La noche que compartí a mi novia con mi mejor amigo
Se llama Noa. Hace más de un año que ella y yo arrastramos una relación que ha sido cualquier cosa menos convencional: abierta, caótica, despierta. Cuando la conocí, era como una pieza de barro todavía sin moldear. Había cruzado su adolescencia y su primera juventud casi sin hacer ruido, prácticamente virgen del amor y del sexo. Una persona sencilla, tranquila, sin demasiadas inquietudes. Y desde el primer día me dediqué a romper, una por una, las reglas de su pequeño mundo.
La incluí en mis pensamientos más turbios casi sin pedirle permiso, y ella, lejos de huir, fue desarrollando una fogosidad enorme que crece cada vez más rápido, como algo que no se puede frenar. Hay una corriente entre nosotros que escapa a las normas comunes del deseo. Algo que despertamos el uno en el otro y que nadie más entendería.
Noa es alta, esbelta, de piernas largas. Lo primero que ves es su pelo oscuro y su piel morena, de ese tono intenso que contrasta con su sonrisa amplia y blanca. Tiene unos ojos grandes, de mirada casi inocente, que se iluminan cuando algo —o alguien— le interesa. Esa mirada la delata siempre. Y yo aprendí a leerla mejor que ella misma.
***
El fin de semana pasado vino a visitarme Bruno, un viejo amigo de los años más salvajes. Sevillano, descarado, con esa risa fácil que cae bien a todo el mundo. Venía a pasar unos días de fiesta y desconexión, y se quedó en casa porque teníamos sitio de sobra. Mientras yo le enseñaba la ciudad y nos poníamos al día, Noa se quedaba ordenando sus cosas, aunque compartimos muchos ratos los tres: comidas, sobremesas largas, botellas de vino que se vaciaban solas.
Y entonces empecé a notarlo. Noa no podía dejar de mirarlo. Lo disimulaba, o lo intentaba, pero yo la conozco demasiado bien. Cuando estábamos a solas se mostraba más provocadora de lo habitual, más ruidosa, más insistente. Era como si quisiera que Bruno la oyera gemir a través de las paredes.
Durante esos días la cabeza no me daba tregua. Imaginaba escenas, situaciones, realidades posibles, y cada vez que esos pensamientos me asaltaban acababa preso de un nerviosismo que me cortaba la respiración. Era una mezcla de celos, morbo y unas ganas absurdas de entregarla. No solo quería verlos juntos. Quería saber hasta dónde podía llevar esa entrega sin que nada se rompiera.
Quería verlos follar, sí. Pero sobre todo quería humillarla por haber estado todo el fin de semana caliente con mi amigo delante de mis narices.
Me parecía algo perverso y generoso a la vez ofrecer a mi novia a otro hombre, como hacían en los templos antiguos, donde se obligaba a las mujeres a entregarse al forastero sin importar quién fuera. La idea me consumía. Pasé horas sin poder pensar en otra cosa.
***
El viernes por la noche salimos Bruno y yo a tomar unas copas. Un bar cualquiera, música alta, esa rutina vieja de mirar alrededor por si caía alguna conversación. Reímos, recordamos batallas viejas, intercambiamos confesiones. Y entre copa y copa fui allanando el terreno. Le hablé de Noa. De lo intensa que se había vuelto, de lo libre que era nuestro vínculo, de cuánto le gustaba que la dominaran. Le conté que estaba desarrollando un punto de sumisión que me tenía fascinado.
Bruno escuchaba con su media sonrisa, sin saber si hablaba en serio o le estaba tendiendo una trampa. Después de unas cuantas rondas más, volvimos a casa medio borrachos. Hice todo el camino con el corazón golpeándome el pecho, sin atreverme a decir en voz alta lo que llevaba dentro.
Me despedí de él en el marco de la puerta de la habitación de invitados, con las manos temblándome un poco. Me sentí un cobarde. Entré en mi cuarto y allí estaba Noa, desnuda bajo las sábanas, el pelo suelto sobre la almohada, la mirada brillante.
La excitación se me disparó. No hubo palabras suaves ni caricias de cortesía. La tenía acostumbrada a otra cosa, así que me acerqué de golpe, tiré de las sábanas hacia sus pies y la agarré del pelo. Le levanté la cabeza con firmeza, le giré la cara y le hablé muy bajo, casi pegado al oído.
—Hoy obedeces. Y no quiero ni un solo ruido.
La saqué de la cama tirándole del pelo y le di una palmada suave en la mejilla, lo justo para marcar quién mandaba. Llevaba todavía las bragas puestas, así que le ordené que se las quitara. Lo hizo al instante, sin un atisbo de duda. Lo que no esperaba era que la guiara hacia la puerta del dormitorio.
Abrí de par en par. Ella hizo el gesto de retroceder, pero la tenía sujeta y no la dejé. Le incliné la cabeza hacia abajo con fuerza y la obligué a salir casi gateando, hasta dejarla de rodillas en mitad del pasillo. Entonces me bajé el pantalón y se la acerqué a la cara.
—Ahora me la chupas aquí, justo delante de la puerta de mi amigo. Y no te levantas hasta que me corra. Si sale y nos ve, sigues sin dudarlo.
Fue un juego de límites puestos a prueba. La puerta de Bruno entornada a un metro, su respiración del otro lado, la posibilidad real o imaginada de ser descubiertos. Todo se volvía más urgente, más afilado. Noa se esforzó como nunca, y yo la dejé hacer cinco minutos largos, mirando esa puerta cerrada, conteniendo la voz.
