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Relatos Ardientes

La encerrona que le preparé al mejor amigo de mi marido

Ilustración del relato erótico: La encerrona que le preparé al mejor amigo de mi marido

Mientras el agua resbalaba por mi piel, intentaba afinar mi estrategia. Tener a mi marido y a su mejor amigo esperándome en el salón me ponía nerviosa. Nerviosa y excitada a partes iguales.

El jabón hacía su trabajo, dejándome limpia y lista. Pasaba la esponja despacio, a conciencia, por cada centímetro. Necesitaba sentirme más impecable que nunca.

¿Cómo lo haría? ¿Cómo provocaría la situación que tantas veces había fantaseado? Dos hombres para mí sola, en mi propia casa.

Adrián y yo lo habíamos hablado muchas veces. Cada uno tiene sus fetiches, sus deseos guardados, y desde hacía años habíamos hecho un pacto silencioso: cumplir las fantasías del otro. Esta vez me tocaba a mí.

No había sido una elección fácil. Su vieja amistad con Tomás podía resentirse, o quizá afianzarse todavía más. La apuesta era arriesgada, pero Adrián sabía perfectamente que su amigo siempre me había mirado de otra manera. Y yo nunca había escondido las ganas que le tenía.

Salí de la ducha y me envolví en una toalla grande y mullida. Sequé mi pelo sin prisa. Una crema hidratante que dejaría mi piel suave y dulce al tacto. Un toque de perfume en los lugares precisos. Algo de maquillaje, no mucho, lo justo para resaltar mis ojos y mis labios.

Salí del baño cubierta apenas por la toalla. Crucé frente a ellos camino del dormitorio, dejando a la vista mis muslos casi hasta el nacimiento de mis nalgas.

De reojo vi cómo los ojos de Tomás casi se cruzaban al mirarme. Mi marido sonreía ante mi descaro.

Adrián se levantó con la excusa de buscar un cenicero. Pasó a mi lado, me dio un beso en el cuello que fue más caricia que beso, y una palmada suave sobre la toalla. Me quejé entre risas y seguí mi camino.

***

El tanga más provocador que tenía me quedaba de maravilla. Rojo granate, apenas dos hilos que se hundían entre mis carnes hasta desaparecer. Me sentía descaradamente deseable.

Un sujetador a juego bajo la blusa más escotada del armario. Mis pechos asomaban por encima de la tela, hambrientos de atención. Una falda corta, no demasiado, lo justo para dejar volar la imaginación sin parecer vulgar.

Me miré al espejo de arriba abajo. Estás para comerte, me dije, y lo creí.

Volví al salón con sed de una buena copa de vino. Estaba algo nerviosa y necesitaba calmarme.

La mirada de Tomás me golpeó otra vez desde el sofá. Me sentí deseada. Muy deseada.

Adrián me acercó la copa mientras me recorría con los ojos. Cualquiera diría que no me había visto nunca. Con él siempre era así, siempre fogoso, siempre dispuesto.

Me senté en el sillón, justo enfrente de ellos. Las piernas bien cruzadas, los muslos a la vista de un Tomás que no sabía dónde poner la mirada.

La charla era agradable, pero de mi mente no se borraba la idea de tenerlos a los dos a la vez.

Con la excusa de alcanzar algo de un plato, me incliné y dejé en evidencia el peso de mis pechos ante aquellos ojos. Una tos fingida y un cambio de postura fueron toda la respuesta de Tomás.

Adrián me guiñó un ojo, pícaro. Algo así como un «sigue así». No hacía falta que me lo dijera dos veces.

La aceituna desapareció entre mis labios de la forma más morbosa que pude. Sé bien cómo encender a un hombre. Mis ojos desafiaban a Tomás sin el menor recato.

***

Abrí las piernas un poco más, dejando ver algo más que los muslos. Se removió de nuevo en el sofá, ahogando mi risa.

Adrián salió del salón con la excusa de traer más picoteo. Dejó a su amigo a mi merced. Me relamía solo de pensarlo.

Un trago largo a mi copa y miré sin disimulo su entrepierna. No, no era una ilusión: aquello aparecía abultado. Muy abultado.

Se sonrojó al darse cuenta de qué estaba mirando y cruzó las piernas en un gesto incómodo. Por dentro me moría de risa. Estaba siendo tan fácil.

Adrián entró justo cuando yo me levantaba para sentarme junto a nuestro invitado. No dijo nada. Dejó un plato de jamón sobre la mesita, apuró su copa casi vacía y volvió a llenar las tres antes de sentarse de nuevo.

Mi muslo rozaba el de Tomás. La conversación se volvió divertida, nerviosa por su parte, aunque él intentaba disimular. Su erección, en cambio, era imposible de ocultar.

