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Relatos Ardientes

Me vengué con el hermano mayor de mi amante

Para quienes me siguen preguntando por Bruno, vengo a contarles cómo sigue mi relación clandestina con él. Y esta vez tengo bastante para contar.

La relación va bien, como siempre. Encuentros intensos, esa chispa que ninguno de los dos deja apagar, salidas, planes compartidos. Todo igual que el primer día. Algunos recordarán que, en mi primer relato, mencioné sus clases de baile. Al final arreglé para que las tomara en la academia de mi hermana. Ella me contó después un par de actitudes de Bruno que preferí no creer.

El viernes por la noche, mi hermana vino a cenar a casa. Pedimos comida, preparamos unos tragos y nos pusimos al día. En medio de la charla, dejó caer el nombre de Bruno sobre la mesa. Y mi sorpresa fue total, por más que me empeñara en pensar lo contrario.

—¿Viste a Bruno? ¿Te acordás de cuando te conté que lo vi muy acaramelado con dos chicas de la clase? —dijo, revolviendo el hielo de su vaso.

—Sí, tu famosa sospecha —respondí.

—Sospecha nada. Me lo cogí.

Mi cara debió ser un poema. Estaba por llevarme el trago a los labios y sentí la vena del cuello latirme con fuerza.

—¿Qué dijiste?

—Lo que escuchaste, nena. Se la mamé y me la clavó hasta el fondo.

—¿Cómo que te lo cogiste? Vos tenés pareja. No podés ser tan inconsciente de engañarlo después de tres años. Y encima con alguien tanto más joven que vos.

—Ay, Mariana, por favor. ¿Me vas a dar un sermón de moral justo vos? —se rió—. Mirá quién habla.

—No te hagas la viva o te cruzo la cara de una cachetada.

—Me encanta. Sabés que eso me calienta —dijo, y soltó una carcajada.

—Sos insoportable. Contame de una vez, a ver de qué se trata todo esto.

No quería escuchar y, al mismo tiempo, necesitaba cada detalle.

—El miércoles, cuando terminó la clase, hicimos elongación con el grupo, como siempre —empezó—. No le pude sacar los ojos de encima en toda la hora. Se le marcaba el bulto adentro de la calza cada vez que estiraba, y te juro que se me hacía agua la boca. Las chicas se fueron y quedamos los dos solos. Me dijo que tenía una contractura en el muslo y le ofrecí hacerle masajes. Se bajó un poco el pantalón y, te juro, casi me muero. Tenía una verga de esas que se marcan atravesadas en el bóxer, gruesa, dura ya sin que nadie la tocara.

—No puedo creer lo que estoy oyendo.

—Esperá, que mejora. Le puse un poco de gel y empecé a buscarle el nudo con los pulgares. Le fui subiendo despacio por el muslo, hasta pegarle los dedos al bulto como quien no quiere la cosa. El pibe se puso durísimo. Lo aflojé y, sin pensarlo demasiado, me arrodillé detrás de él. El muy descarado se hizo el distraído, pero se le marcaba la punta empapando la tela. Cuando me di cuenta, ya le había bajado todo, tenía la verga en la cara y me la estaba comiendo entera. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, y me la metí hasta el fondo de la garganta. Tenía que respirar por la nariz para aguantársela toda. Le chupaba la cabeza con los labios apretados y le acariciaba los huevos con una mano, mientras con la otra le agarraba el culo para pegármelo más a la boca.

—Sos terrible.

—Pará, que hay más. Me paró, me dio vuelta contra el espejo del salón, me bajó la calza de un tirón y me metió los dedos. Yo ya chorreaba, Mari, estaba empapada. Me abrió el coño con dos dedos y empezó a mover, mientras con la otra mano me apretaba una teta desde atrás. Cuando me la puso, entró de una. Me la clavó hasta las bolas y yo tuve que morderme el brazo para no gritar. Me la cogió contra el espejo, mirándome la cara mientras me la metía, agarrándome del pelo. Después me hizo apoyar las manos en el suelo y me la siguió metiendo de perrito. Nunca grité tan fuerte en un salón vacío. Terminó adentro, sin sacarla, y me la dejó ahí un rato hasta que se le fue bajando.