Pero quería más. Sobre todo, quería excitarla más a ella. La levanté del pelo, le di un beso brusco y la giré, apoyándole las manos contra el marco de la habitación donde dormía mi amigo. Le incliné el cuerpo, le dejé el trasero completamente expuesto y la penetré de una sola embestida, rápida y dura.
Contuvo el aire de tal manera que le temblaron las piernas. Mientras la follaba, le subía la cabeza para que mirara la puerta, le apretaba los pezones y le recordaba al oído que no debía oírse ni un alma. En el fondo, una parte de mí deseaba justo lo contrario: que se le escapara un gemido, que la madera crujiera, que Bruno abriera.
Seguimos así unos minutos más, hasta que la arrastré de vuelta al dormitorio y terminamos en nuestra cama, ella encima de mí, devorándome. Todavía no se atrevía a abrir la boca. Pero me folló como no recordaba.
***
Al día siguiente hablamos. Noa me confesó que se había muerto de vergüenza al verse tan expuesta, tan pequeña, y que esa vergüenza le había gustado mucho más de lo que jamás habría admitido. Que no dejó de pensar en qué pasaría si la puerta se abría y Bruno la encontraba allí: sometida, desvalida, completamente a mi merced.
Me reconoció también que Bruno la atraía. Que esa tensión se le había quedado pegada a la piel como una quemadura suave que no terminaba de apagarse.
Aquella conversación, lejos de calmarme, me encendió todavía más. El sábado era la última noche de mi amigo. Si de verdad quería que pasara algo más allá de mis fantasías, tendría que provocarlo yo mismo. Que no se quedara en una ensoñación.
Así que esa noche convencí a Bruno para una última copa. Me interesaba que estuviera relajado, un poco desinhibido, por si acaso. Bebimos hasta tarde, y a las doce me vibró el móvil.
«Cariño, ¿a qué hora vuelves? Estoy muy caliente y tengo ganas de follar», escribió Noa.
«¿De follar? ¿O de follarme?», respondí.
«Jaja, qué tonto. De follarte a ti, a quién si no».
«Serás perra. Ya verás cuando llegue. Para empezar, quiero que te masturbes hasta que entre por la puerta. Llegamos en cuarenta minutos. Ni se te ocurra correrte: te quiero al rojo vivo».
«A sus órdenes, comandante. Aquí lo espero, obediente».
Pedí unos chupitos para los dos. Bruno me preguntó por ella, y le dije que estaba en casa, cachonda, esperándome. Me reí y le solté que desnuda era un espectáculo, que debería verlo por sí mismo. Él rió también, dijo algo de ir un día a una playa nudista, y yo le seguí la broma sin darme cuenta de que esa misma conversación era la que me iba a envalentonar minutos después.
***
Al entrar en casa, la puerta de mi dormitorio estaba entornada. Aluciné. Noa estaba supuestamente masturbándose, y había dejado la puerta abierta a propósito. Le había gustado el juego de la noche anterior más de lo que confesó. Bruno se despidió, dijo que la cabeza le daba vueltas y que se iba a dormir.
Entré al cuarto. Allí estaba ella, sobre la cama, completamente desnuda. Me acerqué igual que el día anterior, la cogí del pelo y le giré la cara para hablarle al oído.
—Con que la puerta abierta… Ya veo lo perdida que estás. Te gusta que te oigan, que te imaginen. ¿Verdad?
—Sí —susurró.
La arrastré fuera del cuarto y la puse a cuatro patas en el pasillo, frente a la puerta de invitados. Le hundí la cabeza contra el suelo y le abrí las piernas, obligándola a levantar el culo, dejándolo todo a la vista hacia la habitación de Bruno. Le ordené que no se moviera ni un milímetro, que se quedara así aunque él saliera, y corrí de vuelta a nuestro cuarto.
El corazón me iba a estallar. Abrí el cajón de los juguetes y saqué el collar que guardaba para ella. Volví al pasillo, donde esperaba temblando, se lo abroché al cuello y me incliné sobre su oído.
—Esta noche le he hablado a Bruno de lo buena que estás desnuda. Creo que se ha quedado con ganas de verte. Ahora voy a escribirle. Le voy a decir que estás aquí, en el pasillo, a cuatro patas, enseñándole el coño a su puerta. Y que, si quiere, puede salir a mirarte.
Ella hizo el ademán de gatear hacia nuestra habitación, pero tiré de la correa y la detuve.
—¿No es esto lo que querías, zorra? —le dije, mientras empezaba a acariciarle entre las piernas. Estaba empapada—. Mira cómo te pone, y todavía no te has podido correr. Pórtate bien si quieres irte a la cama bien follada.
Le volví a apretar la cabeza contra el suelo y empecé a teclear, leyéndole cada mensaje en voz alta.
«¿Ya duermes, Bruno? Espero que no. Tengo una pequeña sorpresa para ti».
«Casi. ¿Qué dices, tío? ¿Qué sorpresa?».
«Noa está a cuatro patas en el pasillo, completamente desnuda y expuesta hacia tu puerta. Si quieres, sal y comprueba lo buena que está, como te dije».
«No te creo».
«Sal y verás».
Noa, arrodillada frente a la habitación de Bruno, se quedó quieta. Obediente. Temblando. Y, al otro lado de la puerta, oí cómo unas sábanas se apartaban despacio.