El hábito de monja que despertó a mi otra yo
A veces necesito vestirme de mujer, moverme como ella y dejar que alguien me trate como tal. Cada cual carga con sus deseos, y este es el mío: una afición que vivo a medias en secreto, salvo en esas raras ocasiones en las que está socialmente permitido que un hombre se disfrace y entonces dejo salir un poco a mi otra yo. Y no hay terreno más fértil para eso que el carnaval.
El febrero pasado me hice con un disfraz de monja de los baratos, de esos que cuelgan en las tiendas de todo a cien y que de sexy no tienen absolutamente nada. Pero lo combiné a mi manera: medias de rejilla negra de malla gruesa con liguero, un tanga de hilo rosa y negro debajo del hábito, y un latiguillo de cuero que me daba muchísimo juego. Me paseaba por las calles repartiendo latigazos al aire y gritándole a la gente «¡Pecadores, arrepentíos!», y cuando me miraban con curiosidad me levantaba la falda y enseñaba un muslo enfundado y la curva del trasero, para regocijo de quien se cruzaba conmigo.
El disfraz fue un éxito rotundo. Provocó risas, fotos y bromas durante toda la noche. Pero tuvo un efecto secundario que no había previsto: entre las carcajadas se colaba alguna mirada distinta, más lenta, más espesa. Algún comentario que ya no era guasa sino otra cosa. Algún roce «involuntario» ejecutado con toda la intención del mundo. Y eso, sumado a que el simple tacto de la lencería sobre mi piel me pone tontorrona, hizo que pasara el carnaval entero más caliente que una gata en celo, haciendo esfuerzos casi sobrehumanos para que una erección inoportuna no me arruinara la silueta.
Iba acompañada de Marina, mi exmujer y mejor amiga, que no es ni la mitad de descarada que yo y que todavía guarda por mí un cariño que se parece demasiado al deseo. Así que me porté como una señorita a pesar de todo. Me limité a beber sin freno, a bailar como una poseída y a cerrar todos los bares de la ciudad. Nada de escabullirme a los baños con ningún desconocido. Y mira que me hubiese gustado arrastrar a algún tipo hasta un rincón oscuro, ponerme de rodillas y dejar que me castigara como Dios manda por no respetar los votos de mi orden.
Me quedó la espina clavada.
Pero las espinas, tarde o temprano, hay que sacárselas.
***
Un par de meses después retomé el contacto con un viejo admirador que llevaba tiempo pidiéndome que me vistiera de mujer para recibirlo en mi cama. Decidí que era la ocasión perfecta para darme el gusto y, de paso, dárselo a él. Le mandé un par de fotos: el trasero en pompa con el hilo del tanga marcando la raya, y otras dos con las medias de aquella noche tensándose sobre mis muslos. Cayó al instante en mis redes.
«Mañana a primera hora estoy ahí», me escribió, acompañando el mensaje de una ristra de fotos suyas que dejaban claro lo dispuesto que estaba. No era un hombre joven (rondaba los cuarenta y muchos) ni guapo, la verdad sea dicha. Pero tenía unas manos ásperas, un cuerpo compacto y cubierto de vello, y ese acento rústico de los hombres acostumbrados al campo y a la carretera que a mí me desarma por completo. Porque sí: tengo una debilidad confesa por los camioneros, y Rubén lo era.
Llegó puntual como un reloj suizo. Yo lo esperaba con la toca cubriéndome el pelo, el hábito negro abrochado, el crucifijo colgando del cuello, unos mitones de redecilla en las manos y, debajo de todo, mi lencería de mala fama. Me había preparado a conciencia, porque si estaba la mitad de hambriento de lo que parecía por nuestras conversaciones, iba a llegarme hasta lo más hondo. Y no precisamente del alma.
Cuando entró y me vio se quedó un segundo paralizado. Adiviné que ni la toca ni la historia del carnaval habían llegado a registrarse en su cabeza, ocupada por completo en mis piernas y en lo que insinuaba la falda.
Hombres, pensé, conteniendo una sonrisa.
Tampoco hizo falta mucho. En cuanto me arremangué un poco el hábito y le mostré las medias, se le encendió algo por dentro y empezó a besarme con tal urgencia que apenas me dejaba respirar. Me agarró del trasero con las dos manos y se apretó contra mí. Lo empujé hacia el sofá, le quité la ropa a tirones y me arrodillé delante de él como si fuera a rezarle.
—¿Qué buscas? —me preguntó con la voz ronca.
Era una pregunta retórica, así que no me molesté en responderla. En lugar de eso tomé su miembro, ya duro como una piedra, y empecé a recorrerlo con la lengua, despacio, mirándolo desde abajo con toda la insolencia de la que era capaz.
—Así, sigue —murmuró.
Acepté la orden de buen grado y me apliqué con ganas, llenándolo de saliva, hundiéndomelo en la garganta hasta que los ojos se me llenaban de lágrimas. Él me observaba con una mezcla de hambre y asombro, relamiéndose.
—Quítate eso —dijo—. Quiero verte.
Me levanté y dejé caer el hábito al suelo, pero me quedé con la toca, el crucifijo, los mitones, el tanga y las medias.
—Joder, qué buena estás —soltó, casi sin aliento.
Me senté a horcajadas sobre él y lo besé con calma, sintiendo sus manos amasándome la carne y su erección rozándome la cadera. Aparté la cara y le ofrecí el pecho. Como soy de carnes generosas, mis tetas no se diferencian tanto de las de una chica, y él se lanzó a manosearlas y lamerlas con una torpeza tan ansiosa, tan apasionada, que sentí que me desfallecían las piernas.