Poco a poco la charla se fue inclinando hacia terrenos calientes. Adrián hablaba sin pudor de cómo disfrutábamos del sexo, e incluso presumió de aquella noche en que me provocó más de diez orgasmos. Aquella noche, lo reconozco, terminé deshecha.

Tomás no sabía qué decir. Mi muslo se frotó contra el suyo mientras yo echaba la cabeza atrás para comer un poco de jamón, proyectando los pechos hacia delante como si quisieran romper la blusa.

—Cariño, no seas tan provocadora. Vas a hacer que se me ponga dura —rio Adrián de su propia broma.

Lo miré a los ojos, me levanté y me acerqué a él. Lo besé con ganas, metiéndole la lengua hasta el fondo, levantando una pierna para rozarla contra su bulto.

Adrián me observaba asombrado. Quizá Tomás estuviera pensando en marcharse. No podía dejarlo escapar.

—¿A ti también se te ha puesto dura, Tomás? —dije, plantándome de pie frente a él, mi pubis justo a la altura de su cara.

Balbuceó algo e hizo ademán de levantarse. Apoyé las manos en sus hombros para impedírselo.

—¿Adónde vas? ¿Te molesta que sea cariñosa con mi marido o que lo sea contigo?

Lo vi azorado, sin saber qué responder. Se sentía fuera de lugar. Me incliné y deposité un beso en sus labios. El gesto le dio a Adrián la oportunidad de ver bien bajo mi falda, que se subió lo justo.

Tomás no contestó. Me apartó con una pregunta clavada en los ojos, dirigida a Adrián. Mi marido alzó la copa.

—Aprovecha, hombre. Te tiene muchas ganas —dijo.

***

Con las mejillas encendidas, Tomás volvió a mirarme. Esta vez se sentía atrapado. No sabía cómo reaccionar y decidí no darle tiempo a pensarlo.

Abrí mi blusa y mis pechos quedaron apuntando a su cara. Juro que volvió a cruzar los ojos. Me senté a horcajadas sobre sus piernas y lo besé otra vez, pero ahora de verdad. Su boca se abrió y nuestras lenguas se buscaron.

Tomé sus manos y las llevé a mi culo. Tenía que saber a qué se enfrentaba.

Sus ojos buscaban a Adrián con una pregunta sin respuesta. Mi marido se limitaba a sonreír y a brindar por él.

Aquello pareció animarlo y, ahora sí, sus manos apretaron mis nalgas a conciencia. La falda estaba muy subida y no le costó esfuerzo encontrar mi piel. Me sobaba delante de mi marido. Nervioso, pero lo hacía.

Le abrí la camisa con manos temblorosas. No las tenía todas conmigo, pese a la fantasía. La presencia de Adrián, de algún modo, me tranquilizaba.

Pronto su torso quedó desnudo. Le tocaba el turno al pantalón. Necesitaba saber qué guardaba ahí abajo.

Desabroché el cinturón, el botón, bajé la cremallera. El sonido del metal y el calor que me llegaba a la mano me estaban empapando el tanga.

De rodillas frente a él, dejé su ropa en el suelo. No estaba nada mal dotado el muchacho. Para nada.

Con la cara congestionada, no se atrevía a mirar a su amigo. Se dejaba acariciar sin decir palabra. Solo cerró los ojos cuando lo tomé con la boca y lo cubrí de saliva caliente. Un gemido se le escapó.

Adrián seguía mirando. A esas alturas imaginaba lo excitado que estaría. Aunque nunca lo admitió, siempre supe que le gustaría ver lo que ahora veía: a su mujer chupando una verga que no era la suya.

***

Alcé el culo para dejárselo bien a la vista. Sé cuánto le gusta. Disfrútalo, mi amor, una vez más.

La dureza que sentía entre los labios empezó a palpitar al mismo tiempo que una mano me recorría las nalgas. Adrián no pudo ignorar la invitación. Me arrolló la falda en la cintura y se dedicó a sobarme, hundiendo de vez en cuando los dedos entre mis nalgas. No tardó en darme un mordisco que casi me hace gritar. Imposible, con aquella carne llenándome la boca.

Su lengua vino después a calmar la zona con toques húmedos y sabios.

Para entonces yo estaba completamente empapada. Me moría por que cualquiera de los dos me la metiera.

Una mano tiró de mi pelo. Adrián reclamaba mi atención. Se ensartó en mi boca dejándome sin aliento mientras le acercaba otra copa a Tomás, que miraba alucinado.

La aceptó con cara de sorpresa. Bebió mientras me veía lamer golosa la verga de su mejor amigo.

