Lo que pasó con los vecinos en el pueblo nudista
Marcos y Nadia nos la habían jugado bien. Nadia trabaja con mi mujer, Lucía, y con Marcos tengo una de esas amistades que se forjan a base de cervezas y secretos. Desde aquel fin de semana en la casa rural donde todo empezó entre nosotros cuatro, habíamos compartido más aventuras de las que puedo contar. Unas las vivimos juntos, otras nos las contaron ellos. Pero esta se lleva la palma.
Las chicas llevaban semanas moviendo turnos en el trabajo para que pudiéramos escaparnos los cuatro una semana entera, y yo había hecho verdaderos malabarismos para conseguir los días. Lo que no sabíamos era el destino. De eso se encargaron Marcos y Nadia, y guardaron el secreto con una disciplina que rozaba la crueldad.
Cuando pasaron a recogernos, se rieron al ver nuestras maletas.
—¿Pero a dónde creéis que vais? Menudos maletones —soltó Nadia.
Y eso que solo llevábamos dos pequeñas. En el coche intentamos sonsacarles, pero no soltaron prenda. Cruzamos la frontera hacia Francia y aquello nos descolocó por completo. No fue hasta más de cinco horas de viaje, cuando me fijé en un cartel de la autopista, que se me encendió la bombilla.
—No me jodáis. No nos llevaréis a…
—Si lo has adivinado, cállate la boquita —me cortó Nadia entre carcajadas.
—Venga, dímelo —insistió Lucía.
—Solo te digo una cosa —respondí—: de todo lo que llevas en la maleta no te va a servir absolutamente nada.
—¡Anda ya! Si es todo ropa de verano.
—Pues no te vas a poner nada —rio Nadia.
Lucía no es tonta, ni mucho menos, y enseguida ató cabos.
—¡Vamos a un sitio nudista! ¡Sois unos cabrones!
—No a uno cualquiera —puntualizó Marcos—. Vamos a Cap Soleil.
Joder. Eso se avisa, pensé, aunque por dentro la idea me ponía.
Para quien no lo conozca, Cap Soleil es un complejo turístico en plena costa mediterránea francesa, pero lo que lo distingue del resto es que es mayoritariamente nudista. No todo el pueblo lo es, pero hay una zona con todos los servicios donde la gente pasea desnuda por la calle con la misma naturalidad con la que otros pasean en chándal. Con los años se ha convertido en una especie de meca del ambiente liberal, aunque el sexo solo está permitido en la playa.
***
La villa no estaba dentro de la zona nudista, pero apenas la separaban unos cincuenta metros. Cuando llegamos, alucinamos con lo que teníamos delante. Era enorme, con mucho terreno y una piscina infinita que parecía derramarse sobre el mar. La casa la formaban varios cubos de cristal unidos por pasillos también acristalados, decorada en un estilo minimalista, todo blanco.
Las dos habitaciones estaban juntas, cada una con su propio vestidor y su baño. Al principio parecía indiscreto, porque al ser todo de cristal las vistas eran abiertas en todas direcciones, pero Nadia nos enseñó que con un mando los cristales se oscurecían desde fuera. Desde dentro seguíamos viéndolo todo; desde fuera, nada.
Deshicimos las maletas a toda prisa y bajamos al jardín en bañador. Marcos y Nadia no habían perdido el tiempo: estaban completamente desnudos.
—Como veis, estamos rodeados de setos y no se ve nada desde fuera —dijo Marcos—. Así que podéis desnudaros tranquilos.
Dicho y hecho. Nos quitamos los bañadores, los dejamos sobre las hamacas y nos lanzamos al agua junto a ellos.
—¡Qué gozada! Qué bien se está —suspiró Lucía.
—Pues ya verás cuando bajemos al pueblo —dijo Nadia—. Ni siquiera tenemos que pisar la calle. Hay un caminito entre las villas que sale de aquí, no más de cincuenta metros.
