Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El regreso del jefe que reclamaba la oficina

—¿Qué te dije sobre llevar sujetador? —La voz ronca llegó desde detrás de ella, inconfundible, y Mariela supo de inmediato a quién pertenecía.

Se quedó paralizada, con los dedos suspendidos sobre el teclado. Antes de que pudiera girar la silla, dos manos grandes y seguras se cerraron sobre sus pechos por encima de la blusa de satén. Los pulgares encontraron sus pezones, ya endurecidos, que se marcaban contra la tela fina sin ningún disimulo.

—Señor Vidal… —susurró, con la voz quebrada por la sorpresa y por un escalofrío que le bajó por toda la columna.

Esteban se inclinó sobre su hombro, el aliento cálido contra su oreja.

—Te lo dije muy claro, hace tiempo. En esta oficina no hace falta. Nunca. —Sus manos apretaron con una posesión casi dolorosa—. Y veo que has sido una empleada obediente… con el nuevo. Pero conmigo vuelven las reglas de siempre.

Mariela cerró los ojos un instante. Su cuerpo respondía al tacto antes que su cabeza, como si las últimas semanas hubieran sido un paréntesis extraño. El jefe de verdad había regresado y reclamaba lo que siempre había considerado suyo por derecho.

Esteban soltó sus pechos solo para girarla por los hombros con decisión. La miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta que ella recordaba demasiado bien.

—Estás espléndida. Más que nunca. —Su mirada se detuvo en el escote, bajó a la curva de las caderas y volvió a su rostro—. Y veo que has sabido mantener la oficina… en marcha.

Antes de que Mariela pudiera contestar, la puerta del despacho del fondo —el de Esteban, ocupado durante su baja— se abrió.

Damián salió con una carpeta en la mano, hablando solo.

—Mariela, necesito el informe de la cuenta de… —Se detuvo en seco al verlos. Esteban seguía de pie junto al escritorio de ella, con una mano descansando con naturalidad sobre su cadera.

El color desapareció del rostro de Damián en un segundo.

—Se… señor Vidal —tartamudeó, la voz apenas un hilo—. No sabía que volvía hoy. El médico había dicho que al menos…

—El médico habla mucho y entiende poco de negocios —lo interrumpió Esteban, sin apartar los ojos de Mariela—. Ya estoy aquí. Y creo que es hora de que regreses a tu antigua mesa, Damián. La del fondo del pasillo, la de auditoría. ¿La recuerdas?

Damián parpadeó varias veces, como si las palabras no terminaran de encajar.

—Pero… la reunión de esta tarde con el proveedor…

—La reunión la atiendo yo —dijo Esteban, tajante, sin alzar la voz—. Tú y yo hablaremos más tarde. Con calma. Ahora, si no te importa…

Damián miró a Mariela. Había algo en sus ojos: decepción, resignación y un destello de celos que nunca había mostrado tan a las claras.

—Claro, señor Vidal —murmuró al fin, bajando la cabeza—. Enseguida me traslado.

Dio media vuelta y se alejó por el pasillo con pasos lentos, la carpeta apretada contra el pecho como si fuera lo único que lo mantenía en pie. Cuando la puerta del fondo se cerró con un clic suave, Esteban dejó escapar una risa baja y satisfecha.

—Pobre. Creo que se acostumbró demasiado a sus nuevos privilegios.

Se volvió hacia ella, le levantó la barbilla con dos dedos y la miró fijamente.

—Ahora sí estamos solos. Y llevo cinco semanas contando los días.

Sin darle tiempo a responder, la tomó por la cintura y la sentó sobre su propio escritorio como si no pesara nada. Le separó las rodillas con firmeza. La falda se le arrugó en la cadera, descubriendo que —como siempre que esperaba su vuelta— no llevaba nada debajo.

Esteban se desabrochó el cinturón con calma deliberada, disfrutando de la espera tanto como ella.

—Primero me la pones dura con esa boca tuya —dijo, hundiendo los dedos en su pelo y guiándole la cabeza hacia abajo—. Cinco semanas sin ella. Eso no se perdona fácil.

Mariela no dudó. Lo recibió despacio, succionando con fuerza mientras la lengua trazaba círculos lentos. Esteban soltó un gruñido profundo y sus dedos se cerraron en el cabello de ella.

—Así… —jadeó, empujando apenas las caderas—. Has seguido practicando, ¿eh? Se nota.

Ella respondió con un sonido ahogado, chupando con más entrega, dejando que subiera y bajara el ritmo a su antojo. Él la dejó hacer un par de minutos, perdido en el calor húmedo de su boca, antes de apartarla de un tirón suave pero firme.

—Suficiente. Ahora quiero lo demás.

La tumbó de espaldas sobre la madera, le levantó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros y se colocó entre ellas. Frotó la punta contra ella, que ya estaba caliente y resbaladiza.

