La noche que me subastaron en el barrio rojo
No sé cuánto tiempo pasó hasta que recuperé el aliento, y cuando por fin lo hice, tardé otro tanto en volver a pensar con nitidez. Levanté la vista y vi a Ingrid hablando con Marco. Ya habían corrido la cortina, así que supuse que los curiosos que nos habían estado mirando se habían retirado. No tenía ni idea de la hora, pero con la poca cabeza que me quedaba intuía que tampoco podía ser tan tarde.
Todo mi cuerpo seguía bajo los efectos de aquel orgasmo. Aunque ya formaba parte del pasado, notaba sus rescoldos repartidos por la piel, como brasas que se negaban a apagarse.
—No sabíamos si despertarte o salir a tomar algo y volver más tarde a buscarte —dijo Marco con cierta guasa.
Ahora que conseguía mantenerme en pie, entendí que ellos ya estaban listos para abandonar aquella cueva de lujuria y regresar al mundo real. Yo, en cambio, necesitaba reconstruirme entera.
—Date una buena ducha, que la noche acaba de empezar —me dijo Ingrid, recorriéndome de arriba abajo con esa mirada de pantera, saboreando lo que tanto había disfrutado—. Tienes ahí todo lo que necesitas.
Sin mediar palabra, mis piernas me llevaron hasta la ducha y dejé que el agua me devolviera al mundo. Pero mi cuerpo, a pesar de todo lo vivido, o quizá precisamente por ello, seguía en llamas. El simple roce de mi mano, del jabón, del chorro tibio bastaba para encenderme de nuevo. Me costó un esfuerzo titánico asearme sin terminar lo que mi cuerpo me pedía a gritos. Vestida y con una sonrisa, volví con Marco e Ingrid.
—Hemos estado hablando —dijo Ingrid sin remilgos—. Una mujer como tú puede ganar miles de euros por una sola noche. Te vamos a llevar a un sitio donde paguen lo que vales de verdad. Allí te van a usar como mereces.
Antes de que pudiera siquiera asentir, ella tapó mi boca con un beso profundo y posesivo que me dejó sin argumentos.
***
Marco tomó a Ingrid del brazo y yo salí tras ellos como un autómata. No sabía qué me ponía más: si la dominación que aquella mujer ejercía sobre mí, la que ejercía sobre mi marido, o la promesa de lo que me esperaba. Caminaba tres pasos por detrás, viendo cómo Ingrid le rozaba el culo a Marco con descaro. Por fuera yo parecía una esposa más; por dentro era otra cosa.
Diez minutos por aquellas calles estrechas se me hicieron eternos. Entre lo que se veía en los escaparates, lo que se intuía en los portales y la forma en que me miraban al pasar, llegué casi al límite antes de empezar.
Ingrid marcó un código en una cerradura electrónica y la puerta cedió. Se hizo a un lado y ambos me dejaron pasar primero. Un pasillo largo desembocaba en un mostrador donde aguardaba un hombre enorme, de espaldas anchas y mirada fría.
Ingrid empezó a conversar con él en un idioma que yo no entendía, mientras el portero me repasaba de arriba abajo sin disimulo, como quien evalúa una mercancía.
—Pregunta si hay alguna limitación —tradujo Ingrid—. Le he dicho que contigo todo vale. ¿Verdad, Marco?
El que hubieran hablado de mí, y que lo hicieran ahora delante de mí sin tenerme en cuenta, me hizo sentir todavía más expuesta. Estaba húmeda otra vez, pero intenté rescatar algo de dignidad y los miré con cierto desdén. Aunque, sinceramente, ¿quién se lo iba a creer?
Ingrid le dijo algo al portero y él le tendió un objeto. Resultó ser un collar de cuero con su correa. Sin una sola palabra, lo cerró alrededor de mi cuello, y como una perra obediente fui conducida hacia el interior.
***
Ingrid y Marco iban delante; yo, un paso por detrás, tirada de la correa. Volvió a hablar en aquel idioma desconocido, esta vez con una mujer que me observaba con el mismo descaro que el portero, o incluso más. Ingrid me exhibía como un trofeo, y la mujer asentía mientras negociaba. Sin previo aviso, Ingrid sacó mis pechos por encima del vestido y me levantó la falda. Me sentí como una yegua en día de subasta, y de nuevo me excitó ser tratada así.
