El directo de mi amiga acabó en orgía entre los cuatro
—Tía, el cuarto de Vega parece un búnker —soltó Bruno cuando volvió a oscuras del pasillo de los dormitorios—. Solo le falta clavar tablones en la ventana. Cuántos paneles de insonorización. No me había fijado hasta hoy.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Dice que un poco mejor, pero que no piensa levantarse de la cama. Y me avisó de que igual se viene Dani a pasar la noche.
—Entonces no está tan grave —sonreí con malicia—. Ya sabes por qué tiene el cuarto insonorizado.
—¿Para que no la oigamos follar? —reaccionó él, entre sorprendido y divertido—. Yo creía que era por el violín.
—También. Pero acuérdate del escándalo que salía de su habitación antes y lo poco que se la oye ahora cuando ensaya.
Aunque había desviado la charla a un terreno inocente, no se me borraba la sonrisilla.
—Una Coca-Cola, por favor —le dije, alargándole el vaso vacío.
No dejé de sonreír ni cuando me dio la espalda. Su pregunta me había recordado un par de anécdotas de Vega que jamás le contaría: por mucha complicidad que tuviéramos, no iba a traicionar la intimidad de mi mejor amiga.
«Ni se te ocurra liarte con Bruno», me había advertido cuando él se mudó. «Se rompe el equilibrio». En casa no existía el dos contra uno, y ella temía que, si me acostaba con él, me pesara más el novio que la amiga.
El zumbido del portero me sacó de mis pensamientos. Bruno abrió; al rato oímos el ascensor y unos pasos discretos en el rellano.
—¿Se puede? —susurró Dani desde la puerta. Bruno le hizo un gesto para que entrara—. Buenas. ¿Cómo está la enferma?
—Acabo de verla, parece que tiene mejor cuerpo —contestó Bruno—. Está en el dormitorio.
Tras un par de cortesías, impaciente por ver a su novia, desapareció por el pasillo.
—¡Holaaa! —oímos canturrear a Vega desde su cuarto en cuanto Dani giró el picaporte. La puerta se cerró.
Bruno me miró fijamente.
—¿Y ya está? ¿De aquí a follar como locos?
—Qué va —le expliqué como a un aprendiz—. Primero ella le contará lo mal que ha pasado el día, se acomodarán, vendrán las caricias y, en un cuarto de hora, no les quedará ropa que quitarse. Luego sí: luego a follar como locos.
Me reí cuando, negando con la cabeza, me llamó idiota con cariño.
—Lo que quiero decir es que ya no los vemos hasta mañana.
Como invocada, se abrió la puerta del dormitorio: Dani cruzó a la cocina y volvió con la botella llena.
—Cierro un poco esta puerta, que dice que le retumba la tele —pidió, señalando la que separaba el salón del pasillo. El tono pícaro con que se lo concedimos no dejó dudas a nadie: iban a tardar poquísimo en empezar.
—Pues parece que sí —le dije a Bruno cuando nos quedamos solos y con la puerta cerrada—. Estos se dejan llevar ya mismo.
—Más me jode a mí —respondió—. Con la puerta cerrada no podré espiarte por el espejo del pasillo cuando vayas a ponerte el pijama.
Me sacó una sonrisa y se la seguí.
—Hoy menos que nunca. Con la tensión que han sembrado estos dos, como enseñe algo mientras me espías, no salgo viva del dormitorio.
—Ni loco me acerco a ti desnuda. Bastante tuve con el golpe que me di la primera vez —se quejó, recordando el día en que abrió la puerta del baño, me pilló recién duchada y, del susto, resbaló y se abrió la ceja contra el mueble del lavabo—. Si te espío, te espío de lejos.
El silencio nos hizo aguzar el oído sin querer, los dos a la vez, buscando algún sonido que se escapara del cuarto de Vega. Cuando nos pillamos, nos reímos sin abrir la boca.
—Me puede la curiosidad —dijo, levantándose.
—¿Adónde vas? —pregunté, más con cara de «estás loco» que de prohibírselo.
—Si no puedo espiarte a ti y tampoco me cuentas los secretos de Vega, de alguna forma tendré que saciar mi vena de voyeur, ¿no? —puso la mano en la manilla de la terraza esperando que lo frenara. No lo hice.
Aproveché esos minutos a solas para reconocer que tenía el piloto erótico encendido. Pícara y traviesa Bruno ya me conocía; despreocupadamente caliente, no: eso seguía siendo solo mío.
Volvió con una sonrisa que prometía noticias jugosas. Y, por primera vez, le miré el bulto del pantalón a propósito: ya había relieve.