—Mírame —ordenó.

Mariela abrió los ojos y se encontró con esa mirada intensa que siempre la hacía temblar. Esteban empujó de una sola vez, hasta el fondo. Ella dejó escapar un gemido largo, las piernas temblando sobre sus hombros.

—Sigues igual de apretada… —gruñó él, empezando con embestidas lentas y profundas—. Cuéntame, ¿cómo le aliviaste el estrés al señor Sorré todas estas semanas?

Mariela jadeó, intentando sostener la voz mientras él la embestía sin pausa.

—Al principio… solo café por las mañanas —empezó, entrecortada—. Después… con la boca. Varios días. Me arrodillaba detrás de su escritorio… me sujetaba del pelo y terminaba así… y luego se disculpaba, como avergonzado… pero al día siguiente volvía.

Esteban aceleró, las manos regresando a sus pechos, amasándolos por encima de la tela.

—Sigue —ordenó.

—Después… —gimió cuando él empujó especialmente hondo— quiso más. Una sola vez. Fue ayer. Me inclinó sobre mi propia mesa, me levantó la falda y me tomó por detrás… sin avisar. Dijo que llevaba semanas pensándolo. Y después… se disculpó otra vez.

Esteban soltó una carcajada ronca.

—¿Una sola vez? Qué desperdicio. —Empujó más fuerte, haciendo crujir el escritorio—. ¿Y tú? ¿Acabaste con él?

Mariela asintió, casi sin aire.

—Sí… cuando llegaba muy adentro y me sujetaba al mismo tiempo… era intenso.

Esteban gruñó de placer, las embestidas volviéndose más bruscas.

—Buena chica. Me alegra que no te oxidaras. Pero ahora —se inclinó sobre ella, la boca rozando la suya mientras seguía moviéndose— me toca a mí recordarte quién es tu cliente principal.

Sus manos apretaron, los pulgares frotando sin descanso. Con un último empujón se hundió hasta el fondo y se vació dentro de ella, rugiendo su nombre entre dientes. Mariela tembló debajo, su propio orgasmo estallando al mismo tiempo, las piernas cerrándose alrededor de su cuello.

Cuando por fin se detuvo, se quedó un momento más respirando contra su cuello, antes de retirarse despacio. Le dio un beso posesivo en los labios.

—Bienvenida de nuevo a la normalidad —susurró—. A partir de ahora, las reglas vuelven a ser mías.

Mariela, jadeante y todavía temblorosa, solo pudo asentir. Sabía que tenía razón. El jefe había vuelto, y la oficina acababa de recuperar su orden.

***

Eran casi las cinco cuando Esteban abrió la puerta de su despacho y la llamó con esa voz grave que siempre le anudaba el estómago.

—Mariela… entra un momento. Necesito que me quites un poco de tensión antes de cerrar.

Ella se levantó enseguida, alisándose la falda negra con manos que temblaban de anticipación. Cerró la puerta tras de sí y se acercó al escritorio, donde él ya estaba reclinado en su sillón de cuero, con las piernas abiertas y el pantalón desabrochado, esperando.

—Primero con la boca —dijo sin preámbulos, señalando el suelo entre sus piernas—. Cinco semanas acumulan mucho, ¿sabes?

Mariela se arrodilló sobre la alfombra, apoyó las manos en sus muslos y levantó la mirada, esperando permiso.

—Adelante —concedió él, recostándose un poco más—. Despacio al principio. Quiero sentir cada segundo.

Ella se inclinó. Primero un beso suave, casi reverente. Luego abrió los labios y lo recibió, caliente y pesado contra la lengua. Esteban gruñó cuando empezó a succionar con lentitud, dejando que la humedad resbalara.

—Así… usa más la lengua —murmuró, la mano en su nuca, todavía sin apretar—. Quiero sentirla por todas partes.

Mariela obedeció. Lo lamió de la base a la punta en un trazo largo, recorriendo cada vena, y volvió a tomarlo, esta vez más adentro. Él gruñó más fuerte y cerró los dedos en su pelo.

—Más… —pidió, empujando apenas las caderas—. Quiero que me la tragues entera.

Ella relajó la garganta y dejó que entrara hasta que sus labios tocaron la base. Los ojos se le llenaron de lágrimas por el esfuerzo, pero no se apartó. Esteban empezó a mover las caderas con embestidas controladas, disfrutando del calor y del sonido húmedo.

—Esa boca tuya es la mejor terapia que existe —jadeó—. Casi me mata más la abstinencia que el propio susto del corazón.

La dejó seguir largos minutos, alternando el ritmo: a veces lenta y profunda, a veces rápida, la lengua girando cada vez que se retiraba. Respiraba cada vez más pesado, los músculos de los muslos tensos bajo las manos de ella.

—Basta —dijo al fin, apartándola con suavidad—. Ahora quiero otra cosa. Levántate.

