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Relatos Ardientes

Desperté siendo la sumisa de mi propia esposa

Me desperté sin saber todavía que todo había cambiado. Lo primero que sentí fue el peso de Renata sobre mí, su cuerpo moviéndose con una fuerza que yo no le conocía, y mis propios gemidos saliendo agudos, casi quebrados, mezclados con un dolor que recorría cada parte de mi cuerpo.

Ella, en cambio, solo emitía sonidos de placer. Una respiración honda, dominante, segura. No había rastro de la mujer delicada con la que me había acostado la noche anterior.

Otras veces era yo quien marcaba el ritmo. Esa mañana, aún sin abrir los ojos, supe que no llevaba yo el deseo, sino ella. De una manera salvaje, brutal, completamente desenfrenada.

Sentí cómo algo grueso, duro y caliente me abría por dentro, entraba y salía con un chapoteo obsceno, chocando contra algo muy hondo en mí que jamás había sentido antes. Cada embestida me arrancaba un quejido agudo por la garganta, y las piernas se me abrían solas, temblorosas, envolviendo unas caderas anchas que embestían con un ritmo de macho en celo. Había humedad entre mis nalgas, humedad tibia y espesa resbalando hacia la sábana, y un ardor que quemaba y hacía gozar al mismo tiempo.

—Así, mi dulce putito —dijo con la boca pegada a mi oído—. Sabés que así te quiero. Todo para mí, entregado, deseando que te haga gozar mil veces. Abrí bien ese culito, dale, mostrame lo bien que aprendiste a recibir la verga de tu dueña.

Eran mis palabras. Cosas que yo le había susurrado a ella en otro tiempo, cuando la cama era mi territorio. Ahora salían de su boca mientras me embestía sin piedad, sin importarle si yo disfrutaba o no. Una mano suya me tomó del cuello, no para ahogarme, para marcarme, para sostenerme contra el colchón mientras el otro brazo me levantaba una nalga y me abría todavía más. La polla —porque eso era, una polla enorme y venosa que yo no me explicaba— me llenaba entero, me hacía gemir con una voz aguda y ajena que salía de mi propia garganta.

—Decilo —jadeó ella, embistiendo más hondo—. Decime de quién es este culito.

—Tuyo… tuyo, mi amor —lloriqueé, y no reconocí mi voz.

—Tuyo qué, putito.

—Tuyo… tuyo, mi dueña. Todo tuyo.

Me embistió más rápido al escucharme, y algo entre mis piernas —algo pequeño, tibio, ridículamente sensible— empezó a gotear pegado a mi propio vientre sin que yo lo tocara. Cada empujón lo hacía saltar y golpearse contra mi bajo vientre y yo gemía más agudo, más quebrado, como una mujer.

Me dolía. No solo el sexo, sino el cuerpo entero, como si algo más profundo se hubiera reacomodado durante la noche. Todo parecía irreal, un sueño dentro de otro sueño. Hasta que la oí gritar de placer, sentí su orgasmo estallar sobre mí —dentro de mí, un chorro caliente y espeso llenándome las entrañas, corrida tras corrida vaciándose en mi culo—, y abrí los ojos.

Era real. Demasiado real.

Sobre mí estaba Renata, desnuda, con un físico que no era el suyo. Hombros anchos, brazos firmes, una musculatura que la noche anterior no existía. Entre sus piernas, todavía dura, brillante de semen y de mis jugos, una verga gruesa que se sacudía sola después del orgasmo. Y yo, debajo, más delgado en todo sentido, con un conjunto de lencería y un camisón de seda subido hasta la cintura que reconocí enseguida: era idéntico a los que ella solía usar. Entre mis muslos abiertos, en lugar de mi propia polla, colgaba una cosita rosada y mojada, chorreando semen tibio, apenas más grande que un pulgar.

—Te dije que no te corrieras sin permiso —me advirtió, todavía agitada, sacándome la verga de adentro con un chasquido húmedo que me hizo estremecer—. ¿O ya te olvidaste de cómo la pasaste la última vez?

Sentí cómo su corrida empezaba a resbalar afuera de mí, caliente, gruesa, manchando la seda del camisón y las sábanas. Ella se pasó los dedos por la punta, todavía brillante, y me los metió en la boca sin avisar.

