Bailé para los dos y ya no pude parar
La casa llevaba dormida desde hacía rato y el chalet olía a jazmín y a césped mojado. Bajé al jardín con el paquete de tabaco en la mano, harta de dar vueltas en la cama por culpa del calor y del enfado. Solo quería fumar un cigarrillo tranquila y volver a intentarlo con la almohada.
Llevaba puesto el camisón de tul negro y una braguita mínima, nada más. Era la lencería más provocadora de la maleta, la que había reservado para Iván antes de que me confesara la estupidez esa por la tarde y le cerrara la puerta del dormitorio en la cara.
—¿Ariadna?
Nicolás salió de detrás del emparrado con una lata en la mano. Yo me sobresalté y me crucé los brazos por reflejo. Era el mejor amigo de Iván, un tipo tranquilo, atractivo, casi tímido, y llevábamos todo el fin de semana esquivándonos la mirada después de que en la piscina, la tarde anterior, se me hubieran cruzado los cables y le hubiera devuelto una sonrisa que no debía.
—Perdona, no quería asustarte —murmuró—. Yo tampoco podía dormir.
—No pasa nada. Solo bajé a fumar.
Le aguanté la mirada más tiempo del debido. Nicolás recorrió mi camisola sin disimulo y sentí cómo se me ponían duros los pezones bajo la tela. El burbujeo de la tarde volvió al estómago con toda su fuerza, y pensé que igual había sido buena idea bajar sin la bata.
—Buenas noches, parejita.
Julián apareció por el camino de piedra con un pack de cervezas colgando del dedo. Era el otro amigo de Iván, todo lo contrario a Nicolás: descarado, guapo hasta molestar, con la cara dura suficiente para venderle una nevera a un pingüino. Nos ofreció un botellín a cada uno y señaló la caseta de invitados con la cabeza.
—Entremos ahí a tomarla, que aquí vamos a despertar a la casa.
No era buena idea. En el jardín, la camisola tenía un pase; con la luz de dentro, ya no tanto. Pero abrí la boca para excusarme y no me salió nada, y los seguí. Al fin y al cabo, si me apetecía o no volver a la cama con Iván era problema mío.
Julián encendió cuatro velas de un candelabro y me repasó de arriba abajo cuando la luz me alcanzó.
—¡Guau, Ariadna! Vaya modelito.
—Estaba en la cama —me defendí—. No esperaba encontrarme con nadie.
—Ya lo suponemos —se rio—. Nicolás, no te quedes ahí. Ven a sentarte conmigo, tío, que se me está ocurriendo una idea buenísima.
Nicolás obedeció y se sentó a su lado, cabizbajo. Julián le pasó el brazo por los hombros como si fueran dos colegas de bar, y a mí me señaló la silla de enfrente.
—Antes de irnos a dormir, un favor pequeñito. Eres modelo, ¿verdad? Un pase privado. ¿Nos harías eso?
Me reí, más por nervios que por sorpresa. Julián fingió ofenderse.
—¿Por qué te ríes? ¿Sabes que creo que eres la criatura más divina que he tenido el gusto de conocer? ¿Qué mayor placer que verte lucir todo lo que tienes?
Volví a reírme, y encendí el cigarro con la vela que me acercó. El burbujeo se me estaba llenando de un cosquilleo malicioso. La idea de exhibirme para ellos dos, calentarlos y dejarlos duros, empezaba a parecerme más que atractiva. Y que me suplicaran un poco, también.
—¿Y tú qué opinas, Nicolás? —insistió Julián—. ¿No te gustaría verla desfilar como si estuviera en una pasarela?
Nicolás carraspeó, con las orejas rojas, pero no rehuyó la mirada.
—Es increíblemente guapa —dijo—. Yo la vería desfilar hasta el amanecer.
Me acabé la cerveza de un trago, enderecé la espalda y les enseñé los pechos por debajo del tul sin pretender disimularlo. Julián soltó un silbido bajo.
—¿Tenéis música? —pregunté.
—Tú pide, preciosa.
—Diamonds. La versión larga.
Julián sacó el móvil, buscó y le dio a reproducir. Me levanté con toda la calma del mundo y salí de la caseta un instante para volver a entrar como si acabaran de anunciar mi nombre en una gala. Con las manos en las caderas, un pie delante del otro, el vientre al aire, la falda del tul flotando por debajo del pecho. Aprendida así en la agencia: entrada de huracán, sonrisa apenas.
