Lo que pasó la última noche con los vecinos de al lado
Me llamo Carla y todavía me cuesta creer lo que pasó aquel verano. Lucía y yo llevábamos cuatro años juntas cuando alquilamos una casa en un pueblo pequeño de la costa, una de esas urbanizaciones que en julio se quedan medio vacías porque casi todas las viviendas pertenecen a extranjeros que solo vienen en invierno. Apenas seis o siete casas estaban ocupadas. Teníamos la playa a un paso y el plan perfecto para estar a solas.
Lucía y yo somos casi opuestas. Yo soy pelirroja, menudita, con poco pecho. Ella es rubia, me saca media cabeza, tiene unos pechos generosos y una cara de ángel que engaña a cualquiera.
A mitad de semana aparecieron tres chicos en la urbanización. En aquel desierto, cualquier cara nueva se notaba enseguida. Compartíamos la piscina comunitaria y solían estar allí por las tardes. Nunca nos molestaron, aunque de vez en cuando nos echaban una mirada de reojo.
Una tarde nos pusimos tontas dentro del agua, jugando y tocándonos hasta que acabamos besándonos en una esquina de la piscina. De repente Lucía se rió.
—A los vecinos les está encantando el espectáculo. No nos quitan ojo —susurró.
No me giré, por no avergonzarlos. Tampoco me molestó: en su lugar, yo también me habría quedado mirando.
***
Nuestra última noche salimos a cenar. Volvíamos animadas, yo ya pensando en hacerle el amor a Lucía como cierre del viaje, cuando en la entrada de la urbanización nos encontramos a los tres chicos charlando con dos muchachas más jóvenes que ellos, recién salidas del instituto. Las dos eran guapas, sobre todo la morena. Estaba claro que ellos intentaban convencerlas de subir a su casa y que ellas dudaban.
Íbamos a pasar de largo cuando uno de ellos nos señaló.
—Mirad, si son nuestras vecinas. —El que hablaba tenía el pelo castaño corto y una cara bonita—. Estábamos pensando en tomar algo todos juntos. ¿Os apuntáis?
Enseguida entendí la jugada: nos querían de excusa para que las otras dos se sintieran más seguras entrando en una casa con desconocidos.
—La verdad es que estamos cansadas, y mañana cogemos el avión —contesté.
—Pues más razón para celebrar. Una última copa. Tenéis vuestra casa a un minuto a pie.
Lucía y yo lo comentamos en voz baja y aceptamos. De camino nos presentamos. La morena se llamaba Noa; su amiga, castaña, Clara. Acababan de terminar el instituto. El que llevaba la voz cantante era Diego, y los otros dos eran Marcos, un chico negro de pelo corto, y Hugo, con su corte de futbolista.
En la casa nos cedieron el sofá a las cuatro y ellos se sentaron enfrente. Bebimos cervezas y charlamos hasta que una pregunta de Noa cambió el rumbo de la noche.
—¿Y vosotras de qué os conocéis? ¿Del trabajo, de la universidad?
Por la sonrisa de Clara, estaba claro que solo Noa no se había dado cuenta de lo nuestro. Se lo expliqué con naturalidad.
—Anda que eres tonta —le dijo Clara entre risas.
—Yo qué sé, es la primera vez que conozco a dos lesbianas —se justificó Noa.
—¿Estás segura de eso? —intervino Lucía, burlona—. A vuestra edad es cuando más se experimenta. A lo mejor vuestras amigas están ahora mismo en una fiesta de pijamas mucho más divertida de lo que crees.
—¿Y vosotras tuvisteis dudas? —preguntó Diego.
—Las dos estuvimos con hombres antes de estar juntas, así que tenemos una opinión formada —respondió Lucía.
Me sorprendió que hablara tan abiertamente de lo nuestro con desconocidos, pero estaba achispada y no lo hacía con maldad.
—¿Y tan mal os fue con ellos? —preguntó Clara.
—En mi caso no era desagradable, pero no sentía lo que todo el mundo decía que se sentía —admití—. Era como acostarte con alguien que no te atrae por hacerle un favor. Cuando por fin estuve con una mujer, entendí la diferencia.
Todos escuchaban fascinados, sobre todo las chicas. Lucía no tardó en aprovecharlo.
—Así que ninguna ha estado nunca con una mujer. ¿Ni un beso? —Las dos negaron—. Pues estáis en plena edad de probar.
—Como expertas, deberíais darles una demostración —soltó Diego.
—Yo a estas chicas les doy lo que quieran —dijo Lucía, pícara, y las dos rieron—. ¿Qué tal un beso? Por muy mal que lo hagamos no puede ser desagradable, y os lleváis la experiencia.
Las chicas cuchichearon entre ellas. Lucía se volvió hacia mí.
