La actriz dominante que me hizo arrodillarme
La mañana empezó como tantas otras en un estudio de grabación: focos calientes, cables por el suelo, asistentes corriendo de un lado a otro y yo con la falsa sonrisa de siempre, repitiéndome que aquel trabajo era una oportunidad. Me llamo Adrián Llorente, al menos así figuraba en las hojas de rodaje, y esa jornada me habían llamado para una serie de éxito donde mi personaje apenas existía para recibir una humillación rápida y desaparecer del plano.
La escena era simple. Yo interpretaba a un idiota engreído que acosaba a la protagonista en un pasillo de internado. Ella, una actriz famosa llamada Vera Salvatierra, me miraba con desprecio, sonreía con malicia y me soltaba un rodillazo en la entrepierna. Corte. Aplauso. A otra cosa.
—Otra vez, Adrián, esta reacción aún puede ser más creíble —gritó el director desde el monitor.
Yo asentí mientras me acomodaba el protector por dentro del pantalón. Vera me tendió la mano para levantarme del suelo y me sostuvo una fracción de segundo más de lo normal. No era una mujer especialmente alta, pero tenía esa seguridad que llenaba todo el espacio. Morena, ojos oscuros, labios gruesos y una forma de sostener la mirada que hacía sentir desnudo incluso vestido.
—¿Estás bien? —preguntó con una media sonrisa.
—Sí, sin problema.
—Mientes fatal —me dijo en voz baja, sin perder la sonrisa.
La siguiente toma salió a la primera. O eso dijeron. Yo apenas escuchaba nada porque estaba pendiente de la mano de Vera sobre mi brazo, del gesto con el que se acercó a susurrarme el diálogo antes del golpe y, sobre todo, de la vergüenza absurda que me producía que todo el equipo disfrutara tanto viendo mi personaje doblarse. No era solo ese rodaje. Llevaba años encadenando papeles así. Siempre el tipo al que agarraban, al que ridiculizaban, al que tumbaban con una amenaza directa a los huevos.
Cuando por fin dieron descanso, salí a tomar aire junto a los camerinos. Estaba apoyado contra una pared, mirando el móvil sin ver nada, cuando escuché sus tacones acercarse.
—Tú eres de los que se quedan pensando después del rodaje, ¿verdad? —dijo Vera.
Levanté la vista. Llevaba un abrigo ligero por encima del uniforme del personaje y un vaso de café en la mano. Seguía viéndose impecable.
—Supongo.
—No es por la carrera. Es por cómo te miran cuando te doblan, ¿no?
Noté el calor subir por el cuello. Aquello me pilló tan desprevenido que solo pude fruncir el ceño.
—No sé de qué hablas.
Vera sonrió, dio un sorbo al café y se acercó hasta quedar demasiado cerca para una conversación casual.
—Claro que lo sabes. Llevas cara de hombre que ha pasado demasiadas veces por lo mismo y aún no decide si le humilla o le excita.
Sentí una punzada seca en el estómago. La frase me dejó clavado. No porque fuera exacta, sino porque alguien la había dicho en voz alta. Nadie antes lo había hecho.
—Te equivocas —murmuré.
—Entonces demuéstramelo esta noche.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Tengo un apartamento aquí cerca. Si vienes, me cuentas que me equivoco a la cara. Si no vienes, asumiré que acerté y que te asustaste.
Metió un papel doblado en el bolsillo de mi chaqueta y siguió caminando sin volver la cabeza. Me quedé quieto, con el corazón latiendo demasiado deprisa y la sensación de que acababa de aceptar algo incluso antes de decidirlo.
***
Pasé toda la tarde tratando de convencerme de que no iba a ir. Fui al gimnasio. Volví a casa. Me duché. Probé a ver una serie. Miré el papel una y otra vez. La dirección estaba escrita con letra firme, sin adornos. Debajo, una sola frase: «Si vienes, obedeces».
No pude pensar en otra cosa.
Había salido con mujeres seguras de sí mismas, incluso con alguna dominante en la cama, pero siempre en un terreno ambiguo, medio de broma, sin llegar nunca a ese punto en que alguien tomara el control de verdad. Y lo que Vera había visto en mí me daba miedo precisamente porque yo también lo había sentido a ratos: la vergüenza, sí, pero mezclada con una corriente caliente, sucia, casi adictiva, cada vez que una mujer me trataba como si pudiera partirme en dos con una orden.
A las diez de la noche estaba frente a su edificio.
