Mi vecino me deseó sin saber mi secreto
Era de noche, pero el rumor constante de las olas tenía algo hipnótico que me ayudaba a respirar. Desde mi ventana veía la playa apenas iluminada por las farolas del paseo, una línea de luz amarilla recortada contra la oscuridad del agua. Y justo enfrente, al otro lado de la calle estrecha, el edificio donde vivía él: mi vecino del tercero.
Nos habíamos conocido en un chat hacía un par de meses. Nada formal, nada que tuviera nombre todavía. Solo mensajes que empezaban tarde y terminaban más tarde aún, palabras que se iban poniendo densas con cada noche, una curiosidad que crecía sin que ninguno de los dos quisiera frenarla. Él se llamaba Adrián, o al menos eso me había dicho. Yo le había contado casi todo de mí. Casi.
Había una parte que preferí dejar entre líneas, una verdad que se intuía en mis fotos a contraluz pero que nunca puse en palabras. Quería que la descubriera él mismo, esa noche, con los ojos.
Llevaba toda la semana imaginando esa noche. En la oficina, entre informes y llamadas, mi cabeza se escapaba al otro lado de la calle, a esa ventana iluminada que veía cada madrugada al cerrar las cortinas. Adrián no tenía ni idea de que su vecina de enfrente era la misma persona con la que hablaba hasta las tres de la mañana. Esa distancia mínima, apenas unos metros de asfalto entre los dos edificios, hacía que todo resultara más vertiginoso.
Me preparé despacio, como quien arma un ritual. Cada gesto tenía su tiempo. Me enfundé el body de encaje negro que tanto me gustaba sentir contra la piel, esa prenda que no cubría sino que insinuaba. Las medias subieron ajustadas por mis piernas, acariciándome con su tacto fino. Me coloqué la peluca de ondas castañas, larga, suave, y los tacones que me daban una seguridad distinta, una manera de pisar el suelo como si el suelo fuera mío.
Por encima, un vestido largo y entallado cayó sobre mi cuerpo como un suspiro. Me miré al espejo más tiempo del necesario. Sentí ese cosquilleo que ya conocía: nervios, deseo y unas ganas urgentes de entregarme a lo que viniera, fuera lo que fuera.
Le escribí desde la cama, con el pulso un poco acelerado:
—Estoy lista. Puerta entreabierta. Si te atreves.
No tardó ni dos minutos. Oí el portal abajo, después sus pasos subiendo las escaleras con una prisa que él intentaba disimular. Mi corazón golpeaba fuerte, pero no era miedo. Era anticipación pura, esa que te seca la boca y te enciende el resto.
La puerta se abrió lentamente.
Y allí estaba. Alto, la mirada intensa, con esa sonrisa ladeada que ya conocía por las fotos pero que en persona pesaba mucho más. Se quedó en el umbral un instante, evaluando la penumbra del salón, las luces bajas, mi silueta esperándolo de pie junto a la mesa.
No dijo nada al principio. Solo me recorrió de arriba abajo, despacio, como si me desnudara cada centímetro con los ojos antes de tocar nada.
Di un paso hacia él y dejé que el vestido se deslizara por mis hombros. Cayó al suelo con un susurro de tela. Me quedé ante él vestida solo con el encaje, las medias y los tacones, sosteniéndole la mirada. El body me apretaba la entrepierna y ahí, bajo la tela negra, se marcaba con toda claridad el bulto de mi polla dura, tensa desde hacía horas de tanto pensar en ese momento.
Su vista bajó lentamente, deteniéndose en cada curva, en el encaje que prometía más de lo que tapaba, en ese contorno inconfundible que se dibujaba entre mis muslos. Vi cómo tragaba saliva. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Y vi, sobre todo, cómo en su pantalón empezaba a formarse una hinchazón que no intentó disimular.
—Así que… eras tú —dijo al fin, con una voz grave, casi ronca.
—Soy yo —respondí bajito—. ¿Te asusta?
Negó despacio con la cabeza y se pasó la lengua por el labio. Sonrió.