—Chupá. Limpiame.

—Sí, mi amor, sí —respondí con los dedos adentro, y me puse a lamer obediente, tragando su semen espeso y salado, mi propia saliva mezclándose con lo que ella me había dejado adentro.

Quise decir otra cosa, quise preguntar qué estaba pasando, pero solo me salía esa voz dulce y melosa que no me pertenecía. Y antes de poder ordenar una sola idea, ella me tomó la cabeza con las dos manos, me guio hasta su verga todavía sucia y me la metió entera en la boca. Se la mamé sin pensar, ahogándome, con los ojos llenos de lágrimas, mientras ella se movía sola contra mi cara y volvía a explotar de placer sin esperarme, sin necesitarme, vaciándose una segunda vez en mi garganta.

***

Cuando terminó, se separó de mí de un salto. Se puso de pie al lado de la cama con una energía que jamás le había visto, llena de vigor, como si la mañana le perteneciera. La verga, todavía a medio bajar, le colgaba pesada entre los muslos, brillando con mi saliva.

—Andá preparando el desayuno mientras me ducho —ordenó, casi con desprecio.

La miré alejarse. Su cuerpo musculado y firme se recortaba contra la luz que entraba por la ventana, las curvas redondeadas —las nalgas duras, la espalda ancha— brillando a contraluz. Sin detenerse, agregó:

—Ah, y no te olvides de dejarme la ropa de trabajo sobre la cama, como siempre. ¿Planchaste mis camisas?

No esperó respuesta. Entró al baño dejando la puerta abierta, como hacía yo antes, sin ningún pudor. Escuché el agua de la ducha, después su voz cantando una canción cualquiera, una voz más grave de lo que recordaba.

Sentí vergüenza y enojo. Me molestaba que dejara la puerta abierta, me molestaba escucharla, me molestaba el agua corriendo sin sentido. Y al mismo tiempo, debajo de esa molestia, había algo nuevo: una especie de orgullo agotado por haberla complacido, un calor extraño que seguía latiendo en mi cuerpo, y entre mis nalgas un cosquilleo húmedo que me recordaba, con cada movimiento, que ella había estado adentro.

¿Qué me está pasando?, me pregunté, apretando los muslos para retener su semen un poco más.

Esas mismas quejas las decía ella antes, cuando yo dejaba la puerta abierta, y yo me reía. Ahora era yo quien la recriminaba en silencio por desprolija, por desperdiciar el agua. Como si nos hubiéramos intercambiado el papel completo, hasta en los reproches.

***

Me levanté de la cama como una autómata, sin pensar, y fui a buscar su ropa. Al incorporarme sentí un hilo tibio bajarme por la cara interna del muslo, y me lo limpié con la mano sin pensarlo, como si ya lo hubiera hecho mil veces. Esperaba encontrar sus vestidos. En cambio, el armario estaba lleno de ropa de hombre, ordenada exactamente donde antes estaba la mía. Ese lado del placard había sido siempre el mío.

Entonces el espejo me devolvió una imagen que no comprendí. Una cara distinta. El pelo largo y rubio, revuelto por el sexo. Una silueta delgada, piernas finas y depiladas, y un camisón de seda rosa con mis iniciales bordadas sobre el pecho, ahora manchado de semen sobre el vientre. Debajo de la seda se marcaban dos pechos pequeños y firmes, con los pezones erectos, sensibles al roce de la tela. Entre los muslos, la lencería —una tanga blanca de encaje— estaba empapada y torcida, dejando ver un vello púbico rubio y ralo y aquella cosita rosada, aún mojada, colgando fláccida entre unos huevitos diminutos.

Me quedé inmóvil unos segundos. Adentro del baño, ella seguía cantando con esa voz ronca y ajena.

Como obligado por una rutina que no recordaba haber aprendido, tomé una de sus camisas blancas, perfectamente planchada, con iniciales en los puños. Saqué un traje azul, una corbata a juego, los gemelos. Abrí el cajón de la ropa interior esperando encontrar la lencería fina que ella usaba, y solo había bóxers de algodón, simples, masculinos. En el cajón de las medias, en lugar de las suyas de seda, había pares oscuros de hombre, algunos también con iniciales. Y donde antes guardaba tacones, ahora había mocasines y zapatos sin taco.