Casi sentí arcadas cuando Adrián me rozó la garganta. Sus ojos me observaban desde arriba de un modo extraño. No era desaprobación. Era otra cosa.

La sacó para empujarme de nuevo contra su amigo, hasta volver al mismo lugar donde había estado minutos antes. Parecía disfrutar viéndome sometida. No me extraña: siempre tuvo algo de dominante.

Engullí como pude aquella carne dura mientras me arrancaba la ropa con manos apresuradas. La blusa, el sujetador, la falda. Solo dejó mi tanga en su sitio.

—Ponte de pie —ordenó—. Queremos verte bien. ¿Verdad, Tomás?

No esperó respuesta. Tirando de mis brazos me dejó prácticamente desnuda frente a ellos.

***

Se sentó en el sofá, al lado de su amigo. Las dos vergas miraban al techo mientras sus dueños me devoraban con los ojos.

Acaricié mis pechos delante de ellos, apretándome los pezones para su placer y el mío. Me contoneé, morbosa, excitada de saberme observada.

Me di la vuelta y dejé que mi culo oscilara ante ellos. Me agaché lo justo para que pudieran apreciarlo, abriendo mis nalgas con mis propias manos.

Sentía en las sienes los latidos de mi clítoris. Sé perfectamente lo que provoco vestida; imagina desnuda y caliente frente a esos dos.

Me erguí, abrí las piernas y dejé ver mi pubis, apenas cubierto por aquel hilo granate que ya se oscurecía con mis fluidos. Sin apartarlo, metí la mano desde arriba, tapando con ella lo que pudieran ver, dejando el resto a su imaginación.

Me acaricié obscena, lenta, eróticamente. Me mordí los labios después de pasarme la lengua por ellos. Tenía que llevarlos al borde del colapso. Y lo estaba consiguiendo.

Me dejé caer de rodillas entre los dos. Tomé aquellos miembros con las manos. Los masturbé despacio antes de engullirlos por turnos.

Sentir dos vergas a mi disposición me hizo sentir poderosa. Obscenamente poderosa. Vorazmente caliente.

Ambas probaban a hundirse más allá de mi garganta. Así de excitados estaban. Casi perdían el control con cada embate mío.

***

Cuando me cansé, me puse en pie. Tiré de Adrián hasta tenerlo a mi lado. Con la más atrevida de mis miradas, me senté sobre aquella verga desconocida, hundiéndola en mi cuerpo hasta el fondo.

Sujeté a mi marido por las caderas y absorbí la suya hasta sentirla casi en la nuca. Me sentía más golosa que nunca.

Subía y bajaba mientras lamía aquella carne tan conocida. Unas manos se aferraban a mis pechos; otras me empujaban contra esos labios.

Me moría de placer. Por fin estaba cumpliendo mi fantasía.

Allí estuve empalada hasta que noté que Tomás estaba a punto de correrse. De ninguna manera, aún no.

Me levanté dejándolo al aire y arrastré a los dos hasta el dormitorio. Los empujé sobre la cama, boca arriba. Quería devorarlos despacio.

***

Me quité el inútil tanga y subí gateando a la cama. Ahora mandaba yo.

Lamí sus pezones, sus pechos, sus vergas, todo. Necesitaba saciarme de su sabor. Ellos se dejaban hacer.

Me senté sobre la cara de Tomás mientras miraba cómo mi marido se masturbaba. Sin decir nada, me animaba con la mirada.

La lengua de Tomás sabía moverse. Tampoco le di muchas opciones: o lamía o lamía.

Le indiqué a Adrián que mi parte trasera también quería atención. No se hizo de rogar. Abrió mis nalgas hasta dejar mi ano expuesto, a unos centímetros de su amigo, que seguía afanado en lo suyo.

Dos lenguas para mí, cada una en un sitio distinto, haciéndome gritar como una gata en celo. Sus salivas se juntaban allí abajo. Creo que en algún momento se rozaron, en pleno calentón.

Allí sentada, mis caderas no paraban de moverse de un lado a otro. Estaba en la gloria. Nunca había sentido nada igual.

Una mano apoyada en cada cabeza, empujándolos para que no dejaran de lamer. Sentía cómo se me revolvía el vientre de puro placer.

Me vine aferrada al cabecero, gimiendo y temblando, empapando aquellos dos rostros.

***

No me dieron tregua. La verga de mi marido se incrustó entre mis nalgas mientras Tomás hacía lo propio en mi sexo. Me sentí colmada de más carne de la que creía poder admitir.

Unas manos en mis caderas marcaban el ritmo mientras me embestían sin contemplaciones, haciendo caso omiso a mis súplicas de que aflojaran. No hubo manera.

