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Relatos Ardientes

Mis últimos días con el camionero que me doblaba la edad

Desperté con la mejilla apoyada en el brazo de Ramón. Estaba desnuda, pegada a su costado, y aun así me sentía extrañamente cómoda, como si llevara años despertando ahí. Me moví apenas para estirar la espalda y lo desperté sin querer.

—Buenos días, Marina. ¿Dormiste bien? —murmuró con la voz todavía ronca.

—De maravilla. ¿Y tú?

—Como un tronco —se rió bajito.

Apoyé la mano en su pecho y lo miré como se mira a alguien con quien una amanece siempre. Era raro pensarlo: ese hombre me doblaba la edad y, sin embargo, esa mañana no había nada incómodo entre nosotros. Debajo de la sábana sentía todavía su polla apoyada contra mi muslo, blanda y pesada, y me acordé de lo llena que me había dejado la noche anterior.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—No. Tengo ganas de seguir durmiendo.

—No podemos. Ya nos demoramos demasiado y tu familia está esperándote.

—No pasa nada, ellos lo entenderán.

—No estoy tan seguro, pero no quiero hacerlos enojar. Vamos.

Nos levantamos y nos vestimos. Mientras él bajaba a comprar algo de comer a la estación de servicio, yo aproveché para ducharme. Cuando volví al camión, Ramón ya estaba cambiado, había desayunado y hasta había ordenado la litera. Me dejó un sándwich en el asiento del copiloto y, sin perder más tiempo, encendió el motor.

Retomamos la carretera. Comí en silencio, mirando el paisaje seco correr del otro lado del vidrio. El sándwich estaba preparado distinto al del día anterior, con un toque que no supe identificar pero que me gustó.

—¿Qué tal estuvo? —preguntó sin despegar la vista del camino.

—Rico, gracias.

Pasaron unos segundos largos. Entonces carraspeó.

—Oye… ¿qué tal lo de anoche?

—Estuvo bien, ¿no?

—Para mí estuvo de maravilla. ¿Para ti?

—Creo que ya lo sabes —dije, y los dos nos reímos.

—Una pregunta —siguió—. ¿Por qué no terminaste?

—Me faltaba un poco más. Pero tú sí, y fue increíble. Todavía siento el semen chorreándome por dentro cuando me muevo.

—Perdón por dejarte así. Me dejé llevar. Es que tu coño aprieta como si no me quisiera soltar y me terminé viniendo antes de tiempo.

Lo miré de reojo. Tenía una idea rondándome desde que abrí los ojos esa mañana, y me parecía la excusa perfecta.

—Mira, ya sé cómo arreglarlo —dijo él antes que yo.

Sin frenar, se desabrochó el short y lo dejó caer hasta los pedales para después patearlo a un lado. Debajo no llevaba nada. Su polla quedó ahí, medio dura contra el muslo, gruesa incluso en reposo, con las venas marcadas y los huevos colgando pesados contra el asiento.

—Puedes hacerme terminar ahora y quedamos a mano.

—¿Es en serio?

—Ahí está, por si te animas.

—¿Y si te distraigo?

—Tengo todo bajo control. ¿Qué dices?

La idea me dio un cosquilleo en el estómago y una humedad inmediata entre las piernas. Me solté el cinturón, me arrodillé en el espacio angosto frente a su asiento y me acomodé entre sus piernas. Él podía seguir pisando los pedales sin problema; el camión avanzaba parejo por una recta interminable.

Lo tomé con la mano y empecé despacio, sin prisa. Con los dedos apenas le rodeaba la base: era un mango grueso y caliente que se me endurecía en la palma con cada caricia. Se la subí y se la bajé lentamente, viendo cómo la piel se estiraba y dejaba asomar el glande brillante. Ramón mantenía las dos manos en el volante y de vez en cuando me echaba un vistazo hacia abajo. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, los dos sonreíamos con la misma picardía.