—Sos terrible. ¿Y no te dio culpa?

—Un poco, después. Mientras nos vestíamos me contó que se iba a la casa de la novia —dijo, sin tener idea de lo que decía—. Pero bueno, ya estaba hecho.

Era verdad: esa misma noche Bruno apareció en casa. Lo provoqué de mil maneras buscando algo, pero esa vez se mostró esquivo. Igual me arrodillé frente a él en el living, le abrí el pantalón y le saqué la verga con las dos manos. La tenía tibia, medio despierta, y me la metí en la boca sin decir palabra. Le pasé la lengua por toda la cabeza, la envolví con los labios, se la bombeé de a poco tratando de despertársela como sabía. Le lamí los huevos uno por uno, se los chupé enteros, volví a subir por el tronco con la punta de la lengua. Se puso duro a medias, nada más. Le mamé un rato largo, con esfuerzo, sacando toda mi técnica, hasta que él mismo me apartó la cabeza diciendo que estaba cansado. No terminó. Lo dejé pasar, cenamos y se fue antes de que termináramos discutiendo.

Disimulé como pude mi malestar en la mesa. Felicité a mi hermana, le dije que era libre de hacer lo que quisiera y que ella sabría si cargaba o no con la culpa de engañar a su pareja. Después de la cena se fue a su casa. Yo me metí en la bañera a pensar.

Porque recién entonces caí en la cuenta de algo: esa noche le había mamado la pija a Bruno apenas unas horas después de que él se la hubiera metido a mi hermana. Sin saberlo, la había saboreado también a ella, había chupado los restos de su coño mezclados con la corrida que él le había dejado adentro. La bronca me superó. No podía actuar en caliente, porque era capaz de cruzarle la cara a Bruno en cuanto lo viera.

***

El sábado siguiente era la fiesta de fin de curso de la academia, una especie de buffet para los egresados de los talleres de adultos. Iban a usar los dos patios del lugar para que entrara más gente. Era el momento perfecto para ser una resentida, técnicamente una mujer despechada, porque podía darle luz verde a otro de mis alumnos, uno que me venía buscando hacía rato y al que siempre había rechazado por Bruno.

El evento iba de las cuatro de la tarde a las diez de la noche. Yo, criatura nocturna, aparecí a las siete. Tenía dos caminos: cruzar los dedos para que se diera algo con ese alumno, o limitarme a hacer acto de presencia como instructora del taller organizador. De todos modos había que estar a la altura, así que me vestí para matar: una remera blanca ajustada, una calza negra, una pollera de jean corta por encima y unos borceguíes marrones. Debajo, tanga negra bien fina, la que se me clavaba entre las nalgas y me marcaba todo por encima de la calza.

Apenas crucé la puerta, varias miradas del hall y del patio interno se clavaron en mí. Primer objetivo cumplido: llamar la atención. Saludé a mis alumnos, recorrí las mesas. Bruno estaba sentado en una de ellas; cruzamos miradas y lo ignoré olímpicamente. A medida que avanzaba la noche, la música subía de volumen, los familiares se retiraban y el ambiente se volvía más distendido.

En una pista de baile improvisada me solté con varios del grupo. Mi objetivo entre ellos. Captó el mensaje enseguida. Fue uno de los cuatro o cinco que se animaron a aprovechar el baile para acariciarme el trasero, o una parte de él. Bruno observaba todo desde su silla. Intentó hablarme, sacarme a bailar, y lo rechacé sin dirigirle una sola palabra.

En un momento dejé el patio y caminé hacia los baños. En el pasillo me interceptó mi objetivo.

—Mari, bailás increíble —me dijo.

—Gracias, corazón.

—¿Y para dónde vas?

—Atrás, a fumar un cigarrillo. ¿Me acompañás?

—Obvio. Vamos.

Abrí la puerta del rincón donde suelo fumar y entramos juntos. Charlamos un par de minutos, hasta que di el primer paso.

—¿Sabés qué? Se me fueron las ganas de fumar. Estoy fumando menos y lo único que de verdad me da ganas es otra cosa, algo más íntimo.

—¿Íntimo como qué?

—Como suena. Algo de pasión. No sé si me explico.

