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Relatos Ardientes

Mi jefe me retó a vestirme de mujer y acepté

Lo que voy a contar me pasó de verdad, cuando tenía veintiocho años y acababa de terminar la carrera de contaduría. Entré a trabajar en una empresa mediana, en el área contable, y mi jefe se llamaba Damián. Era un hombre casado de cuarenta años, y con el tiempo formamos una amistad que iba más allá de lo laboral. En cada reunión de la oficina estaba pendiente de mí, sobre todo cuando salíamos a tomar una copa entre compañeros. Me cuidaba como si fuera su hermano menor.

Llegamos a tenernos tanta confianza que nos contábamos cosas que no se cuentan en el trabajo. Hablábamos del tipo de mujer que nos gustaba, de nuestras relaciones, de todo. Yo salía con Carla, una chica de otro departamento, y lo nuestro iba en serio. Él, en cambio, me confesó un día, pidiéndome la más absoluta discreción, que tenía una amante dentro de la misma oficina y que nadie lo sospechaba.

—Esto queda entre nosotros —me dijo en voz baja—. Ni una palabra.

—Conmigo está enterrado —le contesté.

Al año, la empresa abrió una sucursal en una ciudad a cuarenta y cinco minutos de donde vivíamos, y nos trasladaron a los dos. Desde entonces viajábamos juntos casi todos los días. Yo seguía con Carla, y él había dejado aquella relación extramarital. El equipo nuevo era pequeño: Damián en la dirección, yo de contador, cuatro auxiliares y una secretaria soltera llamada Lorena.

Lorena era una mujer de cuerpo llamativo, y Damián tenía un magnetismo difícil de explicar. Medía poco más de uno setenta, de piel morena, cuerpo varonil y velludo, ojos brillantes y una voz grave que imponía respeto. Yo lo admiraba: ordenado, trabajador, impecable, siempre con un perfume que se quedaba flotando en el aire después de que pasaba. A los dos meses ya se había hecho amante de Lorena, y otra vez yo era el único que lo sabía.

Vinieron semanas de muchísimo trabajo. Nos quedábamos hasta tarde cerrando balances, y a veces era tan noche que decidíamos no manejar de vuelta y hospedarnos en un hotel cercano. Yo era un chico de aspecto normal: delgado, bajo, lampiño, con cierta apariencia frágil. Siempre me decían que me parecía a mi madre, que es una mujer muy atractiva. Pero por dentro me sentía un hombre enamorado de Carla.

Una de esas noches en que trabajábamos solos en la oficina, fui hasta el archivero a buscar un expediente. Damián se acercó por detrás sin que lo escuchara, me tomó de la cintura y se pegó a mí. Sentí su cuerpo duro contra mi espalda, y también sentí, muy claro, el bulto de su polla marcándose contra mis nalgas por encima del pantalón. Intenté apartarme, pero su fuerza me lo impidió.

—Me atraes demasiado —me susurró al oído—. No sabes cuánto se me pone dura pensando en ti.

—Estás loco —le dije, y me separé de un tirón.

Seguimos trabajando como si nada. Lo tomé como una broma de mal gusto, una más. Cuando salimos a cenar, mientras caminábamos por la calle, me pasó el brazo por los hombros como tantas otras veces. Para mí era normal, lo había hecho mil veces antes, entre amigos.

—Mira —me dijo esa noche, más serio—. Cuando te conocí vi a alguien educado, noble, honesto. Por eso decidí estar pendiente de ti, porque los demás son otra cosa. Pero te voy a confesar algo: si tú fueras mujer, ya te habría follado hasta dejarte sin voz. Tienes un culo que llama la atención cada vez que te agachas.

Solté una risa nerviosa para quitármelo de encima.

—Un día me visto de chica y te das cuenta de que me veré horrible, porque soy hombre.

—Te reto —respondió de inmediato—. Atrévete y comprobarás que tengo razón. Con tu cara y tu cuerpo te verías como una nena. Te pareces a tu madre, y eso no lo dice cualquiera.

Era absurdo. Y sin embargo no podía dejar de pensarlo.

—Nunca estuve con alguien trans —siguió—, pero contigo siento algo que no había sentido. Si te ves tan hermosa como creo, ¿te atreverías a dejar que te meta la polla y te haga sentir lo que siente una mujer cuando la follan bien?

—Tal vez —le dije, dándole largas, convencido de que jamás lo haría—. Si me decido, yo te aviso.

Esa noche, en el hotel, nos empezamos a desvestir para meternos cada uno en su cama. Al ver su cuerpo fuerte y velludo, tan distinto del mío, comentó:

—Tu piel se ve delicada. Tienes el cuerpo de una mujercita.