Subí con la boca seca. Cuando abrió la puerta, supe que ya no había vuelta atrás. Llevaba un vestido negro sencillo, medias oscuras y el pelo recogido. Ningún exceso. Nada teatral. Esa naturalidad lo hacía aún peor. O mejor.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Yo también.
Entré. El apartamento era amplio, silencioso, moderno. Olía a perfume y a vino. Vera cerró la puerta, dejó las llaves sobre una consola y se giró hacia mí con una calma que me desarmó más que cualquier gesto brusco.
—Primero una cosa —dijo—. Todo lo que pase aquí es entre adultos, es consensuado y lo paramos si tú lo pides. Pero si no lo pides, haces exactamente lo que yo diga. ¿Está claro?
Tragué saliva.
—Sí.
—No. Eso no me sirve. Quiero oír «sí, Vera».
Me sostuvo la mirada hasta que obedecí.
—Sí, Vera.
Ella sonrió con auténtico placer al escucharme.
—Mucho mejor. Ahora quítate la chaqueta y arrodíllate.
La obediencia me salió casi sola. Dejé la chaqueta en el sofá y bajé despacio hasta quedar de rodillas frente a ella. Noté una mezcla insoportable de humillación y excitación. Mi polla ya empezaba a endurecerse dentro del pantalón, y lo más vergonzoso era saber que ella lo intuía.
Vera me acarició el pelo con la punta de los dedos, como quien evalúa una posesión nueva.
—Así te ves más sincero —murmuró—. Cuéntame. ¿Cuántas veces te han hecho ese tipo de escenas?
—Muchas.
—¿Y cuántas veces te corriste pensando en eso después?
La pregunta me golpeó más fuerte que cualquier rodillazo. Bajé la vista.
—No lo sé.
Vera me agarró de la barbilla y me obligó a mirarla.
—No me mientas en mi casa.
—Sí —admití al fin—. Más de una vez.
—Eso está mejor.
Me desabrochó el primer botón de la camisa sin apartar los ojos de los míos, luego el segundo, el tercero. Lo hacía despacio, disfrutando de cómo me tensaba. Cuando abrió del todo la camisa, me la sacó de los hombros y la dejó caer al suelo.
—Tienes cuerpo de hombre seguro, pero mirada de sumiso descubierto —dijo—. Qué combinación tan rica.
Me estremecí. Ella lo notó y sonrió.
—Ponte de pie.
Me levanté. Vera rodeó mi cuerpo con lentitud, pasando las manos por mi pecho, mis brazos, mi cintura. Luego se colocó delante de mí y deslizó la palma por el abulto de mi pantalón. Mi polla respondió de inmediato, dura, pesada, vergonzosamente lista.
—Mira eso —susurró—. Te ordeno que te arrodilles y se te pone como una piedra. Eres más simple de lo que crees.
Solté el aire por la nariz. Ella apretó apenas, lo justo para hacerme cerrar los ojos.
—Bájate los pantalones.
Obedecí torpemente. Los dejé en los tobillos junto con la ropa interior. Mi polla saltó libre, ya completamente erecta. Vera la observó con una calma casi clínica, y luego bajó la vista a mis huevos.
—Así que aquí está el centro de toda tu obsesión.
Se agachó. Yo contuve la respiración. Su mano rodeó mi polla, pero no la movió todavía. Con la otra me sostuvo el saco, pesándolo en la palma. Un escalofrío me subió por la espalda.
—Mírate —dijo—. Te tengo desnudo en mi salón, sujetándote la polla y los huevos, y no apartas la vista porque quieres saber qué voy a hacerte. Eso es sumisión, Adrián. Y te encanta.
Entonces empezó a masturbarme despacio, con una presión firme, mientras mantenía mis huevos bien sujetos. No era una caricia tierna. Era una toma de posesión. Su mano subía y bajaba por mi verga con ritmo controlado, y cada vez que me notaba temblar, apretaba un poco más abajo, recordándome quién mandaba.
—Di gracias.
—Gracias, Vera.
—Otra vez. Como si lo sintieras.
—Gracias, Vera.
Ella aceleró apenas. Mi polla latía en su mano. Yo ya estaba jadeando, avergonzado por lo rápido que me ponía así.
—No te corras —ordenó—. Ni se te ocurra.
Y soltó mi polla de golpe.
Casi se me doblaron las piernas.
—Al sofá. Boca arriba.
Fui. Me tumbé como me indicó, desnudo de cintura para abajo, con la polla tiesa apuntando al techo. Vera se quitó el vestido sin ninguna prisa y debajo no llevaba nada. Su cuerpo era espectacular, sí, pero no fue eso lo que me dejó sin aire. Fue la seguridad con que se abrió de piernas frente a mí, subió una rodilla al sofá y me enseñó el coño mojado sin el menor pudor.
