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Relatos Ardientes

Fui sola a una playa nudista y no volví igual

Nunca me he sentido cómoda con mi cuerpo. Mi obsesión son los pechos: nunca los he visto lo bastante firmes, lo bastante altos, y esa idea se me había metido tan adentro que terminé pidiendo cita con una sexóloga. No fui buscando trucos de cama, sino una forma de mirarme al espejo sin apartar la vista. Después de varias sesiones, entre muchas otras cosas, me hizo una recomendación que me dejó helada.

—Quiero que pruebes el nudismo —me dijo.

—¿Nudismo? Si me da vergüenza hasta cambiarme en el gimnasio.

—Lo sé —respondió con calma—. Por eso mismo. Busca una playa lejana, donde no conozcas a nadie. Empieza por dejarte ver.

Y eso hice. Tras un par de noches buscando en internet, elegí una playa larguísima en la costa de Almería, una franja de arena gris y rocas donde el nudismo era casi obligatorio y el ambiente no tenía nada de familiar. Imaginaba que sería más bien un punto de encuentro para hombres solos, pero prefería eso a tropezarme con alguien conocido en una playa mixta.

Era finales de junio. El verano apenas arrancaba y esa parte de la costa seguía medio vacía. Aparqué sin problema y, con mi bolso y una sombrilla diminuta, caminé hasta un rincón rocoso donde no había absolutamente nadie. Me desnudé deprisa, me unté crema y me tumbé a escuchar un audiolibro. La verdad es que no sabía si estar completamente sola me ayudaba con la terapia. Si nadie me veía, ¿cómo iba a perder la vergüenza?

Bueno, esto es solo el primer intento. Ya habría una segunda y una tercera vez, y poco a poco me dejaría ver. Pero no me dio tiempo a planear nada. Mientras le daba vueltas, apareció una pareja de unos treinta y largos, los dos vestidos de calle. ¿En serio? Diez kilómetros de arena libre y venían a sentarse justo a mi lado. Terapia de choque, pensé. Pasé tanta vergüenza que cogí el pañuelo que llevaba y me cubrí los pechos a toda prisa.

Ellos me vieron, pero como si yo no existiera. Se acomodaron a unos diez metros y empezaron a desnudarse sin ninguna ceremonia, hasta quedarse como vinieron al mundo. Mis pulsaciones bajaron un poco al comprobar que estaban en mi misma situación, aunque a mí me faltaba alguien así al lado para considerarlo de verdad un empate.

Ella era rubia, de piel muy morena —sin una sola marca de bañador, señal de que aquello lo hacía a menudo—, con el pecho operado y algunos tatuajes finos en las costillas. Un sombrero de ala ancha le tapaba media cara, pero se intuía guapa. De estatura media y muy fibrada, como de pesas y mucha disciplina. Mientras se preparaba, pude ver que no tenía un solo vello y un sexo recogido, de esos en los que los labios esconden todo lo demás. Durante la liturgia de extender la toalla y rebuscar la crema, pasó por todas las posturas posibles, sin dejar nada a mi imaginación.

—Hola, no te molesta que nos pongamos por aquí, ¿verdad? —me preguntó él.

—Eh… no, claro que no.

Yo no entendía por qué se habían instalado tan cerca con toda la playa para ellos. En el fondo lo agradecía: la terapia funcionaría mejor con compañía que en mi rincón desierto. Pero seguía agarrada a mi pañuelo.

—Es la primera vez que vengo a esta playa —solté, sin saber muy bien por qué.

—A nosotros nos encanta, sobre todo en esta época, que está vacía —dijo él, que hacía rato se había quitado el bañador.

—No estás acostumbrada al nudismo, ¿a que no? —añadió ella—. Lo digo porque estabas desnuda y te tapaste en cuanto nos viste llegar. Por nosotros, ni te preocupes.

Me puse nerviosa y no supe qué contestar. Entonces hice eso que hacemos a veces con un desconocido: confesarle de golpe lo más íntimo. Les conté lo de mis complejos, lo de la terapia, lo del consejo del nudismo.

—A mí me reforzó muchísimo la autoestima —dijo él. Normal, con semejante regalo entre las piernas.

