El chalet de la playa donde fuimos cuatro contra cuatro
El termómetro del coche marcaba treinta y ocho grados cuando dejaron atrás la autovía. Era ese junio sofocante en el que el aire parece líquido, en el que ni siquiera la noche refresca. Pero a Lorena el calor no le molestaba en absoluto. Iba en el asiento de atrás de un descapotable, con el pelo revuelto por el viento, el mar a su derecha y tres de sus mejores amigas alrededor. Subían por la costa hacia el chalet que habían alquilado para el puente, un caserón discreto encaramado sobre un acantilado.
Bea conducía. Cuarenta y tres años, morena, bajita y rellenita, con un par de pechos enormes que pugnaban por escapar de la camisa escotada. A su lado, de copiloto, iba Noa, la más joven del grupo, treinta y ocho recién cumplidos, una cara casi de niña que contrastaba con un cuerpo trabajado a fuerza de gimnasio. Atrás, junto a Lorena, viajaba Carmen: rubia, cerca de los cincuenta como ella, bajita y dueña, sin discusión, del mejor culo de las cuatro.
—Es el segundo año que nos lo montamos —dijo Carmen, estirando los brazos al sol—. Deberíamos hacerlo una ley.
Lo llamaban su escapada secreta. Tres días al margen de maridos, de hijos, de la vida entera. El año anterior, animadas por el vino y por algo más que el vino, las cuatro habían terminado enredadas unas con otras en el sofá de otra casa parecida. Ninguna era lesbiana, y sin embargo ninguna lo había olvidado.
—¿Qué esperamos para tostarnos? —preguntó Bea cuando cruzaron la verja.
***
El chalet superaba cualquier expectativa. Desde el jardín se veía el Mediterráneo entero, abierto como una promesa. Setos altos lo protegían de miradas curiosas por tres de sus lados; el cuarto daba al acantilado, y nadie sin un telescopio podría asomarse hasta allí.
—Has acertado de pleno, Bea —dijo Noa, mojando un pie en el agua de la piscina.
—Me lo recomendaron por discreto —respondió Bea con media sonrisa—. Nunca se sabe qué puede pasar este fin de semana.
Diez minutos más tarde estaban tumbadas en las hamacas. Lorena se quitó la parte de arriba del bikini y dejó al sol unos pechos no muy grandes pero firmes, redondos, de pezones rosados. A su lado, Bea, cubierta apenas por un tanga negro, untaba crema en la espalda de Noa con una lentitud que no tenía nada de inocente. Aprovechaba cada pasada para frotar sus tetas contra la piel de su amiga, que se dejaba hacer sin protestar.
—Me encantan tus tetas, Bea —suspiró Carmen desde su hamaca—. Lo que disfrutaría mi marido si yo tuviera ese par.
—No te quejes, que a cambio tienes el mejor culo de la provincia —contestó Bea, deslizando las manos por el costado de Noa hasta abarcar sus pechos.
Noa se estremeció.
—¿Ya empezamos? —murmuró, y le dio un beso largo en la boca.
—Estoy muy salida, chicas —confesó Bea, sentándose en el borde de la hamaca—. Necesito algo más que vosotras este fin de semana, os lo digo de verdad.
—¿No te lo da tu marido? —preguntó Carmen con cara de falsa inocencia.
—Sabe tenerlo, no sabe usarlo —rio Bea—. Por eso quiero proponeros una cosa. ¿Os acordáis de que os hablé de Karim? Vive aquí cerca. Estuve liada con él hace años.
Pasó el teléfono. En la pantalla, un hombre de unos treinta años, atractivo, de sonrisa fácil.
—No está nada mal —admitió Carmen—. ¿Antes o después de casarte?
—A ti te lo voy a contar —se burló Bea—. El caso es que me ha propuesto venir a cenar esta noche. Y traerse a tres amigos.
—¡Fiesta! —gritó Noa, encantada.
Lorena fue la única que dudó.
—No sé… sin conocerlos me da un poco de corte.
Bea se acercó, le pasó una mano por la nuca y la besó despacio, mientras con la otra le apretaba la cadera.
—Todavía me acuerdo de cómo gritabas el año pasado —le susurró al oído, aunque las cuatro la oyeron perfectamente.
Lorena se retorció, mitad vergüenza, mitad deseo.
—Eres una bruja —contestó—. Está bien. Pero gente decente, ¿eh?
—Decentísima —prometió Bea—. Y con muchas ganas de hacernos disfrutar.
***
La cena llevaba ya un buen rato superada cuando la fiesta entró en su mejor momento. Los cuatro hombres resultaron ser parecidos entre sí: extranjeros, treinta y tantos, bien vestidos, de español aprendido a tropezones y de buen humor contagioso. Junto a Karim habían venido Tarek, Samir y Nadir. Este último destacaba sobre los demás: rondaba el metro noventa y cinco, con los hombros de quien levanta peso por oficio y unos brazos que parecían reventar las costuras de la camisa.
El recelo inicial de las chicas se disolvió pronto entre el vino, la música y las risas. A la media hora, los ocho parecían conocerse de toda la vida. Noa bailaba pegada a Samir, que no se cortaba un pelo a la hora de agarrarle el culo. Lorena, en el sofá, ya se besaba con Nadir, diminuta entre los brazos del gigante.
Bea fue la primera en levantarse. Tomó a Tarek de la mano y desapareció por el pasillo hacia los dormitorios. Carmen la siguió poco después, colgada del cuello de Karim.
