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Relatos Ardientes

Mi disfraz de diabla terminó con sus tres amigos

Ilustración del relato erótico: Mi disfraz de diabla terminó con sus tres amigos

Nos habían invitado a una fiesta de disfraces en casa de unos amigos. Apenas cuatro parejas, cinco si al final aparecían Lucía y Sergio. Llevaba toda la semana esperando ese sábado, porque venía de un mes infernal en el trabajo y necesitaba soltarme. Por algún motivo que todavía hoy no termino de explicarme, después de horas mirando páginas por internet, me decidí por un disfraz de diabla. Pero no uno cualquiera, sino de esos que nadie se atreve a comprar salvo para una noche de juego con su pareja, puertas adentro.

El conjunto era un top de encaje rojo que apenas me tapaba por debajo del pecho, con un escote imposible, y una minifalda de volantes que terminaba un par de centímetros por debajo de las nalgas. A juego, unas braguitas de raso, medias hasta el muslo y botas altas forradas, todo del mismo rojo encendido. Una oda al desenfreno que jamás me habría puesto si no nos conociéramos ya todos de la playa.

A Diego no le dije nada hasta que me vestí y salí del dormitorio. Se quedó sin palabras. Y yo también, cuando me vi en el espejo. Era demasiado. El top me quedaba tan justo que no sabía cómo colocarlo sin que se me escaparan los pechos. La falda, ay, la falda, no me dejaba moverme sin enseñar las braguitas. Pero ya no tenía otra cosa. Me coroné con la diadema de cuernitos puntiagudos y respiré hondo.

—¿Pero dónde vas así? ¿Tú te has visto? —me preguntó desconcertado. Él llevaba su viejo disfraz de mexicano.

—¿Por? ¿No te gusta? —contesté dubitativa.

—Vaya si me gusta, pero, joder, no pensarás ir así.

—Anda, no seas mojigato. No enseño nada —dije abriendo los brazos, como si el gesto demostrara lo contrario de lo evidente—. Y lo que se ve es como un biquini.

Me levanté la faldita y le mostré las braguitas rojas. Como si fuese en bañador, pensé, aunque a mí también me temblaban las piernas. Cogí una gabardina gris del armario, me la eché por encima y lo dejé allí, masticando una respuesta.

—Te espero fuera —anuncié antes de que pudiera volver a mirarme.

—Estás fatal. Van a flipar cuando te vean —me dijo al salir.

—No será para tanto. Eres un exagerado.

Estaba muy equivocada.

***

Andrés y Nuria eran los anfitriones. Vivían en un chalet en las afueras, con jardín, cenador, una piscina apañada y un garaje grande en un edificio separado que antes había sido cobertizo. Habían montado la fiesta en el jardín: una mesa con comida, otra con bebida y un caldero enorme repleto de hielo y cervezas. Llegamos los últimos. Cuando me quité la gabardina para dársela a Nuria, las reacciones no se hicieron esperar.

—Joder, tía, y yo que pensé que me había pasado —comentó ella. Iba de enfermera sexy, pero infinitamente más recatada que yo.

—Ya, igual es demasiado —murmuré, algo avergonzada.

—No le hagas caso, estás que te sales —aseguró Andrés. Fue el primero en acercarse, copa en una mano y la otra cayendo en mi cadera mientras me daba dos besos.

—¡Marrano! —exclamó Nuria con un manotazo en su hombro—. No te acerques a ella en toda la noche, que nos conocemos.

Las carcajadas rompieron el hielo. Estaban Lucía y Sergio, que al final sí vinieron, Hugo y Patricia, y Tomás y Silvia. Andrés se apartó sin borrar la sonrisa, sin dejar de devorarme con la mirada, y subió el volumen de la música.

La primera hora no tuvo nada reseñable. Nos fuimos entonando con la bebida, charlando en dos corrillos. Soporté algún comentario de Lucía, que venía de monja y no tenía ganas de juerga, pero el ron me ayudaba a ignorar sus pullas y también las miraditas del grupo de ellos. Todos, sin excepción, giraban la cabeza y me clavaban los ojos. Y eso, en lugar de molestarme, me encantaba. ¿Qué narices me está pasando?

El ambiente cambió cuando Andrés volvió a tocar el volumen. La bachata sonó con fuerza y fue el pistoletazo de salida. Nos pusimos a bailar como si en lugar del patio de unos amigos estuviéramos en una discoteca de verano. Bebimos, cantamos a coro, saltamos, y así más de dos horas. Yo no sé las vueltas que llegué a dar, a veces sola, a veces con Diego, a veces abrazada a cualquiera de ellos. Y en muchas de esas vueltas, el top se descontrolaba tanto como yo.