—Te explicás perfecto. ¿Y te puedo ayudar con eso?

Me tomó de la cintura y se acercó a mi boca. Nos miramos, sonreí y nos besamos. Llevé su mano a mi pecho y él lo acarició con ganas, apretándolo por encima de la remera, buscándome el pezón con el pulgar hasta ponérmelo duro. Me tenía contra la puerta; lo fui guiando hacia adentro, por si alguien nos oía. Lo apoyé contra la pared del fondo, le besé el cuello y me arrodillé sin dejar de mirarlo. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón hasta las rodillas y le bajé el bóxer de un tirón. La tenía media parada, apuntándome a la cara. Le pasé la lengua despacio por la punta, la envolví con los labios y le probé el sabor.

Lo tomé de la base con dos dedos y me la metí entera en la boca. Chupé como si no hubiera mañana, con una mezcla de deseo y de bronca acumulada que él jamás habría imaginado. Se la bombeaba con la mano y con la boca al mismo tiempo, apretando fuerte, girando la muñeca en la base mientras la punta me chocaba contra el paladar. Le lamí toda la extensión, se la escupí para lubricarla mejor y me la volví a meter hasta que sentí la cabeza pegándome atrás de la garganta. Le agarré los huevos con la mano libre, se los apreté suave, le acaricié con las uñas. Suspiraba y sonreía mientras yo seguía sin parar, tragando saliva, dejando que se me cayera el labial por las comisuras. Era, sin que lo supiera, la primera vez que su instructora le hacía algo así. Y podía ser la única. Aceleré, le chupé solo la cabeza con los labios formando un anillo apretado, mientras con la mano lo bombeaba fuerte y rápido. Sentí que se le tensaban los muslos, que se le hinchaba en la boca. Estuve unos minutos largos hasta que terminó en mi boca con un espasmo, descargándome chorro tras chorro contra el paladar. Me lo tragué todo, sin sacarla, y le lamí la punta hasta la última gota.

—Rico —dije, limpiándome con el dorso de la mano—. Pero esto queda entre nosotros, ¿estamos?

—Tranquila, te lo prometo. Gracias por esto, Mari.

—Salgamos antes de que sospechen.

Él salió primero. Yo me retoqué el labial, le di un par de pitadas a un cigarrillo para disimular y volví al patio. El baile seguía y varios me buscaron de nuevo. Parecía que todos querían algo de mí, y me encantaba.

—¿Dónde estabas? Te fuiste como veinte minutos —me reprochó Bruno, apareciendo de la nada.

—Bruno, cerrá la boca. No sos mi novio y me celás igual.

—No soy tu novio porque vos no te animás. Pero ese cuerpo es mío y no me gusta que lo toque otro.

—Mi cuerpo es mío y lo cuido yo. Lo toca quien yo decido. Vos hoy no estás en la lista. Dejame tranquila.

Me acerqué a unos compañeros suyos para charlar y bailar un poco. Entonces alguien que no conocía se sumó y me pidió un baile. Acepté: no tenía nada que perder.

—Tomás, un gusto —se presentó.

—Mari. No nos conocemos, ¿verdad?

—Por desgracia, no. Pero noté que todos los chicos se pelean por estar cerca tuyo, y deduje que sos una de las instructoras.

—Qué observador. ¿Y vos quién sos, concretamente?

—Hermano de uno de los egresados. Bruno.

—¿Bruno? —se me heló la sangre por un segundo.

—El mismo. Yo soy el mayor.

Era mi oportunidad servida en bandeja. Ese hermano había aparecido de la nada, sin saber nada de nada, justo para que yo pudiera comportarme como la mujer despechada que era esa noche. Lo que no había podido hacer con quien quería, lo iba a hacer con él. Si la suerte me acompañaba, conseguiría mi pequeña venganza antes de que terminara la fiesta. Así que recurrí a uno de mis recursos favoritos.

—¿Querés salir a tomar un poco de aire y fumar algo conmigo?

—No se me ocurre mejor plan. Te sigo.

Salimos. Volví al mismo rincón de antes, pero esta vez abrí la puerta siguiente y salimos a un pequeño patio descubierto donde suelo fumar a solas.

—¿Te gusta? Acá es más tranquilo —le dije.

