El finde que mi marido me prestó a otro hombre
Mariana eligió la ropa con cuidado, sabiendo exactamente para quién se vestía. Unas sandalias de plataforma que la hacían un poco más alta, un vaquero que le marcaba el trasero, una blusa de seda color hueso sin mangas y una braguita con protector fino, porque sabía que iba a humedecerse y no quería que la tela del pantalón la delatara. Y lo sabía porque conocía el destino: una tienda erótica del centro, una de esas a las que nunca se había atrevido a entrar.
Lorenzo la miraba desde la cama mientras ella terminaba de abotonarse. Le gustaba cómo se le marcaban los pechos, libres, sin sujetador, tal como él se lo había pedido al salir de la ducha. Se habían enjabonado el uno al otro con las manos, disfrutando cada centímetro de piel, sin llegar a más. Solo un juego previo, un modo de encender la mecha despacio.
—Estás perfecta así —dijo él en su acento italiano, sin levantarse—. No te pongas nada debajo.
—Lo que vos digas —respondió ella, y le gustó decirlo.
Llevaban juntos apenas un día y medio, pero Mariana ya se sentía su pareja. Era extraño y delicioso a la vez. Su marido la había entregado a Lorenzo para ese fin de semana, mientras él se iba con la mujer del italiano. Un intercambio acordado entre los cuatro, hablado durante meses, postergado mil veces. Y ahora, por primera vez en más de veinte años, ella era la mujer de otro hombre. La sorpresa de cuánto le gustaba todavía la mareaba.
***
Dejaron el auto en un aparcamiento subterráneo y caminaron hasta la tienda. Mariana se colgó del brazo de Lorenzo y apoyó el pecho contra él, queriendo que la sintiera, que supiera que tenía ganas. Porque las tenía. Él era guapo, seguro de sí mismo, y la trataba con una mezcla de dulzura y dominio que la desarmaba.
Los atendió una dependienta joven y rubia. Mariana ya intuía lo que Lorenzo iba a pedir: un huevo vibrador con control remoto. Así se habían conocido cuatro años atrás, en una cena de empresa, cuando él la hizo correrse en público bajo su mirada sin que nadie más se enterara. Desde entonces había aprendido que a Lorenzo le gustaba eso: provocarla, controlarla, decidir cuándo podía y cuándo no.
—Necesito también un antifaz —le pidió él a la chica—. Para poder fotografiarla sin que se le vea la cara.
La dependienta sacó varios. Mariana eligió uno negro, de gata, y sonrió para sus adentros: el seudónimo con el que publicaba sus relatos en internet tenía que ver, justamente, con una gata.
—Mariana, ¿querés ponerte ya el vibrador? —preguntó Lorenzo.
—¿Dónde puedo? —preguntó ella, mirando alrededor.
La chica le señaló unas cabinas al fondo. Mariana se encerró, se bajó el vaquero y la braguita, abrió las piernas y se introdujo el huevo despacio. Volvió a vestirse, se aseguró de que el protector estuviera bien colocado y regresó al mostrador con las mejillas encendidas.
Lorenzo ya tenía otro paquete entre las manos, algo que había comprado mientras ella estaba en la cabina. Le picaba la curiosidad, pero había aprendido a no preguntar. La sorpresa era parte del juego.
—¿Te gusta? —preguntó la dependienta, mostrándole unas tiras de cuero negro—. Es un disfraz, se ata y se ajusta al cuerpo. Con el antifaz vas a parecer una heroína de cómic.
—¿A vos te gusta? —Mariana se giró hacia Lorenzo.
—Mucho —dijo él—. Llévatelo.
—Entonces no hay más que hablar.
Mientras él pagaba, la chica la miró con algo parecido a la envidia. Antes de salir, se inclinó hacia Mariana y le susurró:
—Que disfrutes de tu hombre.
***
De nuevo del brazo, volvieron al auto. Al acomodarse y abrocharse los cinturones, Lorenzo encendió el huevo en la intensidad más baja. Mariana sintió la vibración subirle por dentro y lo miró, entregada.
—Soy toda tuya —murmuró—. Jugá con mi placer.