Pasé la lengua por toda la vena de abajo, desde los huevos hasta la punta, y me detuve ahí para chuparle el glande como si fuera un caramelo. Le besé la cabeza, le dejé un hilo de saliva colgando y lo humedecí entero antes de metérmelo en la boca. Empujaba un poco más con cada movimiento, forzándome a tragar hasta donde aguantaba, subía hasta la punta, juntaba saliva y volvía a bajar. La polla se le engordaba dentro de mi boca, palpitando contra mi lengua, y yo sentía cómo el sabor salado del líquido preseminal empezaba a mezclarse con mi saliva.

—Así, chúpamela así, Marina… no pares —murmuró Ramón, y bajó una mano un segundo para apretarme la nuca antes de volver al volante.

Le acaricié los huevos mientras mamaba, se los levantaba en la palma, se los apretaba con cuidado. Los tenía hinchados, cargados, listos para vaciarse otra vez. Sacaba la polla de mi boca, la dejaba golpearme contra la mejilla, sacudía la cabeza para embadurnármela de saliva y volvía a tragarla entera. Escuchaba mis propios ruidos húmedos, los sorbos, el chapoteo de mi boca alrededor de esa verga que parecía no acabarse nunca.

Tenerlo así me excitaba más de lo que esperaba, aunque yo no buscaba nada para mí: estaba feliz de rodillas, sintiéndolo respirar distinto, y sin darme cuenta apretaba los muslos para calmarme el coño que ya me latía. Él debía de sentirse un rey, recostado con las piernas abiertas mientras una chica de la mitad de su edad le mamaba la polla a doscientos kilómetros de cualquier ciudad.

—Ya ni calor tengo, con lo fresco que se siente ahí abajo —bromeó, y me acarició la cabeza con una mano.

Perdí por completo la noción del tiempo. No sé cuántos minutos estuve así, hipnotizada por el ritmo del motor y por mi propio empeño en lograrlo. Le chupaba la punta durante minutos enteros, después me la tragaba hasta la garganta, aguantaba las ganas de toser y volvía a subir. Lo que me sacó del trance fue el celular vibrando en el tablero.

—Creo que es el tuyo —dijo.

Me incorporé con la boca todavía llena de saliva y un hilo colgándome del labio. Era mi madre.

—Es mi mamá.

—Contesta.

Atendí tratando de sonar normal, mientras con la mano seguía masturbándole la polla mojada. Me preguntó dónde estábamos, si faltaba mucho. Le dije que seguíamos en la carretera y miré a Ramón pidiéndole un cálculo con los ojos.

—Dile que mañana temprano estás con ellos —susurró.

—Ramón dice que mañana temprano llegamos —repetí, apretándole el glande con el pulgar.

Mi madre protestó: que ya nos habíamos demorado demasiado, que mi padre ya estaba en casa esperando. Le prometí que nos apuraríamos y corté.

Miré la hora y casi me caigo del asiento: eran las seis de la tarde. Habíamos arrancado a las once de la mañana. Se me había ido la tarde entera sin darme cuenta.

—¿Era tu mamá?

—Sí. Dice que ya nos tardamos mucho.

—Es que nos levantamos tardísimo.

—¿Vamos a llegar mañana temprano de verdad?

—De eso me encargo yo —dijo con una seguridad que me hizo confiar.

Se quedó callado un momento y después soltó, divertido:

—Oye, ¿y vas a seguir con lo que estabas? ¿O ya te rendiste?

—No me rindo. Es que tú no terminas ni a tiros.

—Hay que esforzarse. No creas que es tan fácil.

—¿Muy aguantador, según tú?

—No me aguanto: dejo que pase hasta que lo logres —dijo, y volvió a reírse.

Acepté el desafío. Volví a acomodarme entre sus piernas, esta vez con las dos manos alrededor de la polla, y aun así apenas la abarcaba. Subía y bajaba, se la retorcía suave con las dos palmas, escupía saliva encima para que resbalara mejor, y a la vez me metía la punta hasta el fondo de la garganta. Pero ya intuía que tardaría una eternidad. Quería ganarle a su jueguito, quería oírlo perder el control. Así que cambié de estrategia.

Sin levantarme del todo, me fui bajando el short hasta quitármelo. Junto con el short salieron las bragas, empapadas de tanto estar de rodillas frente a él. Lo dejé todo a un lado de los pedales, junto a mis sandalias. Cuando me incorporé, Ramón me vio de la cintura para abajo y le brillaron los ojos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó con una sonrisa torcida.

