Lo que probamos a solas en el club liberal
Llegamos al chalet a media tarde, con la piel todavía caliente del sol y los pies llenos de arena. Habíamos vuelto caminando desde el faro y el cuerpo nos pedía agua fría, así que lo primero que hicimos fue meternos en la piscina sin decir una palabra.
—Me ha follado de lo lindo, eh —dijo Lorena, apoyada en el borde, con la mirada todavía encendida.
—Ya lo he visto, ya —respondí con la misma cara—. Carla también supo lo que hacía. Se nota la experiencia.
No había terminado la frase cuando noté su mano bajando por mi vientre hasta encontrar lo que ya empezaba a despertar.
—Cómo te pone acordarte de Carla —murmuró.
—No. Me pone acordarme de cómo te montaba Darío. De cómo te abría y de la cara que ponías cuando se hundía entero.
—¿Así me ponía? Mira cómo me ha dejado —dijo separándose los labios con dos dedos—. Necesito que me lo llenes tú, para tapar este hueco.
La recosté sobre el césped y me tumbé encima. Apunté a la entrada y de un solo empuje me enterré en ella. Lorena soltó el aire de golpe y empezó a gemir sin disimulo, todavía abierta de la tarde.
—Te gusta cómo te follo, pero él te dejó otra cosa —le dije al oído.
—Es que la tenía más gruesa. Me dilató riquísimo —contestó mirándome a los ojos, y esa confesión me hizo empujar el doble de fuerte.
—¿Vas a repetir con él si lo ves?
—Claro que sí. Quiero que me abra otra vez, y que luego me folles tú encima de lo suyo.
Esas palabras fueron directas a algo dentro de mí. Apreté los dientes, sentí el calambre subiendo desde la base y me vacié en su interior con un gruñido largo. Al salir, parte de mí resbaló por sus labios; estaba tan abierta que no podía retenerlo todo.
—Cómemelo y se me cerrará con el próximo —ordenó.
Bajé sin pensarlo y la lamí con paciencia, buscando su clítoris, mezclando su sabor con el mío hasta que ella arqueó la espalda y me apartó la cabeza riéndose.
—Para, que se me amontonan. Déjame correrme tranquila.
Me incorporé y la miré: tumbada, desnuda, los pezones duros, las piernas cruzadas apretándose a sí misma. Una imagen para enmarcar. Así terminó nuestro primer día de playa, justo como queríamos: morboso, intenso, sin medida.
***
Al día siguiente decidimos no salir. Nos quedamos en casa, en nuestro pequeño paraíso alquilado, y acordamos no ponernos ropa en todo el día. Ir desnudos por las habitaciones nos mantenía en un estado de excitación permanente; bastaba un roce al cruzarnos en el pasillo para que volviéramos a empezar.
A mediodía, tumbados en el jardín, surgió la idea. Esta vez queríamos ir solos a un club de intercambio, sin la otra pareja, a nuestro aire.
—Hay uno en Montvell, el que nos recomendó Darío —dijo Lorena con el móvil en la mano—. Pero hay otro más cerca, en Cala Marina, a media hora en coche.
—¿Y si vamos al de Cala Marina?
—Me parece bien. Tengo ganas de experimentar contigo a solas —contesté pasándole la mano por el muslo y notando que ya estaba húmeda.
—Abren a las seis y tienen terraza.
—Pues a las seis estamos allí. Y nada de follar antes, que nos guardamos para luego.
—Trato hecho —sentenció apartándome la mano con una sonrisa.
***
Salimos del chalet a las seis en punto, para no ser los primeros. Media hora más tarde entrábamos en Cala Marina, dejamos el coche bien aparcado en el paseo marítimo y enseguida dimos con el local. Antes de cruzar la puerta, nos pusimos de acuerdo.
—Lo que pasa en la costa, se queda en la costa —dije.
Nos besamos en la misma entrada y atravesamos la cortina que nos devolvía al mundo de los clubes liberales.
En recepción nos recibió una chica muy cordial.
—Hola, buenas. ¿Sois nuevos?
—Sí. ¿Tanto se nos nota?
—No, no en el ambiente. Digo si es la primera vez que venís a este club.
—Eso sí —respondí cuando dejamos de reírnos.
Nos cobró, nos dio la llave de una taquilla con un chip para las consumiciones y se ofreció a enseñarnos las instalaciones. El sitio estaba decorado como un cuento oriental: pasillos con cortinas de flecos dorados y granates, luz tenue, focos que caían sobre el suelo y dejaban el resto en penumbra. Alguna pareja tomaba algo en las mesitas laterales y nos miraban como a carne fresca.
