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Relatos Ardientes

Me vistió de gala para exhibirme ante sus jefas

La casa estaba lista, bañada en luces tibias que resaltaban cada superficie pulida. El comedor, con la mesa extendida bajo un mantel níveo y una hilera de candelabros de plata, brillaba como un escenario preparado para una función solemne. En el aire se mezclaban los aromas de la cena con la fragancia almizclada de las flores recién cortadas.

Yo aguardaba con el corazón golpeándome el pecho, ajustando el dobladillo invisible de mi vestido. Renata, mi esposa, me había elegido un halter borgoña con detalles de strass en el bustier, que atrapaban la luz como un puñado de estrellas dispersas. Las medias negras opacas abrazaban mis piernas y terminaban en unos zapatos clásicos de salón con tacón de diez centímetros, que me obligaban a caminar con gracia medida. Cada paso era un recordatorio de que yo no era el anfitrión, sino el ornamento imprescindible de la velada.

El timbre sonó poco después de las ocho. Abrí la puerta con las manos ligeramente temblorosas, mientras Renata se mantenía un paso detrás de mí, observándome.

En el umbral apareció la jefa directa de mi esposa. Llevaba un traje sastre gris acero, de corte recto, corbata oscura y zapatos masculinos de piel mate. Su porte irradiaba un poder tranquilo, el de quien lo sabe todo y no necesita demostrarlo.

A su lado avanzaba su marido: un hombre robusto embutido en un vestido negro de satén ceñido al cuerpo, medias transparentes y labios pintados de rojo intenso. Caminaba en silencio, cargando el peso de la mirada ajena con esa mezcla de incomodidad y obediencia que nos unía a todos los esposos.

—Bienvenida, señora —murmuré, bajando apenas la cabeza.

Recibí sus abrigos y Renata los llevó al living mientras intercambiaban un saludo de colegas. Minutos después el timbre volvió a sonar. Al abrir, me encontré con la directora general de la compañía. Vestía un traje a medida de altísima confección, en azul marino, camisa blanca y gemelos en los puños; parecía recién salida de un consejo directivo. Su reloj de oro blanco brillaba como un símbolo de jerarquía.

A su lado se ubicaba su esposo, delgado y delicado, con un vestido color esmeralda de seda, escote discreto y espalda descubierta, sobre tacones más altos que los míos. El cabello recogido en un moño tirante dejaba su cuello expuesto como una vitrina. Sin duda, era la pieza de una mujer refinada que sabía exactamente lo que quería.

Las dos mujeres se saludaron con la complicidad de quienes comparten secretos de poder, mientras nosotros, los maridos, quedábamos en segundo plano, observados con avidez pero jamás incluidos en la conversación.

La directora me dirigió una sonrisa fugaz después de una mirada crítica, como quien inspecciona una joya ajena. Su esposo, en cambio, me devolvió la misma expresión que me regalaba el espejo cada mañana: humildad, vergüenza, sumisión y, oculta en el fondo, una pizca de deseo.

***

El comedor se transformó en un reino de jerarquías marcadas. Ellas ocuparon primero los sillones del living y luego la cabecera de la mesa, con las copas de vino alineadas frente a los platos. Sus esposos se sentaron a su lado, y solo de vez en cuando la directora ordenaba al suyo que se levantara a ayudarme. En general era yo quien iba y venía; cuando no, esperaba de pie junto a Renata, atento a sus instrucciones.

—Querido, sirve el vino y luego el primer plato a nuestras invitadas —dijo ella, quebrando el silencio.

Me incliné con cuidado, sosteniendo la botella con ambas manos mientras el bustier centelleaba bajo las velas. El líquido oscuro fue llenando una a una las copas, y yo sentía los ojos de todas recorriéndome, buscando su deleite. Al terminar regresé junto a mi esposa, que me indicó servir limonada para nosotros tres y sentarme a su lado, como un pequeño cuadro viviente de masculinidad disciplinada bajo el mando de nuestras mujeres.

La cena avanzó como una ceremonia. Ellas hablaban de ascensos, de cifras, de estrategias de control corporativo. Sus voces llenaban la sala, seguras y graves, reían a carcajadas y soltaban comentarios denigrantes sobre los hombres que trabajaban para ellas, sin reparar en lo que pudiéramos sentir. Nosotros éramos figuras decorativas que sonreían con timidez, comían en silencio y alcanzaban servilletas.