—Los he pillado en plena faena —soltó, socarrón, cerrando la puerta—. Persiana casi bajada, una lamparita encendida. Qué cuerpo tiene Vega.
—Eh, ¿quieres ponerme celosa?
—¿Te pones celosa? Pues déjame espiarte y solo tendré ojos para ti —suplicó, parpadeando con teatro.
Le sostuve la mirada un par de segundos.
—Voy a ponerme el pijama —dije, con toda la intención.
Se le iluminó la cara: creyó que le iba a dejar espiarme. Crucé la puerta del pasillo, asomé la cabeza para sacarle la lengua y la cerré.
***
Esperé a oscuras a que los ojos se me acostumbraran. Apenas se oía nada: o follaban callados o los paneles de Vega hacían milagros. La luz de la calle siluetaba el espejo del fondo, ese que, con cualquier puerta abierta, devolvía lo que ocurría dentro de mi habitación.
Encendí la luz, me quité la sudadera, la camiseta, el sujetador y las mallas. En tanga, con los pezones ya erizados de pura anticipación, me planté frente al espejo. Si se abría una puerta, lo primero que se vería en la oscuridad del pasillo sería ese reflejo. La idea me ponía cada vez más.
Elegí el atuendo con cuidado: una camiseta de tirantas de cuello muy abierto y sisas generosas, sin sujetador, y un tanga básico de algodón que no enseñaba nada por delante y lo dejaba todo al aire por detrás. Apagué la luz y volví al salón.
Bruno se quedó boquiabierto. No dijo nada, pero me recorría con la mirada.
—¿Qué? —disimulé, cogiendo mi copa para dar un sorbo antes de sentarme.
—¿Cómo me haces esto? Estaba pensando en encerrarme en mi cuarto a soltar tensión y ahora no sé qué hacer.
Me cayó como un jarro de agua fría que pensara en irse. Si le decía «quédate», se acababa el juego; si le decía «vete», también. Así que improvisé.
—Si te vas a tu cuarto, me voy yo al mío. No pienso quedarme aquí de tonta mientras todos se dan un festín.
Por un instante me imaginó masturbándome, se lo vi en la cara.
—Tú no tienes paneles acústicos —dijo, incrédulo.
—No sería la primera vez que me doy un homenaje contigo en casa sin que te enteres —le vacilé, cruzando los tobillos bajo el culo para que se viera bien el tanga.
Me miró entre las piernas, no lo pudo evitar, y de paso se detuvo en mis pezones.
—Mejor me voy a mi dormitorio —decidió—. Si me quedo, voy a terminar diciéndote algo que no debo. No te molesta, ¿no? Llevo demasiado calentón encima.
No era lo que esperaba, pero me conquistó: prefirió frenar antes que violentarme. Le puse mi mejor sonrisa de amiga cómplice.
—Cierra la puerta de tu cuarto, no vayan a llevarse una sorpresa estos si salen.
—La dejo entornada por si te apetece espiarme —bromeó—. Si dentro de un rato te encuentro por aquí, guay.
Se levantó, cerró la puerta del pasillo con cuidado y me dejó sola y caliente.
***
El sexo me llenaba la cabeza. Me encendía imaginarlos a los tres, y el respeto de Bruno solo aumentaba mis ganas de acostarme con él. Era tan fácil como cruzar el pasillo y abrir su puerta.
No lo hice, pero tampoco me quedé quieta. Recogí el móvil, apagué la tele y me fui a mi cuarto. Dejé la puerta abierta: me daba igual quién pudiera abrir la suya, aunque sospechaba que, de abrirse alguna, sería la de él. La que más me apetecía.
Me tumbé en la cama de manera que el espejo lo recogiera todo y empecé a acariciarme alrededor del clítoris mientras buscaba en el reflejo la puerta de Bruno. Me calentaba imaginar lo que se excitaría al verme.
Estaba metida en la fantasía cuando vibró el móvil. Un WhatsApp.
«Espero no pillarte en mal momento. Tengo que hablarte de sexo, es importante y es ahora. La prudencia me dice que mejor por mensajes. ¿Te viene bien?». Era Bruno, claro.
Me vine arriba. «¿Puedes contármelo mientras me espías?», respondí. Qué cachonda me puse al darle a enviar.
«Tiene que ver con Vega y Dani. Y con nosotros. Si me pillan espiándote, la cosa se complica».
Me dejó fuera de juego. ¿Qué sabía de ellos, y cómo? Era imposible oírlos al otro lado de la pared.
«¿Quién eres y qué le has hecho a mi amiga? Dicho esto, esta noche me pone que Vega y Dani nos pillen. Empieza a contar, que me tienes en ascuas».
El clic del pestillo de su puerta me regaló un escalofrío. No lo veía, pero sabía que me observaba en el espejo.