—No te importa, ¿verdad?
Le dije que no. Supuse que les daría vergüenza y se negarían; y si decían que sí, no me parecía mal jugar con dos bellezas de forma consentida. Sería un buen preámbulo para cuando estuviéramos a solas.
—Vale —dijo Noa, para mi asombro—. Démonos un beso.
***
Lucía se acercó, le acarició la cara y fue rozándole los labios despacio hasta que el beso se volvió hondo, con lengua, los dos cuerpos buscándose como amantes. Cuando se separó, Noa tenía una mezcla de sorpresa y deseo en la cara. Lucía le susurró al oído, lo bastante alto para que lo oyéramos todos:
—Si esto te ha gustado, espera a que te bese Carla.
Se fue hacia Clara con una sonrisa traviesa y me dejó con Noa, que me miraba expectante. Estaba nerviosa, pero todo se me pasó en cuanto saboreé su boca. Perdí la noción del tiempo, y solo reaccioné cuando Lucía me tocó el hombro: era el turno de Clara. Me dio vergüenza haberme dejado llevar así, y más cuando al levantarme me topé con los tres chicos alucinando con el espectáculo. Aun así besé a Clara con las mismas ganas, aunque esta vez fui yo quien cortó para volver junto a Lucía.
—¿Y bien? ¿Os hemos hecho replantearos algo? —preguntó Lucía.
—Ha sido… interesante, sin duda —contestó Noa entre risas.
—Como hombre, mi orgullo está herido —comentó Marcos.
—El mío también —dijo Diego—. Las chicas deberían darnos una oportunidad a nosotros y decidir quién besa mejor.
—A lo mejor solo conseguís que se pasen del todo a nuestra acera —se rió Lucía.
Pero Noa y Clara aceptaron, encantadas de ser el centro de atención. Diego fue el primero, y no hacía falta ser experto para ver que ellas lo disfrutaban tanto o más que con nosotras. Después él se acercó a proponernos lo mismo. Las dos lo rechazamos, pero insistió tanto que Lucía acabó cediendo a un piquito. Cuando intentó meter lengua, lo frenó.
—¿Hay veredicto, señoritas? —preguntaron los chicos.
—Esta competición no ha sido justa —intervino Lucía—. Os lo habíamos puesto en bandeja.
—Déjate de excusas, hay que saber perder —protestaron ellos—. Que hablen ellas.
—Besar a una mujer ha sido mucho mejor de lo que esperaba —confesó Noa—. Seguimos prefiriendo a los hombres, pero podría plantearme estar con una. —Los chicos celebraron, y yo pensé que la noche se acababa ahí. Pero ella siguió—. Aunque ha sido incompleto para decidir del todo. Nunca he visto a otra mujer desnuda en un contexto así. Me pregunto si sentiría algo distinto.
«Vaya con la mosquita muerta», pensé. El alcohol y el calentón le habían borrado la timidez, y nos tiraba los tejos sin disimulo, sobre todo a mi novia.
—¿Por qué no os venís a casa y os enseñamos lo que queráis? —rió Lucía.
—¿Por qué llevarse la diversión a otro lado si aquí estamos tan bien? —saltó Hugo.
—Se me ocurre una idea —dijo Diego, el gran liante—. Por cada prenda que se quiten Lucía y Carla, los demás hacemos lo mismo. Cuando alguien crea que se cruza una línea, lo dejamos. ¿Os parece?
Lucía me consultó en voz baja. Seguir jugando con las chicas me apetecía, aunque me preocupaba que los tres se vinieran arriba. Ella me convenció: no parecían malos tipos, y serían idiotas si estropeaban lo que ya tenían con Noa y Clara.
***
Empezamos por lo fácil, descalzarnos. Lucía se quitó la camiseta con descaro y yo la imité. Cuando Noa y Clara se desnudaron, volví a calentarme: Noa llevaba un sujetador celeste casi transparente que me moría por ver caer. Después los pantalones. Me dio apuro notar que estaba mojada, hasta que vi que las chicas estaban igual. Y entonces ellos se bajaron el pantalón y aparecieron tres erecciones peleando contra la tela. Llevaba años sin ver un pene de cerca, y su presencia me despertó una curiosidad que no esperaba.
Lucía empezó a desabrocharse el sujetador. Yo esperaba que pusiera ella el límite, pero no parecía dispuesta a parar. Me avergonzó enseñar mis pechos pequeños al lado de los suyos, hasta que vi que los tres me miraban con el mismo deseo. Cuando Noa y Clara también se quedaron al aire, tuve que contenerme para no quedarme con la boca abierta.
—Los hombres no usamos sujetador —se excusó Diego—. Si queréis que nos quitemos lo último, hacedlo vosotras primero.