—Me pone a mil, joder.
No dije nada más. Le di la espalda con una sonrisa provocadora y caminé hacia el ventanal que daba al mar. Las cortinas se mecían apenas con la brisa, y yo sabía exactamente lo que él veía: mi figura recortada contra la luz tenue de la calle, el cuerpo envuelto en lencería, la caída del body entre las medias y el brillo discreto de los tacones sobre el parqué. Y las nalgas, apenas cubiertas por la tira del tanga de encaje, moviéndose al compás de mis caderas.
Oí cómo se acercaba. Sus pasos lentos. Su respiración, ya más rápida.
Cuando sentí su mano en mi cintura, cerré los ojos. Su tacto era firme pero cuidadoso, como si midiera cuánto podía atreverse. Me giró con suavidad y sus labios rozaron los míos apenas un segundo, antes de bajar por mi cuello. Su otra mano bajó directa hasta mi entrepierna y me apretó por encima del encaje, palpando el bulto duro que llevaba ahí escondido.
—Joder, cómo la tienes —murmuró contra mi oreja—. Dura como una piedra.
Solté un gemido entrecortado mientras él me exploraba con una mezcla de hambre contenida y algo parecido a la adoración. El encaje se tensaba bajo sus dedos. Las medias crujían levemente cada vez que su mano resbalaba por mi muslo. Con dos dedos me apartó la tela del tanga y me sacó la polla al aire. Estaba brillante en la punta, empapada de precum, y él no dudó: me agarró la verga entera con la mano y empezó a masturbarme despacio, con firmeza, mirándome a los ojos.
—Estás preciosa así —murmuró—. Con tacones, con encaje, y con esta polla dura para mí. No sabes cuánto he fantaseado con este momento.
Me temblaron las piernas. Le busqué la bragueta y le bajé el cierre. Metí la mano y saqué la suya: gruesa, caliente, palpitando en mi palma. Nos quedamos así un segundo, cada uno con la polla del otro en la mano, mirándonos, respirando fuerte, con las frentes casi pegadas.
—Chúpamela —le pedí, sin apartar los ojos.
—Primero tú, guarra —contestó con media sonrisa—. Quiero verte de rodillas.
Bajé sin dudarlo. La moqueta amortiguó el impacto y quedé arrodillada frente a él, con la peluca cayéndome sobre los hombros y la boca a la altura justa. Le bajé el pantalón hasta los muslos, le aparté el bóxer y ahí la tuve, gorda, tirante, con la vena marcada por debajo. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, muy despacio, y le arranqué un jadeo largo.
—Joder, así, sigue —gimió, poniéndome la mano en la nuca.
Abrí bien la boca y me la metí entera, hasta sentirla golpear al fondo de la garganta. Se me llenaron los ojos de agua pero no me aparté. Empecé a mamársela con ritmo, subiendo y bajando, chupándole el glande cada vez que llegaba arriba, tragando saliva alrededor de su verga cuando la bajaba entera. Él me sujetó el pelo con las dos manos y empezó a follarme la boca, embistiendo despacio primero, más fuerte después. Yo gemía con la boca llena, babeando, dejando que los hilos de saliva le cayeran por los huevos.
—Qué bien la chupas, cabrona… así… trágala toda —jadeaba entre embestidas.
Me saqué la polla de la boca un momento para respirar y le lamí los huevos, uno primero, después el otro, metiéndomelos en la boca con cuidado mientras le sacudía la verga con la mano. Él soltó un gruñido animal y me obligó a volver a subir. Le mamé otra vez, hondo, con ganas, hasta que noté que se le tensaba todo el cuerpo y me apartó con un tirón del pelo.
—Para, para… todavía no. Ponte de pie. Contra la pared.
Me apoyé contra la pared junto al ventanal mientras sus manos descendían sin prisa. El mar seguía respirando ahí fuera, ajeno a todo, y yo ya me sentía completamente suya.