—Y, ya que estamos, la idea es bajar desnudos —añadió Marcos.
—Como dice el refranero —rio Lucía—: allá donde fueres, haz lo que vieres. Por mí, de acuerdo.
Yo también acepté. Total, con tanta gente desnuda, ¿quién iba a fijarse en mí?
***
No habíamos comido aún, y Nadia entró en la casa a buscar el móvil para pedir algo a domicilio. La seguí para coger la cartera. Entré en nuestra habitación y, desde allí, la veía trastear en la suya. Al pasar la vista por el ventanal me fijé en que en el jardín de al lado había gente, y miré con más atención.
Junto a la piscina, un hombre tomaba el sol tumbado, desnudo, flanqueado por dos mujeres igual de desnudas. No pude evitar fijarme en ellas. Una rondaría los cuarenta y tantos, con una melena rubia, larga y rizada, la piel muy morena de tanto sol y unos pechos generosos de pezones claros. La otra era una mujer asiática, de edad imposible de adivinar, con el pelo negro y largo y unos pechos pequeños y redondos.
Se me había olvidado por completo que ellos también podían verme. Lo recordé cuando la rubia levantó la mirada, me descubrió allí plantado y desnudo, y lejos de incomodarse alzó una mano para saludarme. Eso animó a los otros dos a mirar y hacer lo mismo. Yo, bastante cortado, devolví el saludo justo cuando Nadia entraba en la habitación.
—¿Qué? ¿Conociendo a los vecinos? —preguntó.
—Los he visto y han saludado. ¿Qué iba a hacer?
Nadia se acercó al ventanal, los miró y también levantó la mano.
—¡Qué majos! —dijo, y luego, con una sonrisa torcida—: ¿Tú crees que…? Déjame hacer una prueba.
Ni corta ni perezosa, se arrodilló frente a mí. Me agarró la polla, se la llevó a la boca y la lamió de arriba abajo hasta ponerla dura, deslizando después la lengua por el glande. Mientras tanto, una mano se coló entre mis piernas y me apretó los testículos con suavidad. De reojo vi cómo los vecinos se incorporaban en sus hamacas, sin perder detalle de lo que Nadia me hacía.
—Pues parece que les interesa —murmuró ella sin soltarme.
Siguió lamiendo hasta que la levanté, le di la vuelta y le apoyé las manos contra el cristal, de espaldas a mí. Le besé el cuello mientras le agarraba los pechos y le pellizcaba los pezones, y fui bajando hasta arrodillarme detrás, con su culo a la altura de mi cara. Le separé las nalgas y hundí la cara entre ellas, lamiéndola en profundidad desde atrás.
—Mira —dijo girando la cabeza—. Parece que se animan.
Levanté la vista. La rubia se había puesto a lamerle la polla al hombre, mientras la asiática nos miraba con las piernas abiertas y se masturbaba con dos dedos.
—Vamos a darles más —susurró Nadia.
Se apoyó del todo contra el cristal, aplastando los pechos contra él. Me coloqué detrás, me agarré la polla y, levantándole una pierna, busqué la entrada. Ella misma me ayudó, echando el culo hacia atrás para facilitarme la penetración. La sujeté de las caderas y empecé a moverme, mirando de vez en cuando hacia el jardín de al lado.
Los vecinos se habían encendido del todo. La rubia cabalgaba ahora sobre el hombre, su culo subiendo y bajando, mientras la asiática le hacía una felación a un segundo tipo que no habíamos visto salir. Yo seguía embistiendo a Nadia, que no paraba de gemir.
—¡Eso es! ¡Que lo vean bien! —jadeaba.
No tardó en correrse entre espasmos. La levanté en brazos, le apoyé la espalda en el cristal y dejé que me rodeara con las piernas, hundiéndose otra vez sobre mí. Saltaba y yo la sostenía hasta que le avisé de que estaba a punto. Entonces se bajó, volvió a llevarse mi polla a la boca y terminé entre sus labios.
