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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer entró sola en aquel club swinger

Ilustración del relato erótico: La noche que mi mujer entró sola en aquel club swinger

Lo que voy a contar ocurrió hace ya algunos años, pero lo recordamos cada vez que necesitamos encendernos otra vez. Carla, mi mujer, mantuvo durante un par de años una relación con un amante al que aquí llamaré Diego. Fue el hombre que consiguió sacar su lado más libre, el que ella había escondido tanto tiempo detrás de una vida ordenada. Después él rehízo su camino, formó una familia, y aquella aventura terminó. Pero el recuerdo no se fue con él.

Aquella historia empezó un viernes cualquiera. Carla y yo habíamos salido a cenar solos, con la idea de tomar después unas copas y dejarnos llevar por ese morbo que tantas noches nos había unido. A los postres le vibró el teléfono sobre la mesa.

—Es Diego —dijo, mirándome de reojo—. Pregunta si me apetece salir un rato con él.

No tuve que pensarlo. Sabía perfectamente lo que significaba esa propuesta: que ella volvería a casa encendida, con el cuerpo todavía caliente de otro hombre. Y eso, por extraño que suene, era exactamente lo que más me gustaba.

—Acepta —le dije, cogiéndole la mano—. Ya sabes cuánto disfruto cuando vuelves así.

Carla dudó unos segundos, removiendo el café con la cucharilla. Conozco esa mirada, pensé. No era una mujer que necesitara que la convencieran demasiado.

—Está bien —contestó al fin, y tecleó la respuesta con una media sonrisa que ya lo decía todo.

Terminamos de cenar y la acerqué en coche hasta una parada de autobús a las afueras, donde habían quedado. Iba espléndida: un vestido corto y suelto, medias con liguero y un conjunto de lencería negra de encaje que yo mismo le había regalado, con unas botas altas de tacón que le estilizaban las piernas. El coche de Diego apareció justo cuando yo frenaba. Ella me dio un beso rápido, se bajó, y los vi marcharse calle abajo. Serían las once.

No volví a saber de ella hasta las cuatro de la madrugada.

***

Me contó todo en la cama, mientras yo la escuchaba con la respiración entrecortada y ella se dejaba acariciar despacio, todavía recordando cada detalle.

Esperaba lo de siempre: algún descampado tranquilo, el capó del coche, los faros encendidos iluminándola mientras se arrodillaba para él. Diego tenía esa costumbre de exponerla al riesgo, de buscar lugares donde cualquiera pudiera aparecer. Pero esa noche giró por una carretera distinta y aparcó frente a un chalet apartado, a varios kilómetros de la ciudad.

—No me dijo nada hasta que llegamos —me explicó—. Era un club, uno de esos sitios discretos. Yo nunca había estado en uno parecido.

Era un local de ambiente liberal camuflado tras una fachada normal. Tenía una barra al fondo, una zona con camas amplias y, a un lado, una hilera de cabinas separadas por mamparas. Diego pidió dos copas y se sentó con ella en un rincón, donde la fue calentando con las manos por debajo del vestido. Para cuando se levantaron, Carla ya estaba húmeda y deseando más.

—Me llevó hacia las cabinas —dijo, mordiéndose el labio—. Y entonces las vi.

En una de las paredes, varios orificios dejaban asomar pollas anónimas, duras, esperando. Había siete u ocho, de hombres a los que ella no veía la cara. Carla, que fuera de la cama es la mujer más tranquila del mundo, se encendió de golpe al verlas. Empezó a tocarlas una a una, acariciándolas con una mezcla de descaro y curiosidad, sin saber a quién pertenecían.

—Tuve ganas de metérmelas todas en la boca —me confesó—, pero me dio cosa, no conocía a nadie. Así que me arrodillé delante de Diego.

Le bajó el pantalón y se la metió entera, hasta el fondo, con esa entrega que sus amantes siempre recordaban. Y mientras se la chupaba, los hombres que ocupaban las cabinas fueron saliendo, uno tras otro, atraídos por el espectáculo. Diego, que disfrutaba enseñándola, les hizo un gesto para que se acercaran.

—Me rodearon —dijo, y noté cómo se le aceleraba la voz—. Me tocaban por todas partes. Me pasaban las pollas por la cara, por los labios. No sabía a quién mirar.

***

Estuvo un buen rato así, alternando la boca de Diego con las manos, masturbando a los desconocidos por turnos mientras él la sujetaba del pelo. Hasta que uno de ellos no aguantó más y le pidió permiso a Diego con un gesto. Él asintió. Carla solo puso una condición.

