Esa tercera noche, Selena marcó quién mandaba
Volví al departamento de Selena dos noches después, como si no hubiera otra opción posible. No había confusión esta vez, ni la excusa cómoda de la curiosidad. Lo que me empujaba escaleras arriba era algo más simple y más difícil de admitir: la necesitaba. Había pasado cuarenta y ocho horas pensando en ella, en su voz, en la forma en que me había mirado al despedirme, como si supiera perfectamente que iba a regresar. Se me paraba la verga en la oficina acordándome de su boca, del filo de sus dientes cuando sonreía.
El edificio era viejo, de esos con ascensor de reja y luz amarilla que parpadea en cada piso. Subí a pie. Quería llegar agitado, con el pulso ya disparado antes de tocar el timbre. Me detuve frente a la puerta y respiré hondo. Del otro lado se escuchaba música baja, algo lento, casi un susurro.
No vengas a buscar respuestas. Vení a obedecer.
Toqué una sola vez. Ella abrió enseguida, como si hubiera estado esperando con la mano en el picaporte.
Selena llevaba un conjunto de encaje negro que apenas se insinuaba bajo una bata abierta, medias finas sujetas con ligas y una sonrisa que no tenía nada de inocente. El corpiño le levantaba las tetas hasta hacer que el encaje pareciera a punto de rendirse; la tanga era una franja mínima que se le hundía entre los muslos. Su cuerpo era una contradicción perfecta: curvas suaves, piel tibia, y al mismo tiempo una presencia firme, dueña de cada centímetro del umbral. Me sostuvo la mirada sin decir nada durante unos segundos eternos.
—Hoy no hay charla —dijo al fin, apoyándose en el marco—. Hoy te vas a arrodillar y vas a mamar todo lo que yo te ponga en la boca.
Entré sin responder y cerré la puerta a mi espalda. El departamento olía a vainilla y a algo más oscuro, como cuero. La música seguía sonando, baja, marcando un ritmo que ninguno de los dos pensaba seguir. El papel ya estaba escrito, repartido, aceptado. Yo sabía cuál era el mío.
Me arrodillé frente a ella sobre la alfombra, despacio, sintiendo cómo me temblaban un poco las piernas. Selena me miró desde arriba, con la barbilla levantada y una calma absoluta. No había prisa en sus ojos. Había certeza.
—Buen chico —murmuró, y la palabra me recorrió la espalda como una corriente que me terminó en la punta de la polla, ya durísima contra la tela del pantalón.
***
Me deslizó los dedos por el pelo, despacio al principio, casi con ternura. Después cerró el puño y tiró, lo justo para obligarme a levantar la cara y mirarla. La luz de la lámpara le caía de lado, dejando media cara en sombra. Era hermosa de un modo que dolía.
—Quiero que aprendas a tener paciencia —dijo—. Vas a hacer exactamente lo que yo te diga, cuando yo te lo diga. ¿Entendido?
—Sí —respondí, con la voz más ronca de lo que esperaba.
—Sí, ¿qué?
Dudé un segundo. Ella apretó un poco más el puño en mi pelo.
—Sí, Selena.
—Mejor.
Con la mano libre se corrió la tanga a un costado, sin bajársela. Me acercó la cadera a la cara, lento, y yo entendí lo que quería sin que tuviera que pedirlo. Tenía el coño depilado, mojado, brillante bajo la luz amarilla, los labios ya hinchados. Pero no me dejó. Cada vez que me inclinaba, ella retrocedía un milímetro, jugando, midiéndome, haciéndome esperar. Me tenía a un centímetro de su concha y me obligaba a respirarla sin tocarla. La anticipación se volvió insoportable. Yo, que siempre había sido el que llevaba el control en mi vida, en mi trabajo, en cada cama anterior, estaba ahí de rodillas mendigando un permiso que ella se tomaba el lujo de negar.
—Pedímelo —dijo.
—Por favor —murmuré.
—Más claro.
—Por favor, dejame chuparte.
—¿Chuparme qué?