—Bueno, parece que hay trato —anunció Ingrid—. Marco, por tu mujer ofrecen cinco mil euros si es en sala privada, y diez mil si es en la pública. ¿Tú decides?
—¿Y qué diferencia hay? Recuérdamelo —contestó Marco con una sonrisa torcida—. Perdona, ya no me acuerdo.
Me habían vendido por el precio más alto. Ingrid entregó mi correa a aquella mujer y yo, atónita y excitada a partes iguales, me dejé llevar. La compradora llamó a dos chicas más que me condujeron a otra habitación. Nadie hablaba mi idioma, nadie me dirigía la palabra: solo me iban despojando de la ropa hasta dejarme completamente desnuda.
Las dos chicas me lavaron como si oficiaran un ritual, con esmero y suavidad, sin dejar un solo rincón. Una vez limpia, me untaron con aceites tibios, y tampoco dejaron nada sin cubrir. Mi cuerpo volvía a estar en tensión total después de aquellos masajes. Marco e Ingrid me habían entregado por completo a esa gente, y no podía enfadarme con ellos: estaba demasiado caliente y demasiado confundida. Una cosa era ser una guarra con Marco, y otra muy distinta ser una guarra para Marco. No terminaba de entender por qué lo segundo me ponía aún más.
Embadurnada de aceite, mojada y temblando, sentí cómo una de ellas me ceñía una tobillera de cuero en cada pierna, cada una provista de una anilla metálica. La otra hizo lo mismo en mis muñecas. Luego vino una especie de corsé-cinturón con dos anillas más, y por último unos botines con sus propias argollas. Más desnuda que vestida, parecía que para ellas ya estaba lista. La morena tomó mi correa y, con un tirón suave, me indicó que la siguiera.
***
La puerta se abrió y entendí al instante a qué se refería Ingrid con la sala pública. Me sentí como un gladiador entrando en la arena. Notaba cada mirada clavándose en mi piel; no sabría decir cuántas personas había. En el centro había algo, y comprendí que era allí adonde me llevaban. Busqué a Marco y a Ingrid con los ojos y no tardé en localizarlos, de pie junto a aquello, rodeados de gente.
De cerca entendí mejor qué era: una especie de potro acolchado donde me sentaron. Primero fijaron mis piernas, abiertas, exponiendo mi sexo. Después aseguraron el corsé, y luego mis muñecas, dejándome a merced de todos. Las chicas prendieron unas pinzas en mis pezones mientras la mujer de la entrada daba instrucciones al público. Entonces Ingrid se acercó.
—Estás preciosa así —murmuró, tirando de las correas enganchadas a las pinzas—. Te van a usar como a una perra. No te guardes nada. Disfruta cada embestida, cada persona, cada orgasmo.
Algunos empezaban a desnudarse, otras se besaban, otras se acariciaban entre ellas. Tenía delante el cuadro más obsceno que jamás había imaginado. La compradora abrió la veda: se sentó frente a mí, tomó mis piernas, acomodó la boca entre mi sexo y mi entrada trasera y empezó a devorarme con avidez. Mientras yo perdía la razón, veía cómo Ingrid sacaba el miembro de Marco y, mirándome fijamente, lo masturbaba. Las chicas se dejaban llevar por lo que presenciaban. Algunos hombres se tocaban observándome; otras mujeres se acariciaban entre sí, seguramente deseando ocupar mi lugar en aquel asiento.
Sabía que no aguantaría mucho. De no haberse dado cuenta, mi devoradora me habría hecho correr en su boca tal como Ingrid había ordenado, sin pudor y sin reserva. Pero se detuvo en seco y me dejó abierta, a medias, jadeando. Fue entonces cuando entendí que no era una silla: era un columpio. Me hizo bascular hasta dejarme con la cabeza hacia delante y las piernas abiertas hacia atrás, suspendida y ofrecida por completo.
