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Relatos Ardientes

El club donde mi esposa dejó de ser solo mía

Ilustración del relato erótico: El club donde mi esposa dejó de ser solo mía

La noche en Valencia tenía una textura distinta a cualquier otra. Las luces ámbar de las farolas se reflejaban en el suelo todavía húmedo de la lluvia de la tarde, y el aire olía a sal del puerto cercano. Caminábamos de la mano por las calles estrechas del casco viejo, sin prisa, dejando que la tensión creciera entre nosotros como una cuerda que alguien tensaba poco a poco.

Mi mujer, Renata, sabía jugar con mi deseo mejor que nadie. Esa noche había elegido un vestido color vino que se ceñía a su cuerpo con una naturalidad casi insolente. Cada paso suyo dibujaba una línea nueva: el balanceo de las caderas, la curva de la espalda, el escote que insinuaba sin mostrar del todo. Yo sabía algo que el resto de la calle ignoraba.

—¿Estás nervioso? —me preguntó, sin mirarme, con esa media sonrisa que conocía de memoria.

—Un poco —admití—. ¿Tú no?

—Yo estoy lista desde que salimos de casa.

Y lo decía en serio. Bajo el vestido llevaba un conjunto de encaje negro, transparente, que dejaba poco a la imaginación. Lo había escogido ella misma esa tarde, frente al espejo, mientras yo la observaba desde la cama sin atreverme a interrumpir el ritual.

El local estaba al final de un callejón sin nombre, detrás de una puerta de hierro pintada de oscuro y sin más señal que un timbre discreto. Llamamos. Una mirilla se abrió, se cerró, y la cerradura cedió. Nos recibió una mujer de mediana edad que cobró la entrada sin preguntas y nos señaló el guardarropa con un gesto.

Dentro, el ambiente era denso. Olía a cuero, a perfume dulzón y a esa cosa indefinible que tiene el deseo cuando flota en el aire de una habitación cerrada. Las luces eran bajas, rojizas, y dibujaban sombras movedizas en las paredes. Se oían murmullos, risas contenidas, alguna respiración entrecortada que llegaba desde los reservados del fondo.

—Vamos por una copa primero —propuse, más por darme un minuto que por sed.

Renata aceptó, pero apenas tocó el vino. Sus ojos recorrían el lugar con una curiosidad que yo nunca le había visto, calibrando a la gente, midiendo el ambiente, decidiendo hasta dónde quería llegar.

***

Después de la copa, me tomó de la mano y me guió hacia un pasillo lateral. Era angosto y casi a oscuras, con varias puertas a cada lado. Detrás de una de ellas había una cabina pequeña, de paredes acolchadas, con un banco bajo y poco más. Entramos y eché el pestillo.

Nos besamos en cuanto la puerta se cerró. Sus labios eran suaves y urgentes a la vez, con el sabor del vino todavía encima. Mis manos subieron por su cintura, arrastrando la tela del vestido hasta sentir el encaje y la piel tibia debajo. Ella jadeó contra mi boca, un sonido bajo que me recorrió la espalda entera.

—Quiero probar algo —murmuró, separándose apenas—. Confía en mí.

Antes de que pudiera responder, golpeó suavemente la pared. Comprendí entonces lo que era aquel sitio: una de las paredes tenía una abertura discreta, y al otro lado había alguien. Una mano apareció primero, dudando. Renata la miró, sonrió y la guió ella misma hacia su muslo.

La observé enloquecer despacio. Aquellos dedos desconocidos subieron por su pierna, exploraron el borde del encaje, se demoraron donde ella quería. Su respiración se volvió un hilo entrecortado. Apoyó la frente en mi hombro, agarrándose a mi camisa, mientras dejaba que esa caricia anónima la encendiera.

—Alguien me está tocando —me susurró al oído, con la voz temblando— y me gusta demasiado.

No respondí. Le aparté el pelo de la cara para verla mejor, para no perderme ni un gesto. Sus piernas se abrieron un poco más, sus caderas empezaron a buscar el ritmo de aquella mano. En cuestión de minutos, todo su cuerpo se tensó como una cuerda y luego se soltó de golpe.

—Dios… —jadeó contra mi cuello—. Me corrí.

Me sentí embriagado. No de celos, como había temido al principio, sino de un orgullo extraño y caliente. Verla disfrutar así, sin reservas, era lo más excitante que había presenciado nunca.

***

Salimos de la cabina con el pulso acelerado. El vestido vino se le pegaba al cuerpo, las mejillas le ardían y la sonrisa que llevaba no tenía nada de inocente. Caminó delante de mí por el pasillo, y yo la seguí como quien sigue a alguien que de pronto se ha vuelto desconocido y fascinante.

El corazón del local era una sala más amplia, con sofás de cuero oscuro repartidos en penumbra y una pantalla al fondo que proyectaba imágenes que nadie miraba. Allí las sombras se movían en una coreografía propia. Algunas parejas, algunos solos, todos atentos a lo que ocurría a su alrededor.