—El coño. Por favor, Selena, dejame chuparte el coño.
Selena sonrió, satisfecha, y por fin me apretó la cara contra ella. La lamí de abajo hacia arriba, largo, sintiendo cómo el sabor se me pegaba a la lengua. Le abrí los labios con la punta y fui a buscarle el clítoris, despacio, en círculos, hasta que sentí que se le tensaba el vientre. Cuando quise apurarme ella me tiró del pelo hacia atrás.
—Despacio, dije. Sin manos.
Volví a hundir la cara. Le pasé la lengua plana sobre el clítoris una y otra vez, con las manos quietas a los costados porque ella no me había dado permiso de usarlas. Me sostenía la nuca con firmeza, marcándome el ritmo, restregándose contra mi boca cuando le convenía y apartándome cuando quería hacerme sufrir. Le metí la lengua adentro todo lo que pude, curvándola, sacándosela para volver al clítoris, chupándoselo entero entre los labios. Estaba empapada. El mentón y la garganta se me llenaron de su humedad.
—Así —susurró ella entre dientes—. Despacio. Sin manos. Buen chico. Chupame despacio que quiero que dure.
Obedecí. El tiempo se estiró. La música cambió de canción y yo seguía ahí, rendido, escuchando su respiración volverse más profunda, sintiendo cómo sus dedos se tensaban en mi pelo cada vez que algo le gustaba. Cuando le encontré el ritmo justo, ella empezó a moverse encima de mi boca, restregándome el coño contra la cara sin pudor, ensuciándome hasta las cejas. Se corrió apretándome la nuca con las dos manos, ahogando un gemido largo, apretando los muslos alrededor de mi cabeza. Yo no paré hasta que ella me arrancó de un tirón. No había nada en el mundo fuera de esa alfombra, esa luz amarilla y la voz de Selena guiándome.
***
Me levantó de un tirón antes de que yo pudiera recuperar el aire, como quien interrumpe a propósito. Tenía las mejillas encendidas y la respiración agitada, pero no había perdido ni un gramo de control.
—De pie —ordenó.
Me incorporé y ella aprovechó para arrancarme la camisa de un movimiento brusco, haciendo saltar un par de botones que rodaron por el piso de madera. Después me abrió el cinto, me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y me dejó la polla al aire, tan dura que dolía. Me la agarró con la mano abierta, apretándome la base, y me la sacudió una sola vez, largo, mirándome a los ojos.
—Mirá lo dura que la tenés —dijo, saboreando cada palabra—. Y ni te toqué.
Me empujó contra la pared. El golpe de mi espalda contra el muro frío me sacó un gruñido. Selena se pegó a mí, cuerpo contra cuerpo, y me besó con una furia que no admitía réplica. Su lengua, sus dientes en mi labio, sus manos: una sujetándome la muñeca contra la pared, la otra masturbándome despacio, con la palma bien apretada, subiendo y bajando por toda la longitud.
Sentí su deseo apretado contra el mío, dos cuerpos forcejeando sin moverse del lugar, midiéndose en silencio. Por un instante mis caderas empujaron hacia adelante, instintivas, como si todavía quedara en mí algo que quisiera demostrar quién mandaba. Ella se rió contra mi boca, divertida por el intento, y me apretó la verga con más fuerza, casi hasta hacerme doler.
—¿En serio? —murmuró—. ¿Todavía creés que tenés algo que decidir acá? Yo te digo cuándo te venís y adónde.
No respondí. Bajé las caderas, rendido, dejándola manejarme a su gusto. Ella aflojó la mano, suavizó el beso y me acarició el pecho con la palma abierta, como recompensando la rendición. Después bajó de a poco, mordiéndome el cuello, la clavícula, un pezón. Se puso en cuclillas sin dejar de mirarme y se metió mi polla en la boca sin preámbulos, hasta el fondo, hasta que sentí la garganta cerrada contra la punta.