—Cállate. Voy a hacerte terminar.

—Me parece perfecto. Ven, siéntate en mi verga.

Le di la espalda y me senté sobre sus piernas, corriéndome un poco hacia la izquierda para que siguiera viendo el camino. Despacio, yo solita, con la mano guiándome la punta contra los labios del coño, me lo fui acomodando. Estaba tan mojada que la polla resbaló hacia adentro sin resistencia. Ese primer instante en que entró de golpe, hasta el fondo, me arrancó un gemido largo que rebotó dentro de la cabina; sentí cómo me abría, cómo se me acomodaban las paredes alrededor de esa verga hinchada. Me apoyé en sus muslos y empecé a moverme, sacándola y volviéndola a meter a mi propio ritmo, sintiendo el glande golpearme adentro con cada bajada.

Para estar más cómodo, él se recostó en el asiento, la derecha en el volante y el otro brazo apoyado en el descansabrazos. Con esa mano libre me metió los dedos por debajo de la blusa, me arrancó el sostén hacia arriba y me agarró las tetas, una y después la otra, pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras.

—Móntame, dale, sube y baja bien —me pedía al oído—. Estás preciosa así, ensartada en mi polla.

Estuve montándolo varios minutos. Mis jadeos, los ruidos húmedos de mi coño chapoteando alrededor de su verga y el zumbido del motor eran lo único que se oía. Ya oscurecía, y las luces del camión ocultaban del resto de la carretera lo que pasaba dentro de la cabina.

Cada vez que bajaba del todo, sentía una corriente subirme por la espalda. La polla me tocaba un punto adentro que me hacía apretar sin querer. Quería ganar, pero a los diez minutos la que empezaba a perder era yo. Estaba cerca, demasiado cerca, y dejé de fingir que aquello era solo por él. Me hundí hasta el fondo, apreté la verga con las paredes del coño y me meneé buscando sentirla entera, restregándome el clítoris contra la base de su miembro.

—Ah… ah… me voy a venir, me voy a venir en tu polla —solté entre jadeos.

—Eso, dale, córrete rica en mi verga —murmuró él, apretándome la cadera y clavándome un poco más adentro—. Mójamela toda.

Me vine con todo el cuerpo temblando, apretándolo por dentro con espasmos que no podía controlar, sintiendo cómo el coño se me contraía alrededor de su polla una y otra vez. Se me escapó un chorrito caliente que le empapó los muslos y el asiento. Me quedé sentada sobre él recuperando el aliento, con la verga todavía enterrada hasta el fondo.

—¿Te gustó? —preguntó.

—Sí… me encanta cómo se siente adentro.

—Aprietas riquísimo, se me quedó atrapada. Pero ya terminaste tú y yo todavía no.

Apenas lo dijo, volví a moverme, aunque el orgasmo anterior me había dejado las piernas flojas. Saltaba más rápido, más fuerte, sintiendo el ardor en los muslos, oyendo cómo mi culo golpeaba contra sus caderas con cada bajada. Le agarré una mano y me la puse entre las piernas para que me frotara el clítoris mientras yo lo cabalgaba. Decidida a vencerlo. No sirvió de nada: sus dedos rodando en círculos, la polla golpeándome el fondo y sus dientes mordiéndome el hombro fueron demasiado. La que se corrió por segunda vez fui yo, egoísta, chorreando encima de él, recostándome contra su pecho con la espalda mientras él se reía bajito.

—Me vine otra vez… —admití, derrotada, mirándolo por encima del hombro.

—Y a mí me encanta cuando lo haces —dijo, y me besó la sien—. Pero hagamos algo mejor.

***

Eran las siete y media cuando paró en otra estación de servicio. Acomodó el camión de frente a una barrera, donde nadie podía vernos, apagó el motor y dejó las llaves en el tablero. Con las manos en mi cintura me llevó a la litera de atrás y corrió la cortina. Me arrancó la blusa y el sostén y me quedé completamente desnuda en la penumbra de la cabina, mientras él se sacaba la camisa por la cabeza y se dejaba caer los shorts.