—Qué caradura —contestó Lucía, y se bajó las bragas, quedándose desnuda ante todos.
La seguí, aunque enseguida cerré las piernas porque enseñar esa parte de mí no me hacía sentir cómoda. Las chicas ya no nos imitaron tan a ciegas, y eso le dio a Lucía la excusa que buscaba toda la noche.
—¿Qué pasa, tienes dudas? —le dijo a Noa, acercándose desnuda.
—Es que…
—Deja que te ayude.
Lucía se arrodilló entre sus piernas y deslizó la mano dentro de sus bragas. Noa se quedó petrificada, pero no dijo nada. Mi novia le estaba metiendo mano a otra mujer delante de mí, sin preguntarme, y aun así pudo más el calentón que el enfado. Le fue bajando las bragas con los labios, recorriendo su cuello, sus pechos, su vientre. Cuando me quise dar cuenta, los tres chicos ya se habían quitado lo último y observaban de pie, con las pollas a la vista.
Noa se recostó en el sofá ofreciéndose, y Lucía empezó a comerle el sexo como si no hubiera nadie más. Yo no sabía cómo reaccionar: era mi primera orgía, improvisada por mi novia y con tres hombres de por medio.
El que no tuvo reparos fue Diego. Sin pedir permiso, se agachó detrás de Lucía y hundió la cara entre sus piernas. Ella se giró sorprendida, dudó un segundo y volvió a centrarse en Noa. No daba crédito: mi novia en el centro de un trenecito de sexo oral, comiéndole el coño a una mujer mientras un desconocido le hacía lo mismo a ella.
Eso abrió la veda. Hugo fue a por Clara, y Marcos se acercó a mí. Se sentó a mi lado y empezó a besarme el cuello. Por un momento quise llorar; no quería estar con un hombre y odiaba a Lucía por meterme en esto. Pero estaba demasiado caliente, y sus besos no se sentían mal. Cuando me agarró los pezones, mi mano fue sola hacia su pene, más grueso que los de los chicos con los que había estado de adolescente. Acabamos besándonos con lengua mientras nos masturbábamos.
Al girar la cabeza vi a Diego colocándose tras Lucía y deslizándose dentro de ella. Miré su cara, esperando rechazo, y solo vi placer. Creo que ni ella misma se reconocía, pero quería que la follaran. Los gemidos de Clara me recordaron que Hugo la tenía contra el suelo. Todos habían conseguido lo que querían, menos uno.
—Necesito follarte —me dijo Marcos, casi suplicando.
No estaba del todo convencida, pero ya me había metido demasiado para echarme atrás. Le dije que sí. Me tumbó en el sofá y, sin darme tiempo a pedir un condón, me abrió las piernas y guió su polla hacia mi entrada. Temía que doliera, pero fue placer desde el primer momento. Aun así él no me atraía: era como un juguete que cumplía su función, y necesité fantasear para disfrutarlo. Por eso miré a Lucía, que recibía el trato completo. Noa, ya satisfecha, se había sentado frente a ella a besarla y agarrarle los pechos mientras Diego seguía embistiéndola por detrás. Conocía a mi chica de sobra: estaba a punto de explotar. No me sorprendió verla correrse y fundirse con Noa en un abrazo. Diego no aguantó mucho más; salió de ella y eyaculó sobre su espalda. Aquella imagen, Lucía plácida sobre Noa con la espalda cubierta de blanco, fue la que terminó de volverme loca y me hizo correrme mientras Marcos no paraba.
Lo noté abrazarse a mí, sus embestidas cambiando, y le pedí que no se corriera dentro. Me hizo caso y acabó sobre mi vientre. Era la primera vez que me encontraba cubierta de semen, y lo más raro fue que no me desagradó.
***
Durante un rato solo se oían respiraciones. Crucé la mirada con Lucía y la noté avergonzada. Las cuatro, menos Noa, estábamos llenas de semen, así que fuimos a la cocina a limpiarnos con papel mientras ellos presumían orgullosos.
—Al final sois vosotras las que habéis catado mejor la diferencia —bromeó Noa, ayudando a Lucía con la espalda—. ¿Qué tal volver a estar con un hombre?
—Mejor de lo que recordaba —admitió ella—, pero lo que de verdad me encendía era tenerte a ti delante.
Nos vestimos entre las protestas cómicas de los chicos y nos despedimos. De camino a casa, Lucía me habló:
—Carla, perdona. Te he metido en una situación incómoda.
—Me he enfadado un par de veces, sí —reconocí—. Pero al final me lo he pasado bien. Eso sí, la próxima vez que te encapriches de una niña recién salida del instituto, ponme los cuernos y ya. No hace falta montar una orgía cada vez.