—Nosotros preferimos que haya gente, aunque no demasiada —apuntó ella—. Nos gusta mirar y que nos miren. Para qué nos vamos a engañar.

Empecé a entender por qué se habían sentado pegados a mí. Y es que yo no dejaba de mirarle a él. Se me iba la vista descaradamente, tenía que girar la cabeza para hacerlo, y en una de esas ella me pilló y me sonrió. Para ellos era lo más natural del mundo; para mí, no. Cada vez que lo miraba relacionaba el nudismo con el sexo, sin remedio. Le observaba el pene, flácido pero apoyado en el vientre, los testículos depilados y caídos por el calor. Con cada movimiento la cosa se balanceaba de un lado a otro, y yo, casi sin darme cuenta, fui bajando el pañuelo hasta soltarlo del todo. Ella estaba tumbada y no podía verme, así que me dejé llevar a solas con la escena.

Como quien pasa la página de un libro, me chupé los dedos y me humedecí los pezones. Los acaricié despacio y, con la brisa fresca del mar, se me endurecieron por completo. Eso dio algo de firmeza a mis pechos y, sin pretenderlo, algo de confianza a mí. Sentada, orientada hacia ellos, empecé a rozarme las ingles muy suave. Me gusta ir despacio conmigo misma; cuando me toco a solas no tengo los nervios ni el pudor de hacerlo en compañía. Pasé los dedos por los pliegues sin rozar todavía el clítoris, jugando, demorando. Quería seguir mirando a esa pareja desnuda y a ese cuerpo que cada minuto me parecía más imposible.

Poco a poco fui acorralando el centro, presionando justo encima, que lo tengo muy sensible. Cuando ya estaba dilatado y acostumbrado al roce, puse tres dedos y dibujé círculos ayudándome de saliva, cada vez más rápido, hasta encontrar el ritmo que sabía que me iba a llevar. En los últimos segundos, con todo el vello del cuerpo erizado y la respiración disparada, cambié el sentido y empecé a moverme de arriba abajo, más lento pero con más fuerza. No pude evitar un gemido corto. Cerré las piernas atrapándome la mano y me quedé así, encogida, hasta que el placer me soltó. Después me relajé del todo y volví a recostarme, como si nada.

***

Media hora más tarde vi que ella se levantaba y caminaba hacia el agua. A medio camino me hizo un gesto para que la acompañara. Acepté y, muerta de vergüenza, fui desnuda hasta la orilla sin mirar atrás, rezando para que él no me observara.

—¿Qué tal lo llevas? —me preguntó cuando el agua nos llegaba por la cintura.

—Mucho más tranquila, la verdad.

—Ya lo veo, y no me extraña —dijo con una sonrisa pícara.

—¿Por qué no te extraña?

—Porque he visto cómo miras a mi chico.

—¡Ay! Perdona, yo no quería…

Me puso un dedo sobre los labios. El gesto fue casi brusco, pero yo estaba demasiado avergonzada para reaccionar. Solo esperaba que no me hubiera visto hacer lo otro.

—Te he visto masturbarte —me soltó sin más.

—Joder… no he podido evitarlo —admití, dispuesta a coger mis cosas y desaparecer.

—Nos ha encantado.

—¿Cómo?

—Que nos ha encantado verte.

No sabía dónde meterme. Había pasado de hacerme la tímida a que una pareja de extraños me sorprendiera tocándome en directo. Menuda terapia, estoy peor que antes. Pero la cosa no terminó ahí.

—Cuando volvamos a la toalla voy a empezar a chupársela a mi chico —me dijo mirándome fijo—. No vas a ser tú la única que disfrute hoy. Quiero que, mientras se la hago, te acerques y te pongas a su lado. Ya lo hemos hablado los dos.

¡Madre mía! ¿Dónde me había metido? De golpe volví a calentarme como al principio y solo fui capaz de asentir con la cabeza. Ella se dio media vuelta, caminó hasta él acariciándole el muslo y, sin más preámbulo, se llevó a la boca aquel trozo de carne todavía blando y empezó a mover la cabeza arriba y abajo.