—Tu marido luce muy bien educado —dijo Lorena, la jefa de mi esposa, señalándome con un cubierto.

—Gracias. Lo he moldeado con paciencia —respondió Renata, sin apartar la mirada de su copa.

Una risa suave recorrió la mesa. Entonces la directora invitó a su esposo a dar una vuelta alrededor del comedor. Él lo hizo con pasos vacilantes sobre los tacones, el vestido verde ondeando con cada movimiento, mientras todas lo evaluaban como quien tasa la talla de un diamante. Yo intuí que mi turno llegaría pronto.

—Ponte de pie, cariño —ordenó Renata, con voz firme, casi maternal.

Me levanté sintiendo el roce de las medias y el eco de mis tacones sobre la madera. Las miradas se posaron en mí, deteniéndose en el brillo del strass, en mis manos que temblaban apenas.

—Bellísimo —murmuró la directora—. Una nueva pieza para la colección. Felicitaciones, querida.

Las copas tintinearon en un brindis espontáneo. Y fue entonces cuando Renata, con la calma de quien deja caer una bomba calculada, anunció:

—Quiero compartir con ustedes un logro. Mi esposo ya es fértil. Los tratamientos surtieron efecto. Estoy orgullosa de él.

Me tomó de la cintura y me acercó para exhibirme. El aire se quebró en un murmullo. Lorena arqueó una ceja, la directora sonrió con sorna, y los otros esposos me miraron con una mezcla de envidia y compasión.

—¡Magnífico! —exclamó Lorena—. No solo es un adorno, sino un productor de herederas.

—Un hombre útil, qué tesoro —añadió la directora—. Y por lo que se marca bajo ese vestido, tiene con qué cumplir la tarea.

Sentí que las mejillas me ardían. Bajo la falda borgoña, mi polla se hinchaba traicionera, aprisionada contra la tela, marcando el bulto que ninguna de ellas dejaba de mirar. Renata sonrió al notarlo y me palmeó el muslo con satisfacción de dueña.

Yo permanecí de pie todo el tiempo que ella quiso, paralizado a su lado, con la vergüenza ardiéndome en las mejillas. Y, sin embargo, en lo más hondo de mí sentía el vértigo de un deseo oscuro y nuevo: el de ser exhibido por vanidad, reducido a un objeto y celebrado no como individuo, sino como trofeo perfecto.

—Cabeza erguida, querido —me ordenó con dulzura cortante—. Esta noche eres la joya de la corona.

Y así lo hice, con la frente alta y los tacones firmes, ofreciéndome a sus miradas como quien acepta un destino irrevocable.

***

Mientras yo iba y venía con las bandejas, recogía platos y sonreía aunque me rozaran las piernas, sabía que cada gesto era evaluado. Los esposos competíamos con cada mirada y cada pose. El de Lorena exhibía la fuerza de sus músculos bajo el satén; el de la directora desplegaba una gracia estudiada, moviendo las manos con delicadeza y mostrando el cuello de cisne. Yo, atrapado entre ambos, sentía la presión de no fallar ni en el paso más pequeño.

—Hermoso —dijo la directora con tono irónico cuando volvieron a hacerme posar bajo el candelabro—, pero demasiado dócil. El mío sabe atraer miradas sin pedir permiso.

Su esposo rió, llevándose la mano al escote. Lorena asintió.

—El tuyo es atractivo, sí, pero aún depende demasiado de ti.

Yo bajé la vista, tragando la humillación como un sorbo amargo. En los rostros de los hombres solo veía envidia y rivalidad. Me sentía expuesto y al mismo tiempo elevado a una categoría distinta: no solo trofeo, sino símbolo del triunfo de mi esposa sobre todas.

Retirados los platos, las señoras se recostaron satisfechas en sus sillas.

—Debo admitirlo, Renata —dijo la directora—, tu marido superó mis expectativas. La cena estuvo impecable.

—Es raro encontrar un hombre que sostenga la disciplina en la cocina y la elegancia en la mesa —secundó Lorena, cruzando las piernas—. El mío aún no lo logra.

—Inclínate y agradéceles, querido —me ordenó Renata.

Obedecí, doblando las rodillas con cuidado para no tropezar, bajando la cabeza como un sirviente medieval.

—Gracias, señoras —susurré, con la voz temblorosa.

Entonces ella chasqueó los dedos.

—Trae el whisky y los puros al living, mi amor.