—Es lo que pienso hacer.
El trayecto fue corto. Aparcaron cerca de la plaza más concurrida de la ciudad y bajaron a pasear. Las terrazas estaban llenas, era una noche cálida de verano. El huevo la mantenía caliente, los pezones tirando de la seda, y Mariana notaba las miradas de los hombres clavándose en ella. No pudo evitar contonearse un poco al caminar. Se sentía deseada, y eso la encendía aún más.
Entraron en un mercado gastronómico y se acercaron a un puesto de ostras.
—Sé que te gustan —dijo Lorenzo—. Empezamos por acá. Media docena y un blanco bien frío. Y un poco más de ritmo.
Subió la intensidad del vibrador con un gesto disimulado del control que llevaba en el bolsillo. Mariana respondió con un suspiro que le hizo temblar el pecho. Tenía cuarenta y seis años, pero esa noche se sentía mucho más joven.
—Voy a subirla todavía más —le advirtió él, acercándose a su oído—. Pero no quiero que te corras. Quiero que estés al borde. Cuándo te corrés lo decido yo. Avisá, y paro.
—Como quieras. Soy tu juguete, y me encanta serlo.
Llegaron las ostras y el vino. Ella alzó la copa y la chocó contra la de él.
—Por mi italiano —brindó—, que espero que me haga gozar y que goce conmigo.
—Sos una mujer preciosa —dijo Lorenzo—. Menuda, pero apetecible. De las que se quedan en la memoria.
Mariana sabía que la halagaba para tenerla en sus manos, y dejó que funcionara. Se hacía un poco la ingenua porque había descubierto que eso lo excitaba: que ella se entregara del todo, que dependiera de él para cada cosa.
—¿Podemos comer más ostras? —preguntó, lamiendo el limón de la concha—. Me recuerdan otras cosas.
—Una docena más. Y mientras te las comés, vas a poder soltarte. ¿Me entendés?
—Querés que me venga. Como la primera vez.
—Exacto.
—Lo estoy deseando —susurró ella—. Quiero correrme para vos. Acá, delante de todos.
Subió la vibración al máximo. Mariana se metió otra ostra en la boca, cerró los ojos y dejó que el orgasmo la recorriera. Intentó controlarlo, alargarlo, pero fue imposible. Cuando llegó, apretó el borde de la mesa hasta que se le pusieron los nudillos blancos, conteniendo el gemido en la garganta. Nadie alrededor se enteró de nada.
—Ya —dijo, sin aliento.
Lorenzo paró el vibrador y se bebió un sorbo de vino, mirándola con una sonrisa satisfecha.
—¿Te gustó ver cómo me hiciste gozar? —preguntó ella—. Sos un pirata con una pobre niña.
—Ni yo soy un pirata ni vos una pobre niña —respondió él—. Ahora vamos a cenar. Tengo reserva.
***
Caminaron despacio hasta el restaurante, él con el brazo sobre sus hombros, ella pegada a su costado. No volvió a encender el huevo; quería que descansara, y quería lucirla. Al llegar a la entrada, se inclinó de nuevo hacia ella.
—Abrite un par de botones. Quiero presumir de mi pareja.
—¿Querés que se me vea el escote?
—Quiero que todos lo vean.
Mariana se soltó tres botones. La blusa quedó abierta casi hasta el ombligo, sostenida apenas por la tela sobre los pechos. En la calle no se notaba demasiado, pero al subir al comedor más de un cliente giró la cabeza. Lorenzo la sentó de frente a la sala, donde todos pudieran verla, y volvió a encender el vibrador.
Pidieron un guiso de la casa, unas almejas y un rosado frío. El camarero que los atendía no apartaba los ojos del escote de Mariana, y a Lorenzo le divertía. Le gustaba estar con una mujer que ponía nerviosos a los hombres.
—¿Vas a hacer que me venga otra vez? —preguntó ella, y se quedó mirándolo—. Me gustás. Quiero pasarla bien con vos, que me hagas gozar y hacerte gozar. Ser tu mujer este fin de semana. Esa con la que podés hacer todo lo que se te antoje, porque es lo que ella quiere.