La miré desde arriba, con las manos apretadas contra la pared porque no me atrevía a tocarla. Selena chupaba con los ojos fijos en los míos, sacándome despacio para lamerme la punta, escupiendo encima y volviendo a tragarme entera. Me pasaba la lengua por debajo, me chupaba los huevos uno por uno, me la masturbaba mientras me hablaba con la voz pastosa.
—Si te venís antes de que yo te diga, no cojemos —advirtió, y volvió a hundirse.
Tuve que apretar los dientes y clavarme las uñas en las palmas para aguantar. Ella lo sabía y por eso lo hacía peor: se sacaba mi verga de la boca solo para dejármela golpeando contra la mejilla, mirándome de abajo, con los labios brillantes.
—Eso me gusta más —dijo cuando por fin me soltó y se puso de pie, con la voz densa y baja—. Ahora quiero que seas vos el que entra. Lento al principio. Después como quieras.
La frase me golpeó. Era el último lugar al que pensé que llegaríamos, y al mismo tiempo el único hacia donde todo había estado empujando desde la primera copa, dos noches atrás. Selena me tomó de la mano y me llevó hasta el sillón largo del living, sin encender más luces.
***
Se sacó la tanga por debajo de las ligas, dejándose el resto puesto: corpiño levantado, medias, encaje mojado a la altura de los muslos. Se acomodó de rodillas sobre los almohadones, con el pecho apoyado en el respaldo y la espalda arqueada hacia mí. El culo redondo, abierto, y el coño hinchado y brillante entre las piernas, todavía marcado de mi boca. La bata había quedado en algún lugar del camino. Giró la cabeza para mirarme por encima del hombro, y en esa mirada había una orden y una invitación al mismo tiempo.
—Tranquilo —dijo, ablandando un poco el tono—. Hacelo bien. Tenemos toda la noche.
Me acerqué con cuidado. Le besé la nuca, los hombros, recorrí su columna con los labios hasta sentir cómo se le erizaba la piel. Olía a vainilla y a sudor tibio. Le mordí una nalga, después la otra, le abrí el culo con las dos manos y le pasé la lengua por el coño desde atrás, un lametón largo que le sacó un jadeo. Tomé mi tiempo, porque ella me había enseñado a tener paciencia y porque, de pronto, quería dársela. Le metí dos dedos y los curvé buscando el punto que la hacía respirar más fuerte, escuchando cada cambio en su voz, atento a cada gesto que me indicara cuándo seguir y cuándo esperar. Con el pulgar le acaricié el clítoris en círculos hasta que la sentí empapar la mano.
—Ahora —murmuró por fin, con los nudillos blancos de tanto apretar la tapicería—. Metémela ya.
Me agarré la polla, la pasé un par de veces por sus labios mojados, y entré despacio, muy despacio, como ella había pedido. El calor, la presión, la forma en que su cuerpo me recibía centímetro a centímetro me arrancó un gemido que no pude contener. Me quedé quieto un segundo cuando la tuve toda adentro, dejándola acostumbrarse, dejándome acostumbrar yo también a la intensidad de aquello. Ella empujó el culo hacia atrás para tragarme lo poco que faltaba y soltó un gemido gutural.
—No pares —jadeó—. Más. Cogeme.
Empecé a moverme. Al principio con un ritmo suave, sostenido, las manos en sus caderas, mirando cómo mi verga entraba y salía de ella, brillante de su humedad. La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando, de piel contra piel, de su respiración entrecortada, de mi nombre dicho a medias entre dientes. Ella se sostenía del respaldo y empujaba hacia atrás, marcándome el compás, recordándome incluso así, de espaldas, que seguía siendo la que mandaba.
—Más fuerte —pidió, casi sin aire—. Cogeme más fuerte, no seas cobarde.
Y obedecí. La embestí con ganas, con las manos firmes en su cintura, sintiendo cómo se tensaba entera contra mí. Cada golpe de mis caderas contra su culo sonaba seco en el living vacío. Le agarré el pelo y tiré, como ella me había tirado a mí antes, y le arqueé la espalda hasta que la tuve casi sentada sobre mi polla, con los pechos saltando afuera del corpiño desacomodado. Le agarré una teta con la mano libre, le pellizqué el pezón, y ella gimió más fuerte.
