Lo que mi mujer y yo hicimos en el club de parejas
Antes de salir del vestuario abrí mi taquilla y saqué la pastilla azul del bolsillo interior de la chaqueta. La tragué con un sorbo de agua tibia de la botella. Sabía perfectamente lo que venía después, y quería estar a la altura.
Bruno se acercó mientras me abrochaba la toalla a la cintura. Le ofrecí otra de las pastillas y la aceptó sin dudar, tragándola bajo la mirada atenta de su mujer, que no se despegaba de él ni un centímetro.
—Por si acaso —dije, y él se rió.
Salimos con el resto a la zona del bar a tomar algo y refrescarnos. El ambiente ya estaba en pleno apogeo: música baja, luces rojizas, gente a medio vestir moviéndose entre las mesas. De las chicas de la despedida de soltera solo quedaban dos, y bailaban pegadas a un par de hombres que habían venido solos.
Un rato después decidimos volver adentro, siempre acompañados de Tomás y Lucía, la pareja que ejercía de anfitriona y conocía cada rincón del local.
—Si me permiten un consejo —dijo Tomás, bajando la voz—, yo empezaría por la sala del glory hole. Para ir entrando en calor.
Aceptamos. Los tres hombres cruzamos una cortina pesada hacia un pasillo ancho con la pared perforada por una hilera de agujeros a la altura de la cadera. Dos tipos ya estaban allí, con las pollas metidas en los huecos y la cara desencajada de placer. Por su expresión, alguien al otro lado se las estaba comiendo a conciencia.
Hicimos lo mismo. No tardé en sentir una mano que me agarraba desde el otro lado, unos labios que se cerraban alrededor de mí sin que yo supiera de quién eran. La incertidumbre lo volvía todo más eléctrico.
Los tres permanecimos así un buen rato, en fila, con las pollas duras al otro lado de la pared mientras bocas anónimas nos lamían y nos chupaban. Yo fui el primero en sacarla y dar la vuelta para ver quién estaba del otro lado.
***
Crucé al otro extremo de la sala y la escena me dejó sin aire. Cuatro pollas asomaban por la pared. Las dos chicas de la despedida atendían las de Tomás y Bruno, mientras Noelia y Romina se ocupaban de las de los desconocidos, arrodilladas sobre unos cojines.
Un poco apartada, Vanesa observaba todo con los brazos cruzados sin atreverse a participar. Me acerqué y me coloqué a su lado.
—No me termino de animar —murmuró ella, sin apartar la vista de la pared.
—Tranquila. Yo me quedo contigo —le dije.
Vanesa miraba a una de las chicas lamer la polla de su marido. Algo se encendió en ella. Sin decir nada, agarró la mía y se fue agachando despacio hasta ponerla a la altura de su cara, y empezó a recorrerla con la lengua.
No tardó en aparecer otra polla por uno de los agujeros. La invité a probarla, pero negó con la cabeza, todavía tímida. Así que fui yo quien se acercó. Me puse en cuclillas, la sostuve con la mano y la llevé a mi boca.
Era gruesa en la base, venosa, y se afinaba hacia un glande rosado. La lamí de arriba abajo antes de envolverla con los labios y empezar a chuparla despacio.
Vanesa se colocó junto a mí y volvió a la mía, lamiéndola mientras yo me ocupaba del desconocido. Su mano libre me acariciaba los testículos, bajando a veces hasta rozarme entre las nalgas.
—Te gusta, ¿eh? —me susurró, divertida—. Voy a ir a buscar a Bruno.
Seguí con la polla extraña hasta notar que estaba a punto de correrse. La saqué de mi boca y la masturbé con la mano hasta que, con dos espasmos fuertes, se vació en mi puño. Me limpié con una toallita de la bandeja que había en un rincón.
Cuando levanté la vista, Noelia y Romina ya habían hecho terminar a sus respectivos desconocidos y se levantaban entre risas, saliendo de la sala. Vanesa me agarró de la muñeca.
