La fantasía que mi novia propuso para igualar el pasado
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Me corrí tres veces sobre el banco del vestuario antes de entender que mi ascenso ya no dependía de mis goles, sino de cuánto aguantara de rodillas.
Llevaba veinte días de retraso y la misma sonrisa de superioridad intacta. Esa noche entendió que en mi casa el alquiler también se podía pagar de otra manera.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.
Nunca fuimos amigas, pero ella me miraba con desprecio cada vez que su novio se quedaba observándome de más. Y yo decidí darle una razón de verdad para odiarme.
Cada mañana se lanzaban insultos como dardos. Lo que ninguno admitía era cuánto deseaban que el otro cruzara, por fin, la línea que los separaba.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Volvió al mismo descampado convencido de que esta vez sí ganaría. No imaginaba cuánto disfrutaba ella cada vez que lo obligaba a doblarse de rodillas delante de todo el barrio.
Se sentaba siempre al fondo, intocable, hasta que un beso en la mejilla agrietó su coraza. Jamás imaginé que la más reservada del aula terminaría temblando entre mis brazos.
Habían pasado dos semanas desde la derrota, y todavía no sabía cómo una rival flaca y provocadora la había arrodillado. Su hermana sí quería averiguarlo.