Su obsesión con mi culo empezó en la fiesta swinger
Habíamos ido a esa fiesta swinger varias veces, así que ya nos movíamos con confianza y teníamos un par de caras conocidas. Esa noche la disfrutamos de verdad: besos con gente distinta, bailes pegados, juegos que terminaban siempre subiendo la temperatura. Diego y yo llegábamos relajados, sin presión, dispuestos a dejarnos llevar por lo que pasara.
Durante un buen rato estuvimos conversando con una pareja del ambiente que veíamos seguido pero a la que nunca habíamos tratado de cerca. Diego quedó fascinado con ella, una mujer algo mayor que nosotros, de esas que saben exactamente lo que provocan. Marcela se llamaba. Su marido era más joven, no tan corpulento pero muy bien plantado: un moreno refinado, de gestos suaves, que medía cada palabra.
En algún momento todos entramos al playroom, ese cuarto con sillones y una cama enorme donde la gente hace de todo a la vista de los demás. Nosotros casi nunca participábamos ahí; íbamos más que nada a mirar. Pero esa noche fue distinta.
Diego tomó a Marcela casi sin avisar y empezó a cogérsela delante de todos. La trataba como un juguete, con una rudeza que yo le conocía poco. La puso a mamar, la hizo saltar, la hizo gritar. Las nalgadas sonaban durísimo en el silencio del cuarto, y entre cada una se le escapaba un gemido más grave. Verlo así, dueño de la situación, me ponía a mil.
Yo estaba enamorada de mi marido y me encantaba mirarlo hacer esas cosas. Nos invitaron a sumarnos un par de veces, pero negué con la cabeza. Estaba cómoda como espectadora, con un trago en la mano y los ojos clavados en ellos.
Lo que no esperaba era al otro. El marido de Marcela se había puesto detrás de mí y me abrazaba mientras los dos mirábamos la escena. Me besaba el cuello, me hablaba bajito al oído, me respiraba en la nuca de esa forma que eriza la piel. Yo le seguía el juego: apoyaba las nalgas contra él y sentía cómo se le iba poniendo dura la verga, pero no le daba pie a nada más.
No quería rechazarlo. El moreno me gustaba, y aunque ya empezaba a calentarme, estaba decidida al cien por ciento a no acostarme con él. O eso creía.
Diego seguía reventando a Marcela, que para entonces parecía casi desmayada del palazo que se estaba comiendo. Mi marido andaba sanguinario esa noche. El moreno insistía conmigo con paciencia, sabiendo que los tragos hacían su trabajo. En un momento se bajó el cierre, sacó el miembro y me lo recostó entre las nalgas, siguiendo el ritmo de la música.
Lo tomé con la mano casi por reflejo. Y ahí me di cuenta de con qué estaba jugando: no era de esos penes largos, era de esos cortos pero monstruosamente gruesos. La curiosidad pudo más que la decisión. Me giré, me agaché y me lo metí en la boca.
Era tan ancho que parecían dos vergas fundidas en una. Me costaba mantener la boca abierta, la mandíbula me tiraba, pero igual trataba de hacer bien el trabajo. Menos mal que no era largo, porque chupar algo tan grueso es incómodo de verdad. Él sacó un preservativo y me pidió que se lo pusiera; el primero se rompió. Con el segundo fui más cuidadosa y lo dejé bien calzado.
Ahí mismo, parados, sin nada donde sostenerme, me dio la vuelta. Apoyó la punta justo en la entrada de mi culo con una puntería increíble. Sin lubricante, con un solo empujón, la cabeza de esa verga entró dejándome sorprendida, asustada y temblando al mismo tiempo.
Con el segundo empujón ya estaba acabada. Su miembro entero dentro de mi culo sin haber dilatado nada. Me bombeó un rato lento pero brutal, tan fuerte que yo gritaba en cada embestida. Y ahí estaba yo, siendo cogida por el culo de pie, mientras a un metro mi marido seguía encima de Marcela.
El moreno terminó dentro del preservativo y nos arrastramos todos hasta la mesa a buscar algo de beber. Marcela quedó destruida, sudada, despeinada; Diego la había usado como un trapo y los dos estaban felices. El chico sabía que me había dolido, porque sabía bien el arma que cargaba, pero a mi marido no le dimos detalles. Tampoco preguntó.
Yo seguía con el culo abierto y sensible, y entre trago y trago decidimos los cuatro irnos juntos a un hotel a terminar la noche.