—Ven. No quiero perderte de vista todavía.
***
Salimos al pasillo y nos cruzamos con Tomás y Bruno, los dos con erecciones evidentes. Vanesa fue directa hacia su marido, lo besó con hambre y lo arrastró hacia la sala de las camas. Desaparecieron tras la puerta.
—He perdido de vista a las chicas —le dije a Tomás.
—Tranquilo, lejos no andarán —respondió él, riéndose—. A la mía me parece que sé dónde encontrarla. Ven conmigo.
Lo seguí hasta la sala de los columpios. Al entrar, vimos a Lucía colgada de uno de ellos, con las piernas abiertas, mientras un hombre la penetraba de pie entre sus muslos sin ninguna piedad. El columpio se balanceaba con cada embestida.
Pero la sorpresa de verdad me la llevé al girar la cabeza. Romina, mi mujer, estaba tumbada boca arriba sobre una especie de banco acolchado, con las muñecas y la cabeza sujetas a una barra y los tobillos atados con correas a los extremos. En esa posición quedaba completamente abierta, ofrecida, sin nada que ocultar.
Un hombre arrodillado le devoraba el sexo, y sobre su cara, Noelia se había sentado a horcajadas para que Romina le hiciera lo mismo a ella.
Me acerqué y le agarré un pecho. Romina abrió los ojos, me reconoció y, sin dejar de lamer a Noelia, estiró una mano para atrapar mi polla.
—Mmm, métesela en la boca —pidió Noelia desde arriba, con la voz quebrada.
La cabeza de mi mujer colgaba ligeramente por el borde del banco. Me coloqué encima y le acerqué la polla a los labios. Abrió la boca y comenzó a lamerme en esa postura invertida, mientras yo entraba y salía con cuidado de no ahogarla.
El hombre que la lamía se levantó, se ajustó el preservativo y se la metió de un solo empujón. Romina soltó un gemido largo que vibró directamente contra mi polla. Él la folló rápido, con ganas, hasta que, a punto de correrse, se retiró, se quitó el condón y se vació sobre su vientre. Antes de marcharse, la limpió con unas toallitas y me cedió el sitio.
Tiré un poco de las correas para levantarle más las caderas. Me agaché y empecé a lamerle el culo, lubricándolo con la lengua y con uno de los geles de la bandeja, mientras le introducía primero un dedo y luego dos. Otro hombre ocupó el lugar junto a su cabeza y Romina, sin dudarlo, lo recibió en la boca.
Cuando estuvo bien lubricada, apunté el glande contra su entrada y empujé despacio. Entró sin dificultad. Con la polla completamente dentro empecé a bombear, agarrándole los pechos y pellizcándole los pezones. Ella emitía gemidos ahogados cada vez que el otro le llenaba la boca.
No aguanté demasiado. Me corrí dentro de ella sin salir, y me quedé quieto hasta que mi polla se relajó y se deslizó sola hacia afuera.
***
Tenía la garganta seca. Me aparté, me limpié y, antes de salir hacia el bar, vi a Noelia con Tomás en uno de los sillones. Estaba a cuatro patas sobre él, que la embestía desde atrás, mientras otro hombre le ofrecía su polla por delante. Ella la aceptó de inmediato, repartiéndose entre los dos como si llevara toda la vida haciéndolo.
Pasé por el vestuario, cogí una toalla limpia para taparme y salí a la zona del bar. Pedí una bebida fría y me la bebí casi de un trago.
No tardó en acercarse una de las chicas de la despedida: la rubia de pelo liso y pechos grandes que un rato antes le había estado comiendo la polla a Bruno entre las tetas.
—Hola. Soy Sabrina —dijo, apoyándose en la barra a mi lado.
—Encantado. Leandro.
—Antes os vi ahí dentro —comentó, mordiéndose el labio.
—Sí. Salí a beber algo.