La barra era curva, pensada para que siempre tuvieras a alguien a la vista en el siguiente tramo. Después venía la pista de baile, una sala que llamaban «la habitación de los orgasmos», llena de máquinas y juguetes donde el preservativo era obligatorio, y una zona de camas con dosel cubiertas de cojines bordados, como pequeñas jaimas. A la derecha, un cuarto de cine que daba paso a un cuarto oscuro del que no se veía absolutamente nada. Al asomarme, apreté la mano de Lorena; nos miramos y supimos sin hablar que ahí íbamos a entrar.
En una pared del cine había ocho agujeros. Un gloryhole. Lorena me miró de reojo y entendí que también lo quería probar.
—¿Qué os ha parecido? —preguntó la chica al final del recorrido.
—Muy completo. Está muy bien.
—Es pronto todavía. La gente viene más tarde, pero todo vuestro.
***
Nos pedimos dos gin-tonics en la barra y observamos el local medio vacío. Estábamos a mitad de copa cuando entraron cuatro parejas juntas, pidieron de beber y las mujeres desaparecieron hacia los vestuarios.
—Voy a ver qué hacen —dijo Lorena, intrigada.
Me quedé solo hasta que la camarera me sacó del trance. Era morena, de ojos negros, con un escote que no dejaba lugar a dudas y una cintura estrecha que ahora me parecía mucho más atractiva que al llegar.
—Han ido a cambiarse. Volverán en lencería, y tu mujer también. Ya verás.
Tenía razón. Al rato se oyó alboroto desde los vestuarios y Lorena reapareció en ropa interior. Se había puesto un liguero de encaje negro, medias de rejilla hasta medio muslo y un tanga que transparentaba todo, marcándola sin disimulo. Vino directa a colgarse de mi cuello.
—Las he encontrado cambiándose. La más alta se llama Nadia, me ha dicho que podemos ir con ellos si queremos.
—Prefiero estar solos tú y yo. Si luego apetece, ya nos juntaremos.
—Están todos bastante buenos, ellas y ellos —añadió girándose a mirarlos.
—Ya veremos. La noche es joven.
No me gustaba ese tipo de socialización; me parecía artificial. Nos terminamos la copa y salimos a dar una vuelta. Habían llegado más parejas y el ambiente empezaba a calentarse: manos por los rincones, gente entrando al cuarto oscuro.
***
Al pasar por el gloryhole vimos a una chica de rodillas atendiendo a una verga que asomaba por uno de los agujeros.
—Ve al otro lado y mete la tuya por un hueco —me pidió Lorena.
Obediente, hice lo que me dijo. Al instante una mano me sujetó, me sacudió un par de veces y luego una boca caliente y húmeda ocupó su lugar. No era Lorena; reconocería sus mamadas entre un millón. Quienquiera que fuese sabía lo que hacía: poco después estaba haciendo garganta profunda, y al fondo sacaba la lengua para rozarme.
Como no quería vaciarme y perder dureza, abandoné mi sitio y salí al otro lado de la pared justo a tiempo de ver a Lorena masturbando a la única verga que quedaba asomando. El chorro le cayó en el escote y manchó el encaje negro. Nos echamos a reír los dos. La otra chica se encargó de limpiar con la lengua lo que quedaba.
Lorena se levantó, me dio un beso y tiró de mí hacia el vestuario.
—Desnúdate y ponte la toalla.
—¿Te han mamado bien? —preguntó mientras me cambiaba.
—Me ha gustado. Pero mi leche la guardo para ti. ¿Y tú? Esa boca parecía contenta con la tuya.
Se agachó, me la metió un segundo en la boca y la sacó.
—La que más me gusta es esta —dijo, y nos dimos un beso de película.
***
—Vamos al cuarto oscuro. Quiero probar.
Cruzamos el cine y nos plantamos en la entrada. No se veía nada, pero los gemidos y los golpes secos de cuerpos se oían desde fuera. Entramos cogidos de la mano y la sensación de ir juntos se disolvió enseguida. Nos soltamos sin querer y empezó el juego de ser tocado por todas partes.
Unas manos subieron por mis muslos hasta sujetarme los testículos; otra fue directa a masturbarme con firmeza. No sabría decir si eran de hombre o de mujer, solo sentía la fuerza. Una tercera me amasaba las nalgas. Intenté agarrar algo y mi mano tropezó con un miembro grande y duro; lejos de asustarme, lo sopesé y lo masturbé igual que me hacían a mí. Con el otro brazo encontré unos pechos de mujer y los amasé un buen rato, hasta que una boca engulló mi erección y la lengua me trabajó el glande de tal forma que sentí venir el final.