Lorena sintió la mano de Nadir abrirse paso entre sus muslos, recorrerlos despacio, hasta detenerse sobre la tela del tanga, donde el calor la delataba. Es el hombre más grande con el que he estado en mi vida. El pensamiento la asustaba y la encendía a partes iguales. Sin saber muy bien cómo, se descubrió sin vestido, los pechos al aire, y la boca de Nadir cerrándose sobre uno de sus pezones con una avidez que la hizo arquearse.
—Despacio —pidió, sin convicción.
No hizo falta más. La mano de él retiró el tanga y empezó a explorarla con un dedo grueso que se hundió en ella, arrancándole un gemido largo. Cerca, Noa ya se había arrodillado frente a Samir y lo lamía sin prisa. Él la levantó por las axilas, la giró, la apoyó contra el mueble bar y la penetró por detrás con una embestida firme que la dejó sin aire.
—Mírala —murmuró Nadir contra el oído de Lorena—. ¿Quieres eso para ti?
Lorena solo pudo asentir.
***
En la habitación del fondo, Bea jadeaba a cuatro patas mientras Tarek la embestía sin tregua. Karim ya le había contado lo caliente que era su antigua amante, lo que disfrutaba sin medias tintas, y aun así él estaba alucinado con la entrega de aquella mujer. Era un placer chocar contra ese culo grande y firme una y otra vez, sentir cómo ella empujaba hacia atrás pidiendo más.
En la cama de al lado, Carmen comprobaba que Bea no había exagerado al describir a Karim. Eliminada toda resistencia, no podía hacer otra cosa que gozar mientras él la tomaba de frente, sus piernas enredadas en la cintura del hombre como si quisiera retenerlo dentro para siempre. Un primer orgasmo la recorrió entera y la hizo gritar contra su hombro.
De vuelta en el salón, Lorena miraba a Nadir terminar de desnudarse y sus ojos se abrieron de par en par. Tenía el cuerpo de un atleta, el pecho ancho, las piernas trabajadas, y un sexo que no se parecía a nada que ella hubiera tenido entre las manos.
—Es enorme —balbuceó, cerrando los dedos en torno a él, sin alcanzar a abarcarlo.
—Y más que va a ser —sonrió él—. Tranquila, te voy a llevar despacio.
—Tengo un poco de miedo —confesó ella, pasando la lengua por la punta, midiéndolo con la boca.
—Todas decís lo mismo —respondió Nadir, acariciándole la mejilla—. Hasta que la tenéis dentro.
La tumbó con cuidado en el sofá, jugueteó unos instantes en la entrada húmeda y caliente, y empezó a entrar centímetro a centímetro. Lorena se combó, elevó las caderas, se adaptó a aquel cuerpo que la invadía sin prisa, y cuando creyó que no cabía más, descubrió que sí cabía, y que el placer crecía con cada milímetro.
—Ahhh… cabrón… —gimió, agarrándose a su espalda.
—Eso es, nena. Déjate ir.
Él empezó a moverse con un ritmo creciente, y Lorena perdió la cuenta de las veces que el placer la sacudió de la cabeza a los pies.
***
Si Lorena gozaba como nunca, Bea y Carmen no se quedaban atrás. Tarek y Karim las habían reunido en la misma cama, lado a lado, y se turnaban para tomarlas mientras ellas se besaban al ritmo de cada embestida. Bea, después de media hora larga, llegó a pedir una tregua.
—Para, para un poco, por favor… —jadeó.
—¿No querías más? —rio Karim, aflojando el ritmo y dejándola recuperar el aliento.
Carmen, mientras tanto, se había sentado a horcajadas sobre Tarek, clavada hasta el fondo, cabalgando con un descaro que ella misma no se conocía. Cuando notó las manos de Karim en sus caderas, supo lo que venía.
—Espera, espera —pidió, y luego, más bajo—: con cuidado.
No era la primera vez que la tomaban por detrás, pero sí la primera que dos hombres la ocupaban a la vez. Cerró los ojos, respiró hondo y dejó que su cuerpo se abriera. El placer la atravesó de un modo nuevo, casi insoportable, y se aferró a las sábanas mientras se corría una vez tras otra, hasta perder la cuenta.
Cuando los dos hombres dieron señales de no aguantar más, salieron de ellas, y Bea y Carmen, agotadas y risueñas, se inclinaron a terminar lo que habían empezado, recibiendo el final de aquella sesión con la boca y dejándose caer después sobre la cama, abrazadas, sin fuerzas siquiera para hablar.
***
En el salón, Lorena aullaba de gusto sintiendo cómo el orgasmo de Nadir la inundaba, después de haberla llevado al límite cuatro o cinco veces. Mientras recuperaba el aliento, alcanzó a ver a Noa desplomada sobre el pecho de Samir, vencida por el placer, con una sonrisa boba en los labios.
El amanecer las sorprendió a las cuatro repartidas por la casa, dormidas donde el cansancio las había dejado. Lorena fue la primera en despertar, dolorida y feliz a partes iguales. Encontró a sus amigas en la cocina, envueltas en toallas, con café recién hecho y los hombres ya marchados, tal como habían acordado la noche anterior.
—¿Y bien? —preguntó Bea, levantando una ceja.
Lorena se sirvió una taza, miró el mar a través del ventanal y sonrió.
—Que el año que viene —dijo— alquilamos el chalet otra vez. Y que esta vez no voy a dudar.
Las cuatro rieron. Quedaban todavía dos días por delante, y la promesa, suspendida en el aire caliente de junio, de que aquella no sería la última.