—¿Te gusta lo que provocas? —preguntó.
—Sí, Vera.
—Claro que sí.
Se inclinó y frotó su coño húmedo contra la punta de mi polla, apenas rozándola. El contacto me hizo gemir. Ella sonrió al oírme.
—Todavía no te la meto. Primero vas a usar la boca.
Me incorporé de inmediato, pero ella me empujó otra vez hacia abajo con una mano en el pecho.
—No como tú quieras. Como yo diga. Ponte al borde.
Me arrastré hasta arrodillarme frente al sofá. Vera se sentó y separó más las piernas.
—Ahora sí. Lámeme.
Metí la cara entre sus muslos y el olor a sexo me golpeó al instante. Estaba muy mojada. Pasé la lengua por su coño despacio al principio, saboreándola, y ella me agarró del pelo para marcarme el ritmo. Quería más presión, más lengua, más ganas. Yo obedecí, lamiendo de abajo arriba, abriendo los labios con la boca, chupándole el clítoris hasta oír su primer gemido serio.
—Así —dijo con voz ronca—. Come coño como si fuera lo único que sabes hacer bien.
Me hundí más. Su mano en mi nuca era firme. No me asfixiaba, pero me guiaba con autoridad. Yo la devoraba de verdad, metiendo la lengua, chupando, alternando presión y rapidez según sus reacciones. Mi polla me dolía de lo dura que estaba, colgando entre mis piernas sin tocar nada, y eso solo hacía todo más intenso.
Vera empezó a mover la cadera contra mi cara. Sus gemidos se hicieron más cortos, más sucios. Sentí cómo me mojaba la boca.
—No pares... ahí... joder, así...
Redoblé el ritmo. Chupé su clítoris con fuerza, le metí dos dedos mientras seguía lamiéndola, y ella abrió más las piernas y soltó un quejido largo antes de correrse contra mi boca. Tembló, me apretó del pelo y me mantuvo allí mientras su coño latía y soltaba humedad sobre mis labios y mi lengua.
Cuando por fin me dejó apartarme, yo tenía la cara empapada. Ella la observó con placer y me dio una bofetada suave, no para doler, sino para marcar territorio.
—Buen chico.
Esa frase me atravesó completo.
Vera bajó del sofá, fue hasta un cajón del mueble y sacó una corbata de seda.
—Manos atrás.
Se las ofrecí sin pensar. Ella me las ató a la espalda con suficiente firmeza como para inmovilizarme, pero sin cortarme la circulación. Luego me hizo ponerme de pie y me llevó así, desnudo y con las manos atadas, hasta el dormitorio. Cada paso era una humillación deliciosa.
La cama estaba deshecha, como si ya me hubiera estado esperando ahí desde antes. Vera me empujó sentado en el borde y se arrodilló delante de mí. Su boca quedó a la altura de mi polla. Yo apreté la mandíbula.
—No te muevas —dijo.
Me pasó la lengua por la punta, apenas una línea húmeda, y luego me la tomó en la boca. Profunda. Sin juegos. Sentí su garganta tragándome y tuve que apretar los dientes para no embestir. Con una mano me sujetaba el muslo. Con la otra me agarró los huevos, envolviéndolos con calma, pesándolos otra vez como si disfrutara de tenerlos bajo control.
Me chupaba de una manera obscena, húmeda, ruidosa. Sacaba la polla casi hasta la punta y volvía a hundírsela, mirándome de abajo arriba de vez en cuando para ver cómo me deshacía. Cada vez que notaba que me acercaba, apretaba mis huevos lo suficiente para mantenerme al borde sin dejarme caer.
—Dime qué soy —murmuró al sacársela de la boca.
—La que manda.
Me apretó un poco más abajo.
—Eso es pobre.
—Mi dominante —dije con la voz quebrada.
Sonrió.
—Mejor.
Volvió a chupármela y esta vez añadió la mano, bombeando la base mientras la boca trabajaba la punta y la mitad. Yo ya estaba temblando entero. Cuando me arrancó un gemido alto, se apartó de golpe otra vez.
—A la cama. Cuatro patas.
Subí como pude, con las manos aún atadas. Me coloqué de rodillas, inclinado hacia adelante. La oí abrir un cajón. El sonido metálico del envoltorio al romperse me puso más duro todavía.
Noté sus dedos mojados con lubricante recorriéndome el culo. Me tensé.