Mariela se puso de pie, los labios hinchados y brillantes. Esteban se incorporó, la giró con decisión y la inclinó sobre el escritorio. Le subió la falda hasta la cintura.

—Sin nada debajo… buena chica —murmuró, pasando la mano por la curva de sus nalgas—. Pero hoy no voy por delante. Hoy quiero relajarme de otra forma.

Mariela sintió un escalofrío y asintió, apoyando los antebrazos sobre la madera.

—Como usted necesite, señor Vidal —susurró—. Para que se relaje.

Él se colocó detrás. Humedeció bien la palma, se preparó y presionó con la punta contra la entrada más estrecha.

—Respira hondo —dijo, la voz ronca—. Voy despacio… pero entero.

Ella inspiró profundo. Esteban empujó. La presión la abrió centímetro a centímetro y Mariela soltó un gemido largo y tembloroso, mezcla de incomodidad y de un placer intenso. Él se detuvo apenas pasado el primer obstáculo, dejándola acostumbrarse.

—Qué apretado… —gruñó, las manos firmes en sus caderas—. Relájate. Déjame entrar.

Mariela exhaló despacio, aflojando los músculos. Esteban avanzó de nuevo, más adentro. La sensación era abrumadora: la presión, el estiramiento, el calor llenándola de una forma distinta. Cuando por fin estuvo del todo dentro, los dos gimieron a la vez.

—Esto… esto sí que es terapia —jadeó él, quieto unos segundos.

Empezó a moverse, primero lento, saliendo casi por completo y volviendo con cuidado, dejándola adaptarse. Cada embestida arrancaba un gruñido bajo de él y un jadeo agudo de ella.

—Cuéntame… —dijo, acelerando de a poco—. ¿Te gusta así?

Mariela apoyó la frente en la madera, los dedos aferrados al borde.

—Sí… —admitió entre gemidos—. Es intenso… me llena tanto… me hace sentir entregada del todo.

Esteban gruñó de satisfacción y subió el ritmo. Sus caderas chocaban contra ella con un sonido seco y rítmico. Cada embestida hacía que sus pechos rozaran la madera fría del escritorio.

—Más fuerte… —pidió ella sin pensar, perdida—. Por favor… descargue todo.

Él obedeció. La agarró con más fuerza y empezó a embestir sin tregua. El escritorio temblaba. Mariela gemía sin control, las piernas flojas.

—Te gusta complacerme, ¿verdad? —jadeó Esteban, inclinándose para tomarle los pechos por encima de la blusa.

—Sí… quiero que se sienta bien —jadeó ella, empujando hacia atrás para encontrar cada embestida—. Para que se relaje… para que no le vuelva a pasar nada.

Esteban soltó una risa ronca entre el jadeo.

—Esa es mi chica.

Sus movimientos se volvieron erráticos, más rápidos, más urgentes. El sudor le corría por la frente. Mariela sentía cada centímetro, la fricción ardiente, la presión que la empujaba al borde una y otra vez.

—Voy a terminar… —anunció él con voz quebrada—. Aquí mismo. Para soltar todo lo acumulado.

—Hágalo… —suplicó ella—. Por favor.

Con un último empujón se hundió hasta el fondo y explotó. El calor la inundó por dentro mientras él rugía su nombre, las manos clavadas en sus caderas con tanta fuerza que dejarían marca. Mariela tembló violentamente, su propio orgasmo estallando desde lo más hondo.

Se quedaron así largos segundos, jadeando, pegados el uno al otro. Esteban fue el primero en moverse, retirándose despacio.

—Buen trabajo —murmuró, dándole una palmada suave—. El estrés casi ha desaparecido.

Se inclinó y le dio un beso lento en la nuca.

—Mañana seguimos —susurró—. Y te quiero lista para todo.

Mariela, todavía temblando sobre el escritorio, con las piernas débiles, solo pudo asentir.

—Sí, señor Vidal… como usted necesite.

Esteban sonrió, satisfecho, y volvió a sentarse en su sillón, dejándola recuperarse poco a poco. A partir de ese momento, el equilibrio de poder había regresado exactamente al lugar al que, según él, siempre había pertenecido.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(6)

PatricioBA_87

tremendo relato!!! no lo pude soltar hasta el final

Majo_cordoba

Que tension tan bien manejada desde el principio. Me gusto mucho como fue creciendo la historia, sin apuro y con mucho calor. Esperando mas!

Silvia_Mdp

jaja el titulo ya me atrapó antes de empezar, y el relato cumplió con creces

FlorDelSur_22

Por favor que haya segunda parte!!! me quede con las ganas de saber que pasa despues

Gustavo_mx

Muy bueno, de los mejores de la categoria maduras. Saludos desde Mexico

ClaraVP

Se me hizo cortito pero lo que habia estuvo de 10. La situacion de la oficina me parecio muy original

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.