—Vale, vale, lo tendré en cuenta. ¿Y qué te ha parecido? Porque te he visto correrte.
—Ha sido por el contexto —dije—. Me he excitado al besar a esas chicas y al verte con ellas. Aunque, si mis novios del instituto hubieran follado así, quizá habría tardado un poco más en salir del armario.
Entramos riendo y nos lanzamos al sofá a besarnos. Lucía volvía a ser solo mía. Estaba ya a tono cuando llamaron a la puerta. Temí que fuera un vecino quejándose del ruido. Abrimos y era Diego, sin camiseta, en pantalón corto.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Lucía.
—No, nada. Es que desde que os fuisteis la cosa se ha quedado un poco descompensada. He pensado que igual os apetecía compañía.
Mi primer impulso fue preguntarme cómo se podía ser tan engreído. Pero, tras la sorpresa, pensé «¿por qué no?». Era una experiencia que quizá no se repetiría, y el sexo de antes me había gustado más de lo que admitía.
—Yo creo que donde caben dos caben tres —le dije a Lucía—. ¿Tú qué opinas?
Le sorprendió que ahora llevara yo la iniciativa, pero sonrió y aceptó. Lo metimos dentro y empezamos a besarnos mientras lo mirábamos de reojo para provocarlo. Luego lo besé yo, acariciándole el torso, y Lucía le metió la mano en el pantalón.
—¿Vas a tener energía para las dos? —le picó.
—Por supuesto.
Subimos al dormitorio. Lucía me tiró sobre la cama y nos magreamos mientras él se desnudaba y esperaba permiso. Lo hicimos sufrir un poco hasta que no aguantó y se metió en la cama, pasando boca y manos de una a otra. Cuando empezó a meterme los dedos, me bajé las bragas, y con la otra mano hizo lo mismo con Lucía. Las dos nos mirábamos sonriendo mientras él nos masturbaba a la vez.
—Tranquilo, máquina. Túmbate, que te lo has ganado —le dijo Lucía.
Diego obedeció. Lucía se puso a cuatro patas y empezó a chupársela despacio. La idea siempre me había parecido sucia, pero ella lo hacía ver lo más excitante del mundo, y se me hizo la boca agua. Por increíble que pareciera, también quise probar. Era mi primera vez con un hombre así. Empecé por el glande, como un caramelo, imitando lo que le había visto a ella. Lo debía hacer bien, porque a Diego se le escapaba algún «joder». Lucía se sumó por el otro lado y la lamimos en estéreo hasta besarnos con su glande entre las dos.
—Me vais a matar —dijo él, al borde.
—Y decía que iba a poder con las dos —se rió Lucía—. Si va a correrse sin habérnosla metido siquiera.
—Dejémoslo descansar —respondí, y la tumbé hacia mí—. Llevo toda la noche compartiéndote. Ahora te quiero solo para mí.
Nos besamos, me coloqué encima y empezamos a frotarnos. Pero ver de nuevo la polla de Diego nos distrajo, y Lucía acabó cediendo.
—Lo siento, Carla, necesito que me folle.
Asentí. Ella lo tumbó boca arriba y se sentó encima, cabalgándolo. Yo me coloqué sobre el vientre de él, cara a cara con Lucía, besándola mientras se movía. No tardó en correrse, abrazándose a mí.
—Ha estado genial —jadeó. Luego se volvió hacia él—. Espero que te queden fuerzas, porque ahora le toca a mi chica.
—¿Quieres la misma postura? —me preguntó Diego.
—No. Quiero que me folles por detrás.
Lucía se sorprendió. Antes de ponerme en posición, la agarré y la tumbé en la cama para colocarme sobre ella.
—¿Quieres imaginar que soy yo quien te folla? —me preguntó.
—Algo así —dije, y empecé a besarla, justo cuando él me penetró por detrás.
Por delante, el rostro del amor de mi vida besándome y devolviéndome el placer que yo le había dado antes. Estaba tan caliente que tuve uno de los mejores orgasmos de mi vida. Diego siguió sin miramientos hasta que se descargó dentro de mí. No me creía que el muy capullo se hubiera corrido sin protección, pero la sensación me resultó extrañamente agradable.
Los tres quedamos rendidos. Diego se disculpó, y yo le quité importancia, aunque le advertí que no volviera a hacérselo a ninguna otra. Insinuó quedarse a dormir, pero le dijimos que ya había tenido más que suficiente y lo mandamos de vuelta con sus amigos.
Al día siguiente cogimos el avión, agotadas y, por suerte, sin sustos posteriores. Lucía y yo no hemos vuelto a estar con un hombre desde entonces; seguimos bastándonos la una a la otra. Aunque, si la ocasión se vuelve a presentar, quién sabe.