De espaldas a él, sentí que me inclinaba boca abajo sobre la cama, con el culo levantado y las rodillas separadas al borde del colchón. Sus manos me sujetaron las caderas. Antes de meterla me pasó la punta de la polla por toda la raja, arriba y abajo, restregándome el glande contra el clítoris hinchado y después contra la entrada del coño para escuchar cómo chapoteaba.

—Mira cómo estás, empapada, chorreando por las piernas… —dijo, y me metió dos dedos de golpe para sentir lo apretada que seguía—. Este coño es mío toda la noche.

Y sin más aviso, entró de una sola vez, hasta que sentí sus huevos golpearme contra el clítoris. Ya estaba todo tan resbaladizo que se deslizó sin esfuerzo. Sentía su peso entero sobre mí, los pies apenas rozando el piso de la cabina. Era pura fuerza, un empuje tras otro que no me dejaba ni hablar. La litera crujía a cada embestida, mis tetas se aplastaban contra la sábana, el culo me rebotaba con cada golpe de sus caderas.

—¿Te gusta? Esto querías, ¿verdad? Que te folle bien fuerte —dijo contra mi nuca, agarrándome del pelo y tirándome la cabeza hacia atrás.

—Sí… sí, así… más fuerte… —alcancé a balbucear con la boca contra el colchón.

No podía contestarle mucho más. Me aferraba a la sábana, aguantando ese punto exacto entre el dolor y el placer que me estaba arrastrando de nuevo. Me metió el pulgar mojado con mis propios jugos en el culo, sin avisar, y yo grité contra la almohada. El cosquilleo se volvió insoportable; las piernas ya no me respondían, la polla me abría por delante y el dedo me apretaba por atrás y yo no sabía dónde poner el cuerpo.

—Ya, ya… por favor —alcancé a pedir.

—¿Querías que terminara? Entonces aguanta un poco más, aprieta ese coño como sabes.

Aumentó el ritmo. Me follaba con la polla entera, sacándola casi hasta la punta y volviéndola a clavar hasta el fondo, y yo empecé a sentir cómo se le hinchaba adentro. Me corrí otra vez, sin freno, gritando su nombre contra la sábana, y él no se detuvo. Mi orgasmo no tenía fin, se prolongaba en oleadas mientras él seguía martilleándome el coño, hasta que lo oí soltar un gruñido grave, distinto a todos los anteriores.

—Me voy a venir… me voy a venir, Marina… —jadeó, dando dos, tres, cuatro embestidas más profundas.

Salió de golpe y sentí el primer chorro de leche caliente estampárseme en la espalda baja, después otro más largo que me subió hasta la mitad de la espalda, y varios más cortos que me chorrearon por los cachetes del culo. Sus dedos se clavaban en mi cadera mientras se sacudía la polla contra mi piel para vaciarse hasta la última gota. Sentí una última gota tibia caer entre las nalgas y resbalar hacia adentro. Se quedó así unos segundos, respirando como si hubiera corrido kilómetros, antes de dejarse caer a un lado.

—Ahí tienes —dijo entre exhalaciones—. Todo lo que tenía guardado para ti.

Me quedé boca abajo un buen rato, sin energía, sintiendo las piernas calientes y temblorosas, y el semen enfriándoseme sobre la espalda. Ramón me alcanzó una botella de agua, se vistió y bajó del camión. Estuve media hora tendida ahí, dejando que el cuerpo volviera a ser mío, con el coño palpitando y un hilo de leche resbalándome muslo abajo.

Cuando regresó, traía algo de cenar.

—Deberías ir a darte una ducha —dijo, divertido—. Mañana ya no vas a poder hasta que te deje en casa. Y te dejé bien marcada.

Obedecí. Me cambié de blusa, recogí mis cosas de debajo del volante y fui a las duchas de la estación. Debajo del agua caliente me pasé las manos por la espalda para arrancarme los restos secos de semen, y me metí dos dedos en el coño para limpiarme por dentro; salió un chorrito espeso, tibio, que me hizo apretar los muslos otra vez. Me sentía rara, ajena a mí misma, pero bien. Cuando volví, cenamos en silencio y Ramón propuso dormir de una vez: tenía que madrugar para dejarme temprano. En segundos los dos caímos rendidos.