—Les dije que con preservativo. Todos. No iba a discutir eso.

El primero le subió el vestido por la cintura y le bajó el tanga hasta las rodillas. Entró en ella sin esfuerzo, de lo mojada que estaba, mientras ella seguía con la boca ocupada. Después se turnaron, uno detrás de otro, durante lo que a ella le pareció media hora larga. Una polla en cada mano, otra dentro, y Diego siempre delante, marcándole el ritmo.

—Nunca me había pasado con tantos a la vez sin conocer a ninguno —me dijo—. Y eso era lo que más me ponía. Que fueran solo cuerpos, sin nombre.

Cuando el último terminó, Diego acabó también, y ella lo recibió como el premio a esa noche. Luego los hombres, con una cortesía que a Carla le hizo gracia, la invitaron a una copa en la barra antes de marcharse, agradeciéndole sin palabras lo que acababan de vivir. Poco después se fueron todos, y en el local quedaron solo ella y Diego.

***

Pero la noche aún no había terminado. Carla seguía con ganas, y esta vez quería a Diego para ella sola. Se dirigieron hacia la zona de las camas, donde se cruzaron con una pareja de unos cuarenta y pocos. Él de estatura media, en buena forma y bastante bien dotado; ella menuda, rubia, de cuerpo trabajado y pecho generoso. Los habían estado observando desde lejos.

—Se acercaron a charlar —me contó Carla—. Nos preguntaron si éramos pareja, cuánto tiempo llevábamos en el ambiente.

Ella respondió sin perder la sonrisa. Le explicó que Diego era su amante, y que su marido era un hombre que disfrutaba sabiéndola follada por otros, esperándola en casa para recibirla con el cuerpo todavía marcado por la noche. La rubia la miró con algo parecido a la admiración.

Estuvieron un rato hablando, una copa de por medio, hasta que la conversación se apagó sola y empezaron las caricias. Carla y la mujer se buscaron primero, despacio, besándose mientras él las observaba. Luego el hombre se acercó, se arrodilló y empezó a lamerle el sexo a mi mujer, que a su vez hundía la cara entre las piernas de la rubia. Carla dejó el culo en pompa para que aquel desconocido la disfrutara desde atrás, con la lengua y con los dedos.

—Diego se quedó mirando —me dijo, casi sorprendida—. No participó. Solo miraba.

Para entonces él ya estaba con quien después sería su mujer, y creo que algo de culpa lo frenaba aquella noche. Prefirió quedarse como espectador, contemplando cómo otro hombre se ocupaba de Carla. A ella le excitó todavía más sentir su mirada encima, sabiéndolo deseándola sin tocarla.

Cuando la tensión llegó al límite, el hombre le ofreció su polla y ella no se resistió. Le pidió que la penetrara mientras seguía lamiendo a la rubia, y así terminaron los tres, en un orgasmo que a Carla le costó describir sin que se le cortara la voz: la mujer corriéndose en su boca, él vaciándose dentro de ella.

***

Después de varias horas, exprimidos y agotados, Carla y Diego se ducharon, se vistieron y salieron del club ya de madrugada. Él la dejó en la puerta de casa sin entrar, como siempre.

Yo llevaba horas despierto, esperándola, sin poder pensar en otra cosa. Cuando entró en la habitación y se desnudó, me lancé sobre ella antes de que dijera una palabra. La besé entera, la recorrí despacio, escuchando cada detalle de su boca mientras me lo contaba todo. Terminamos los dos a la vez, ella estallando en un orgasmo largo, yo descargando todo lo que había aguantado durante horas.

Nos dormimos abrazados, con esa noche guardada como uno de los recuerdos más intensos de nuestra relación. La sacamos a la luz cada cierto tiempo, cuando queremos volver a encendernos. Y siempre, al final, llegamos a la misma fantasía: repetirlo algún día. Solo que la próxima vez seré yo quien observe desde la sombra, ocupando el lugar que aquella noche fue de Diego.

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Comentarios (3)

JorgeSan88

Que historia mas intensa, no pude parar de leer!!! Genial

MauriRosario

Me dejo con ganas de saber que paso la noche siguiente. Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas.

CuriosoBA

Me pregunto cuantos de los que leemos esto lo hariamos en la vida real jaja. Muy bien narrado, se siente autentico.

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