Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La hermana de Noelia y el juego de los ojos vendados

Ilustración del relato erótico: La hermana de Noelia y el juego de los ojos vendados

Era sábado y ninguno tenía prisa por levantarse, menos todavía después de la noche que habíamos pasado. Me desperté embutido entre Lorena y Sofía, y me costó lo mío deslizarme fuera de la cama sin despertarlas. Las dejé desnudas, enredadas en las sábanas, y me fui a la cocina sin hacer ruido.

Había olvidado el móvil sobre la encimera la noche anterior. Tenía una ristra de mensajes de Bruno, cada uno más impaciente que el anterior.

«¡Vaya noche movida! Me dijo Noelia que teníais visita. Se nota que es finde, vago. ¿Tan agotado te dejaron? Yo tengo cruasanes recién hechos para desayunar.»

Me reí solo mientras encendía la cafetera y le contesté.

—Buenos días, pelma. Acabo de levantarme. Las dos siguen en la cama. Tráete esos cruasanes, que estoy haciendo café.

No había terminado de escribir cuando sonó el timbre. Allí estaba Bruno, con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa de papel en la mano.

—Venga, que te traigo combustible para que recuperes fuerzas —dijo entrando sin esperar invitación.

—Qué buena pinta. ¿Y Noelia?

—Ha ido a buscar a su hermana a la estación. Llamó anoche y va a pasar el fin de semana con nosotros.

—Pues te toca portarte bien estos días —bromeé.

—Vas a flipar con la hermana —contestó, y se negó a soltar prenda por más que insistí.

***

No me dio tiempo a contestar porque las dos aparecieron en la cocina. Lorena se había puesto una bata corta que apenas tapaba nada y Sofía una camiseta fina que marcaba sus pechos sin pudor. Bruno se las quedó mirando y, aunque no conocía a Sofía en persona, no pudo morderse la lengua.

—¡Madre mía! ¿Y así de hermosas os levantáis? Que uno no es de piedra.

Lorena soltó una carcajada y se acercó a saludarlo con un beso en la mejilla.

—Tú debes de ser Bruno —dijo Sofía, tendiéndole la mano.

—Y tú, Sofía. Me han hablado mucho de ti.

—Espero que bien.

—Más que bien, créeme.

Les contó lo de la hermana y, como yo, ninguna consiguió arrancarle un detalle. Aparte del desayuno, venía a invitarnos a comer en su casa.

—Pues tendremos que vestirnos, digo yo —comenté.

—Aún es pronto —respondió él.

—Pero nosotras tenemos que arreglarnos, maquillarnos… —protestó Lorena.

—Si os hace falta poca restauración —contestó Bruno, mirando a Sofía, que terminaba de mojar un cruasán en el café.

—Yo tengo para rato. Me tengo que duchar también.

—Si necesitas ayuda, me presto voluntario —dijo él con descaro.

—Anda, voluntario. Tira para tu casa, que contigo llegaríamos a la cena —lo echó Lorena, riendo.

Bruno se marchó entre risas mientras Sofía lo seguía con la mirada.

—Pues no me hubiera importado que me frotara la espalda —murmuró.

—Seguro que él pensaba justo en la espalda —le dije, agarrándola por detrás y levantándola de la silla—. Venga, que la espalda ya te la froto yo.

Por desgracia, me desterraron al baño pequeño mientras ellas se encerraban a prepararse durante lo que me pareció una eternidad.

***

Al rato volvió Bruno, ya arreglado, avisando de que Noelia y su hermana estaban en casa terminando de vestirse. Nos quedamos en el salón hasta que las dos salieron, y él se quedó sin palabras, cosa rara en él.

Lorena se había decantado por unos vaqueros blancos pegados, un top negro que a duras penas contenía sus pechos y una americana del mismo color. Sofía, vaqueros azules y una blusa clara que insinuaba todo lo que había debajo. Las dos sobre tacones.

—Madre mía, que me infarto. ¡Qué dos pivones! —soltó Bruno.

—Calla, canalla, con el pibón que tienes en casa —le reprochó Lorena.

—Mirar el menú no es pecado.

Llamaron a la puerta y, al abrir, me quedé boquiabierto. Por un instante pensé que era Noelia, que se había teñido el pelo, pero bastó bajar la mirada para darme cuenta de que no era ella. La misma melena rizada, ahora de un rojo intenso; los mismos ojos verdes y risueños; un poco más baja y con más curvas.