—Me gustás vos, para ser honesto. Acá, allá, donde sea que te vea, me vas a gustar. Sos perfecta. Qué suerte tienen todos esos chicos, y no sé si lo saben.

—Esa sinceridad me atrae. ¿Hay algo más que deba saber de tus teorías?

—Estoy seguro de que todos los que están ahí adentro andan enamorados de vos. Y creo que a vos también te gusta alguien de la fiesta, pero no me lo vas a decir y no podés hacer nada al respecto.

—Parecés muy listo. Lástima no haberte tenido en alguna de mis clases. Podrías haber comprobado tu teoría.

—Coincido, lamento no haber tenido ese honor. Aunque habría sido un problema para los dos. Porque no habría podido sacarte las manos de encima después de cada clase.

—Entonces no perdamos más tiempo. Cumplí tu fantasía con la instructora de tu hermano.

Me sujetó la cara y me dio un beso decidido, dispuesto a ir por todo. La lengua entró directo, buscando la mía, mordiéndome el labio de abajo, chupándomelo entre los dientes. Mientras nos besábamos, me levantó la pollera de jean y me acarició el trasero, lento, disfrutando cada centímetro, metiéndome los dedos por debajo del elástico de la tanga. Le abrí la camisa sin despegar mi boca de la suya, botón por botón, y le pasé las palmas por el pecho, por el vientre, hasta el bulto que ya se le marcaba durísimo contra el pantalón. Se lo apreté por encima de la tela, sopesándoselo, y él gimió dentro de mi boca. Me bajó la calza hasta las rodillas y yo me saqué la remera de un tirón. Sin corpiño. Mis tetas al aire, los pezones parados por el frío y por lo que estaba pasando.

La remera la enrollé y se la pasé alrededor del cuello, sosteniendo un extremo con cada mano. La usé como una especie de correa improvisada para acercar su cara a mí. Él entendió el juego enseguida. Bajó la cabeza directo a mis tetas: me chupó un pezón con los labios apretados, después me pasó la lengua alrededor, en círculos, y me lo mordió despacio hasta arrancarme un jadeo. Me tomó la otra teta con la mano, me pellizcó, me la manoseó entera. Le tironeé la correa y lo empujé hacia abajo. Ya me había bajado la ropa interior y, con la cabeza entre mis piernas, empezó a recorrerme con la lengua, despacio al principio, después con un ritmo ágil y preciso. Me separó los labios con los pulgares, me lamió el clítoris con la punta de la lengua, dio vueltas alrededor, chupó, succionó, después bajó y me metió la lengua entera. Me estaba comiendo el coño con hambre, como un desesperado.

Tenía los dedos clavados en mis caderas, apretando, separando, marcando el compás. Me metió un dedo, después dos, buscándome adentro, curvándolos justo donde tenía que apretar. Chupaba el clítoris y me clavaba los dedos al mismo tiempo, en un ritmo que me hacía temblar las piernas. Yo jadeaba con una sonrisa en los labios, apretándome los pechos, tironeándome los pezones, queriendo exprimir cada segundo. Le tironeé el pelo, le pegué la cara contra mí, restregándome contra su lengua. Me dedicó varios minutos así, hasta que tuve que pedirle que parara para no terminar antes de tiempo.

—Mmmm, seguí así... —le pedí en un susurro, y enseguida lo frené—. Vení, besame.

Se incorporó y nos besamos como dos cómplices, como si fuera el último beso de nuestras vidas. Me sentí toda en su boca, mi propio sabor mezclado con el suyo.

—Me volvés loco —murmuró contra mi boca.

—¿Y solamente te gusta mirar, o pensás hacer algo más?

—Me muero por saber cómo se siente adentro tuyo.

—Luz verde. Investigá tranquilo.

Se bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. La tenía dura, gruesa, con la cabeza roja y una gota brillándole en la punta. La primera comparación fue inevitable: la tenía más gorda que Bruno, un poco menos larga, pero con una curvatura que se sentía distinta. Se pegó a mí, me tomó del trasero, me besó con fuerza y me hizo sentir su erección apoyada contra mi vientre. La deslizó varias veces entre mis piernas, con cuidado, frotándomela contra el coño empapado, robándome gemidos. La cabeza me pegaba en el clítoris cada vez que iba y venía. Aproveché para tocarlo: la agarré con la mano, se la bombeé despacio, apretando fuerte en la base, deslizando el prepucio para arriba y para abajo. Estaba duro, caliente, latiendo, se le sentía el pulso en la vena de abajo. Le besé el cuello de un lado y del otro, subí por la garganta hasta volver a su boca. Ya lo tenía donde quería.