—Así, exacto, no pares —decía—. No te atrevas a parar. Metémela toda.
La empujé de nuevo contra el respaldo y le clavé la polla hasta el fondo, sin piedad, con la mano en su nuca sosteniéndola contra el cuero. Me incliné sobre su espalda, le besé los omóplatos cubiertos de sudor, le mordí suave la nuca y le susurré al oído cosas que jamás había dicho en voz alta, cosas sucias sobre lo apretada que la sentía, sobre cómo me la quería coger toda la noche, sobre cómo iba a llenarle el coño de leche. Ella respondía con gemidos roncos, con palabras sueltas —sí, así, más, ahí, no pares, cogeme, dame todo—, perdiendo por primera vez en toda la noche un poco del control que tanto le gustaba ejercer.
Metí la mano por debajo y le encontré el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiéndola. Le froté ahí al ritmo de la coger, sintiendo cómo se le contraía todo por dentro alrededor de mi polla. La rodeé con el otro brazo, la atraje contra mi pecho sin dejar de moverme, y la acompañé hasta que sentí que todo su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse.
—Me vengo —gruñó—. Me vengo, no pares, no pares, no pa…
Cuando llegó, lo hizo con un grito ronco, arqueándose, temblando entre mis brazos, apretándome la verga con espasmos tan fuertes que casi me sacan de adentro. Esa imagen, ese sonido, la forma en que su coño me estrangulaba fue lo que me terminó de arrastrar a mí también.
—Adentro —jadeó, adivinándome—. Vení adentro. Llename.
Acabé segundos después, hundido en ella hasta el fondo, con las caderas pegadas a su culo, sintiendo cómo mi corrida le salía a chorros mientras sus músculos todavía me apretaban con cada espasmo. Fueron varios latigazos largos, uno atrás del otro, hasta que me quedé vacío, temblando encima de su espalda, con la frente apoyada entre sus omóplatos.
***
Nos quedamos así un rato largo, sin separarnos, recuperando el aliento. La piel pegada, los corazones golpeando a destiempo, mi verga todavía adentro, ablandándose de a poco. Cuando por fin me salí, sentí un hilo tibio bajarle por el muslo y ella se rió bajo, sin darse vuelta, como orgullosa. Después nos dejamos caer de costado sobre el sillón, hechos un nudo de brazos y piernas, riéndonos bajito de nada en particular, de todo. Apoyé la cabeza en su pecho y ella empezó a acariciarme el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—Lo hiciste bien —dijo, y noté que la sonrisa cruel de la puerta se había transformado en otra cosa.
—Me enseñaste vos —respondí.
Selena soltó una risa suave. Afuera, la ciudad seguía despierta, los autos pasaban allá abajo, alguien gritaba en la calle. Adentro solo estábamos nosotros y el zumbido de la heladera. Me sentía vaciado y completo a la vez, sin ninguna de las preguntas con las que había subido la escalera.
—¿Vas a volver? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—No sé cómo no hacerlo —admití.
Ella me levantó la cara con dos dedos bajo la barbilla, igual que al principio, y me miró largo, como midiéndome una última vez.
—Entonces ya está —dijo—. Ahora sos mío.
No respondí. No hacía falta. Cerré los ojos con la mejilla apoyada en su vientre, escuchando su respiración serenarse, sabiendo con una claridad nueva que no quería escapar de ahí. Había venido buscando una copa y una excusa, y me iba transformado en otra cosa: alguien que, por primera vez en mucho tiempo, había encontrado un lugar donde no tenía que sostener nada. Solo dejarme llevar. Solo decir que sí.
Afuera empezaba a clarear. Adentro, Selena seguía acariciándome el pelo, y yo ya estaba pensando en la próxima noche, en la próxima orden, en la próxima vez que me pusiera de rodillas.