Separé un poco las piernas. Sentía el encaje pegado a la piel, su aliento cálido recorriendo mi espalda descubierta. Con una mano me sujetó por la cadera; con la otra apartó el borde del body hacia un lado, dejándome el culo al descubierto. Escupió en sus dedos y me los pasó por el ojete, masajeándomelo en círculos, metiéndome uno primero, después dos, abriéndome despacio.
—Qué apretado lo tienes… te voy a destrozar este culo —susurró.
—Sí… hazlo… fóllame ya —le contesté con la voz ronca.
Sacó los dedos y noté el glande gordo apoyarse contra mi entrada. Empujó apenas, rozando, sin terminar de avanzar, jugando con la frontera. Me hizo esperar a propósito mientras me besaba el cuello y me apretaba la cintura con dedos firmes.
—¿La quieres? Pídemela.
—Métemela, por favor… métemela toda.
Entonces, con un solo movimiento medido, me apretó un poco más contra la pared y avanzó. Sentí cómo me abría despacio, con firmeza, y cómo cada milímetro me obligaba a ceder, a rendirme un poco más a él. Su verga entró rompiéndome, ensanchándome, hasta que sus huevos chocaron contra mis nalgas. Tuve que sujetarme del marco de la ventana para no doblarme.
—Joder… qué culo tienes… —gruñó contra mi nuca, deteniéndose un instante para dejarme respirar.
Gemí, sin poder ni querer evitarlo. El placer era intenso, atravesado por esa punzada justa que me recordaba lo que estaba pasando, lo profundo que me estaba tomando. Mi polla, atrapada entre mi vientre y la pared, chorreaba precum sobre el parqué. Y aun así lo quería entero.
Sus movimientos empezaron lentos, hondos, marcando un ritmo paciente. Cada uno me empujaba contra la pared, contra su pecho, contra la sensación de pertenecerle del todo. Salía casi hasta la punta y volvía a entrar hasta el fondo, sacándome un gemido con cada embestida. Me sujetó del pelo con cuidado, tirando apenas hacia atrás, mientras se hundía con una fuerza que me doblaba las rodillas.
—Así, cógeme… más fuerte —le supliqué.
Aceleró. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenó el salón, mezclado con el chapoteo de la saliva y nuestra respiración rota. Me pasó una mano por delante y me agarró la polla. Empezó a hacerme una paja al mismo ritmo que me follaba, sincronizado, cada embestida un tirón, cada tirón una embestida. Yo ya no sabía si gemía por lo que sentía dentro o por lo que sentía en su puño.
Mis uñas se clavaban en el yeso frío. El mar seguía rugiendo afuera, como si acompañara cada embestida con su propio compás.
—Mírate —jadeó—. Te encanta que te folle el culo, ¿verdad, guarra?
—Sí… no pares… más… —alcancé a decir.
Y no paró. Me tomó con hambre, con deseo, con esa mezcla extraña de lujuria y ternura que no solo te recorre el cuerpo sino algo más adentro, en un sitio que no tiene nombre. Y yo, con el maquillaje empezando a correrse por el sudor, gemía y me rendía y disfrutaba como pocas veces en mi vida.
Me sacó la polla de golpe, me giró de un tirón y me levantó una pierna, apoyándomela en su cadera. Sin decir nada, me volvió a meter la verga y siguió embistiendo de frente, contra la pared, ahora mirándome a los ojos. Me chupó la boca, me mordió el labio, me lamió el cuello mientras me clavaba la polla hasta el fondo.
—Quiero verte la cara cuando te corras —murmuró.
Me masturbaba con la mano derecha mientras me follaba con la cadera. Sentí ese calor conocido subir desde los pies, apretarme el vientre, tensarme todo el cuerpo. Me apretó más fuerte y aceleró, embistiendo con rabia, y yo exploté. Mi corrida salió a chorros gruesos y calientes contra su mano, contra mi propio vientre, contra la pared. Grité algo que no era una palabra, algo animal. Él siguió follándome durante mi orgasmo, alargándomelo, sin dejar de darle a mi polla que seguía escupiendo hasta la última gota.