***

Yo me acerqué despacio, y de lo que menos me acordaba ya era de estar completamente desnuda. Mis pechos se balanceaban a cada paso y volvía a notar la humedad entre las piernas. Conforme me aproximaba, oía el sonido húmedo de su boca trabajando. Era una experta. Me quedé de pie a un par de metros y él levantó la cabeza, sonriente. Ella dedicaba más tiempo a lamerle los testículos y la base que a la punta. Con una mano se apoyaba en la arena y con la otra lo sujetaba, mientras intentaba metérselos enteros en la boca, se le escapaban, y volvía a por ellos con más ganas. Jadeaba, le brillaban los ojos, y mantenía la espalda arqueada y el sexo bien expuesto, como pidiendo que alguien le hiciera caso por detrás.

—Ven, ponte aquí, a mi lado —me dijo soltándolo un segundo.

Tenía los labios enrojecidos del roce. Me arrodillé y estiré la mano hasta sus testículos, empapados de saliva, y empecé a acariciarlos. Él alargó el brazo hasta mi pierna; cogí su mano y me la llevé al pecho derecho para que lo amasara. Esta es la terapia que de verdad necesitaba. El corazón me palpitaba en todo el cuerpo. Me fui acercando hasta hundir la cara en su entrepierna, y ella me miró, me dio un beso corto que me dejó temblando, y dirigió aquello hacia mi boca, invitándome a continuar lo que ella había empezado.

No anduve con rodeos. Me lo metí hasta el fondo, queriendo saborearlo entero. Lo empujaba hasta la garganta y aguantaba un par de segundos, aunque se me escaparan la saliva y las lágrimas, porque notaba cómo se endurecía con cada empuje. Ella descansaba mientras me acariciaba la espalda, bajando poco a poco hacia mis nalgas. Era la primera vez que estaba con una mujer y, sin embargo, me sentía como si llevara toda la vida en esto. Los complejos se habían esfumado por completo. Mientras yo seguía con la boca ocupada, ella empezó a masajearme el ano con un poco de saliva. Yo me relajé, y entró primero un dedo, después dos, y al rato se colocó detrás de mí para usar la lengua.

Allí estábamos los tres, encadenados, y yo en el centro, disfrutando como nunca. Ella alternaba la lengua con tres dedos, asegurándose de que estaba bien dispuesta. Ya intuía para qué.

—Vamos, móntalo —me ordenó.

Me levanté y, en cuclillas, me senté sobre la punta apuntando justo donde ella me había preparado. Fui bajando despacio, sin más lubricante que la saliva, hasta tenerlo entero dentro. Él parecía a punto de terminar por la doble atención de antes, pero se contuvo. Subí el ritmo poco a poco y nuestros gemidos se mezclaron, cada vez más altos. Ella aprovechó para sentarse sobre la cara de él, mirándome. La escena era de un morbo absoluto. Mis pechos saltaban y él intentaba atraparlos cuando podía. Mi sexo le rozaba la pelvis al bajar, dejando un rastro espeso de todo lo que se había acumulado desde aquella primera vez a solas.

Fui sacándomelo cada vez menos, hasta que el roce con su piel era constante. Me incliné un poco hacia delante buscando presionar el clítoris y ella, que le tenía la cara empapada, hizo lo mismo desde arriba. Entonces él le atrapó el centro con la boca y empezó a succionar, hasta que ella se quedó rígida, con los labios a un centímetro de los míos. Yo seguía moviéndome, deslizándome sin separarme de él. Nos buscamos la boca de la forma más descarada que había probado nunca, las lenguas enredadas, la respiración cortándose por segundos. En una de esas pausas empecé a temblar sobre él, soltando un pequeño chorro sobre su vientre, contrayéndome con cada espasmo. Me corría como una loca cuando ella me abrazó por el cuello y, apartando la cara, se dejó ir también sobre la boca de él.