Llegó un punto en el que ya nada parecía importar. Nuria, quizás harta de ver a su marido orbitando a mi alrededor, se quitó la camisa del disfraz y se remangó la falda hasta enseñar el tanga negro de encaje. Todos la vitoreamos. Se acercó a Diego y empezó a contonearse frente a él.

—¡Eh! —gritó Andrés, fingiéndose molesto.

—¿Qué pasa, que solo va a poder enseñar carne Carla? —se justificó ella.

—¡Oye! Lo mío es poco más que un bañador —me defendí, levantando la falda y dando una vuelta completa sobre los talones para que se vieran bien las braguitas rojas.

Reímos con fuerza. Todos menos Lucía, que se había apartado, incómoda. Patricia, para no ser menos, se subió la blusa de pirata y enseñó el sujetador. Silvia disfrutaba, aunque vigilaba a Tomás, que llevaba un rato apoyado en la mesa, claramente más perjudicado que el resto.

Lo que de verdad me prendió fue ver a Diego bailando pegado a Nuria, medio desnuda, sin disimular que el juego de celos le encantaba. Verlo así me puso a mil. Sentí un cosquilleo en el estómago que enseguida me bajó a la entrepierna.

***

No aguanté más. Aproveché un descuido y me escabullí al baño del garaje. Me quité las braguitas con ansiedad, me levanté la falda y, recordando a Diego abrazado a Nuria, empecé a acariciarme frente al espejo. Estaba ardiendo, empapada. Estuve a punto de correrme allí mismo, pero un segundo antes se me cruzó una idea que multiplicó la excitación por mil. Me acomodé el top y salí con las braguitas apretadas en el puño. La brisa entre las piernas me avisó de que estaba a punto de cruzar una línea muy ancha. No me importó.

Cuando volví, Diego se acercó preocupado.

—¿Dónde estabas?

—En el baño —respondí. Le cogí la mano y le dejé en ella mis braguitas—. ¿Me las guardas? —dije con una sonrisa maliciosa.

Tardó unos segundos en entender. Cuando se miró la mano y comprendió, abrió los ojos como platos. Yo ya le había dado la espalda. Me incliné sobre el caldero a coger una cerveza, manteniendo las piernas todo lo rectas que pude. Al erguirme lo encontré petrificado, con la boca abierta.

—¿Qué te pasa, parece que has visto un fantasma? —se rio Hugo, el marido de Patricia—. ¿Estás bien?

—Nada, mi mujer, que está fatal —respondió sin dejar de mirarme.

—Fatal no sé, lo que está es buenísima.

—Eh, no te pases —protestó Diego.

—Déjalo, bobo, ¿estás celoso? Un piropo no le hace daño a nadie —reí—. Eso sí, que no te oiga Patricia.

Señaló hacia el grupo: su mujer bailaba con Sergio, el marido de la monja, como si fuera a devorarlo. Aproveché para agarrar a Hugo del brazo y alejarlo.

—Pues venga, a bailar nosotros también.

Me moví frente a él imitando a su esposa, solo que yo no llevaba pantalones, sino dos trapitos de tela roja. Lo atraje con fuerza, metí mi pierna derecha entre las suyas y empezamos a girar al ritmo de la bachata. Con cada vaivén notaba el roce de su muslo contra mi sexo desnudo, una fricción inocente para él, que aún no sabía nada, e indescriptible para mí. Cuando la canción terminó, había dejado una marca de mi estado en la pernera de su disfraz. A juzgar por el bulto tras su cremallera, a él tampoco le había disgustado el baile.

Sergio fue el siguiente en probar suerte. Me agarró por la cintura, me giraba, me apretaba, y para rematar tiró de mí obligándome a saltar, hasta que terminé a horcajadas sobre su cadera, con sus manos sujetándome el trasero. Al sentir sus dedos sobre mis nalgas desnudas, su expresión cambió de golpe. Dejó de reír. Comprendió que bajo la falda no había nada, y la mirada se le volvió tan lasciva que pensé que iba a tomarme allí mismo.

***

La fiesta se desinfló de pronto. Tomás, que apenas se sostenía, se levantó de la silla, dio un traspiés y acabó de bruces contra el suelo. Entre risas, Silvia y los demás corrieron a ayudarlo.

—Nosotros nos vamos —anunció Silvia—. Este está como un trapo.

—Yo me largo también —soltó Lucía. A nadie sorprendió—. ¿Vienes? —le preguntó a Sergio.

—¿Ya? ¿Tan pronto? —protestó él.

—Tú quédate si quieres —zanjó ella, y se subió al coche de Silvia.

—Pues yo igual me voy también —añadió Patricia—, estoy cansada.

En cuestión de minutos, el coche abandonaba la finca, Nuria se despedía desde la escalera para irse a dormir, y Diego y yo nos quedamos solos en la puerta. Desde el garaje, donde se habían encerrado los chicos, llegaba la música amortiguada.