El corazón me dio un vuelco: sabía lo que significaba el ritual final. Regresé con la bandeja cargada de vasos gruesos de cristal labrado, la botella de whisky y el humidificador de madera pulida. Serví a cada una con reverencia, dejando caer el líquido dorado sobre el hielo, y ofrecí los puros. Renata fue la última: lo sostuvo entre los dedos y me lo acercó a los labios.

—Enciéndelo.

Me incliné con mi encendedor de oro y nácar, el temblor de mi mano delatándome, hasta que la brasa prendió. Ella aspiró con calma y soltó el humo hacia mi rostro como un sello de propiedad.

La directora hizo lo mismo con su esposo: lo sentó en su regazo y le colocó el puro en la boca como si fuera un juguete. Lorena, en cambio, hizo que el suyo se arrodillara frente a ella, sosteniendo la copa en una mano y el cenicero en la otra, mientras le quitaba los zapatos y él le masajeaba los pies y, después, los rozaba con los labios. Ella le acariciaba el cabello como a un perro fiel.

Las risas llenaron la sala. Yo permanecía de pie, sirviendo whisky, agregando hielo, retirando ceniceros, aceptando las burlas sin responder. Entonces Renata me tomó de la muñeca y me sentó en su regazo, obligándome a acomodarme sobre sus piernas como una amante tímida.

—¿Lo ven, señoras? Un hombre bien educado no solo adorna: obedece, divierte y produce.

Me hizo sostener su copa mientras bebía y encenderle un segundo puro, esta vez con mis labios rozando la llama. El humo me envolvió. Comprendí que la velada había dejado de ser una cena para convertirse en un espectáculo de poder absoluto.

***

La noche había madurado como un vino exquisito cuando la directora se inclinó hacia adelante y me señaló con el dedo, como dictando sentencia.

—Renata, tu marido me ha sorprendido. Tiene disciplina, sabe obedecer y, además, tiene gracia. Lo necesito. Quiero que me lo prestes.

El silencio se hizo absoluto. Mi corazón se detuvo.

—En mi casa hay tareas que requieren mano delicada —continuó—. Mi esposo no da abasto. Que venga dos tardes por semana; aprenderá lo que es la vida de la alta sociedad a la que tú lo encaminas.

Yo bajé la cabeza, temblando. La idea de servir en casa de otra señora, bajo las órdenes de su esposo, me incendiaba la piel. Renata sostuvo el silencio unos segundos eternos y respondió con la calma de quien cierra un trato importante:

—Por supuesto. Estará a tu disposición cuando lo necesites.

Las copas tintinearon en un brindis final.

—Por los hombres útiles —dijo la directora.

—Y obedientes —añadió Lorena.

—Y hermosos —concluyó Renata, acariciándome la nuca con suavidad cortante.

***

La puerta se cerró tras ellas con un golpe sordo. El salón quedó envuelto en un silencio espeso, cargado del humo de los puros y del aroma dulce del whisky derramado. Yo seguía de pie, con el vestido borgoña ajustado y los tacones clavándome los pies como dagas, sin saber si recoger, arrodillarme o esperar.

Renata, en cambio, se movía con calma. Dejó la copa vacía sobre la mesa y me miró desde el sillón con esa serenidad terrible que solo ella tenía. Su mirada bajó despacio, midiéndome de arriba abajo, y se detuvo en el bulto tenso que abultaba mi falda. Sonrió, y esa sonrisa me hizo temblar más que cualquier orden.

—Ven aquí.

Avancé con pequeños pasos y me arrodillé frente a ella, bajando la cabeza.

—Mírame —ordenó. Alcé los ojos. Su rostro era un mapa de triunfo—. Has sido expuesto, usado, comparado. Y has brillado.

Se inclinó, tomó mi rostro entre las manos y añadió en un hilo de voz:

—Eres mío. Y aun cuando te presten, aun cuando limpies los suelos de la directora o bailes para ella, siempre serás mío. Este coño —dijo, separando las piernas y llevando mi mano bajo su falda hasta la humedad ardiente entre sus muslos—, este coño es tu única dueña. Y esta polla —me apretó el bulto por encima del vestido, con la palma abierta— es mi propiedad. ¿Entendido, mi joya?

—Sí, mi amor —jadeé, sintiendo que se me nublaba la vista.