***
En la habitación servimos unas copas y caímos directo al jacuzzi. Fue ahí cuando el moreno le soltó a Diego que estaba enamorado de mi culo, que no se había quedado conforme y que quería repetir. Mi marido me miró con una media sonrisa.
—¿Así que andás regalando tu culo por ahí sin mi permiso? —dijo, divertido.
—Yo no doy culo, a mí me duele —saltó Marcela, y todos nos reímos.
A los pocos minutos ella y yo estábamos enredadas, regalándonos orales tranquilos y usando unos juguetes que siempre cargábamos en el bolso. Estuvimos así un buen rato hasta que la cosa se desbordó y empezó el todos contra todos.
Diego y el chico se dieron el gusto de clavarnos a las dos en todas las posiciones, intercambiándonos cada vez que podían. Marcela no era muy de anal, pero era endemoniadamente sexy y gritona, de esas que gimen para toda la cuadra.
A mí sí me dieron por el culo, y mucho. Diego no tanto: el que estaba obsesionado era el moreno. Tanto, que esa noche jamás me lo metió en el sexo. Ni una vez. Cuando hicimos doble penetración, él siempre tomaba mi culo, y a pesar de lo grueso que era, el dolor del principio ya se había vuelto soportable. A veces, igual, la molestia se volvía intolerable.
Antes de irse, el chico me dijo al oído que si me había gustado, que los llamáramos para reventarme el culo cuando quisiéramos.
***
Cuatro o cinco días después, hablando en la cama, Diego y yo coincidimos en que queríamos repetir. Los contactamos, y el moreno preguntó si esta vez podíamos hacer un trío solo con él. No nos pareció mala idea. A Diego le encantaba verme sufrir con ese culo, y a mí me gustaba complacerlo, así que coordinamos el encuentro sin darle más vueltas.
Ese día mi marido directamente me echó a los leones. Me entregó y no hizo absolutamente nada más que grabar con el teléfono. Apenas llegamos al hotel, sin besos, sin caricias, sin nada, el hombre me desvistió y me puso en cuatro patas. Me escupió el culo y me lo metió despacio hasta el fondo.
Ese chico sabía usar lo que tenía. Sabía que su verga era durísima y gruesa, aunque no larga, y jugaba con eso. Era doloroso. Esa sensación de presión sostenida tanto tiempo cansa el cuerpo, porque por más que dilate siempre quedaba ardor, irritación, una molestia que no terminaba de irse. Y, sin embargo, era de lo más morboso que había sentido.
En esa posición me bombeó dieciocho minutos al mismo ritmo; lo supimos después, mirando el video. Luego me puso en misionero y me clavó catorce minutos más, hasta que se vino. En la grabación se veía cómo había quedado mi culo abierto cuando la sacó.
Descansamos un rato. Después volvimos a la cama, besándonos y tocándonos como si recién empezara la noche. Él se levantó, se sentó en una silla y me ofreció subirme encima, dándole la espalda. Poco a poco fui acomodando mi cuerpo sobre el suyo hasta que toda su carne estuvo dentro de mi ano.
Por momentos saltaba yo, por momentos empujaba él. Como ya había terminado hacía poco en el primer round, esta vez duró el triple. Lectores, estuve una hora y once minutos encima de ese hombre, con su verga en mi culo, cambiando el ritmo, sudada, adolorida y feliz. Diego ayudó a la causa comiéndome el sexo mientras tanto, algo que me volvía loca, y así pasó todo ese tiempo hasta que por fin el moreno acabó. Nunca en mi vida había aguantado tanto anal seguido. Hubo momentos en que ya no me dolía el culo sino el cuerpo entero.
***
Días después, mirando los videos, Diego me confesó que le había parecido tremendamente excitante verme ese día, verme aguantar tanto. Quería repetir, y sabía que el chico no se iba a negar, porque seguía obsesionado conmigo.
Les cuento que estuvimos —estuve— con ese moreno cuatro veces más. Siempre lo mismo: puro sexo anal delante de mi marido, que miraba como un cornudo feliz con el teléfono en la mano. Ese chico se volvió un vicio, y mi culo terminó enamorado de su verga. Nunca probó mi sexo, nunca estuvo dentro de él. Su obsesión empezaba y terminaba en mi culo.
Las últimas dos veces lo hicimos sin preservativo, y pude sentir en cada eyaculación cómo me llenaba de leche caliente. Y lo más morboso de todo: poníamos a Diego a comerse esa leche de mi culo cuando él terminaba. Qué cornudo más feliz me tocó.