—¿Te apetece la última? —me propuso Diego de repente.

—¿Aquí? ¿Con ellos? —pregunté extrañada—. Estoy bastante perjudicada, no sé cómo responderá mi cuerpo.

—Venga, una más y a casa.

No esperó respuesta. Me cogió de la mano y me arrastró al garaje. Dentro, Sergio y Hugo estaban en un tresillo frente a un televisor que solo mostraba una nota musical. Andrés preparaba copas en el mueble bar, iluminado por una lamparita. Al vernos asomar, estallaron en vítores como si hubiera entrado una estrella de rock.

—Al final os quedáis —celebró Sergio.

—De momento os bebéis esto para entrar. Es la norma del castillo —dijo Andrés, dos chupitos rebosando en las manos.

—No, no, yo no puedo —me quejé.

—¡Bebe, bebe, bebe! —corearon los tres.

Miré a Diego buscando ayuda. En lugar de eso, sonrió, se encogió de hombros y vació su vaso de un trago. No me quedó otra que imitarlo. El whisky me abrió un camino de fuego hasta el estómago y una oleada de calor me subió a las mejillas.

—Trae, quítate la gabardina —dijo Andrés.

Tiró de ella con cuidado, pero el top se fue detrás del abrigo y habría terminado en mi cintura de no ser porque lo atrapé a tiempo.

—¡Eh, cuidado, que me dejas en pelotas! —protesté, fingiéndome enfadada. Y al instante me eché a reír—. Vaya cara de pasmados. Anda, Andrés, ponme otro de esos, que le estoy cogiendo el tranquillo.

Mientras dejaba la gabardina sobre una silla, caí en la cuenta: estaba en un garaje cerrado, de madrugada, borracha, con cuatro hombres también cargados y vestida con dos trapos que no tapaban nada. Y de los cuatro, dos ya sabían que no llevaba braguitas. Volví al mueble bar, cogí un vaso ya servido y me lo bebí de golpe ante su asombro. Después les di la espalda, me agaché sobre el televisor con las piernas estiradas para subir el volumen y dejé que vieran lo que escondía bajo la falda. Cuando me erguí, sus caras eran un poema.

—¿Os vais a quedar ahí sentados? Yo vine a bailar —dije, empezando a moverme.

Andrés fue el primero. Apartó la mesa central de un brazado y me estrechó por la cadera. Los otros tres se sumaron. Yo bailaba como una más entre ellos, y ellos aprovechaban cualquier excusa para tocarme. A cada minuto perdía más la compostura, encantada con el protagonismo. Y lo mejor era ver que a Diego le gustaba mirar cómo sus amigos disfrutaban conmigo.

***

Cuando empezó a sonar una balada, me acerqué a Diego en plan romántico, le eché los brazos al cuello y bailamos abrazados como dos tortolitos. Habría seguido siendo una escena tierna, de no ser porque, tras un par de vueltas, una mano que no era la suya se coló por debajo de mi falda y llegó hasta mi sexo. Solté un gemido y, en lugar de apartarme, mi cuerpo se contoneó buscando más. Diego se dio cuenta, me miró a los ojos y siguió bailando como si nada. Esa falta de reacción, la suya y la mía, animó a aquellos dedos a entrar. Yo estaba tan empapada que no costó. Me aferré al cuello de Diego para no caerme y empecé a jadear en voz alta.

Aquello ya no había quién lo parara.

Fue el propio Diego quien lo llevó al extremo. Me atrajo y me besó con una pasión desmesurada. Luego me sacó el top por la cabeza y se agachó a bajarme la falda hasta los tobillos. En segundos me quedé de pie, desnuda, solo con las medias, las botas rojas y los cuernitos en la cabeza. Nunca me había exhibido así, y menos delante de conocidos. Pero ya nada importaba.

Me giró ciento ochenta grados para dejarme de cara a sus amigos. Los tres se miraban indecisos, temerosos, pero con los ojos cargados de deseo. Esa mezcla me hizo dar un paso adelante. Me situé en el centro del triángulo y empecé a moverme al ritmo de la música. Estaban tan cerca que casi podía oler la testosterona. Tres lobos, y yo su presa.

Andrés tomó la iniciativa. Se colocó detrás, me apretó contra el bulto de su bragueta y me subió las manos a los pechos. Sergio no tardó en llevar una mano a mi sexo, acariciándome despacio, y se atrevió a besarme. Hugo prefirió ir directo: me cogió la mano y la dejó caer sobre su pene erecto. Estaba desnudo de cintura para abajo y la tenía tan grande que mis dedos no la abarcaban. Me giré, me acuclillé con las piernas abiertas y me lo llevé a la boca, chupándolo con ansia mientras me masturbaba.