Bajé la mirada hacia mis propios pies. Llevaba unas chinelas de cama con un taco de cinco centímetros, rematadas con un detalle de plumas. Las uñas pintadas de rojo, justo del color que a ella le gustaba.

Ayer yo era…

No pude terminar el pensamiento. Una punzada me atravesó la cabeza, tan aguda que tuve que apoyarme en el borde de la cama para no caer. Era como si una mano invisible me prohibiera recordar quién había sido la noche anterior.

***

El miedo me empujó hacia la cocina. Casi pánico. Ella me había pedido el desayuno y algo en mí sabía, con una certeza absoluta, que no podía fallarle.

Dejé su ropa sobre la cama, acomodada al milímetro, sin necesidad de pensar en cómo le gustaba. Mis manos ya lo sabían. Salí a toda prisa, los tacos golpeando el piso de madera con cada paso, el corazón agitado en el pecho, y a cada zancada sentía el culo abierto, resbaladizo, todavía filtrando gotas espesas que me mojaban la parte interna de los muslos.

No le puedo fallar. Si fallo, me va a castigar.

La idea apareció sola, en una voz que no era del todo mía. Y junto al miedo, otra vez esa sensación tibia, una mezcla de devoción y deseo que nunca antes había sentido por nadie. Se me apretó el coñito —porque ya empezaba a llamarlo así en mi cabeza, aunque todavía tuviera esa cosita entre las piernas— con un espasmo húmedo, y una gota de semen suyo cayó al piso de madera. Me detuve un instante, con las mejillas ardiendo, y la limpié con la punta de la chinela antes de seguir.

Al pasar frente al espejo grande del pasillo, descubrí una sonrisa dibujada en mi cara. Una sonrisa que no había decidido poner. Mis facciones se veían más suaves, las cejas delineadas, los labios pintados y carnosos, brillantes todavía de la mamada. En la comisura tenía un resto blanquecino que me limpié con el dorso de la mano y, sin querer, me lamí después el dorso, tragándolo.

En la cocina, mi cuerpo se movió solo, con una soltura que me sorprendió. Puse el café. Doloré las tostadas justo en su punto. Serví el jugo, dispuse la mermelada y la manteca como a ella le gustaban. Acomodé la mesa sin dejar nada fuera de lugar, pensando únicamente en complacerla.

Cada vez que intentaba detenerme, preguntarme cómo era posible todo esto, un nuevo pinchazo me clavaba en el interior de la cabeza y se multiplicaba por todo el cuerpo, hasta hacerme gemir. El dolor solo cedía cuando volvía a concentrarme en la mesa, en el desayuno, en ella.

Sin recordar siquiera de dónde había salido, encontré el diario y lo coloqué a un palmo de su taza, frente a la cabecera, donde ella se sentaba ahora.

***

Me quedé de pie junto a la mesada, esperándola. Una sensación de bienestar y orgullo me envolvía entero, ajena y total. La respiración se me fue calmando, y noté que mi pecho, bajo la seda del camisón, ya no subía y bajaba como minutos atrás. Había algo distinto incluso ahí, una forma que la tela dibujaba y que yo no me animaba a tocar. Cuando por fin bajé la vista, vi dos pechos pequeños marcados con nitidez, los pezones parados, apretados contra la seda manchada. Sin querer me rocé uno con el filo del brazo y se me escapó un gemido bajito. Todo mi cuerpo estaba encendido, sensible, listo para ella.

Entonces escuché sus pasos bajando la escalera, acercándose por el pasillo. Y todo mi cuerpo se tensó sin que yo lo decidiera.

Instintivamente, bajé la cabeza. Dejé que el pelo me cubriera media cara. Mis manos se encontraron solas frente a la falda del camisón, los dedos entrelazados, en una postura de espera que jamás había aprendido y que, sin embargo, mi cuerpo conocía de memoria.

Quería que llegara. Quería que viera la mesa servida a su gusto. Quería —y eso era lo que más me asustaba— que estuviera orgullosa de mí. Que me metiera la mano por debajo del camisón, me agarrara del culo lleno de su corrida seca y me dijera que era su putito bueno.

