estaba empapada, la respuesta de su cuerpo desbordando cualquier expectativa.

—El clítoris. Ahí. Chupa un poco… —Cerró los labios alrededor y succionó, y ella se sacudió en la silla—. ¡Joder, sí! Así…

Sus caderas empezaron a empujar contra su cara. Una frase entera se le escapó en valenciano, perdido el filtro de la cortesía. Rodrigo intensificó, lengua y labios a la vez, hasta que Charo arqueó la espalda y explotó con un grito que no le importó si alguien del edificio podía oír.

Las contracciones se prolongaron mientras él lamía más suave, alargándolo. Cuando por fin las piernas de ella se relajaron, Rodrigo se sentó sobre los talones, la cara brillante, mirándola desde abajo.

El rostro de Charo estaba encendido, el pelo despeinado, los mechones blancos brillando contra los castaños. Madura, sin filtros, sin disculpas. Y nunca la había encontrado más atractiva.

—Muy bien hecho —dijo, con la voz ronca y exhausta—. Levántate. Ahora viene lo que de verdad quiero.

***

Su mirada recorrió el despacho y se detuvo en la alfombra de Marrakech, bajo el ventanal.

—Ahí.

—¿En el suelo?

—Llevo años limpiando suelos. Sé cuáles están limpios. —Sonrió, pícara—. Además, me gusta la idea de follarte en tu alfombra cara.

La crudeza, en lugar de molestarlo, lo excitó. Charo se tumbó boca abajo, la mejilla contra la lana, las piernas ligeramente separadas, el culo firme alzándose apenas.

—Ven aquí. Túmbate sobre mí. Quiero sentir tu peso. —Giró la cabeza para mirarlo—. Llevas todo el día siendo el que lo sostiene todo. Ahora déjame sostener yo.

Se tumbó encima, el pecho contra su espalda, dejando que su peso entero la hundiera contra la alfombra. Ella exhaló, larga y satisfecha, y movió las caderas buscándolo. Rodrigo deslizó una mano entre los dos cuerpos, se guió y empujó despacio, recibido por un calor líquido.

Mare meua… —gimió Charo contra la alfombra—. Joder, sí. Así. Usa tu peso.

Él obedeció, usando la gravedad para hundirse más con cada embestida. El sonido de la piel contra la piel llenó el despacho, húmedo y obsceno, mientras ella gemía sin freno.

—¿Ves que no soy de cristal? —jadeó—. Fóllame como follas a tus clientas ricas. No, mejor. Más fuerte.

Que ella lo supiera todo y aun así lo deseara lo encendió más. Rodrigo aceleró, perdiendo el control, hasta que ella lo frenó con una orden seca.

—Para. Sal. —Se giró sobre la espalda, abriendo las piernas, ofreciéndose—. Ahora quiero verte la cara.

Volvió a penetrarla, esta vez mirándola a los ojos, despacio. Las manos callosas de ella le recorrieron la espalda, le agarraron el culo sin pedir permiso y empezaron a marcarle el ritmo, tirando y presionando a su antojo.

—Así. Exactamente así. Buen chico.

«Buen chico.» Las palabras lo golpearon como una bofetada. Ninguna mujer lo había llamado así nunca. Implicaba que ella estaba al mando, que él obedecía. Y joder si eso no lo encendió más que cualquier cosa.

—Te gusta eso, ¿eh? —Sonrió contra sus labios—. Que te llame así.

—Túmbate —ordenó ella, empujándolo—. Ahora quiero montarte. Y vas a dejarme usar tu polla exactamente como yo quiera.

Se alzó sobre él y se dejó caer despacio, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta en un gemido continuo. La luz del atardecer entraba a chorros por el ventanal, tiñéndolo todo de naranja, y el calor los tenía a ambos empapados, la piel de ella brillando como bronce líquido.

Empezó a cabalgar, lento al principio y luego más rápido, las caderas trazando círculos, usándolo para su propio placer. Una mano bajó a frotarse el clítoris.

—Voy a correrme otra vez… —jadeó—. Sigue, no cambies el ritmo.

Rodrigo sintió su propio orgasmo acercándose, demasiado pronto. Pensó en presupuestos, en cualquier cosa menos en aquello. Aguantó.

—Córrete conmigo —dijo ella—. Pero pídemelo primero. Pídeme permiso.

—¿Qué?

—Pídeme permiso para correrte. Dilo.

—Por favor, Charo… —Las palabras salieron rotas, desesperadas—. ¿Puedo correrme?

—Sí. —Sonrisa triunfal—. Córrete. Llename.