Sabrina no se anduvo con rodeos.
—No te imaginas lo cachonda que me pusisteis. A mí y a un par de mis amigas.
—Me alegro —contesté—. Yo también te vi. Comiéndote la polla de mi amigo y metiéndotela entre las tetas.
—Me encanta hacer eso —se rió—. Pero me he quedado con las ganas de follar.
—Eso ahí dentro se arregla rápido.
—Ya. Pero… —se acercó hasta que su aliento me rozó la oreja— quiero que lo hagas tú.
Me sentí halagado, no lo voy a negar. La tomé de la mano y la guié hacia el interior.
***
Fuimos hasta la sala de las camas, y allí estaban Bruno y Vanesa, tumbados de lado. Él le levantaba una pierna mientras la penetraba con un ritmo lento y profundo. Llevé a Sabrina a una cama contigua, la tumbé y me coloqué sobre su cara, en sentido contrario.
Ella envolvió mi polla con los labios mientras yo me inclinaba sobre su sexo. Tenía unos labios gruesos que separé con los dedos antes de empezar a lamerla de abajo arriba, demorándome en el clítoris hasta que sus caderas empezaron a moverse solas.
Estuvimos así varios minutos, devorándonos a la vez, hasta que ella misma apartó la boca y me pidió que la follara de una vez.
Me coloqué entre sus piernas, se las levanté y, después de ponerme un preservativo, la penetré de un solo empujón. Soltó un chillido de placer cuando la sintió entera. Empecé a bombear con fuerza, y debajo de mí sus pechos se mecían sin parar. Los agarré con ambas manos.
—¡Sí! ¡Joder, así! ¡Fóllame bien follada, haz que me corra! —gritaba ella, clavándome las uñas en los antebrazos.
Sentía cómo su sexo apretado se cerraba alrededor de mí con cada contracción. Gemía como una loca pidiendo más, hasta que se corrió entre temblores, arqueando la espalda contra el colchón. Saqué la polla justo a tiempo de verla acabar a chorros, una corrida más abundante que ninguna que hubiera visto. Se quedó tumbada, recuperando la respiración, con una sonrisa boba.
***
Yo seguía duro. Me giré hacia Vanesa, que abrió la boca en cuanto me vio acercarme, y se la ofrecí mientras Bruno seguía embistiéndola por detrás. Sabrina nos observaba desde la cama de al lado, acariciándose los pezones y deslizando una mano entre sus piernas.
No tardó en empezar a jadear, masturbándose con los dedos metidos en su propio coño. Un hombre entró en la sala y se quedó mirándola; ella, sin pensarlo, se puso a cuatro patas, ofreciéndose por completo. Él aceptó la invitación, se colocó el preservativo y la penetró desde atrás, sujetándola por las caderas.
Bruno se corrió poco después y yo ocupé su lugar, poniendo también a Vanesa a cuatro patas. Le lamí el sexo caliente y húmedo antes de entrar y empezar a bombear desde atrás, mientras le introducía un dedo en el culo. Ella gemía sin dejar de moverse, empujando contra mí, hasta que tuvo un orgasmo que la sacudió entera. No paró hasta arrancarme también el mío.
Nos quedamos tumbados, Vanesa entre Bruno y yo, los tres acariciando su cuerpo desnudo mientras recuperábamos el aliento. A nuestro lado, el desconocido seguía con Sabrina, que se corría por segunda vez sin ningún disimulo.
Cuando él terminó, se levantó, le juntó los pechos a Sabrina y se colocó la polla entre ellos, moviendo las caderas hasta acabar sobre su escote. Los dos se incorporaron y salieron de la sala entre risas, igual que habían entrado tantos otros esa noche.
Yo me quedé quieto, con Vanesa apoyada en mi hombro y la respiración de Romina llegándome desde algún rincón del local. No hacía falta decir nada. Ya sabíamos los dos que volveríamos.