—Esperá, dejame ponerme un preservativo. Quiero que estés cómoda —dijo.

—Quiero que me lo des todo, que me hagas pedirte más. Dejame ponértelo yo.

Me agaché frente a él, abrí el envoltorio con los dientes y, antes de ponerle el forro, le di una última mamada en seco. Me la metí hasta el fondo, con las dos manos apoyadas en sus muslos, tragando la que sabía que iba a ser mi última chupada de la noche. Le lamí los huevos, se los chupé uno adentro de la boca. Después lo desenrollé despacio sobre la verga, sin apuro, ajustándoselo bien hasta la base. Me puse de pie otra vez.

—Sos una caja de sorpresas —dijo, y me abrazó por la cintura, pegando la boca a mi cuello. Lo lamió, lo besó, lo recorrió con los labios mientras me acariciaba con los dedos entre las piernas, metiéndome dos adentro, moviéndolos en círculo. Yo no paraba de jadear.

—No me marques, por favor. Me encanta, pero no me dejes marcas.

—Me encanta que me lo supliques. Vos tenés a alguien. Yo estoy solo. Esta noche sos mía.

Me tomó de los muslos, me levantó hasta su cintura —me aferré con las piernas— y me apoyó contra la pared. Con una mano se guió, apoyó la cabeza contra la entrada de mi coño, y presionó. Nos miramos un par de segundos, los suficientes para que registrara mi cara en el primer empujón. Me la metió entera de una, hasta el fondo, y sentí cómo me abría, cómo me llenaba. Se me escapó un gemido largo, ronco. Me besó y empezó a moverse. Sin prisa pero sin pausa, llevaba muy bien la cadera. Entraba completo y volvía a salir casi del todo, una y otra vez, dejándome ver cómo la verga desaparecía adentro mío y volvía a salir brillante, cubierta de mis jugos. Cada minuto que pasaba, yo me encendía más, gemía más fuerte, gozando del hermano mayor de Bruno y de sus ganas de tenerme clavada contra esa pared.

Empezó suave, estimulándome el cuello, mordiéndome el hombro, chupándome la clavícula, y fue subiendo la velocidad. Me embestía con toda la cadera, haciéndome rebotar contra la pared. Cada estocada me arrancaba un jadeo distinto. Le clavé las uñas en la espalda, en el culo, tironeándolo para que me la clavara más fuerte. Parecía excitarse más con cada gemido, con cada elogio que se me escapaba. «Así, dame así, cogeme fuerte, dame toda la pija», le decía al oído, y a él se le escapaba un gruñido cada vez que le hablaba sucio. Me sostuvo así varios minutos, sin bajar el ritmo, con las manos clavadas en mis nalgas, separándomelas mientras me subía y me bajaba contra su verga.

En un momento me hizo apoyar los pies en el piso, quizás cansado por la posición. Yo aproveché para arrodillarme, sacarle el forro y volver a chuparlo un rato, sin preservativo, con la boca abierta y la lengua afuera. Se la mamé mirándolo a los ojos, con la verga entrando y saliendo entre mis labios, dejándole hilos de saliva colgando. Le lamí la cabeza, se la escupí, se la volví a chupar. Después me puse de pie y le puse un forro nuevo yo misma, más despacio esta vez.