No contesté nada para no seguir con el tema. Cambié la conversación hacia nuestras experiencias y él me contó lo que más disfrutaba antes de estar con una mujer, con lujo de detalle: cómo le gustaba abrir de piernas a Lorena y comerle el coño hasta hacerla gritar, cómo la ponía en cuatro y se la metía entera, cómo le encantaba correrse en la boca. Nos ganó el sueño. Por la mañana sonó la alarma, se levantó de un salto y, al quitarse el bóxer, vi de reojo lo que cargaba: una verga gruesa, larga, de venas marcadas, que le colgaba entre las piernas incluso en reposo. Me sentí pequeño, y cuidé que no viera nada de mí por pura vergüenza. Nos arreglamos y todo siguió como siempre.

***

Lo que no esperaba era lo que pasaría conmigo. Cuando Damián no volvía conmigo porque se quedaba con Lorena, yo empezaba a sentir algo parecido a los celos. Tardé en aceptarlo, pero me estaba enamorando de él. Y su insistencia no paraba: cada cierto tiempo me preguntaba, con esa media sonrisa, cuándo me iba a vestir de mujer. La idea, que al principio me parecía un disparate, fue echando raíces dentro de mí.

Un día le dije que pronto le daría la fecha. Vi cómo le brillaron los ojos.

—Tú avísame —me dijo—. Y desde ahora no te voy a llamar por tu nombre. Te voy a decir mi reina, mi Liana.

Esas palabras me encendieron por dentro como una brasa. Me preparé con calma. Compré por internet todo lo que necesitaba y dediqué semanas a aprender a maquillarme, a moverme, a mirar de otra forma. Durante tres meses acaricié y estimulé mi pecho a diario, alrededor de los pezones, una y otra vez, hasta que noté un cambio real. Empecé a usar sostén. Cuando estuve lista, le di el día. Nos quedaríamos en el hotel de siempre.

Esa tarde preparé la maleta y me adelanté. Me di un baño largo, me había depilado con anticipación cada centímetro del cuerpo —piernas, pubis, culo—, y poco a poco me fui transformando frente al espejo. El maquillaje, el perfume, la peluca hasta los hombros. Elegí un conjunto rojo de tirantes finos, un liguero, medias color piel que estilizaban mis piernas, zapatillas a juego. Encima me puse un blazer negro con rayas blancas muy tenues, entallado a mi medida, que cubría todo lo demás. Bastaba con desabrocharlo para revelar en qué me había convertido.

Cuando me miré por última vez, casi no me reconocí. La que devolvía la mirada en el espejo era una mujer, y estaba temblando de nervios.

Faltaban diez minutos para la hora acordada. Cada segundo se hacía eterno. Por fin escuché unos golpes en la puerta y el corazón se me disparó. Abrí. Damián se quedó mudo, mirándome de arriba abajo, como si no entendiera lo que veía.

—No puede ser —murmuró.

Cerró la puerta con seguro y se fue sobre mí buscando mi boca. No me resistí. Le respondí el beso, profundo, largo, mientras sus manos me recorrían por encima del blazer, apretándome la cintura, el culo, subiendo por las tetas falsas del sostén con relleno. Sentí su lengua entrar en mi boca con hambre, y yo se la chupé como si fuera lo único que había esperado en la vida.

—Desde esta noche vas a ser mi mujer —me dijo contra los labios—. Mi reina Liana. Te voy a follar hasta que no te acuerdes ni de tu nombre de hombre.

—Sí —contesté sin pensarlo—. Hazme tuya. Métemela.

Me desabrochó el blazer despacio, botón por botón. Cuando quedé al descubierto, en ese conjunto rojo con el liguero y las medias, vi en su cara una mezcla de asombro y deseo que me llevó a un punto de excitación que no había sentido nunca. Me tomó de la mano, me dio la vuelta y me abrazó por detrás, pegándose a mí. Sentí su polla ya dura marcándose entre las nalgas de mi culo, separada apenas por la tela del pantalón y de mi tanga de encaje. Me besó el cuello mientras una mano me subía al pecho y la otra bajaba hasta el liguero, acariciándome el muslo por dentro, cada vez más arriba, hasta rozar entre las piernas y sentir mi propia erección presa bajo la tanga.

—Mira cómo estás —me susurró, apretándomela por encima de la tela—. Mi reina también tiene lo suyo y a mí no me importa. Esta noche te uso entera.