—Relájate —ordenó—. Si vas a ser mío esta noche, no a medias.
Un dedo entró despacio. Jadeé. No por dolor, sino por la crudeza del gesto, por la exposición. Vera se tomó su tiempo, moviéndolo dentro de mí, masajeando, abriéndome poco a poco. Luego añadió un segundo dedo. Me hizo gemir contra la sábana.
—Mira cómo te abres —dijo—. Y todavía ibas de hombre duro en el set.
Sus dedos siguieron trabajando mi culo con paciencia firme hasta que mi cuerpo cedió y empecé a empujar yo mismo hacia atrás, buscándolos. Ella se rió en voz baja al notarlo.
—Eso quería ver.
Se colocó detrás de mí. Oí el roce del preservativo, sentí la punta de algo firme buscando mi entrada y luego empujando despacio. No era una polla. Era un arnés. Un cinturón con dildo que me iba a follar ella, y solo saberlo me encendió de una manera brutal.
Entró poco a poco al principio, abriéndome con presión continua. Yo respiré hondo, con la frente casi pegada al colchón. Cuando por fin estuvo completamente dentro, me dejó un segundo para acostumbrarme.
—¿Bien?
—Sí, Vera.
—Entonces dilo mejor.
—Sí... por favor... fóllame, Vera.
Su mano cayó seca sobre mi nalga, un palmotazo que me hizo jadear.
—Ahora sí.
Empezó a embestirme con ritmo firme, sin delicadeza innecesaria. El arnés entraba y salía de mi culo con una cadencia cada vez más dura, y yo solo podía recibirlo, empujando hacia atrás, gimiendo sin poder evitarlo. El sonido húmedo de las embestidas llenó la habitación. Mi polla colgaba dura bajo mi vientre, goteando sola, sin que nadie la tocara.
Vera me agarró del pelo con una mano y de la cintura con la otra. Me follaba de verdad, con autoridad, marcando el ritmo de mi cuerpo. Cada vez que el dildo me rozaba por dentro en el punto justo, se me iba la respiración.
—Te gusta que te usen —me dijo al oído—. Te gusta que te abran, que te ordenen, que te hagan suplicar. Dilo.
—Sí.
Embistió más fuerte.
—Dilo completo.
—Sí, me gusta.
—¿Qué te gusta?
Una embestida me arrancó un gemido.
—Que me domines.
—¿Y?
—Que me uses.
Vera me soltó el pelo y llevó una mano entre mis muslos. Me agarró los huevos por detrás mientras seguía follándome. El contraste me volvió loco. Tenía mi culo abierto por sus embestidas y mis huevos presos en su mano.
—Esto es lo que te obsesiona, ¿no? —susurró, apretando apenas—. Saber que con una sola mano puedo darte placer o dejarte temblando.
No pude responder. Solo gemí.
Ella siguió embistiéndome más rápido. El colchón crujía. Yo ya estaba sudando, con la boca abierta, soltando ruidos que me habrían avergonzado fuera de esa habitación. Pero allí ya no quedaba espacio para la vergüenza. Solo para la excitación cruda.
Vera soltó mis huevos y pasó la mano a mi polla. Empezó a masturbarme con fuerza, sincronizada con cada embestida del arnés. Cada vez que me penetraba, su mano bajaba; cada vez que salía, subía. El efecto fue devastador.
—No te corras hasta que yo lo diga —ordenó.
Intenté obedecer. De verdad. Pero estaba al límite. Me follaba el culo con ritmo brutal mientras me pajeaba y me susurraba porquerías al oído. Me decía que era suyo, que había tardado demasiado en admitirlo, que por fin estaba donde pertenecía. Cada frase me hundía más.
—Vera... joder... no aguanto...
Me tiró del pelo hacia atrás para obligarme a arquearme.
—Aguantas lo que yo decida.
Apretó mis huevos con firmeza. No para hacer daño serio, pero sí lo suficiente para ponerme al borde del temblor. Gemí casi a gritos.
—Mírate, suplicando con la polla chorreando y el culo abierto. Si te vieran así en el set, entenderían de una vez qué te pasa.
La idea me habría matado de vergüenza en cualquier otro momento. Allí me encendió más.
—Por favor...
—¿Qué pides?
—Correrme.
—Todavía no.
Me soltó la polla y siguió follándome otras diez, doce, quince embestidas durísimas. Yo ya estaba temblando por completo, al borde de perder la fuerza en las piernas. Entonces se salió de golpe.
Sentí el vacío y casi protesté. Vera me desató las manos. Antes de que pudiera moverme, me dio la vuelta y me dejó boca arriba. Se montó sobre mí, agarró mi polla y se la llevó a la entrada de su coño.