«Vega y Dani están haciendo un show porno en directo en un portal de cámaras. Emiten ahora mismo y han estado hablando de nosotros».
«¿Y qué han dicho?».
«Que a esta casa le falta una orgía. Y piden ideas para conseguirla».
«Que el chat les diga cómo entrarnos, ¿no? ¿Han contado mucho de nosotros?». Mientras escribía, dejaba que una mano jugara entre mis piernas.
«Vega se maneja de cine. Calentó al personal y se llevó el show a privado. Ahí dijo que no sabe cómo proponernos una orgía si lleva prohibiéndote liarte conmigo desde que os conoció».
«¿Ha dicho nuestros nombres?».
«No. Tiene tablas, sabe dónde están los límites. De momento tú eres "su amiga" y yo "el compañero". Y repite que tú eres la clave para montarla».
«Vuelve al ordenador y cuéntame».
«Acaba de explicar su idea: ponerse a cuatro patas mirando a cámara y, mientras Dani la monta, decir que se imagina follándose a alguien. Y ahí va a empezar a hablar de ti. Dice que le pone fantasear con que su novio se folle a su amiga, y con que a ti te guste».
Bruno se quedó pendiente de las pantallas. No me vio venir.
«Estoy sentada en tu cama, justo detrás de ti. Te aviso para que no te asustes». Giró despacio la cabeza, comprobó que no mentía y soltó el aire de golpe. Se apartó un poco para que viera la pantalla, se quitó un auricular y me lo tendió.
—¿Puedo hablarte vulgar cuando haga falta? —susurró.
—Confío en tu buena vulgaridad —contesté.
—Antes de que empiece ella, cuéntame tú.
—Nuestra primera vez fue entre nosotras —le confesé—. Nos gustó tanto que lo repetimos seis veces más antes de empezar a salir con tíos. Si Vega no quiere que tú y yo nos liemos no es por el equilibrio del piso: es porque sabe cómo follo y le da miedo que me lo pase mejor contigo. Para ella aquellos polvos tienen un valor especial, y le aterra que aparezca uno mejor.
—Interesante. Eres el sueño de tu amiga y de tu compañero de piso —dijo, en un tono apenas por encima del susurro—. ¿Has echado algún polvo mejor que aquellos?
—Unos cuantos. La del trauma emocional es ella, no yo.
—No te imaginas las ganas que tengo de inflarte a polvos.
—Tienes papeletas para que esta noche se sumen dos o tres a esa lista.
—¿Dos o tres?
—Claro. Si no, ¿de qué sirve montar una orgía?
Se hizo el silencio del bombazo. Me levanté, apoyé las manos en el escritorio, frente al teclado, y fui dando pasitos hacia atrás abriéndome de piernas y sacando el culo.
Tardó en reaccionar, disfrutando de cómo le acercaba el cuerpo. El primer roce de piel fue un calambre. Se puso detrás, me sujetó las caderas y empezó a llenarme despacio.
—¿Y si nos hacemos nosotros también un privado? —propuse, con la voz entrecortada—. Pero por escrito, desde el chat. Vamos a jugar a que fantaseen con nosotros hasta que se atrevan a invitarnos.
Qué tamaño. Me estiraba por dentro hasta dejarme en tensión constante. Empecé a escribir en el chat: una opinión aquí, una pregunta a Vega allá.
La situación era morbosa y divertida a partes iguales. Vega y yo follábamos en la misma postura, atentas a la misma pantalla: tan lejos como un monitor, tan cerca como la puerta de enfrente. Aunque por separado, también follábamos juntas, porque yo era la fantasía que ella jugaba con Dani.
Le pedí que erotizara la escena y que me describiera, desnuda, en el salón.
—Mi amiga, como mejor está, es desnuda —empezó a contar—. Así que está desnuda en mi fantasía, sola en el salón, tumbada en su sofá como cuando estamos las dos. Mi compañero o se ha ido o está en su cuarto disfrutando a solas.
—Señal de que le intereso —susurró Bruno, sin dejar de moverse.
—Carla se está imaginando lo que pasa al otro lado de la pared —se le escapó a Vega, y lo arregló al vuelo—. Vamos a llamarla Bea, por ponerle un nombre.
—Pues Bea está en el sofá, acariciándose el coño, con la mirada clavada en la puerta del pasillo. Le excita imaginar que se abra y la sorprendamos.
—¿Que la sorprendáis los dos? ¿Solo tú? ¿El compañero? —pregunté.
—Solo Dani, de momento. Que mi amiga conozca a solas la polla que quiero que nos follemos juntas.