Delante de mí se formó una fila. Hombres y mujeres se colocaban para disfrutar de mi boca, y aunque a mi espalda no veía nada, imaginaba una hilera idéntica. Se tomaban su tiempo, y esa espera no hacía más que avivar mi deseo y las ganas de ser poseída.
Sentí a una de las chicas deslizarse bajo el columpio. Primero con los dedos y luego con algún juguete empezó a estimularme el clítoris, mientras desde atrás una mano discreta untaba mi sexo y mi entrada con algún gel frío. Cada poro de mi cuerpo esperaba lo que estaba a punto de ocurrir.
—Bueno, ya casi estás lista —dijo Ingrid, colocándose frente a mí, sin soltar el miembro de Marco—. Nos vemos al otro lado, guapa.
Los dos se habían reservado el mejor sitio para no perderse detalle.
***
El primero vino a follarme la boca. No buscaba una caricia: empujaba con fuerza, marcando el ritmo. Antes de que pudiera tomar aire, unas manos sujetaron mis piernas para intensificar el empuje de otra pelvis por detrás. Atravesada por ambos lados, sin tregua, mientras los dedos y el juguete jugaban con mi clítoris, sentía que el aire se me escapaba. Cada vez que la boca me quedaba libre veía la mano de Ingrid trabajando sin descanso a Marco, que tarde o temprano terminaría en algún rincón de mí.
Aquella chica del demonio había aprendido a frenar mi orgasmo justo antes del estallido, y a reanudarlo desde un punto más alto cada vez. Creía que el corazón se me iba a salir del pecho. De repente la sentí salir de debajo de mí, y noté cómo alguien le tomaba el relevo: una embestida nueva, profunda, esta vez desde abajo.
Mi boca quedó huérfana un instante y recuperé la visión. Vi cómo traían a una mujer tumbada, con las piernas abiertas, hacia mí.
—Bueno, ahora veremos si vales lo que han pagado por ti —dijo Ingrid—. Comprobemos si eres una yegua de verdad.
El miembro que me llenaba el sexo se quedó quieto, esperando una orden, y todo cayó en silencio. Solo un azote en mi nalga lo rompió. Noté un glande presionando mi entrada trasera, buscando abrirse paso, y un escalofrío me recorrió la espalda. Otro azote, y mi cuerpo cedió un poco más. Esperaba un tercer golpe, pero en su lugar tiraron de las pinzas de mis pezones y, casi sin querer, me abrí del todo. Aquel glande enorme se acomodó casi por completo, dejándome sin respiración.
—¿Quieres correrte o no? —preguntó Ingrid—. Si es así, vas a tener que pedirlo.
—Sí, no puedo más, fóllame —conseguí balbucear.
—Aquí solo te entendemos nosotros. Repite conmigo: Fick mich —ordenó Ingrid.
No sabía qué estaba diciendo, y me daba igual, pero lo grité una y otra vez. Tres azotes más, un par de tirones y el miembro entró hasta el fondo, lo que fue la señal para que la mujer que tenía debajo me cabalgara también. Ensartada por ambos lados, sentí cómo acercaban aquel sexo de mujer hasta mi boca, donde se ahogaron mis gemidos y mis súplicas.
Si las manos de Ingrid me habían desmontado antes pieza a pieza, aquellos dos cuerpos me abrieron como una flor. Primero estalló mi entrada trasera, luego mi sexo, y por último un chispazo en el clítoris me dejó inmóvil mientras la mujer dejaba caer su placer en mi boca.
***
Aún no había recuperado el aliento cuando ya tenía dos miembros más en las manos y el cuerpo entero invadido por dedos y bocas. A mi sexo le dieron una tregua, pero el resto de mí fue territorio de todos. Aquel desorden me abrumaba: tantas manos, tantos besos, tanto de todo. Alrededor, el mundo entero era sexo. Marco empujaba a Ingrid, Ingrid besaba a la mujer que yo había devorado. Había pasado de protagonista a espectadora de mi propia función.
Poco a poco todos se sumaron a aquel orgasmo colectivo y, de la misma manera, fueron desapareciendo. Al final solo quedamos los tres, extenuados y envueltos en una felicidad absurda, fruto de todas las endorfinas liberadas. Necesitábamos algo —no sé si un abrazo, una charla o una copa—, pero necesitábamos ese algo. Primero, una ducha y vestirnos para volver al exterior.