Me volteó de nuevo hacia él y bajó la boca hasta mi pecho. Me chupó los pezones por encima del sostén, mordiéndolos suave, y después me bajó los tirantes y me los lamió directo, uno y otro, jugando con la lengua en la punta hasta que se me pusieron duros como piedras. Yo lo deseaba con una urgencia que no me reconocía, y sentía humedad entre las nalgas de solo imaginar lo que venía. Me arrodillé sobre la alfombra, le abrí el pantalón, le bajé el cierre y lo dejé caer junto con el bóxer. Su polla saltó frente a mi cara, dura, gruesa, la punta ya brillando con una gota espesa. La acaricié con las manos primero, despacio, apenas cerrando los dedos alrededor del tronco caliente. Era mucho más grande de lo que había alcanzado a ver aquella mañana en el hotel.

—Mámamela —me dijo con la voz ronca, agarrándome de la peluca—. Quiero ver a mi reina chupándomela.

Abrí la boca y me la metí. Primero la punta, saboreando ese líquido salado, después bajando poco a poco por el tronco, todo lo que me entraba. Con la lengua le recorría la parte de abajo, la vena gruesa que le latía, mientras con la mano le acariciaba los huevos. Él me guiaba de la nuca, marcándome un ritmo lento, dejándome tragarla hasta atragantarme. Le chupé los cojones uno por uno, le lamí el tronco de arriba abajo, subí de nuevo a la punta y volví a metérmela hasta el fondo. Lo escuché gemir, y eso me encendió más. Cada sonido suyo me confirmaba que el reto se había convertido en otra cosa. Sentía la boca llena, la mandíbula tensa, y mi propia polla goteando dentro de la tanga.

—Eres increíble —dijo con la voz entrecortada—. No me imaginaba que mamaras así, mi reina. Vas a hacer que me corra antes de tiempo.

Me sacó la verga de la boca de un tirón, con un hilo de saliva colgándome del labio. Me levantó del piso y me llevó en brazos a la cama, como si pesara la mitad de lo que peso. Se desvistió por completo, me quitó el blazer, el sostén, me dejó el liguero, las medias y las zapatillas puestas, y solo me corrió la tanga a un lado. Se acomodó encima de mí y separó mis piernas con las suyas. Al sentir su pecho velludo contra mi piel depilada, y su polla dura apoyada en mi vientre, perdí la cabeza. Le pedí que no esperara más.

Bajó primero por mi cuello, me lamió los pezones otra vez, siguió bajando por el vientre. Me tomó la polla mía en la mano y me la acarició despacio, y hasta se la llevó a la boca un momento, chupándomela con calma, mientras yo me arqueaba en la cama sin poder creer lo que estaba pasando. Después me levantó las piernas, me las puso sobre sus hombros, y bajó la boca hasta mi culo. Sentí su lengua caliente lamerme entre las nalgas, entrar y salir del agujero, ensuciándolo de saliva, abriéndome despacio. Yo gemía agarrado de las sábanas, con las medias tensándose sobre mis muslos.

—Qué rico culo, mi reina —murmuró entre lamidas—. Voy a dejártelo abierto para mí.

Sacó del pantalón un frasquito de lubricante que había traído preparado. Me untó bien, me metió primero un dedo, después dos, moviéndolos en círculo, abriéndome. Me hacía cosquillas y placer al mismo tiempo, y yo empujaba las caderas contra su mano, pidiéndole más sin decírselo. Cuando me colocó boca abajo y me puso en cuatro, con el culo levantado y la cara contra la almohada, sentí la punta de su polla apoyada justo en la entrada.

—Despacio —le rogué—. Por favor, despacio.

—Tranquila, mi reina —respondió, agarrándome de las caderas—. Te va a encantar.

Hubo un dolor primero, agudo, que me hizo apretar las sábanas y morder la almohada cuando la cabeza gruesa se abrió paso dentro de mí. Se quedó quieto un momento, hundido solo hasta la mitad, dejando que me acostumbrara. Después empujó más, entró un poco más, y así, poco a poco, sentí que me la iba metiendo entera, hasta que sus huevos me golpearon contra el culo y su vello me raspó las nalgas. El dolor empezó a transformarse en otra cosa, en una corriente caliente que me recorría entero desde el ano hasta la punta de la polla mía, que se sacudía dura entre mis piernas sin que nadie la tocara.

Empezó a moverse. Salidas largas y entradas profundas, marcando un ritmo lento que me hacía gemir cada vez que llegaba al fondo. Me sostuve de las almohadas mientras él me follaba de rodillas, agarrado de mis caderas, hundiéndome la verga hasta la raíz una y otra vez. Yo gemía sin reconocer mi propia voz, con una voz aguda que no sabía que tenía, entregada de una forma que jamás había imaginado.

—Así, mi reina —jadeaba él detrás de mí—. Mira cómo te tragas mi polla. Este culo ya es mío.