Entonces me besó. Un beso profundo y abrasador que me arrancó el aire de los pulmones, con sabor a whisky, humo y poder. Su lengua invadió mi boca sin pedir permiso, me chupó los labios como si quisiera bebérmelos, mordió el inferior hasta que gemí. Sus dedos se colaron bajo la falda, encontraron el bulto duro que llevaba horas apretado contra la tela, y lo apretaron con fuerza posesiva. La humillación se fundió con el deseo, y sentí mi cuerpo rendirse por completo.

Me arrastró sobre la alfombra y me obligó a tumbarme boca arriba, el vestido subiéndome hasta los muslos, las medias tensándose. Su rodilla me inmovilizó el pecho.

—Quiero que recuerdes cada palabra que te dijeron esta noche. Cada risa, cada burla, cada orden. Y quiero que las conviertas en deseo. Esta noche voy a follarte como se folla a un trofeo: sin piedad, hasta vaciarte.

Sus manos rasgaron el frente del vestido, no del todo, apenas lo justo para liberar mi polla, que saltó dura, hinchada, palpitando contra mi vientre. Ella la miró con una mezcla de burla y hambre, la tomó entre los dedos y la apretó en la base hasta arrancarme un quejido.

—Miren nomás cómo la tiene el trofeo —susurró, hablándome como si aún estuviéramos frente a sus jefas—. Toda la cena aguantándose, con las medias mojadas de tanto ganas. Dime, mi joya, ¿te calentó que te miraran? ¿Te calentó que te pidieran prestado?

—Sí… —balbuceé.

—Más alto.

—¡Sí, mi amor, me calentó! Me calentó ser tu puta exhibida.

Ella rió, complacida, y bajó la boca. Sentí el calor húmedo de sus labios envolviéndome la punta y me arqueé sobre la alfombra con un grito ahogado. Su lengua bailó alrededor del glande, lo lamió como si fuera un caramelo, y luego, con esa crueldad calculada que tanto amaba, se hundió despacio, tragando mi polla hasta el fondo de la garganta. La chupó con hambre, con ruidos obscenos, mirándome fijo desde abajo para que no dejara de ver quién me tenía a su merced. Cuando yo comenzaba a temblar, cuando el gemido subía traicionero, me soltó de golpe y me apretó las bolas hasta cortarme el aliento.

—No, mi amor. Esta noche no te corres en mi boca. Esta noche esa corrida es mía. Adentro. Toda.

Se incorporó, se levantó la falda hasta la cintura y me mostró que no llevaba nada debajo. Su coño brillaba mojado, hinchado, con los labios abiertos y el clítoris duro. Me tomó del cabello y me tiró la cabeza hacia atrás.

—Antes de que me la metas, quiero que me la comas. Quiero sentir esa boquita bien educada trabajando lo único que importa.

Me montó la cara sin esperar respuesta. Su coño se aplastó contra mi boca, caliente, empapado, con un sabor salado y espeso que me llenó la lengua. La chupé con desesperación, siguiendo las órdenes que llegaban entre tirones de pelo: más adentro, más despacio, ahí, en el clítoris, así, con la lengua plana, ahora los labios, así, así. Me ahogaba en su humedad, la nariz aplastada contra su pubis, la barbilla chorreando. Sus muslos me apretaban las orejas y me dejaban sordo salvo para sus gemidos. Cabalgó mi cara con ritmo firme, restregándose, marcándome, hasta que un grito grave le rompió la garganta y sentí su coño contraerse contra mis labios, la corrida caliente derramándose sobre mi mentón y bajándome por el cuello.

—Buen chico —jadeó, todavía temblando—. Buena joya. Ahora vas a hacer tu trabajo verdadero.

Se corrió hacia atrás, me tomó la polla en la mano, la guió a su entrada y se dejó caer de una sola vez. La sentí tragarme entero, apretada, ardiente, mojada de su propia corrida. Me clavó las uñas en el pecho a través del bustier de strass y empezó a cabalgarme sin piedad. Sus caderas subían y bajaban con un ritmo brutal, sus tetas se sacudían dentro del vestido, y cada embestida arrancaba de la alfombra un crujido sordo.

—Mírame follarte —siseó—. Mírame usar a mi trofeo. Esta polla es mía. Esta corrida que se te está juntando ahí adentro es mía. La quiero toda dentro de mí, ¿me oyes? Toda. Vas a llenarme como el semental fértil que eres.

—Sí, mi amor… sí… —gemí, con las medias rasgándose bajo sus uñas cuando bajó las manos para clavármelas en los muslos.

—Repítelo. Dime para qué sirves.

—Sirvo… sirvo para preñarte —jadeé, con la voz quebrada—. Para llenarte de semen.