—Qué barbaridad… te has corrido conmigo dentro… —jadeó.
Sus embestidas se volvieron más rápidas, más urgentes. Cada vez que se hundía sentía su cuerpo temblar contra el mío. Yo ya no pensaba, solo gemía, entregada por completo, sintiendo cómo todo en mí se estremecía con cada golpe de su cadera.
Hasta que se detuvo de golpe. Jadeando. Apretándome con las dos manos.
—Date la vuelta. De rodillas. Quiero acabarte en la cara.
Obedecí con las piernas temblando. Me deslicé hasta quedar de rodillas frente a él, el cuerpo aún vibrando por dentro, el semen resbalándome todavía por el vientre. Me miró desde arriba con una intensidad que me recorrió la espalda, y yo le sostuve la mirada, esperando, con la boca abierta y la lengua fuera.
Lo acerqué a mi boca despacio, recorriéndolo primero con la lengua, limpiando mis propios restos, dejándolo entrar entre mis labios mientras él respiraba entrecortado y me sujetaba la nuca con una mano. Cerré los labios a su alrededor y empecé a moverme con ritmo, subiendo y bajando, sintiendo cómo se tensaba más con cada pasada. Le saqué la polla y le lamí la punta, dando vueltas con la lengua, mirándolo desde abajo con los ojos muy abiertos.
—Dios… así… no pares —murmuró—. Métetela toda, guarra.
Volví a tragarla entera. Sus caderas se movían solas, marcando el compás de mis labios. Yo lo miraba desde abajo, con la boca abierta y el maquillaje corrido, entregada del todo a su placer y al mío, porque verlo perder el control me encendía tanto como cualquier caricia. Le agarré los huevos con una mano y se los apreté suavemente, mientras con la otra le sacudía la base de la polla al ritmo de mi boca.
—Me corro… joder… me corro —gruñó.
Un temblor brusco le recorrió el cuerpo. Se apartó de mi boca con un gemido ronco y empezó a masturbarse frente a mi cara. El primer chorro me alcanzó la frente y bajó por el puente de la nariz. El segundo me cayó en la mejilla, caliente, espeso. El tercero me llenó los labios entreabiertos y la lengua. Yo lo miré sin cerrar los ojos, saboreando, tragando lo que me caía en la boca, dejando que el resto me chorreara por la barbilla hasta las tetas por debajo del encaje.
—Qué imagen… —murmuró entre jadeos, casi sin voz—. No te imaginas.
Me relamí despacio, con una sonrisa provocadora, recogiendo con el dedo lo que me quedaba en la mejilla y llevándomelo a la boca, mientras el cuerpo aún me temblaba por la corriente que no terminaba de bajar.
Me observó desde arriba un momento largo, recolocándose la ropa sin apartar los ojos de mí.
—No sabes lo increíble que ha sido esto —dijo, abrochándose el pantalón—. Nos vemos pronto.
Y sin añadir nada más, se fue. Oí la puerta cerrarse y después sus pasos bajando las escaleras, más despacio que cuando subió.
Me quedé allí, de rodillas en mitad del salón. El body descolocado, pegado a la piel sudada. Las medias caídas hasta los muslos. El maquillaje me dibujaba sombras bajo los ojos y un trazo difuso hacia la comisura de la boca. Los restos de su corrida todavía tibios en mi cara.
Afuera, el mar seguía rompiendo contra la arena, indiferente, eterno. Me levanté despacio, todavía con las piernas flojas, y caminé hasta el ventanal. La luz de su piso se encendió al otro lado de la calle. Lo imaginé mirando hacia aquí, hacia mi silueta recortada contra la oscuridad, preguntándose lo mismo que yo me preguntaba.
Aquella noche me sentí más deseada, más vista y más yo de lo que me había sentido en mucho tiempo. Sonreí en la penumbra, con el sabor de él todavía en los labios.
Y supe, mientras corría la cortina, que «nos vemos pronto» no había sido una despedida.