Explotaron casi a la vez, ella primero, su cuerpo convulsionando alrededor de él, y eso lo empujó al borde. El orgasmo lo recorrió desde la base de la columna en oleadas que lo dejaron viendo estrellas. Charo se derrumbó sobre su pecho, ambos temblando, jadeando, empapados, mientras el mundo exterior dejaba de existir.

—Buen chico —murmuró ella, besándole el pecho—. Muy buen chico.

Y esas dos palabras, dichas con aquella voz ronca y exhausta, significaban para él más que cualquier cumplido elaborado que hubiera recibido jamás.

***

Mare meua —exhaló Charo al fin, tumbada a su lado en la alfombra—. Necesitaba esto más de lo que creía.

Él giró la cabeza para mirarla. El perfil iluminado por el atardecer, las líneas de expresión, el cuello con arrugas que ninguna crema borraba del todo. Madura, visible, innegable. Y jodidamente atractiva.

—¿Siempre eres tan directa? —preguntó, con la risa todavía en la voz.

—A mi edad no hay tiempo para gilipolleces.

Se incorporó con una energía que lo sorprendió, salió desnuda al pasillo a por su carro y volvió con unas toallitas. Le limpió con un cuidado casi profesional, primero a él y luego a sí misma, y por último roció un producto sobre la mancha de la alfombra. Frotó. Desapareció por completo.

—Nadie notará nada. Llevo tres años limpiando lo que hacéis los ejecutivos en vuestros despachos. —Se rió ante su cara de pasmo mientras se vestía—. ¿Crees que eres el primero que folla en la oficina? El mundo corporativo es más sucio de lo que la gente cree.

Rodrigo se vistió también, la corbata olvidada sobre la mesa.

—Charo, esto… no puede repetirse. Es demasiado arriesgado.

Ella se giró, ya vestida salvo las zapatillas. Su expresión no cambió. Ni decepción ni sorpresa.

—Claro. Lo entiendo. Ha sido una vez. Ya está. —Recogió la coleta, alisándose los mechones, y se acercó al carro. Entonces lo miró por encima del hombro con esa sonrisa que decía «sé algo que tú no sabes»—. A no ser que quieras repetir.

—¿Siempre trabajas hasta tarde los viernes?

—Todos. Hasta las ocho. El resto del personal se va a las seis; yo me quedo sola desde entonces. Llevo haciéndolo tres años. —Pausa significativa—. Nunca supe muy bien por qué. Hasta hoy.

«Tres años creando esta oportunidad. Esperando. Planeando.»

—Entonces… ¿el próximo viernes? —preguntó, sabiendo que estaba perdido, sabiendo que volvería.

—Si tú quieres volver, yo estaré aquí. —Empezó a empujar el carro hacia la puerta, y se detuvo—. Pero con una condición. Aquí, dentro de este despacho, mando yo. Fuera, tú eres el arquitecto de éxito y yo la señora que limpia los cristales. Pero dentro se invierten los papeles. Yo decido, yo dirijo, tú obedeces. ¿Te parece justo?

La idea debería haberlo aterrado. En cambio, lo liberó.

—Me parece justo.

Charo sonrió, esta vez cálida, y le tendió la mano en un gesto formal, absurdo después de todo. Él se la estrechó, la palma pequeña y callosa contra la suya cuidada, y ambos se rieron de lo ridículo del momento.

—Ah, y Rodrigo. —Se giró en el umbral—. La próxima vez trae condones. A mi edad no me preocupo por embarazos, pero las enfermedades no entienden de años. Y tú tienes historial, ¿no?

—Tienes razón. Los traeré.

—Bien. Nos vemos el viernes. —Hizo una pausa en la puerta—. Que duermas bien. Si puedes.

Y salió, empujando el carro, el sonido de las ruedas alejándose por el pasillo. Rodrigo se quedó solo en su despacho, sabiendo perfectamente que aquello era el principio de algo que no podría controlar. Y que, por primera vez en mucho tiempo, no quería controlarlo.

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Comentarios(7)

Norberto45

Tremendo relato, no esperaba ese giro. Bravo!!

Yessi_Cba

Me encanto la dinámica entre los dos personajes, se nota que hay algo mas ahi. Espero la continuación!

LoboEncadenado

Hay una tension que atrapa desde el principio hasta el final. Muy bien logrado.

PatriciaMdq

jajaja me imagine la cara del tipo cuando ella le dijo eso, genial

MabelVR

Que bueno que siguen subiendo relatos así, con personajes que se salen de lo comun. Gracias!

Gustavo_BA

Me recorde de un jefe que conocí, muy parecido al protagonista. Arrogante hasta que la vida le da vuelta la página. Excelente relato, muy humano ademas de todo.

NicoBSAS

Corto pero intenso, quede con ganas de saber mas de ella.

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