Me planté a un metro de ellos, incliné la cadera a un lado y luego al otro, les mandé un beso con las dos manos como los ángeles del desfile y giré para irme dándoles la espalda con el contoneo justo. Sentí sus miradas clavadas en el culo y en la tira de la braguita, y me relamí por dentro.
Volví a la puerta y repetí el pase con las manos atrás, sacando pecho, y luego dando media vuelta para inclinarme a modo de saludo con el escote colgando muy por debajo de los pechos. Al tercer pase ya no podían disimular las erecciones. Me acerqué hasta pisar casi sus zapatillas, levanté una pierna y apoyé el pie en el reposabrazos del sofá, a un palmo de la cara de Nicolás. Estaba tan cerca que le vi tragar saliva. Le rocé la mejilla con los dedos, casi con ternura, y me retiré meneando las caderas al ritmo lento del final.
Cuando la música se apagó, me hice una reverencia y solté una carcajada.
—Parece que hayáis visto un fantasma.
—¡Joder, Ariadna! —resopló Julián.
—Un trato es un trato. Yo he cumplido mi parte, así que esto queda entre nosotros. Y ahora todos a dormir.
—Ni de coña —protestó—. Esto no ha hecho más que empezar. Esperad.
Salió como un huracán y volvió con tres cervezas frías. Me tendió una con una reverencia y me cedió el sofá. Yo me senté al lado de Nicolás, que todavía me miraba embobado.
—Joder, Ariadna —dijo bajito—. Ha sido lo más bonito que he visto en mi vida.
Le sonreí, y sentí una ola de calor abrasándome por dentro. Podía haberme levantado, haberme ido a la cama y haber cerrado la puerta. Pero seguí ahí.
—Ariadna, queremos más —dijo Julián con la voz de niño malcriado.
—Ja.
—Un poquito más… picante.
—Ja.
—Pide lo que quieras a cambio. Lo que sea.
Bebí despacio de la cerveza. La sonrisa que estaba luchando contra mis labios no era la que había querido enseñar. Nicolás me miró desde tan cerca que sentí su aliento.
—A mí me bastaría con verte desfilar otra vez —dijo—. Sin más.
—Ni loca voy a pasear desnuda para vosotros.
—No hace falta —insistió—. Como antes. Solo que… más sensual. Otra canción.
Los miré callada, y en ese silencio ellos midieron cómo se me caían las últimas defensas.
—¿Y vosotros qué me ofrecéis? —solté por fin.
Julián se llevó la mano al bulto del pantalón sin apartar los ojos de los míos.
—Una demostración del placer que nos provoca verte.
—¿Qué? ¿Os vais a hacer una paja los dos como dos pervertidos mientras yo bailo?
—Lo que tú quieras. Dilo.
Me levanté, di dos pasos, me apoyé en la mesa alta del rincón. Estaban en forma, los dos. La opción de que me follaran empezaba a echar raíces en la boca del estómago con una fuerza que me mareaba.
—Fuera las camisetas —ordené.
Volaron las camisetas. Los torsos brillaron a la luz de las velas. Nicolás era músculo definido, sin excesos; Julián era una portada de revista.
—Joder —murmuré—. Estáis muy en forma.
—¿Trato hecho? —preguntó Julián con los ojos encendidos.
—Todavía no. Necesito algo más. Que os pajeéis delante de mí me parece vulgar. Pero me pondría a mil… que os la hagáis el uno al otro.
Solté la bomba y sentí un terremoto por dentro. La cara de escándalo de Nicolás y la sonrisa de Julián eran para enmarcarlas.
—Ni de coña —soltó Nicolás—. Yo eso no lo hago.
—Vaya —fingí lamentarme mientras me pasaba el antebrazo por los pechos, haciéndolos bailar bajo el tul—. Yo pensaba… Bueno, me voy a la cama.
—No, espera. Por favor —suplicó—. Un baile normal, más lento. Yo… tocarle la polla a otro tío no lo veo.
—A mí no me importa —terció Julián—. Yo te la hago a ti. Con tal de que Ariadna nos baile y sea un poquito más subido…
Me acerqué al sofá y me senté en el reposabrazos, del lado de Nicolás. Le acaricié la mejilla como durante el pase. La tienda de campaña que se le levantó en las bermudas fue toda la respuesta que necesitaba.
—Con una condición —susurré—. Que os hagáis polvo mutuamente sin quejaros. Y no os cortéis, ¿eh?
Nicolás asintió, tragando saliva con esfuerzo. Julián no perdió tiempo. Le desabrochó las bermudas de un tirón, pero Nicolás dio un respingo asustado. Me arrodillé enseguida entre sus piernas y le apoyé las manos en los muslos.