—Ahora me vas a follar tú —dijo—. Pero no te confundas: sigo mandando yo.
Se dejó caer sobre mi polla de una sola vez. Entró entera, caliente, apretada, mojada. Los dos soltamos un gemido al mismo tiempo. Yo le agarré las caderas por instinto, y ella me apartó las manos de un golpe.
—Solo cuando yo te lo permita.
Entonces empezó a cabalgarme. Su coño subía y bajaba sobre mi verga con un ritmo feroz, firme, húmedo. Yo veía cómo mi polla desaparecía dentro de ella y volvía a salir brillante. Vera tenía la espalda recta, las tetas rebotando con cada movimiento, la cara alterada por el placer y el control. Era una visión obscena y perfecta.
—Así —jadeó—. Quiero sentir cómo late dentro de mí esa polla obediente.
No sabía si me estaba usando o premiando, y esa confusión me volvía loco. Ella se inclinó hacia adelante, me mordió el labio y empezó a moverse aún más rápido. Sentía su coño apretándome, exprimiéndome, y yo estaba a un segundo de romperme.
—Ahora sí puedes tocarme.
Le agarré las caderas con fuerza y empecé a embestir hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El choque se volvió más salvaje. La cama golpeaba contra la pared. Vera gemía sin fingir ya nada.
—Fóllame, Adrián. Vamos. Así. Que se note esa desesperación.
Le obedecí. La follé duro, sosteniéndola por la cintura, viendo cómo su coño se abría para tragarme una y otra vez. Ella me llevó una mano a la garganta, apretando lo justo para imponer otra vez su mando mientras se corría con pequeños espasmos alrededor de mi polla.
—No pares... joder... no pares...
Sentí su orgasmo apretándome por dentro y eso me terminó de destruir. Quise avisar, pero solo salió un gemido roto.
—Córrete —ordenó ella—. Ahora. Dentro.
Me corrí con un gruñido bajo, vaciándome a pulsos dentro del preservativo, clavado hasta el fondo en su coño. Vera siguió moviéndose sobre mí mientras duraba, exprimiendo cada sacudida. Yo me quedé sin aire, temblando, viendo manchas de luz en el techo.
Durante unos segundos no existió nada más que el peso de su cuerpo sobre el mío y la sensación de haber soltado algo que llevaba años tragándome.
***
Más tarde, ya de madrugada, estábamos desnudos entre las sábanas. Vera fumaba junto a la ventana entreabierta, con la luz de la calle dibujándole el perfil. Yo la observaba desde la cama, todavía aturdido.
—Te ves menos miserable que esta mañana —dijo sin girarse.
—Gracias, supongo.
—No me des las gracias por follarte. Dámelas por haberte leído mejor que tú mismo.
Me reí por lo bajo. Era imposible discutirle algo así.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Vera volvió a la cama, se sentó a mi lado y me acarició el pecho con dos dedos.
—Ahora decides si vas a seguir huyendo de lo que te excita o si lo vas a usar a tu favor.
—¿Usarlo cómo?
—Como quieras. Pero deja de fingir que eres víctima pasiva de algo que también deseas. Esa mezcla de humillación, poder y sumisión te pone cachondo. Cuanto antes lo admitas, antes dejará de destruirte.
Sus palabras me entraron más hondo que el sexo. Porque eran ciertas. No anulaban toda la vergüenza acumulada, ni lo mal que me habían hecho sentir ciertas situaciones, pero daban forma a algo que hasta entonces solo había sido un nudo de ansiedad y silencio.
Vera me acarició la polla ya blanda con una tranquilidad íntima que contrastaba con todo lo anterior.
—Y la próxima vez que vengas —dijo—, quiero que vengas sabiendo exactamente lo que eres cuando cruzas esa puerta.
—¿Y qué soy?
Me miró con esa media sonrisa que ya empezaba a reconocer como una sentencia.
—Un hombre al que le excita rendirse ante la mujer adecuada.
Deslicé la mano por su muslo y ella me dejó hacer, pero solo hasta la mitad. Luego me apartó con suavidad y se tumbó encima de mí.
—Descansa —murmuró—. Mañana puedes volver a ser actor. Esta noche ya tuviste bastante verdad.
Cerré los ojos con ella sobre el pecho, sintiendo aún el eco de sus órdenes en el cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentía roto. Me sentía descubierto. Y, de una manera extraña y profundamente sucia, eso me excitaba incluso más que todo lo que acabábamos de hacer.
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