Regresamos a la habitación donde me habían preparado. Era la misma estancia, pero ya no lo parecía. Bajo el agua, Ingrid se dejaba enjabonar por Marco, y yo admiraba cómo aquellas caricias eran mucho más de lo que aparentaban. El agua bajaba por mis pechos recordándome cómo habían sido mordidos y estirados hacía apenas unos minutos. Las imágenes de aquellos cuerpos seguían circulando por mi cabeza, casi las notaba aún contra la piel. Más guarra que un rato antes y probablemente menos que dentro de otro, salí de nuevo a la calle abrazada por mis dos amantes.
***
Caminábamos sin rumbo cuando Ingrid propuso conocer la ciudad en tranvía. Pasaba ya de la una de la madrugada, así que apenas iba gente.
—Tu mujer se ha convertido en toda una guarrilla —soltó Ingrid de pronto.
—La verdad es que está más desatada que nunca —contestó Marco.
Empezaron a comentar todo lo ocurrido en el local como si yo no estuviera delante, y no precisamente en voz baja. Suponía que los pocos pasajeros no entendían castellano, pero aun así la situación volvía a encenderme.
—Creo que a tu mujer le está gustando escuchar lo perra que ha sido, ¿no te parece? —comentó Ingrid.
—Eso parece. Mira cómo tiene los pezones —dijo Marco, tomando uno entre sus dedos.
Sentada en la última fila, cachonda otra vez, comprendí que mis dos amantes habían decidido que tocaba otro número.
—Dile que se quite las bragas. Seguro que las tiene empapadas —ronroneó Ingrid, llevando la mano a la entrepierna de Marco.
Marco me ordenó que me las quitara, y quién era yo para desobedecer. Medio vestida, medio desnuda, una de mis manos se coló bajo el vestido buscando mi sexo. Ir de un encuentro a otro desde que habíamos llegado, en lugar de saciarme, me mantenía en una tensión constante; aunque me corriera, y vaya si lo había hecho, mi cuerpo guardaba siempre un cartucho de reserva.
Los tres en la última fila: ellos jugaban en un extremo, yo en el otro, ya sin disimulo, los dedos entrando y saliendo de mí.
—Dile a tu mujer que no sea tan descarada, que ese señor no le quita ojo —advirtió Ingrid.
Al dejarme llevar, no había reparado en el hombre, ni en los demás pasajeros. Los otros quizá lo intuían, pero a aquel caballero no le quedó la menor duda: vio perfectamente mis dedos entrar y salir de mi sexo húmedo. Su sonrisa me llegó hasta la garganta. No es que me hubiera vuelto mojigata, pero así de golpe me dio un ataque de pudor y me tapé, sonrojada.
—¿Te lo quieres llevar? ¿O prefieres a otro? ¿U otra? —preguntó Ingrid.
Estaba demasiado cohibida para contestar. Solo quería bajarme del tranvía y escapar un momento. Por una vez, aquellos dos crápulas me hicieron caso, y en la siguiente parada vimos alejarse el vagón con el hombre todavía mirando, incrédulo, por la ventanilla.
***
Cuando recuperé un poco la cabeza, me di cuenta de que habíamos vuelto al barrio rojo, junto al canal y los escaparates iluminados. Estaba nerviosa. Entonces Ingrid me abrazó y sentí una paz inmensa, reconfortante.
—Estás preciosa cuando te alteras —me susurró al oído, acariciándome la espalda—. Me ha puesto muchísimo verte tocarte casi para aquel desconocido.
La muy bruja me tenía justo donde quería: relajada y excitada a la vez, conducida sin remedio hacia otra encerrona. Parecía un bar como cualquier otro, pero en aquel barrio imaginaba que siempre había algo más. Estaba lleno; conseguimos un hueco al fondo de la barra, un poco encajonados, pero con sitio. Ingrid pidió por los tres y brindamos. La música sonaba baja, así que podíamos hablar con la tranquilidad de que nadie nos entendía.