—Tranquilo —le susurré—. Mírame a mí.
Con los ojos clavados en los suyos, dueña y señora de su voluntad, le abrí las bermudas y le saqué la polla. Estaba durísima y era enorme.
—¡Joder, cabrón! —soltó Julián con un silbido—. Menuda polla te gastas.
Me quedé mirándola, con el cuerpo pidiéndome que me la metiera en la boca de una vez. Estaba caliente, gruesa, viva. Tenía el olor duro de un hombre que llevaba horas empalmado. Iba a tragármela cuando la mano de Julián se coló entre las mías y reclamó su turno.
La cedí. Y algo dentro de mí supo que se acababa de romper el último dique. Puse otra canción larga, algo lento y triste, algo que sonaba a última copa. Me deslicé entre las piernas de Nicolás como un gato y le recorrí los abdominales con la boca. Le lamí los pezones. Le pasé los pechos por encima de la polla, entre las tetas, y bajé por el ombligo hasta que sentí su miembro contra mi vientre. Le besé el cuello y me aparté.
Me alejé unos pasos y me quedé mirándolos, sobrecogida por lo que iba a hacer. Julián le masturbaba la polla a Nicolás con la mano firme, sin pausa, y Nicolás gemía bajito, con los ojos entornados clavados en mí. Los pómulos me ardían.
Empecé a bailar despacio. Sin alardes, sin poses. Solo el cuerpo respondiendo a la música. Me acaricié las caderas por encima del tul, me subí las manos por la cintura y me apreté los pechos. Me giré, les enseñé la espalda, dejé caer un tirante y luego el otro. La camisola se sostenía bajo los senos por la goma, pero los pechos me quedaron al aire, meciéndose libres con cada movimiento.
Cuando volví a girarme para encararlos, con los pechos desnudos y los pezones tan duros que dolían, me encontré a los dos con las pollas fuera. Nicolás sujetaba la de Julián y Julián seguía masajeando la de Nicolás. Los dos tenían la boca entreabierta y los ojos vidriosos.
—Poned la canción otra vez —ordené—. En bucle. Y como abra los ojos y os pille tocándoos, me largo.
Cerré los ojos y me sumergí en la música. Me deslicé las manos por la cintura, por debajo del tul, y me metí los dedos por el elástico de la braguita. La bajé despacio, con las caderas, hasta que la sentí en los tobillos. Levanté un pie, luego el otro. Y desnuda del todo, salvo por la goma de la camisola bajo los pechos, seguí bailando.
La cabeza me daba vueltas. Sentía el coño empapado, el clítoris palpitando, los pezones tan sensibles que me dolían con el aire. Cerré los ojos con más fuerza y me pellizqué los pezones para aguantar. Estaba jadeando. Necesitaba parar. Necesitaba correrme. Necesitaba que alguien me follara ya.
Perdí el paso, tropecé con mi propia lujuria y acabé apoyada en la mesa, en cuclillas, con la cabeza en el tablero. Sabía que se me estaban abriendo las piernas y que les estaba dando una imagen obscena, y no podía moverme. Los oía respirar a mi espalda. Los oía masturbarse.
Con las últimas fuerzas me subí a la mesa, me tumbé de espaldas, apoyé los codos y busqué sus ojos. No estaban en los míos. Estaban en mi coño. Abrí las piernas cuanto pude, doblé las rodillas contra el pecho y con las manos me abrí las nalgas para enseñarles también el ano.
—Basta —jadeé—. Venid.
Bajé de la mesa temblando, me caí de rodillas y avancé a gatas hasta ellos. Me metí entre las piernas de Nicolás, le agarré la polla con una mano y con la otra busqué la de Julián. Se la empecé a masturbar mientras me tragaba la de Nicolás entera, hasta la garganta.
Nicolás me duró tres embestidas. Me llenó la boca de leche antes de que pudiera preverlo, con un grito ahogado que le sacudió todo el cuerpo. La corrida me chorreó por la comisura y tragué como pude. La mano se me disparó sobre la de Julián, apretando y bombeando hasta arrancarle otra descarga que me salpicó las tetas y el cuello.
Y de pronto los dos se quedaron flácidos. Y yo me quedé de rodillas, empapada, temblando de rabia. Se habían corrido y yo no me había corrido. Me arrastré hacia atrás con las lágrimas quemándome la cara y me metí la mano entre las piernas. El clítoris me palpitaba tanto que casi lloré de alivio en cuanto lo rocé.