Llevaba unos pantalones y una chaqueta negra de cuero sobre un top estampado que apretaba unos pechos empeñados en escapar, y un tatuaje le subía entre ellos.

—Hola. Soy Romina, la hermana pequeña de Noelia —dijo dando un paso hacia dentro.

La invité a pasar y no pude evitar fijarme en su trasero redondo, idéntico al de su hermana. Fue directa a abrazar y besar a Bruno.

—¡Cuñado guapo! Pero qué bueno estás.

—Hola, terremoto —contestó él, y luego nos presentó—. Estas son Lorena y Sofía.

Las tres se midieron de arriba abajo antes de darse dos besos.

—Pues tenía razón mi hermana. Sois guapas de verdad. Y tú debes de ser Daniel —me dijo, y me dio dos besos pegando sus pechos contra el mío.

Justo entonces llegó Noelia, espectacular como siempre.

—Veo que ya conocéis a mi hermana, la oveja negra de la familia.

—Calla, monjita —replicó Romina.

***

Tras un rato de charla salimos hacia el restaurante, a un par de calles. Las dos hermanas iban delante, agarradas del brazo, hablando bajito, y yo admiraba sus caderas desde atrás mientras los demás bromeábamos.

Comimos entre pullas y un pique sano entre cuñados y hermanas en el que poco a poco fuimos entrando todos. Ya con el café, fue Romina la que disparó primero.

—Bueno. Mi hermana ya me ha contado lo bien que lo pasáis.

—Estabas tardando —contestó Noelia.

—Incluso me enseñó un vídeo. De Lorena y ella.

Lorena no se cortó ni un pelo.

—Pues que te enseñe alguno más. De las dos con Bruno.

—Joder con el cuñado, de cero a cien —se rió Romina.

—Y tú de envidia, como siempre —pinchó Noelia—. Si hasta te operaste el pecho para tenerlo más grande que yo.

Romina se agarró los pechos con las dos manos.

—Mi dinero me costaron.

Reímos hasta terminar. Era pronto para tomar una copa fuera, así que decidimos volver a su casa. Por el camino mi imaginación iba ya muy por delante, y reconozco que estaba deseando llegar.

***

Preparamos unas bebidas y nos repartimos por el salón. Yo quedé con Lorena y Noelia a los lados; Bruno, rodeado por Sofía y Romina. La conversación giró enseguida hacia nuestra forma de entender las relaciones.

—Me extraña de mi hermana, aunque no debería —dijo Romina—. Cuando me confesó que también le gustaban las chicas supe que ya no era tan modosita. Pero de ahí a hacer intercambios…

—Y enseguida dijiste que tú también eras bisexual. Envidiosa —se rió Noelia.

Rodeado de aquellas cuatro mujeres, mantener la compostura era complicado, tanto para Bruno como para mí. Y si a eso le sumabas que Lorena llevaba un rato acariciándome la entrepierna por encima del pantalón, mi erección no tardó en delatarme.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó ella con una sonrisa inocente.

Noelia miró y soltó una carcajada.

—Pues mira mi marido. Y no le está tocando nadie.

A Bruno se le marcaba un buen bulto, y Sofía no tardó en llevar la mano hasta él.

—Propongo un juego —dijo Noelia.

—Vendarles los ojos a los dos, que no sepan quién los toca —añadió Romina.

Bruno y yo nos miramos sonriendo. Aceptamos sin pensarlo. Mientras Noelia iba a buscar unos pañuelos, nos pusimos de pie.

***

Ya con los ojos vendados, sentí unas manos que recorrían mi abdomen y bajaban hasta el pantalón. De un tirón me lo bajaron y mi erección saltó libre. No tardaron en dejarme completamente desnudo. Entonces unas manos llevaron las mías a la espalda y oí el chasquido metálico de unas esposas cerrándose en mis muñecas.

—Lo vais a gozar —dijo la voz de Lorena, a mi lado.

Pero no sabía si era ella la que me acariciaba o alguna de las otras tres. Una boca se acercó a mi sexo y lo lamió despacio, y enseguida se le unió otra. Dos lenguas jugaban conmigo a la vez y yo, con las manos atadas, no podía hacer otra cosa que sentir. A mi lado empecé a oír los gemidos contenidos de Bruno: estaba recibiendo el mismo trato.