—Hablabas de una orgía, no de un trío —tecleé—. ¿Y al compañero cómo lo metes? ¿Os cuento mi fantasía?
—Tu amiga lleva un rato fantaseando con vosotros, cada uno en su cuarto. Pregunta seria, Vega: ¿de verdad crees que se animarían a montar la orgía?
Me la jugué, pero la complicidad del momento la empujó a responder sincera.
—Si se lo propongo, seguro que Bea se apunta a un polvo conmigo —respondió—. Y mi compañero, también. ¿A qué tío no le gusta una orgía?
—Vale. Entonces tu amiga se atreve a escribirse con el compañero y él la reta a verse en su cuarto. Y los dos llegan a una conclusión: si abrís vuestra puerta, entran. No hace falta pedirlo, solo contarlo. Yo, en vuestro lugar, me haría un privado para jugar a abrirla.
—¿Te vienes a ese privado? —coqueteó Vega.
—La duda ofende. ¿Qué te parece?
—Interesante —respondió, clavándose contra Dani con gesto de placer.
***
Vega se tomó la propuesta en serio. Bruno y yo jugábamos con ventaja: conocíamos sus planes antes de que hicieran nada y les habíamos sembrado la imagen de lo que encontrarían al abrir. La sorpresa ya era deseo: en vez de enfadarse, a Vega le encantaría pillarme con Bruno.
Decidieron que abriría ella. Movió la cámara hacia su puerta y nosotros giramos el ordenador para quedar en el encuadre, follando de cara al pasillo: dos siluetas reconocibles al fondo del corredor a oscuras.
—¡Que abro! —avisó, nerviosa, girando el pomo en silencio.
Me sentí poderosa sabiendo lo que ocurría a ambos lados de la puerta. La hoja se abrió poco a poco. En la pantalla vi el respingo de Vega al descubrirnos, y en directo, a través de la pared, oí su suspiro. Empecé a mecer las caderas para follármelo yo también a él.
Cuando se hizo del todo visible, su sonrisa de sorpresa se volvió mejor en cuanto reconoció lo que teníamos en pantalla.
—Cabrona —le leí en los labios.
Se recolocó apoyada en el marco para que la cámara la cogiera de pie, de espaldas, abrazando la puerta con un brazo y una pierna, enseñando justo lo justo. Luego volvió a su ordenador, dejó la puerta abierta de par en par y cambió el título del directo de «fantaseando con los compis» a «orgía».
Empezó otra emisión privada. Tumbó a Dani y se subió a horcajadas para comerle la polla, llamándonos con la mirada. Saqué a Bruno de dentro de mí, lo cogí de la mano y crucé el pasillo tirando de él hasta el cuarto de Vega. Reorienté la cámara hacia la cama.
—Que se corra antes que tú —le pedí a Bruno, indicándole con la mano que se colocara detrás de Vega.
Me subí de rodillas a la cama, dejé la cabeza de Dani entre mis piernas y, mientras me echaba hacia delante a sobarle la polla, busqué la boca de mi amiga. Le apreté el coño contra la boca de Dani en cuanto empezó a comérmelo.
Qué momento estábamos viviendo los cuatro. Dani comiéndome a mí mientras su novia y yo le hacíamos una mamada a dos manos. Bruno follándose ahora a su otra compañera de piso. Y Vega y yo, disfrutando juntas, en plena amistad, de una fantasía compartida.
—¡Cómo folla Bruno! —me dijo con los ojos, entre una exhalación de placer.
—Pues ya es para siempre —le contesté con una sonrisa.
Vega rondaba el orgasmo: se le aceleraron las caderas, se aferró a la polla de Dani y explotó en gemidos. Dani fue el siguiente; la mamada lo había disparado y, en vez de comerme, me devoraba el coño. Miré a Bruno: había cumplido su parte. Saqué el pecho y, con una mirada cargada de lascivia, le pedí que se corriera donde quisiera.
Se desbocó. Salió de Vega, me apuntó, y al sentir que llegaba se acercó, me sujetó la cabeza y me folló la boca con tantas ganas que me volvió loca. Me acordé de lo de inflarme a polvos y, casi de golpe, llegó mi orgasmo. Me corrí y tragué a la vez.
Como en el más burdo de los vídeos para tíos, ellas nos encargamos de dejárselos relucientes mientras les arrancábamos los últimos espasmos. Después senté a los chicos en sendas sillas frente a la cama, a reponerse, mientras Vega, la muy bruja, sacaba del escritorio su juguete a fichas, me dedicaba una sonrisa a cámara y me tumbaba para encajar sus piernas con las mías y hacer la tijera.
Esa noche cayeron polvos, gemidos, orgasmos y monedas hasta mucho después del amanecer.