—Más.

—¡Soy tu joya, tu puta, tu semental! Mi polla es tuya, mi corrida es tuya, mis hijas son tuyas.

Se inclinó y me mordió el cuello mientras seguía cabalgándome, cada vez más rápido, más profundo. Sentía su coño estrecharse, latir alrededor de mí como un puño de terciopelo, y sabía que no iba a aguantar. Ella lo supo también. Me apretó la mandíbula con la mano, me obligó a mirarla a los ojos.

—Ahora. Vaciate ahora. Adentro. Todo.

—Soy tu esposo —murmuré con la voz entrecortada, sintiendo el orgasmo trepar por la espina.

—Más fuerte.

—¡Soy tu esposo y tu trofeo! —grité, con lágrimas en los ojos.

—Eres mi joya —me corrigió, hundiendo la boca en mi cuello—. Y hoy lo has demostrado. ¡Ahora córrete, mi amor, córrete adentro!

Estallé con un aullido ronco que resonó en el salón vacío. Sentí mi polla latir dentro de ella, chorro tras chorro, vaciándome hasta el último resto, mientras ella se contraía a mi alrededor con su segundo orgasmo, gimiendo contra mi oreja, susurrando obscenidades que se me clavaban como agujas dulces. La pasión se volvió un torbellino sin control. Se quedó sentada sobre mí unos segundos, sin dejarme salir, apretando el coño para retenerlo todo dentro.

—Ni una gota se pierde —susurró—. Esta corrida se queda donde tiene que quedarse.

Cuando finalmente me dejó caer, exhausto sobre la alfombra, mi piel brillaba de sudor y mis mejillas ardían. El vestido borgoña estaba subido hasta la cintura, las medias colgaban en jirones, el bustier torcido, mi polla todavía húmeda descansaba blanda contra el muslo, chorreando los restos de nuestra mezcla. Ella me cubrió con su cuerpo, me acarició el cabello y susurró en mi oído:

—Mañana recogerás todo esto. Ahora ven, quiero cuidarte, mi dulce esposo. Te lo mereces.

La miré feliz y enamorado como el primer día, y me dejé llevar hacia nuestro dormitorio. Más tarde, ya acostados, ella me abrazó por la espalda, la mano abierta sobre mi vientre bajo, como si custodiara lo que me había dejado dentro.

—Estoy orgullosa de tenerte. Pronto nos mudaremos a una casa más grande, con jardín y piscina, como a ti te gusta. Y formaremos una familia numerosa. ¿Cuántas hijas te gustaría tener?

Le sonreí, sorprendido por la pregunta.

—No sé… quizá dos. Pero tú eres quien decide.

—¿Solo dos? Yo quiero al menos cuatro. Así que ve preparándote, mi querido marido. Quiero llegar del trabajo y encontrar la casa llena de vida. Y quiero seguir vaciándote cada noche hasta que esa polla no dé para más.

Me acerqué con un gesto juguetón a su oído.

—Lo que tú quieras, mi amor.

—Encantador de serpientes —susurró ella—. Esta noche dejaste a mis jefas fascinadas; hasta te reclamaron para ellas. Es un punto a tu favor. Pero te prevengo de una cosa: cuando llegue el día y vayas a casa de la directora, lleva la cabeza bien alta. Porque no serás suyo ni de nadie. Eres mío. Solo mío. Esta polla se corre solo en mi coño. Jamás lo dudes.

Sentí sus palabras mientras su cuerpo me envolvía. Y, ganándome el sueño, cerré los ojos entregado, roto y pleno a la vez, con la certeza de que mi destino jamás me alejaría de ella.

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Comentarios(8)

Karlita_88

tremendo!!! mas de esto por favor

nocturno_RD

hay continuacion? quede muy intrigado con como termino la noche

BartoCba

Muy bien escrito, se nota que sabes narrar. Gracias por compartir

PatriLectora

me recordó a una situación que vivi hace tiempo, jeje. Muy real todo, se siente genuino

Tomas_79

Increible como lograste transmitir esa mezcla de nervios y emocion. Sigue escribiendo!!

LauraM_BA

me encanto la dinamica entre ellos, se nota que hay mucha complicidad. Lo leí de un tirón

RodriViajero

excelente relato!!

NelsonPC

Leí varios relatos hoy y este fue el que mas me enganchó. Se siente autentico, no forzado. Ojalá escribas mas seguido.

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