—Buen día, mi putito —dijo desde la puerta, ajustándose la corbata que yo le había dejado lista—. Veamos si hoy hiciste bien tu tarea.

—Sí, mi amor —murmuré, sin levantar los ojos—. Está todo como te gusta.

Renata caminó despacio alrededor de la mesa, revisando cada detalle. El café, las tostadas, el diario en su lugar exacto. Yo seguía con la cabeza gacha, conteniendo la respiración, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda bajo la seda.

—Mirame —ordenó.

Levanté la vista. Sus ojos eran los mismos de siempre, pero la forma en que me miraban era nueva: como se mira algo propio, algo que se posee.

—Bien —dijo al fin, y me acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Cuando uno aprende su lugar, todo es más fácil. ¿No te parece?

Asentí. No por miedo, esta vez, sino porque una parte de mí —una parte que crecía con cada minuto— estaba empezando a creerle.

Sin dejar de mirarme, deslizó la mano por mi cuello, bajó por el escote y me apretó un pecho a través de la seda. Se me escapó un gemido agudo, y ella sonrió.

—Cada día más sensible, mi putito. —Me pellizcó el pezón despacio, torciéndolo lo justo para hacerme temblar—. Vas a ser una buena esposita.

La otra mano me bajó por la espalda, se coló bajo el camisón y me abrió una nalga. Sentí sus dedos hundirse entre mis nalgas pegajosas, encontrar el borde caliente de mi culo todavía suelto, y meterse dos falanges de golpe. Su semen chapoteó adentro. Yo gemí contra su camisa, mordiéndome el labio, aferrándome a su cintura para no caer.

—Sí… sí, mi dueña —jadeé sin poder evitarlo.

—Buena chica —susurró, sacando los dedos y limpiándolos en la seda de mi camisón—. Después del trabajo, seguimos.

Se sentó en la cabecera, abrió el diario y tomó la taza sin agradecerme. Yo permanecí de pie a su lado, las manos otra vez entrelazadas frente a la falda, atenta a cualquier cosa que necesitara, con los muslos apretados y el culo latiendo, esperando la noche.

Quise hacer memoria una última vez. Quise recordar el sonido de mi propia voz grave, el peso de mi cuerpo anterior, la sensación de ser yo quien daba las órdenes en esta casa, quien la penetraba a ella. Pero apenas lo intenté, la punzada volvió, más suave ahora, casi una advertencia cariñosa.

Y entendí que era mejor no insistir.

El sol entraba por la ventana de la cocina e iluminaba la mesa que yo había preparado. Renata sorbía su café en silencio. Yo la miraba, sintiendo cómo el miedo se diluía despacio en algo parecido a la entrega, y me preguntaba, con un escalofrío que no sabía si era de pánico o de deseo, cuánto tiempo me quedaría de la persona que había sido antes de esa mañana.

Sospechaba la respuesta. Y, para mi propia sorpresa, esa sospecha ya no me dolía tanto.

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Comentarios(8)

LunaOscura

tremendo relato, no pude dejar de leerlo hasta el final!!! quiero mas de esta historia

Tomas72

Que inicio tan bueno. La premisa te atrapa desde el primer parrafo. Espero que haya segunda parte porque se hizo muy corto.

NinaScarlatta

Nunca habia leido algo de esta categoria y la verdad me sorprendio para bien. Muy bien escrito, gracias por compartirlo.

Rodrigo88

jaja me mato el titulo, lo lei dos veces para entenderlo bien. Buenisimo!

CuriosaLect7

Tengo curiosidad, hay alguna continuacion planeada? Me quede con ganas de saber como sigue la dinamica entre ellos dos.

VicenteRdz

Buen relato, se nota que esta escrito con ganas. Con solo leer el resumen ya supe que lo iba a disfrutar.

Marita76

Ay que lindo que alguien escriba algo asi, es un tema que no se ve seguido y lo trataste con mucha naturalidad. Gracias!

SilviaCba33

Me senti identificada con la dinamica que describis, es muy real esa sensacion de que en algunas parejas los roles se invierten solos sin que uno se de cuenta jajaj. Excelente trabajo!

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