Renata eligió un sofá amplio en una esquina y se dejó caer en él. Me miró, dio una palmada en el cuero a su lado y luego, sin decir nada, se deslizó hasta quedar de rodillas sobre el suelo enmoquetado, con esa gracia deliberada que usaba cuando sabía que la estaban mirando.

Y la estaban mirando. La luz tenue de la pantalla le acariciaba la piel dorada y resaltaba el brillo de su frente, de sus hombros, del pecho que subía y bajaba con cada respiración honda. Se pasó las manos por los muslos, lentamente, como si quisiera prolongar la sensación de lo que acababa de vivir en la cabina.

No estábamos solos mucho tiempo. Uno a uno, varios hombres empezaron a acercarse, atraídos por ella como por un imán. Se fueron acomodando alrededor del sofá, formando un semicírculo silencioso en el que ella era, sin discusión posible, el centro absoluto.

—¿Estás seguro? —me preguntó Renata, levantando la vista hacia mí, buscando mi permiso una última vez.

—Solo quiero verte disfrutar —respondí, y era verdad.

El primero se acercó con cautela, casi con respeto, como si no terminara de creerse su suerte. Ella lo recibió con una sonrisa pícara y deslizó las manos por sus caderas, marcando ella el ritmo, decidiendo ella el cómo y el cuándo. Otro la tomó por la cintura desde un costado, atrayéndola hacia sí, y Renata jadeó sin dejar de mirarme a mí, solo a mí, como si todo aquello fuera en el fondo un regalo que me estaba haciendo.

***

Verla así, entregada y al mando a la vez, era una contradicción hermosa. Recibía las caricias de aquellos desconocidos con una mezcla de dulzura y voracidad, pero nunca perdía el control. Si quería detener algo, bastaba un gesto. Si quería más, lo pedía sin palabras. Su cuerpo se movía entre ellos con una libertad que yo no le conocía, inclinándose, ofreciéndose, retirándose para volver a acercarse.

Yo permanecía sentado en el borde del sofá, sin tocar a nadie, sin necesidad de hacerlo. Mi placer estaba entero en mirarla. En el modo en que cerraba los ojos cuando una caricia daba en el sitio justo. En el sonido grave que se le escapaba de la garganta. En cómo, cada pocos segundos, abría los ojos y los clavaba en los míos para asegurarse de que seguía allí, de que seguía siendo suyo.

El encaje negro ya no cubría casi nada, pegado a su piel húmeda. Las sombras de los cuerpos que la rodeaban se mezclaban con la suya en la penumbra, hasta volverse una sola masa de respiraciones y movimiento. La sala entera parecía contener el aliento al ritmo del de ella.

—Mírame —me pidió en un susurro ronco, en mitad de todo—. No dejes de mirarme.

—No podría aunque quisiera —le respondí.

El final llegó como una ola que se levanta despacio y luego rompe de golpe. El cuerpo de Renata se tensó, su espalda se arqueó, y un gemido largo y entrecortado se le escapó de los labios mientras se aferraba a mi mano como a un ancla. Tembló una vez más, profundamente, y después se dejó caer hacia atrás, hacia mí, exhausta y radiante.

Los desconocidos se fueron retirando en silencio, como sombras que vuelven a su sitio, devolviéndomela. La rodeé con un brazo y la atraje contra mi pecho. Tenía la respiración errática, la piel brillante y una sonrisa de puro éxtasis que no se le borraba.

***

Le aparté el pelo pegado a la frente y le sequé con los dedos el sudor de las sienes. Sus ojos, todavía borrosos de placer, se enfocaron despacio en los míos.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Estoy más que bien —murmuró—. Gracias por confiar en mí.

—Eres increíble —le dije, y lo pensaba de verdad.

Ella sonrió, apoyó la cabeza en mi hombro y soltó un suspiro hondo, de esos que solo salen cuando el cuerpo está completamente saciado. Nos quedamos así un rato largo, en silencio, mientras la sala seguía latiendo a nuestro alrededor con vidas ajenas a la nuestra.

Recogimos sus cosas, la ayudé a acomodarse el vestido y salimos por la misma puerta de hierro por la que habíamos entrado. La calle nos recibió con su aire fresco de madrugada y el rumor lejano del mar. Caminamos de nuevo de la mano, en silencio, pero era un silencio distinto al de la llegada: más espeso, más cómplice, lleno de todo lo que acababa de pasar.

—¿Lo repetiríamos? —preguntó ella al fin, mirándome de reojo.

Me detuve, la besé despacio en mitad de la calle vacía y, contra sus labios, le respondí lo único que podía responder.

—Cuando tú quieras.

Valencia nos había envuelto en su noche, y ninguno de los dos tenía la menor intención de despertar todavía.

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Comentarios (4)

MarceloGLP

Tremendo relato!!! Uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Segui así

Diegomiramar

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber cómo siguio todo despues de esa noche. Excelente narración

ValentinaCordoba

Me recordo una situacion parecida que viví con mi pareja hace años... no llegamos tan lejos pero la adrenalina fue similar. Muy bien escrito

Sergio_BA

¿Y como reaccionó ella al dia siguiente? Eso es lo que mas me interesa saber jaja. Buenisimo el relato

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