Mis pechos se quejaban de las mordidas. Los pezones me dolían a rabiar. De dominante había pasado a dominada. Y de qué manera.

Al rato cambiaron de posición. Tomás quería metérmela por detrás y mi marido le cedió el sitio gustoso, pasando él a ocupar el lugar que quedaba libre.

De nuevo me hundí en un grito al notar aquella carne quemándome por dentro, llegando a lugares insospechados, dejando un vacío cada vez que se retiraba para volver a clavarse hasta el fondo.

Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí. No había forma de detener aquellas olas. Una, dos, tres, mil veces me recorrieron descargas de las sienes a las entrañas. Sentía morirme en cada orgasmo, sostenida por brazos fuertes que impedían que me cayera o que parara.

Fundí a negro en un éxtasis del que tardé en regresar, por mucho que ellos lo intentaran. Mi cuerpo había llegado a su límite, dejándolos excitados pero satisfechos de verme así, convulsa y deshecha.

***

Quizá comprendiendo que debían parar, se tumbaron a mi lado, rodeándome con los brazos, dejándome recuperar el aliento.

No sé cuánto tiempo pasó. El humo de unos cigarrillos dejó de flotar cuando conseguí rehacerme.

En cierto modo me dio pena verlos así, desnudos y todavía duros, pero considerados con mi estado.

Tomé ambas vergas con las manos y empecé a masturbarlos a la vez, despacio, paciente. Yo aún tenía energías de reserva para los dos.

Besé sus cuellos, lamí sus bocas. De rodillas entre ellos, los miraba como un niño mira un pastel.

Mi cuerpo volvió a reaccionar al escucharlos gemir.

Tiré de ambos hasta juntar las dos vergas, lo justo para saborearlas al mismo tiempo. Meterlas juntas en la boca fue imposible, así que me contenté con pasar la lengua por los dos glandes. Noté el sabor del líquido preseminal en cada pasada. Los dos disfrutaban.

Lamí hasta sentir la lengua dormida y el sexo otra vez húmedo. Era hora de una nueva ronda.

***

Sentada sobre la verga caliente de mi marido, animé a Tomás a metérmela de pie en la boca.

Me acomodé hasta sentir aquel glande conocido rozarme por dentro mientras engullía la novedad de Tomás.

Cabalgar a mi marido no era nada nuevo, pero sentir una verga ajena en la boca al mismo tiempo lo superaba todo.

Flotaba entre sensaciones nuevas. Mi cabeza apenas aceptaba la realidad que estaba viviendo.

Subía y bajaba como si montara un caballito de carrusel, apretando aquellas nalgas duras con las manos, cabeceando al ritmo de la orgía.

Adrián elevaba las caderas penetrándome con fuerza, hasta que quiso cambiar. Se salió de mi sexo e invadió mis nalgas, arrancándome un grito mientras se me erizaba la piel. Otra vez sentí que se iría sin remedio. Tenía que parar.

Lo dejé disfrutar un rato antes de pedir el cambio. Quería sentir a Tomás justo ahí detrás. Su verga era algo más pequeña que la de Adrián y no dolía tanto. Más bien al contrario.

Algo de gel y se hundió en mi culo, ya saqueado tantas veces.

Tumbada de espaldas sobre su pecho, le rogué a Adrián que me penetrara también. No podía dejar pasar la oportunidad.

Así me estuvieron follando hasta que sentí su semen estallar en mi interior, gritando de puro placer, llenando la habitación de sonidos obscenos.

El semen me desbordó cuando ambos se retiraron. Olía a sexo, a sudor, al aire de un lugar donde habían corrido las pasiones.

***

Unos cigarrillos más y volvió la calma durante un buen rato.

Entre Adrián y yo le explicamos al todavía confundido Tomás cómo habíamos llegado hasta aquello. Cómo habíamos decidido que fuera él y no otro. Nos disculpamos por la encerrona, aunque no es que no le hubiera gustado. Todo lo contrario. Pero al menos podríamos haberle avisado.

Rio la broma mientras atrapaba uno de mis pezones entre los labios, dispuesto a seguir jugando toda la noche.

Adrián sonreía, satisfecho. La próxima sería la suya, y ya estaba maquinando algo.

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Comentarios (4)

DiegoMdp92

tremendo relato!! quede pegado hasta el final

PatriciaM_ok

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando mas morbo tenia jajaja

ElObservador_ok

Lo que más me gusta es cuando es la mujer la que toma la iniciativa. Muy bien contado, se siente real.

Tomas73_rd

Que valiente la protagonista jajaja. me pregunto como reaccionó el marido al final de todo

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