—¿Estás caliente? —oí a Julián desde muy cerca.
—Sí —jadeé.
—¿Cachonda?
—Sí.
—¿Quieres que te follemos?
—Sí.
—¿Los dos?
—Sííí.
Me alzó en volandas como si no pesara nada y me plantó en el sofá encima de Nicolás. Los labios de Nicolás me chuparon un pezón, la mano de Julián se me coló entre las piernas y dos dedos me penetraron el coño de golpe. Grité contra la boca de Nicolás y me arqueé.
—¿Qué quieres? —susurró Julián en mi oído.
—Todo. Folladme. Ya.
—¿A la vez?
—Sííí. A la vez.
—¿Por el culo también?
—Sí. Por el culo y por el coño. A la vez. Los dos. Ya.
—¿Te han follado por el culo antes?
—No.
Me volteó en el sofá, me puso de rodillas encima del reposabrazos con la cara apoyada en el regazo de Nicolás. Me abrió las nalgas y me lamió el ano de abajo hacia arriba, despacio, con la punta de la lengua rodeando el borde. Se me convulsionaron las rodillas, se me nublaron los ojos. Cuando su lengua me penetró el culo, creí perder el sentido.
Nicolás me metió la polla —otra vez dura— en la boca y me la mamé con hambre mientras Julián me trabajaba el ano con la lengua y luego con un dedo empapado en saliva. Después me colocaron sobre la mesa, con cojines contra la pared. Nicolás se apoyó en el borde, casi de pie, casi recostado. Yo apoyé las rodillas en la mesa a horcajadas sobre él y lo miré a los ojos.
Nicolás me guio la polla dentro del coño con una embestida lenta que me abrió entera. La sentí subir hasta el fondo, ajustarse a mí como si estuviera hecha a medida, y solté un gemido larguísimo apoyada contra su pecho. Julián me pegó su cuerpo por detrás. Me sujetó por las caderas y empujó la punta contra mi ano, mojado en saliva y en mi propia excitación. Entró despacio, milímetro a milímetro, y yo respiré por la boca hasta que el escozor se convirtió en otra cosa, en un vacío que quería más.
Cuando entró del todo, me quedé quieta. Los dos dentro de mí, uno delante y uno detrás, sus dos pollas separadas solo por la pared de tejido que se me estaba estirando entre ellas. Giré la cara para besar a Julián en la boca y me abandoné al ritmo lento que empezaron a marcar los dos, alternándose. Cuando Nicolás salía, Julián entraba. Cuando Julián salía, Nicolás entraba a fondo. Me convertí en un yo-yo entre sus cuerpos, sujeta por las caderas y por la nuca, con las tetas aplastadas contra Nicolás y la espalda ardiendo contra el pecho de Julián.
El primer orgasmo me llegó a las diez o quince embestidas y me hizo llorar. Un llanto sordo, sin ruido, sin razón, que Julián me limpió con la lengua desde el hombro hasta el oído. El segundo me llegó cuando Nicolás me empezó a chupar los pezones a mordiscos mientras Julián me apretaba el cuello con la mano abierta. El tercero se lo debo solo a Julián, que me estaba destrozando el ano con un ritmo salvaje mientras Nicolás me acariciaba el clítoris con el pulgar sin variar la presión.
Me corrí gritando, sin importarme la casa dormida ni la ventana abierta ni nada. Cuando bajé, cuando me quedé lacia entre los dos, sacaron las pollas de mí despacio, sin correrse. Julián me alzó en brazos y me besó con dulzura.
—A dormir —murmuró.
—Espera. Al sofá.
Me llevó al sofá y me dejó estirada como una sirena. Me incorporé, me puse de rodillas y les hice una señal para que se acercaran. Nicolás llegó primero. Con la polla a la altura de mis pechos, la envolví con las tetas y la masturbé mientras le miraba a los ojos. Cuando lo sentí a punto, le saqué la punta de entre los senos, me la puse contra el pezón y le dejé correrse encima de mis pechos y de mi cuello. La leche me cayó caliente por el vientre.
Julián no aguantó ni la mitad. Bastó con que le pasara la polla dos veces entre las tetas para que se corriera con un chorro largo y espeso que me manchó el escote y me dejó una gota colgando del pezón.
Me miré empapada de los dos, cubierta de leche desde la garganta hasta el ombligo, y sonreí exhausta.
—Un trato es un trato —dije—. Y esto queda entre nosotros.
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