—Si sigues así, me corro —avisé.
—Córrete si quieres —respondió una voz masculina.
Era un hombre, y eso no le restaba ni un gramo de pericia. Volvió a la carga y antes de cinco minutos me había sacado todo, succionando fuerte con la punta atrapada entre los labios. Una sensación brutal, casi demasiado intensa. Cuando terminé, soltó su presa y desapareció en la oscuridad.
Seguía enganchado a aquel cuerpo femenino de curvas generosas, explorándolo, cuando una voz al otro extremo de la sala me cortó en seco.
—Ahhh, Dios. Me corro. Qué bueno —se oía a Lorena entre el choque de dos cuerpos.
Me acerqué guiándome por las siluetas. La distinguí a cuatro patas, perforada sin descanso por un tipo algo más alto que yo. Alargué la mano y le toqué los pechos; reconocería el tacto de su piel entre todas las mujeres del mundo. Era ella. Pasé la mano por su costado hasta llegar a las caderas del chico que la embestía, palpé cómo se contraía para empujar, y eso volvió a ponerme cachondo.
Justo entonces una mano ajena tiró de mí hacia otro grupo donde no se distinguía nada. Me dejé llevar. Manos en el culo, en el pene, en la cabeza. Encontré a una mujer libre, le metí dos dedos y la agarré mientras alguien me masturbaba. Tuvo un orgasmo apretándome los dedos con una fuerza increíble; al levantarse y retirar la cortina, su silueta era una de las chicas que había acompañado a Lorena al vestuario.
—Vamos fuera —me susurró otra voz al oído. Era ella.
—Voy.
***
Salimos a la luz tenue del cine y fuimos a la barra a beber algo. Habían sacado un picoteo y, sin que nos diéramos cuenta, el club se había llenado de gente.
—¿Qué tal te ha ido? —preguntó mientras se recolocaba el sujetador.
—Bien. Pero a ti mejor.
—A mí muy bien —contestó con media sonrisa.
Nos llevamos las copas a una de las camas con dosel y cerramos las cortinas; me apetecía estar a solas con ella. Lorena se deslizó hasta mi entrepierna, me lamió con calma y en poco tiempo tenía lo que buscaba. Se colocó encima, se penetró sola y empezó a moverse despacio, al ritmo de la música. Una pareja apartó las cortinas para mirar descaradamente; la chica masturbaba a su hombre, fijo en cómo subía y bajaba el culo de Lorena. Luego desaparecieron y nos dejaron solos.
Yo ya me había corrido en el cuarto oscuro, aunque ella no lo sabía. En casa nos tocaría contarnos las experiencias, lo que cada uno había vivido por separado en la penumbra. De pronto se inclinó hacia mí.
—¿Y si volvemos al chalet y lo terminamos allí?
—Como quieras. Me parece bien.
Bajó de encima y nos vestimos en silencio. Algo había cambiado en ella; parar un polvo a medias no era propio de Lorena. Salimos del club, llegamos al coche y puse el GPS hacia nuestro refugio. No hablamos en todo el camino.
***
Entramos por la verja, quitamos la alarma y preparé dos gin-tonics para tomarlos en la terraza. Me tumbé en una hamaca y ella se acostó en la de al lado.
—¿Qué te ha pasado, cariño? —pregunté en voz baja.
—Me he rayado. No sé si estamos haciendo bien. Disfruto muchísimo con otros y a veces me siento mal por eso.
—No tienes por qué. Lo mejor de todo esto, para mí, es verte disfrutar así.
—Lo sé. Pero no puedo evitarlo. Ya se me pasará.
—No le des vueltas. Déjate llevar y disfruta, nada más.
—Quiero que el resto de las vacaciones seamos solo nosotros. Quiero ser solo tuya. Cuando volvamos a casa, ya repetiremos lo de los clubes. Pero estos días he tenido suficiente.
—Me parece perfecto. Descansamos, nos relajamos y disfrutamos del chalet. Esto es un oasis, y lo único que necesitamos para pasarlo bien somos nosotros dos.
Brindamos en silencio bajo las estrellas. La noche había sido todo lo morbosa que buscábamos, pero lo que de verdad nos quedaba era eso: la certeza de que, al final del juego, siempre volvíamos el uno al otro.