—Sí —contestaba yo entre gemidos—, es tuyo, todo tuyo, no pares, métemela toda.

Aceleró. Ahora las embestidas eran más duras, más secas, se oía el golpe de su pelvis contra mis nalgas en todo el cuarto. Me estiró de la peluca hacia atrás y me obligó a arquear la espalda, con lo que su polla me entró todavía más profundo, tocándome un punto adentro que me hizo ver luces. Sentí que mi propia verga latía sola, atrapada entre mi vientre y la sábana, mojando la tela con hilos gruesos de líquido sin haber llegado siquiera a correrme.

Me giró de nuevo, me puso boca arriba, con las piernas otra vez sobre sus hombros, y volvió a metérmela mirándome a los ojos. Ahora podía verle la cara, roja, sudada, la mandíbula apretada, y él podía verme los pechos falsos moverse con cada embestida, la peluca revuelta, los labios pintados abiertos gimiendo por él. Me besó en la boca sin dejar de follarme, y yo lo abracé con las piernas cerrando el liguero sobre su espalda, pidiéndole más.

El tiempo se borró. No sé cuánto duró, solo recuerdo que en algún momento la mano de él bajó a mi polla y empezó a masturbármela al mismo ritmo con que me la clavaba, y eso fue el final para mí: me corrí a chorros entre nuestros dos vientres, largos, calientes, mientras mi culo se apretaba solo alrededor de su verga como si no la quisiera dejar salir. Ese espasmo lo enloqueció. Dio tres o cuatro embestidas más, brutales, hundiéndose hasta el fondo, y sentí su calor derramarse dentro de mí, chorro tras chorro, mientras gemía mi nombre nuevo contra mi cuello. Un estremecimiento me sacudió de la cabeza a los pies. Fue un orgasmo distinto a todo lo conocido, algo que nacía de un lugar nuevo, más adentro. Esa noche disfruté como nunca, y por primera vez entendí a qué se refería él cuando hablaba de sentir como una mujer.

Se quedó dentro de mí un rato largo, hasta que su polla se aflojó sola y salió con un chasquido húmedo. Sentí un hilo tibio de su semen escurrirse entre mis nalgas hasta la sábana. Nos quedamos tendidos, mi cuerpo a medias sobre su pecho, una de mis piernas entre las suyas, todavía con las medias puestas. Me besó la frente.

—Estuviste sensacional —dijo—. Quiero que seas mi amante, mi confidente, mi mujer. Deja a Carla. Yo dejo a Lorena por ti. Nadie tiene que enterarse de lo nuestro.

Me quedé en silencio un momento, todavía con la respiración agitada y el culo latiéndome. Una parte de mí quería decir que sí. Pero pensé en Carla, en la vida que tenía afuera de esa habitación.

—No —dije al fin, con la voz tomada—. Quiero seguir siendo quien soy. Esto fue una prueba, una experiencia hermosa que no voy a olvidar, pero no puedo.

Me besó con una calma que dolía más que cualquier reclamo.

—Me gustó demasiado cómo te entregaste —susurró a mi oído—. Cómo mamas, cómo te dejas coger, cómo te corres cuando te la meto. Piénsalo un mes. Si aceptas, te voy a hacer feliz, mi reina Liana.

—Lo voy a pensar —mentí, porque ya sabía mi respuesta—. Pero creo que la conoces.

Esa madrugada, mientras él dormía con un brazo cruzado sobre mi cintura y el semen seco pegándome la piel, me quedé mirando el techo del hotel, sin saber todavía qué hacer con todo lo que acababa de descubrir de mí. Lo que decidí después, y cómo terminó realmente aquella historia, es algo que prefiero guardar para otra ocasión.

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Comentarios(7)

GuillermoR

Excelente relato, me enganche desde el primer parrafo. Muy bien narrado!

MiriamL

Por favor que haya una segunda parte!! me quede con muchisimas ganas de saber como termina todo esto

CheSandy

Que historia tan bien contada, se siente autentica. Me gusto como describiste esa tension inicial antes de tocar la puerta, muy recomendable.

ValentínLee

Tengo curiosidad, esto es autobiografico? Porque se siente muy real jaja. Buen relato de todas formas

Lautaro_V

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, seguí así

GastonMira

Me recordo a una situacion que yo mismo vivi hace años, aunque sin el desenlace que describis jaja. Esa ansiedad previa, esa mezcla de miedo y adrenalina... lo capturaste perfecto. Muy buen trabajo.

ClarissaV

La escena del espejo me parecio lo mas logrado, se siente el momento con mucha intensidad. Seguí escribiendo!!

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