Ingrid quedó pegada a la pared, Marco junto a ella y yo casi de espaldas al resto. Seguíamos en nuestro mundo, entre bromas subidas de tono y comentarios lujuriosos protegidos por el idioma. De repente noté una mano acercándose a mi culo. Miré a Marco y le sonreí, pensando que era él. No es que me molestara que mi marido me tocara, pero había algo que no encajaba: no era su forma de hacerlo. Volví a ponerme nerviosa. ¿Quién me estaría tocando? Y, peor aún, a estas alturas, con el vestido tan corto y sin bragas, ya se habría dado cuenta de mi desnudez bajo la tela.
Mi cara me delató.
—¿Qué te pasa? ¿Todo bien? —preguntó Marco.
—Mordiéndome la lengua de rabia conseguí decirlo—. Tengo a alguien detrás que me está metiendo mano. Pero metiendo mano de verdad.
—Tampoco parece que te moleste demasiado —dijo Ingrid—. Yo tengo el miembro de tu marido en la mano y a él no le molesta.
No daba crédito: Ingrid se la estaba trabajando a Marco en plena barra, y el desconocido ya tenía un dedo dentro de mí. Mi cuerpo me decía «disfruta»; mi cabeza, «pero ¿dónde vas?». Como una autómata me fui desplazando, huyendo de aquel dedo, hasta llegar a la pared. Buscaba con la mirada al dueño de la mano, pero no lograba identificarlo.
—No me digas que no quieres, si estás empapada —me susurraron al oído.
No era la voz de Marco, a quien tenía a la vista, ni la de Ingrid. Aquel dedo se convirtió en dos manos que me sujetaron con ímpetu.
—Llevo un rato escuchándote, así que no te hagas la mojigata —dijo la voz.
Noté otra mano más, y esa sí la reconocí: era de Ingrid, y no intentó ocultarlo.
—A tu mujercita se la van a follar aquí y ahora, Marco —dijo, acariciándome el clítoris.
Hasta Marco se giró para mirar al tipo y le dio casi su bendición. La única que no podía verle la cara era yo. Sentí cómo levantaban mi vestido por detrás, cómo separaban mis piernas, mi clítoris en manos de Ingrid, mi cuerpo entregado a un desconocido sin rostro en mitad de un bar lleno de gente. Había perdido por completo el norte. Tuve un destello de lucidez e intenté apartar tanto las manos del extraño como los dedos de Ingrid.
—Déjate llevar, que te folle bien follada —dijo Marco, poniendo su miembro duro en mi mano.
Ingrid metiéndome mano por un lado, Marco dándome su miembro para jugar por otro, y el desconocido abriéndose paso desde atrás. Aquel hombre separó mis nalgas buscando mi entrada trasera y apoyó su glande contra ella. Un escalofrío me recorrió entera: era enorme, imposible que entrara, así que aparté el culo de su trayectoria.
—Por ahí no —dije, tajante.
Sin una palabra, el glande cambió de rumbo, se colocó frente a mi sexo y, mientras Ingrid me estimulaba el clítoris, entró de una sola embestida, sin pedir permiso. Ingrid coqueteaba y me besaba con falsa inocencia mientras, por debajo, apresaba mi clítoris con la mayor de las maldades. Marco se masturbaba con mi mano, sintiendo cómo aquel individuo me cabalgaba profundo y lento. Yo miraba al horizonte intentando mantener la compostura, follada en mitad de un bar, con dedos en mi sexo y un miembro en la mano. Me sentía volar, me sentía guarra, humillada y a la vez reina del universo. A esas alturas me daba igual quién fuera el desconocido; lo único que quería era correrme.
Marco terminó, irremediablemente, en mi mano. Ingrid abandonó mi clítoris para ocuparse del suyo. El extraño llevó el pulgar a mi entrada trasera sin dejar de bombearme, y yo, buscando solo mi placer, abrí mis labios y tomé mi clítoris con mis propios dedos. Quería correrme, quería que me follaran bien, y para eso a veces una tiene que poner de su parte. Así, mirando a los ojos a Ingrid y a Marco, me follaron en aquel bar sin que yo supiera quién lo hacía ni cómo era. Pero eso sí: bien follada.