Lo sentí despertar de madrugada, cerca de las cuatro, y arrancar el camión en plena oscuridad. Yo seguía con sueño, así que me dejé mecer por el traqueteo y volví a dormirme.

***

Desperté pasadas las ocho. Me pasé al asiento del copiloto, todavía despeinada.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí.

—Mira, ya casi llegamos.

Habíamos entrado en una ciudad. Reconocí, a lo lejos, los cerros que rodeaban el pueblo de mis padres.

—En veinte minutos estás con tu familia.

—Vale… entonces, ¿ya no nos vamos a volver a ver?

—No lo sé. ¿Te gustaría?

—Suelo encariñarme con la gente muy rápido, así que…

—Te entiendo —se rió—. Puedo darte mi número y nos vemos un día que estés libre, si quieres. Todavía te debo unas cuantas cogidas.

—¿Vives cerca de donde vivo yo?

—No, pero ando siempre por esa zona por el trabajo. Acepté venir hasta acá solo porque tu papá es amigo y me pagó muy bien.

—Vale, me parece justo.

Me anotó su número y yo entré a la cabina a recoger mi ropa y mis cosas. Veinte minutos después, tal como prometió, frenó frente a la casa. Toqué la puerta y mi madre me recibió con una de mis tías, las dos sonriendo. Mi madre arrugó la nariz: olía a viaje, a kilómetros encima, y quién sabe qué más. Salió mi padre y se quejó de la demora.

—¿Por qué tanto retraso? —le preguntó a Ramón.

—Parábamos cada noche en las estaciones a descansar —contestó él, tranquilo, sin que se le moviera un músculo.

Mi padre asintió, conforme, y después, conmigo al lado, le preguntó:

—¿Te dio problemas?

Ramón me miró un segundo antes de responder.

—Para nada. Se portó muy bien.

—Deberías pagarle las cenas y los desayunos —interrumpí yo, mordiéndome la risa, apretando los muslos porque todavía sentía la polla adentro.

Los dos se rieron. Me metí a la casa mientras mi padre se quedaba conversando con él un rato más. Por fin pude darme un baño decente, lavarme el pelo, sentirme limpia después de una semana entera.

Pasé esos días con mi familia, pero no podía sacarme a Ramón de la cabeza. Cada noche, sola en mi cuarto, me metía la mano entre las piernas y me acordaba de su polla llenándome, de cómo se le hinchaba antes de venirse, del semen caliente en la espalda. Una tarde, casi sin pensarlo, le escribí. Empezamos con el típico «hola, ¿cómo estás?» y la conversación fluyó sola. Me dijo que ya estaba de vuelta en su casa. Le confesé que la había pasado increíble con él, que de verdad me había hecho sentir segura todo el viaje. Él respondió que le encantaría que nos viéramos un día, solo nosotros, sin presiones, para conocernos mejor.

Y aunque me doblara la edad, eso ya no me importaba. Ese hombre me había regalado uno de los mejores viajes de mi vida, y no me cabía duda de que lo repetiría sin pensarlo dos veces.

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Comentarios(8)

Monica_BA

que relato tan hermoso!! me llego al alma de verdad

Camila_Rdz

Por favor escribi una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como termino todo entre ellos

SilviaMza

me recorde de cierta experiencia de ruta que tuve hace años... esas cosas que uno no olvida aunque quiera. Muy bien narrado, se siente autentico

lectora22

increible relato!!

PatriciaRnz

el tono que le diste es muy lindo, como nostalgico y caliente a la vez. fue una historia real? se siente muy autentica la verdad

RominaOK

Me dejo esa sensacion rara de calor mezclado con nostalgia, como cuando recordas algo que ya no va a volver. De los mejores relatos de esta seccion que lei en mucho tiempo. Ojalá hayas mas cosas tuyas por aca

vikingo_55

muy buen relato, de esos que uno lee de corrido sin querer parar. saludos desde cba

NocheEterna

El titulo ya me engancho desde el principio y el relato cumplio con creces. Muy bueno, sigan publicando cosas asi

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