Unas manos me empujaron hasta sentarme en el sofá y un cuerpo se acomodó entre mis piernas. La calidez y la humedad de unos labios me rodearon mientras la lengua giraba sobre el glande. Luego un pecho se apoyó contra mi cara. Busqué el pezón a ciegas, lo encontré con la lengua y lo atrapé entre los labios, incapaz de adivinar a quién pertenecía ni siquiera por el jadeo que sonaba cerca de mi oído.

Me hicieron levantarme y tenderme en el suelo. Una mano guió mi sexo y noté cómo alguien se sentaba encima, metiéndolo poco a poco en su interior, caliente y estrecho. Empezó a cabalgarme con suavidad, subiendo y bajando. Como las esposas se me clavaban en la espalda, me las soltaron un momento, pasaron mis brazos por encima de la cabeza y volvieron a cerrarlas delante.

Solo oía suspiros alrededor cuando otro cuerpo se sentó sobre mi cara. Saqué la lengua y la deslicé de abajo arriba, notando la humedad, y luego me hundí buscando el clítoris. Lo encontré, duro e hinchado, y al pasar la lengua arranqué un espasmo y un gemido a la mujer que tenía encima. Por ese gemido supe que era Noelia. Intenté llevar las manos a su cuerpo, pero me las sujetó con las suyas.

La otra seguía montándome, y reconocí a Lorena por la forma de respirar, más cercana que el resto. Empecé a elevar las caderas, hundiéndome más profundo, hasta que sentí sus espasmos apretándome: se había corrido. Se inclinó sobre mí para besarme justo cuando Noelia se incorporaba.

***

Me hicieron arrodillarme. Una de ellas se colocó delante y la otra guió mi sexo hasta su entrada, penetrándola de un solo movimiento. Me quedé quieto y fue ella quien empezó a moverse, empalándose, mientras la otra me sujetaba las manos para que no la tocara.

Cerca oía el rumor de los demás cuando, para mi sorpresa, sentí el sexo de Bruno rozándome la cara. Con la boca abierta lo rodeé con los labios y pasé la lengua por el glande húmedo. La mujer que tenía delante aceleró el ritmo mientras yo lo saboreaba, imaginando que él también estaba vendado y no sabía a quién pertenecía la lengua que lo atendía, lo que volvía todo más intenso.

Entonces unas manos me separaron las nalgas y una lengua se deslizó por mi entrada, rodeándola y humedeciéndola. Minutos después Bruno desapareció de delante y noté su sexo presionando contra mí. Poco a poco fue entrando mientras yo contenía la respiración, primero el glande y después el resto.

Así, mientras yo me hundía en el sexo que tenía delante, Bruno empujaba en mí sin saber que era yo, y un cuerpo nuevo se ofreció a mi boca con cada embestida. Lo oía gruñir a mi espalda con cada envite. A punto de correrme, sentí cómo la mujer a la que penetraba se desmontaba, se metía debajo y me recibía entre los labios, donde terminé. Bruno siguió empujando hasta correrse entre gemidos, llenándome, antes de salir.

Nos quedamos los dos en el suelo, todavía vendados y esposados, con la respiración entrecortada.

***

Unas manos femeninas me ayudaron a levantarme y me llevaron a la ducha, donde entre dos me asearon de arriba abajo. Me secaron y me condujeron de vuelta al sofá, donde Bruno ocupó mi sitio bajo el agua. Cuando volvieron, lo sentaron a mi lado.

—Hemos pensado teneros así toda la tarde. Ya veremos qué hacemos con vosotros —dijo Sofía.

—No os movéis de ahí para nada. Ni os quitáis los pañuelos —añadió Noelia.

—Se oiga lo que se oiga —remató Lorena.

—Si os movéis, habrá castigo —advirtió Romina.

Durante un rato solo escuchamos pasos por el salón, hasta que empezaron los besos y los gemidos suaves. El sofá se hundió a mi lado cuando un cuerpo cayó sobre él. Una pierna se apoyó en la mía. Hice ademán de tocarla y una mano me apartó de un golpe.