Diego entendió lo que necesitaba. Me puso en pie, me besó y se quitó el pantalón. Se sentó en la alfombra y dejó que yo me sentara encima. Cuando lo tuve dentro, lo noté más grande que de costumbre. Le empujé el pecho hacia atrás y empecé a moverme arriba y abajo, con los ojos cerrados y la respiración rota.

Al abrirlos, Sergio y Hugo se habían desnudado y observaban con el pene en la mano. La tentación volvió. Empecé una mamada a dúo, alternando uno y otro, mientras Diego seguía dentro de mí. Y cuando creí que ya no podía dar más, sentí de nuevo las manos de Andrés en mis pechos desde la espalda. Dos sexos en la boca, mi pareja debajo y Andrés detrás. Entonces Diego me separó las nalgas con suavidad, invitando a su amigo a entrar por donde nunca había entrado nadie.

No sé cómo no despertamos a Nuria con el grito que se me escapó cuando Andrés me penetró por detrás. Sentí un desgarro abrasador que me hizo soltar a los otros y caer rendida sobre Diego. Los dos se movieron acompasados y yo lloré de puro placer hasta que no aguanté más. Me rendí al orgasmo más grande de mi vida. Y no fue el único.

—Ay, ay, parad, por favor —acerté a decir mientras todo mi cuerpo se convulsionaba.

Rodé sobre la alfombra y me tumbé de espaldas, sin aire. Pero mi cuerpo aún no había dicho basta. Me toqué y comprobé que seguía empapada. Vi a Andrés de rodillas, todavía erecto.

—Métemela ya, que no aguanto más —le pedí.

No lo dudó. Me cogió por los muslos y me folló con tanto ímpetu que apenas resistió una docena de embestidas antes de correrse sobre mi vientre.

—Más, por favor, dadme más —rogué, poseída.

Fue el turno de Hugo, y entonces supe lo que era ser penetrada por algo de semejante tamaño. Trató de ir despacio y me mantuvo arriba varios minutos. Sergio, sin paciencia, se arrodilló junto a mi cara hasta que volví a metérmela en la boca, y acabó corriéndose sobre mí. Diego, mientras tanto, contemplaba la escena desde el sofá, masturbándose lentamente, con una sonrisa que no se le borraba.

***

Cuando todos terminamos, varias veces, me quedé un rato tumbada, recuperándome. Había sido algo bestial. Me levanté y fui a ducharme al mismo baño donde había empezado todo. Al volver, empapada y todavía desnuda, solo con las botas para no pisar descalza, los encontré a los cuatro ya vestidos y en silencio, cada uno en una esquina, sin atreverse a mirarse. Temí que la noche acabara mal, así que decidí comportarme con toda la naturalidad posible.

—Andrés, ¿me pones la última antes de irnos? —pedí acercándome a Diego, que seguía en el sofá. Me incliné y le di un beso cálido—. Gracias —le susurré al oído.

Luego fui hasta Andrés, me puse de puntillas y lo besé. Él no pudo evitar ponerme una mano en el pecho y la otra en el trasero.

—Vale, torito, por hoy ya estuvo bien. Otro día repetimos —dije apartándolo con suavidad.

Besé también a Sergio y a Hugo. A este no pude evitar volver a llevarle la mano a la bragueta.

—Esto que tienes aquí es un tesoro. Otro día tienes que dejarme sentirlo de nuevo.

—Prometedme que esto no sale de aquí —les pedí a todos.

—Prometido —aseguró Andrés. Los demás asintieron en silencio.

Seguía en cueros, solo con las botas, pero estaba tan a gusto que no me apetecía vestirme.

—Venga, sentaos con Diego, que vamos a brindar por otra noche como esta.

Me dejé caer entre ellos en el sofá, eché las piernas sobre Sergio y Diego y apoyé la espalda en el regazo de Hugo.

—Hacedme cosquillas mientras me tomo esta copa, que me la he ganado —dije—. ¿Ese cubata viene o no, Andrés?

—Qué polvo tienes, Carlita —me dijo al acercarme el vaso.

—Y tú que lo sabes —respondí—. Bueno, todos lo sabéis.

Y durante otra hora larga nos quedamos allí, charlando como si nada, mientras ellos no dejaban de acariciarme. Incluido Diego, que no había logrado borrar la sonrisa triunfal pegada a su rostro desde que empecé a moverme desnuda por aquel garaje.

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Comentarios (4)

LoboGris77

buenisimo!!! me quede con ganas de mas, necesito segunda parte

SantiGV

Muy bien narrado, se siente todo muy real. Sigue así!

ValeBsAs

El titulo me engancho y el relato no defraudo. De lo mejor que lei ultimamente, gracias por compartir.

Fierro_lect

jajaja tremenda situacion, me la imagne perfecta. Excelente relato

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