El vibrador subió de ritmo. Mariana sintió que se acercaba otra vez.
—Relajate —dijo él—. Lo único que tenés que hacer es dejarte llevar.
—Llevame a donde quieras. Tu gata te acompaña.
Bebió más de la cuenta a propósito. Quería estar un poco mareada, quería sentir que él podía pedirle cualquier cosa. Cuando llegó el postre, Lorenzo se inclinó y le habló bajo.
—Voy a subirlo para que tengas un orgasmo mudo. No podés gritar, aunque sea lo que más querés.
Puso el huevo al máximo. Mariana llenó los pulmones de aire, se le tensó todo el cuerpo y se rompió en una cascada de placer silencioso, las manos aferradas al borde de la mesa, los ojos clavados en los de él para que supiera que era suya. El camarero, que llegaba justo con los cafés, se demoró ofreciendo azúcar, paseando la mirada por su pecho. Mariana, lejos de incomodarse, se excitó todavía más.
—¿Nos trae dos cafés solos? —pidió con la voz quebrada.
—Claro, señora.
Y su «gracias», cuando el último temblor la sacudió, fue casi un gemido.
***
Lorenzo pagó la cuenta y dejó propina. Mariana, que había bebido más que él, se levantó algo insegura. Hasta el aparcamiento había diez minutos de caminata, pero no le importó. Prefería ir así: caliente y un poco ebria. Él aprovechó el paseo para deslizar la mano hasta su pecho derecho; el pezón estaba duro, y ella se dejó hacer, libre por el alcohol, jugando con el hombre al que su marido la había entregado.
En el auto, con la camisa prácticamente abierta, se giró hacia él.
—¿Sabés que estoy un poco borracha y muy caliente? Quiero que me cojas bien. Sos un pervertidor de señoras, y lo sabés.
—Cuando salgamos de la ciudad, quiero verte los pechos todo el camino hasta el hotel. Y como premio, voy a encender el huevo otra vez y vas a poder venirte las veces que quieras.
Mariana se mordió el labio. Le encantaba que la llamara «gata». En cuanto las calles se quedaron vacías, se desabrochó del todo la blusa y dejó los pechos al aire, vibrando con el movimiento del auto. Lorenzo encendió el vibrador y ella decidió no contenerse más. Durante todo el trayecto se acarició, se retorció los pezones, gimió y se vino una y otra vez, encadenando un orgasmo con el siguiente. Solo se tapó al volver a entrar en zona habitada.
***
Apenas cerraron la puerta de la habitación, se besaron con hambre. Mariana necesitaba al hombre que la poseyera, al que la hiciera perder la cabeza. Llegaron a la cama a tropezones, sobándose, y él la empujó sobre el colchón. Le arrancó el pantalón y la braguita de un tirón, sacó el huevo y se hundió entre sus muslos.
—Así, así, comeme —rogó ella con su acento argentino, retorciéndose.
Lorenzo la devoraba, la lengua abriéndose paso una y otra vez. Buscó el clítoris, lo lamió, lo chupó, y mientras tanto deslizó dos dedos dentro de ella, entrando y saliendo, buscando ese punto que la volvía loca. La oía gritar, y se sentía poderoso. Cuando ella gimió que no aguantaba más, él no se detuvo, y Mariana se deshizo del todo, empapándole la boca, sin fuerzas, convertida en un juguete entre sus manos.
Se incorporó, se quitó la ropa y le colocó una almohada bajo las caderas para tenerla mejor. Tenía la verga dura.
—Pedímelo —dijo—. Gata, pedímelo.
—Cogeme... por favor —musitó ella, y al decirlo supo que deseaba ser la mujer de Lorenzo, de otro hombre, no de su marido.
Él se la metió despacio, clavándola hasta el fondo, tomando posesión de su cuerpo. Se sentía dueño de una hembra ardiente que era suya durante todo un fin de semana, que no solo lo aceptaba sino que lo disfrutaba. Y la folló oyéndola gritar en una sucesión de orgasmos que no parecía tener fin, hasta que los dos se quedaron sin aire, sin tiempo, sin nadie más en el mundo que ellos dos.