—Estás... buenísima —balbuceó.
Me puso tan a tono que mi propio sexo dio un respingo y se asomó por el borde del tanga. Por un instante temí que se incomodara, pero hizo justo lo contrario: bajó la cabeza y me lo recorrió con la lengua con una delicadeza que no me esperaba, como si tuviera miedo de hacerme daño.
Me gustó, no lo voy a negar. Pero no era eso lo que andaba buscando. Le tomé de la mano y lo conduje hasta el dormitorio, lo tiré sobre la cama y me entregué a una de esas felaciones que se recuerdan, hasta hacerlo jadear como un animal.
—Fóllame —le pedí.
—¿Quieres que te folle? —preguntó, como si necesitara oírlo.
—Sí. Fóllame bien. Sin compasión.
Me quité el tanga y lo lancé a un rincón. Me coloqué a cuatro patas, con el trasero en alto, y manoteé el cajón de la mesilla buscando los preservativos y el lubricante. Entonces sentí su lengua cálida y húmeda deslizarse entre mis nalgas.
—¿Qué haces? —jadeé.
—Prepararte —respondió contra mi piel.
Me lamía con paciencia, alternando entre las nalgas y los muslos, y yo notaba cómo me iba quedando sin defensas.
—Métemela ya —supliqué.
—Ayúdame un poco.
Se le había aflojado algo, cosas de la edad, así que me incorporé, lo besé y lo acaricié hasta devolverle el filo. Volví a mi postura, me unté bien y noté la punta presionando.
—Déjate de dedos y entra de una vez. Quiero sentir cómo me abres.
Palabras mágicas que jamás me han fallado. Al instante empujó dentro de mí con una brusquedad que me hizo entornar los ojos. De mi boca colgaba un hilo de saliva y entre mis pechos se mecía el crucifijo, sacudido al ritmo de sus embestidas. Yo gemía sin pudor y él gruñía como un perro. Por algún motivo absurdo me acordé de aquella frase de la infancia, «todos los animales son criaturas de Dios», y quise reírme, pero el siguiente envite me retorció la risa hasta convertirla en un gemido ronco.
Me estaba dando duro. Y yo quería más.
—Pégame —le dije.
—¿Que te pegue?
—Sí. En el culo. Castígame por pecadora.
Sentí cómo aquellas palabras lo enardecían. Empezó a soltarme azotes, tímidos al principio, cada vez más firmes. El sonido seco de su mano contra mi piel se mezclaba con mis gemidos formando una música áspera y eléctrica.
—Toma, por descarada —jadeaba.
—Dame, dame más. Me lo merezco.
Sus golpes y sus embestidas me arrastraban a ese lugar donde el placer y el dolor dejan de distinguirse. En un momento se incorporó sobre las rodillas y me embistió desde arriba con tanta fuerza que mi cuerpo se rindió contra el colchón. Quedé tendida boca abajo, la cara hundida en la almohada, mientras él me sujetaba los brazos y me poseía con una entrega casi salvaje. Si le hubiera pedido que parara, no creo que hubiera podido. Y desde luego no pensaba pedírselo.
En una de las estocadas se le escapó, y aprovechamos para cambiar de postura.
—Súbete —me ordenó.
Lo intenté de espaldas, pero estábamos tan resbaladizos de sudor y lubricante que no acertaba. Me giré hacia él, lo encaré y me dejé caer despacio, sintiendo cómo me llenaba por completo.
—Móntame —dijo con los dientes apretados—. Cabalga.
Y lo cabalgué hasta quedarme sin aire. Después me tumbé de espaldas, abrí las piernas y lo miré con todo el descaro del mundo.
—Ven y castígame por mis pecados.
Me levantó las caderas y entró de golpe. Una vez dentro me sujetó los muslos y empezó a embestirme sin tregua, dando justo donde más placer me provocaba, hasta arrancarme gritos que no podía contener.
—Toma tu castigo —repetía—. Toma.
—Sí, así, no pares —le rogaba yo—. Pellízcame.
Me apretaba los pezones mientras me poseía, y aunque empezaba a dolerme de verdad, acepté ese dolor con una rara devoción. Hasta que, otra vez, la providencia quiso que resbalara fuera. Lo miré: sudoroso, congestionado, los ojos enrojecidos.
—¿Te queda mucho? —pregunté.
—No... ya no —respondió jadeando.
—Entonces ven aquí.
Lo hice subir hasta sentarse sobre mi pecho, le retiré el preservativo y volví a tomarlo en la boca con ganas renovadas. Gemía de una forma en la que ya no se sabía si gozaba o sufría, pero seguía firme, así que continué hasta que noté, por la tensión de su cuerpo y el temblor de sus piernas, que estaba al borde. Entonces lo saqué, le lamí despacio y apunté su sexo hacia mi cara.
El primer chorro me alcanzó de lleno. El segundo cayó sobre mi cuello. Para el tercero dirigí su miembro hacia mi pecho, que quedó cálido y pegajoso. Una parte fue a parar al crucifijo, salpicándolo. Cuando terminó, lo chupé un poco más, hasta que ya no pudo soportarlo, y luego lo invité a lamerme los pechos y a susurrarme guarrerías al oído mientras yo me ocupaba de mí misma, hasta llegar a un final que nos bautizó a los dos, las caras encendidas, sudadas, sonrientes.
Así fue como me redimí de mis pecados de carnaval.
Y así descubrí que mi otra yo no necesita una sola noche al año para existir. Solo necesita que alguien la mire como me miró Rubén.