En el jardín de al lado, los cuatro acabaron casi a la vez. Después nos miraron, alzaron las manos haciéndonos el gesto de OK e incluso soltaron algún aplauso. Nadia y yo nos echamos a reír y bajamos al jardín, donde nos esperaban los demás.
—¡Ya os ha costado! —protestó Lucía.
—Me da que estabais entretenidos —añadió Marcos.
—Digamos que estábamos conociendo a los vecinos de al lado —respondí.
—Y algo más, seguro. Oímos aplausos. ¿Eran para vosotros? —preguntó Lucía.
—Sí. Aunque ellos tampoco se quedaron cortos —dijo Nadia.
***
Llegó la comida y comimos en el jardín, entre bocados, vino y risas, sin dejar de prestar atención a cualquier ruido que llegara del otro lado del seto. Pasamos la tarde en la piscina haciendo planes para la noche, y decidimos bajar a cenar al pueblo aprovechando la cercanía.
Tras ducharnos y arreglarnos —en lo que evidentemente no tardamos nada—, salimos por el camino. Ellas se habían puesto unos pareos que, lejos de tapar, hacían volar la imaginación. Nosotros dos bajamos en chanclas y con una riñonera para el dinero y la documentación. Nada más.
En el pueblo había cuerpos desnudos por todas partes, de todas las formas, colores y edades. Desde chicas jóvenes y lozanas hasta señoras que pasaban de los ochenta, hombres en forma y otros que cargaban con cien kilos sin el menor complejo. Incluso vimos a un par de personas trans paseando sus encantos por la calle sin que nadie les dedicara más que la sorpresa inicial. Allí nadie daba importancia a la desnudez del prójimo, y eso nos hacía sentir cómodos.
El plan era conocer el pueblo, acercarnos a la famosa playa y tomar algo antes de cenar. Nos sentamos en una terraza con vistas y, mientras los cuerpos desnudos desfilaban delante de nosotros, nos acostumbramos hasta tal punto que al rato ya ni mirábamos. Estábamos a la altura de la zona más familiar, con parejas y niños.
—Más adelante está la parte picante —nos contó Nadia—. Se puede ver a parejas teniendo sexo rodeadas de gente. Es entrada la tarde cuando más se anima.
Evidentemente, nos picó la curiosidad. Seguimos caminando hasta comprobar que era cierto: varias parejas se acariciaban a la vista de todos, alguna mujer cabalgaba a su hombre sobre la arena sin que nadie de alrededor pareciera inmutarse. Pese a nuestras aventuras anteriores, aquello nos llamaba poderosamente la atención, igual que a Marcos y a Nadia. Un poco más allá empezaba la zona propiamente liberal, pero decidimos dar la vuelta y regresar al pueblo.
***
Pasamos el resto de la tarde paseando y tomando algo en las terrazas, hasta que acabamos sentados justo al lado de nuestros vecinos. Nos dimos cuenta porque nos saludaron al sentarnos y, antes incluso de pedir, ya nos habían puesto unas cervezas delante por cortesía. Uno de los hombres dijo algo en alemán que tuvimos que buscar en el móvil para entender: nos invitaban a sentarnos con ellos.
Los cuatro rondaban más o menos nuestra edad. Ellos parecían gemelos, y luego nos lo confirmaron: idénticos, los dos altos, con el pelo corto y canoso y una tripilla cervecera que no les quitaba lo fornidos. Por señas nos dijeron que se llamaban Klaus y Bruno, y ellas, Heike y Petra. Klaus y Heike formaban una pareja; Bruno y Petra, la otra.
Como ellos eran clavados, ellas no podían ser más distintas. Heike era menudita, de piel morena y pechos pequeños rematados por unos pezones diminutos. Petra, en cambio, era tan alta como los hombres, de cuerpo rotundo y caderas generosas, completamente depilada. Klaus llevaba tatuada una brújula en el antebrazo izquierdo; su hermano, la misma en el derecho. Era el único modo fiable de distinguirlos.