—Así. Sí. Sigue, no pares —susurraba una voz ronca, entre jadeos. Luego se acercó a mi oído—. Mmm, qué bien me lo lame tu mujer. Casi tan bien como tú.

Una mano me giró la cara y una boca buscó la mía, metiendo la lengua mientras yo respondía. Por la voz solo podía ser Romina, y en ese instante me agarró el sexo, firme, sin moverlo.

—De verdad… va a hacer que me corra en su boca. Joder —jadeó contra mis labios.

Cuando se corrió volvió a besarme con ansia, y noté sus jadeos perderse poco a poco.

—Ahora se lo voy a hacer yo a ella —dijo, y se levantó.

***

El cuerpo de Lorena ocupó su lugar. Apoyó la pierna sobre la mía y enseguida empezó a gemir. A diferencia de Romina, llevó una de mis manos a sus pechos, que reconocí al instante, para que apretara y pellizcara sus pezones duros. Otra mano, supongo que la de Romina, seguía aferrada a mi sexo.

—Tú también lo haces muy bien. Qué placer. No pares —jadeaba Lorena, hasta que entre espasmos se corrió y se dejó caer contra mí.

Romina se incorporó pegando su cuerpo al de Lorena y mi mano quedó atrapada entre las dos. Aproveché para agarrarle un pecho: me cabía justo en la palma, firme, con el pezón clavándoseme.

—Tu mujer me ha dado mucho placer —dijo Romina con la voz ronca—. Ahora te toca a ti.

Me levantaron del sofá. Allí mismo, de pie, ella se colocó delante mientras Lorena dirigía mi sexo hasta su entrada. Me soltaron las manos y pude agarrarla de las caderas para penetrarla de un solo empujón hasta el fondo.

—¡Sí! Qué ganas tenía —gimió.

Empecé a embestir cada vez más rápido y unas manos me quitaron el pañuelo. Por primera vez la veía: su trasero en forma de corazón, la espalda musculada recorrida por tatuajes que subían de la cintura a los hombros, la cara girada hacia mí.

—Más. Dame más —pedía.

Seguí sin prestar atención a nada más hasta que apareció Sofía, que agarró un pecho de Romina y me besó en la boca. Luego se sentó delante, abrió las piernas y Romina empezó a lamerla mientras yo seguía empujando. Estaba tan excitado que tuve que frenar el ritmo para aguantar, buscando que ella se corriera primero. No tardó en hacerlo, entre gemidos, y entonces aceleré.

—Espera. No te corras —pidió.

Se giró, se arrodilló y me recibió en la boca, donde terminé mientras se le escapaba por las comisuras. Después me agarró la cabeza y me dio un beso largo, hondo, compartiendo lo que le quedaba en la lengua.

***

Solo entonces me fijé en que Lorena cabalgaba sobre Bruno, que aún tenía los ojos vendados pero las manos libres, agarrándole los pechos, mientras Noelia lamía su sexo arrodillada entre sus piernas. Nos quedamos los tres sentados, mirándolos, hasta que terminaron y se dejaron caer a descansar.

—Joder, qué morbo eso de no saber con quién estás —dijo Bruno, todavía agitado.

Romina y Noelia se miraron sonriendo.

—Así queda sitio para la imaginación —contestó Noelia.

—Lo mismo era yo. O Sofía. O Daniel —soltó Lorena.

—No jodas. Lo habría notado —replicó Bruno.

Él conocía mis andanzas con hombres, pero no se imaginaba que el sexo que había sentido detrás durante el juego había sido yo penetrándolo y él a mí.

—Luego lo puedes ver. Está todo grabado —dijo Lorena.

Tragué saliva y miré a Noelia, que negó con la cabeza, divertida.

—Idea de Romina —confesó Sofía.

—Joder con la cuñada. No sabía que eras así —se rió Bruno.

—Como si mi hermana y tú no hicierais tríos. Y ahora intercambios —contestó ella.

Seguimos hablando hasta la hora de la cena, que pedimos a domicilio para no salir. La noche, desde luego, prometía.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (3)

MarceloV88

buenisimo!!! me tuvo atrapado de principio a fin

Cachero_BsAs

Por favor una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber cómo termina todo eso

RosaMargarita

Me encantó cómo lo narraste, se sentia muy real. Muy bien logrado!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.