Intentó besarme y lo esquivé para atacarle el cuello. Lo lamí, lo besé y le clavé los dientes en un costado, chupándole la piel hasta reventar los capilares. Le dejé una marca violeta que no se le iba a borrar en quince días. Se quejó, me dio una palmada seca en el trasero que resonó en el patio y nos besamos con lujuria. Me giró de cara a la pared, me hizo apoyar las palmas contra los ladrillos, me pateó los pies para que abriera las piernas y me arqueó la espalda tirándome del pelo. Me sujetó de las caderas y siguió, esta vez más duro, más decidido. Era un lobo disfrazado de cordero, igual que su hermano. La primera embestida en esta posición me la clavó hasta las bolas y me arrancó un grito que tuve que ahogar contra mi propio brazo. El sonido de cada embestida rebotaba en las paredes del patio, el chocar de sus caderas contra mi culo, el chapoteo húmedo de mi coño empapado. Me la metía y me la sacaba con un ritmo brutal, agarrado de mi pelo con una mano y de mi cadera con la otra. Me pasó el pulgar por el ojete y me lo apretó, sin meterlo, solo presionando, y eso me hizo cerrar los ojos y morderme el labio hasta hacérmelo sangrar. Sentí el orgasmo subiendo desde las plantas de los pies. Me contraje entera alrededor de su verga, temblando, gimiendo con la cara pegada a la pared, y él aprovechó para clavármela hasta el fondo mientras me convulsionaba.

Su ritmo se cortó al final, con un quejido ronco. Me la sacó, se arrancó el preservativo de un tirón y se descargó sobre mi espalda baja, sobre mis nalgas, chorros calientes que sentí resbalar por la piel. Se sacudió los últimos restos apoyándome la cabeza contra el hueco de mi columna. Me dejó jadeando, agitada, con las piernas temblando y bastante satisfecha. Por lo menos había cumplido con mi idea.

—Sos una máquina, eh. Me sorprendiste —le dije.

—Vos sos la mejor motivación que puede tener un tipo —contestó.

Me limpió la espalda con un pañuelo que sacó del bolsillo. Nos acomodamos la ropa. Y entonces soltó la pregunta que no esperaba.

—¿Lo hace mejor Bruno?

—¿Qué? —lo miré desconcertada, con una sonrisa nerviosa.

—¿Te gustó más esto o cómo te la clava mi hermano? Los vi una noche, cerca del club, besándose en una esquina. Y otra vez en la plaza de acá atrás.

—Así que esto fue a propósito. Viniste a acostarte conmigo sabiendo lo de tu hermano.

—Exacto. Quería saber qué se siente. Soy el hermano mayor, después de todo.

—Sos un desastre —dije, pero la idea, lejos de espantarme, me encendió de nuevo. Sentí el coño palpitándome otra vez, todavía abierto, todavía caliente—. ¿Estás ocupado o querés seguir esto en privado?

—Estoy para lo que digas.

Nos besamos. Entramos de nuevo al cuarto y cerré la puerta con llave. Me limpié la cara, me volví a pintar los labios y me arreglé el pelo mientras él no dejaba de acariciarme, metiéndome la mano por debajo de la pollera, comprobando que seguía empapada. Volvimos a la fiesta, que ya se apagaba: eran casi las diez.

Salí al patio a saludar y despedirme de mis alumnos. Bruno me miró con la bronca pintada en los ojos. Lo ignoré mientras su hermano lo saludaba, y fue ahí cuando Bruno notó la marca violeta en el cuello de Tomás. Me dirigí a la salida y el hermano salió detrás de mí.

—Vine en moto. Si querés, te llevo a donde digas.

—Obvio. Me encanta andar en moto.

Subimos y arrancamos rumbo a mi casa. Necesitaba continuar esa charla en privado, y algo más. Mi celular vibraba sin parar: varios mensajes de Bruno y unas cuantas llamadas perdidas. Esa noche, por una vez, no pensaba contestarle.

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Comentarios(7)

VeronicaR99

Tremendo!!! no me esperaba ese giro, increible.

DiegoPdM

Por favor una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como termina todo esto.

Soledad77

Me lo lei casi sin respirar, que bueno encontrar algo asi en el sitio. Sigue publicando!

TonioBA

jajaja el hermano mayor apareciendo asi de la nada, no me lo vi venir para nada

CarolinaRZ

Me recordo a una situacion que vivi hace tiempo... sin la venganza, claro jaja. Muy realista el enfoque.

NocheEscarlata

La tension entre los dos personajes estaba muy bien construida. Me quede con ganas de mas, siguiendo el perfil.

MateoDelSur

Buenisimo, se hizo cortisimo. Esperando el proximo pronto!

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