La conversación fluyó lo que puede fluir entre cervezas, inglés chapurreado y gestos. Lucía y Nadia se manejaban bien con el idioma y nos iban traduciendo a Marcos y a mí, que apenas sabíamos palabras sueltas. Al final, los ocho terminamos cenando juntos en esa misma terraza. Y mientras hablábamos, era imposible no notar cómo Heike no me quitaba el ojo de encima, ni cómo Klaus y Bruno repasaban a nuestras mujeres con descaro.
***
Tras la cena y algún cubata, volvimos a la villa agotados del viaje, con la idea de darnos un último baño en la piscina antes de dormir. Nos despedimos de nuestros vecinos y, nada más entrar, me fui directo al agua mientras los demás subían a las habitaciones. No me molesté ni en encender las luces; en la penumbra veía las siluetas moverse tras los cristales.
Flotaba boca arriba cuando noté que alguien se metía en la piscina. Al girarme reconocí la silueta de Lucía, con el agua ya por la cintura, acercándose.
—Qué bien se está aquí —dijo.
—Es una gozada.
Se abrazó a mí, pegó sus pechos a mi pecho y me dio un beso largo mientras me rodeaba con las piernas. Su sexo rozó mi polla, que se endureció al instante.
—Vaya, está despierta —murmuró.
—¿Y qué quieres hacer al respecto? —le agarré las nalgas y la levanté, dejando que la entrada de su sexo rozara mi glande.
—¿Te diste cuenta de cómo Heike no te quitaba ojo? —preguntó.
—Sí. Y de cómo Klaus y Bruno os miraban a vosotras.
Mientras hablaba, colgada de mi cuello, mi polla fue entrando poco a poco hasta acomodar el glande dentro de ella.
—Mmm… Ya sabes cómo me pone que otras te miren. O que nos miren —jadeó.
—Lo sé. ¿Y a mí, que otros te deseen?
Me hundí del todo y empecé a moverme despacio. Ella echó el cuerpo hacia atrás, flotando, ofreciéndome sus pechos apenas cubiertos por el agua. Nos fuimos acercando a las escaleras, donde se apoyó sin que yo dejara de embestirla.
Ninguno de los dos fue consciente de la presencia de Marcos y Nadia hasta que unos brazos me rodearon por detrás y sentí los pechos de Nadia contra mi espalda. Marcos se acercó a la cabeza de Lucía y le ofreció su polla, que ella aceptó en la boca sin pensárselo, lamiéndola mientras le acariciaban los pechos. Nadia me besaba el cuello buscando mi boca; con una mano se acariciaba a sí misma y, con la otra, jugaba entre mis piernas hasta deslizar un dedo donde menos lo esperaba.
Del otro lado del seto llegaban sonidos que delataban que nuestros vecinos andaban en algo muy parecido. Yo seguía dentro de Lucía mientras ella lamía a Marcos, hasta que decidió cambiar de postura. Hizo que me tumbara, se acuclilló sobre mí y se clavó mi polla de una sola vez, ofreciéndole al mismo tiempo el culo a Marcos, que no desaprovechó la invitación y la penetró arrancándole un gemido largo.
Nadia, mientras tanto, se había sentado sobre mi cara, y yo la lamía de arriba abajo mientras ella y Lucía se besaban y se acariciaban los pechos. No tardé en notar los espasmos de Lucía anunciando su orgasmo, y casi a la par me corrí dentro de ella. Marcos aún gruñía detrás cuando Nadia me inundó la cara al terminar. Poco después acabó él, y los cuatro nos dejamos caer, enredados y sin aliento, sobre los escalones de la piscina.
Del jardín de al lado todavía nos llegaban gemidos y suspiros cuando por fin nos levantamos para entrar en la casa. Y aquello, lo mejor de todo, era apenas la primera noche de la semana.