***

Él me dio una palmada en la nalga, indicándome sin palabras que cambiara de postura. Me puse a cuatro patas y ella se deslizó debajo de mí, en un sesenta y nueve, con su sexo a la altura de mi boca y la cara justo bajo el mío, lista para recibir lo que cayera. Yo empecé a lamerla sin prisa, más para acompañar que para llevarla al borde, mientras él volvía a entrar muy adentro, hasta chocar conmigo y con la nariz de ella. Sus embestidas no duraron mucho: en menos de un minuto me agarró de la cintura y se quedó clavado en lo más hondo. Aguantó así quince o veinte segundos, acariciándome la espalda y las nalgas con la punta de los dedos, mientras yo descansaba sobre los muslos de ella y le repartía besos suaves. Ella, a su vez, me recorría entera con la lengua, esperando lo que viniera después.

Lo que con su boca empezó, con su boca terminó. Él se retiró y se acercó a sus labios; ella no dudó en succionar la punta hasta sacarle la última gota. Yo tenía una vista privilegiada desde arriba, viéndolos cerrar aquel círculo. Después nos tumbamos los tres a descansar, hasta que una lengua me despertó cerca de la ingle. Me sobresalté, pero enseguida recordé dónde estaba y me giré. Era él, repasándome con mimo mientras ella se daba un baño en el mar. Aquello me dio un morbo enorme y me abrí para darle mejor ángulo.

Subió despacio, con mucha saliva, desde el perineo hasta mi sexo. Metía la lengua un instante y la retiraba, una y otra vez, jugando, hasta que empecé a impacientarme y a acariciarle la cabeza, suplicándole que fuera al grano. Pero el muy ladino no pensaba dármelo tan fácil. Recorrió los bordes, bajó, subió, abrió con la lengua todos los pliegues, acelerando de a poco, cinco o seis pasadas a un lado y otras tantas al otro, sin perder nunca el contacto.

Yo no sabía cuándo llegaría al clítoris, pero lo deseaba con todas mis fuerzas; terminé pidiéndoselo en voz alta. Por fin abrió la boca en círculo y, protegiendo el punto más sensible, lo rodeó con los labios, lo llenó de saliva y acercó la lengua. Cuando lo noté ahí, solté un gemido largo. Lo lamía con pasadas cortas, generando un calor que me derretía. Después cambió a círculos, suave y constante, un masaje que me dejaba al borde una y otra vez, y paraba justo a tiempo para hacerme sufrir. Me deslizó el pulgar por detrás, apenas, y con la otra mano buscó y encontró el punto exacto en el interior, curvando los dedos con una presión suave y certera.

Cuando decidió que ya bastaba de tortura, empezó con succiones cortas, rápidas, húmedas, mucho mejores que cualquier aparato. No aguanté ni medio minuto. Los dedos dentro, el pulgar detrás y la lengua en el sitio justo me hicieron gritar de gusto, soltando un chorro que él recibió sin dejar escapar una gota. Luego volvió a abrazarme con la boca, lamiéndome cada vez más suave, hasta que me fui relajando. Terminó subiendo a mis pechos, chupándome los pezones erizados hasta que el pulso se me normalizó.

Ella ya estaba cerca, pero se había mantenido a una distancia prudente para no cortarme. Después nos tomamos un refresco los tres, sin hablar demasiado de lo ocurrido, conociéndonos un poco más y entendiendo su manera de vivir. Intercambiamos el contacto y me despedí; ellos se quedaron un rato más en la arena. Yo volví al coche aún mojada, con el cuerpo palpitando y la cabeza más liviana que nunca.

Creo que en mi próxima cita con la sexóloga voy a darle las gracias por el consejo del nudismo, aunque dudo mucho que fuera este el tipo de ejercicio terapéutico que tenía en mente. Gracias por leerme, y espero que lo hayas disfrutado casi tanto como yo.

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Comentarios (4)

lektor22

que relato mas rico, lo leí de un tiron sin poder parar

Clari_bsas

Buenisimo!! me quedé con ganas de mas, por favor seguí escribiendo

GabyMar_92

Me encantó como lo contaste, se siente muy real sin ser burdo. Hay algo en el tono que te atrapa desde el principio. Sigue así!!

Marta_Rdz

jaja yo nunca tendría el valor de ir sola a uno de esos lugares pero leerlo es otra cosa

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