Volvimos al club liberal y perdimos el control
El paseo marítimo estaba a reventar. Era pleno verano y había gente de todo tipo bajando hacia la playa. Lorena venía pletórica, todavía con el subidón de haber ejercido de ama esa tarde. Entramos en un restaurante con terraza y nos quedamos a cenar. Los dos estábamos felices, y al verla tan animada me atreví a tantearla.
—¿Querrás volver a algún club? —le pregunté.
—Pues claro que quiero. Y volveremos a quedar con Nadia y Rubén, y con Sonia y Marc. Me agobié en vacaciones y ya está, pero no pienso dejar el mundo liberal. Lo que tampoco quiero es que lo demás sea el motivo. Quiero disfrutar contigo. Lo otro tiene que ser un extra.
—Tienes toda la razón —le dije, y la tenía—. Pues juguemos. ¿A quién te follarías de los que hay aquí?
—Jajaja. A ti. Bueno, a ti y al camarero. A ti y a la chica de la barra. A ti y a la pareja de la puerta.
—A mí me puedes follar siempre.
—Algún día me follaré a otro delante de ti. Para cumplir tu fantasía.
—A mí me tendrás que follar después. Cuando el invitado se vaya.
En los ojos de Lorena apareció ese brillo que yo conocía bien. Estaba cachonda otra vez. Tenía una mirada morbosa que la delataba.
—¿Quieres que vayamos a un club ahora? —ofrecí.
—Hoy no. Acabamos de salir de una mazmorra. Pero con esta conversación se me han puesto las pilas. Lo que quiero es llegar a casa, que me pongas el antifaz y me folles contándome todo lo que me vas a hacer mañana cuando hagas de amo.
Nos tomamos una copa en la terraza, dimos otro paseo y volvimos al coche. Era de noche. Antes de que ella montara, la sujeté contra la chapa, le cogí del cuello con una mano y de un pecho con la otra.
—Prepárate, que te voy a follar muy fuerte.
Lorena abrió la boca esperando un beso que no llegó. La quería al borde para cuando llegáramos. En mi cabeza ya se iba armando la escena. Tenía un guion entero que ejecutar.
***
Cuando la puerta del garaje se cerró a nuestra espalda, empezó mi mandato.
—Quédate en el coche y desnúdate.
Fui al maletero y saqué de la bolsa de la tienda lo que había comprado esa tarde. Volví al lado del copiloto y abrí la puerta.
—Baja —ordené, tendiéndole la mano.
Lorena obedeció. Estaba radiante, desnuda y dispuesta. La giré de espaldas, le puse el collar y dejé la correa colgando. La volví a girar y le cerré las muñequeras, una en cada brazo. De una colgaba un mosquetón. Le cogí los pechos, la besé y le susurré al oído.
—A partir de ahora eres mía y voy a hacer contigo lo que me dé la gana. ¿Entendido?
—Sí, mi amo.
Tiré de la correa hacia arriba, lo justo para que sintiera la tensión en el cuello. La noche fue larga y entretenida, estrenando juguetes nuevos. Solo que esta vez fue ella la que sintió las tiras de cuero acariciándole la piel y, después, mordiéndola.
Acabamos rendidos. En un solo día habíamos probado los dos roles, el de dominante y el de sumiso. A mí me gustaban ambos. Me había sorprendido cuánto disfrutaba sintiendo dolor, pero también esa sensación de ser dueño de alguien sin freno, de poder. Aunque, como dicen, todo poder viene con su responsabilidad.
***
El lunes siguiente nos íbamos de vacaciones con los niños. El destino elegido era el sur, una playa de pueblo a la que llamaré Los Caños. Esa semana yo me había apuntado a un curso de kitesurf; siempre me había llamado la atención y quería probarlo de una vez. Alquilamos una casita en lo alto, cerca de una de las mejores playas para ese deporte. Los críos tenían su habitación al otro extremo de la casa, así que teníamos cierta libertad para hacer ruido.
Me senté en la cama y llamé a Lorena.
—Aquí vamos a dormir muy bien —le guiñé un ojo y me tumbé.
Ella se sentó a horcajadas encima de mí y me besó con lujuria. Ese beso me despertó la fiera, pero con los niños despiertos tocaba aguantar hasta la noche.
Bajamos a inspeccionar el terreno. La playa tenía chiringuito, un par de tiendas y la escuela de surf. Pedimos unos mojitos para nosotros y refresco para los niños. Había mucho ambiente y mucha carne al aire. Me acerqué al oído de mi mujer.
—¿A cuántos te follarías de aquí?
—A muchos. Y a muchas. Madre mía, qué nivel.
Me pasé por la escuela a confirmar mis datos. Los novatos salíamos a primera hora para no molestar al resto, así que al día siguiente, a las nueve, tenía mi primera clase. Volví contento. Las vacaciones pintaban de maravilla.
Esa noche, después de acostar a los niños, nos quedamos en el jardín con los primeros gin-tonics del verano. En esas estábamos cuando uno de los pies de Lorena fue a parar a mi entrepierna y me provocó una erección instantánea.
—Si empiezas, te voy a follar aquí mismo.
—Cuando quieras —me retó con la mirada, hundiendo más el pie.
Entré a apagar la luz del jardín y volví. Levanté a Lorena de la silla, la hice apoyar las manos en la mesa, le subí el vestido y le quité el tanga. Me bajé el bañador y se la metí de un empujón, todo lo fuerte que pude. Abrió la boca y dejó escapar un gemido. Seguí embistiendo hasta que tuvo el primer orgasmo. Entonces le di la vuelta, la senté en la mesa y me agaché a comérselo. Sus manos fueron a mi pelo, y cuando se corrió otra vez tiró de mí hacia arriba.
—Fóllame —me pidió.
La cogí de los muslos mientras ella se sujetaba a mi cuello, y la penetré así, en el aire. La penetración era profundísima. No tardó en correrse de nuevo.
—Quiero tu leche en la boca —me dijo al oído, mordiéndome la oreja.
La bajé al suelo. Se puso de rodillas y, con verdadera maestría, consiguió lo que quería. Nos quedamos un buen rato tirados, relajados después del primer polvo de las vacaciones.
El resto de los días pasaron entre excursiones, mi curso de kite y noches largas. Saqué hasta el título, aprendí a mantenerme sobre la tabla y a girar, y me hice amigo del instructor. Lorena, por su parte, volvió con un moreno que la hacía todavía más apetecible. Cada vez era más abierta, más ardiente. Cuando se ponía, era capaz de calentar a cualquiera.
***
A finales de agosto regresamos a la rutina, y con ella volvieron nuestros viernes de copas. El primero, Lorena soltó la idea.
—¿Y si nos apuntamos a un taller de BDSM? De los que organiza Adriana, la del sex shop.
—Me parece bien. Así sabremos qué es de verdad y no lo que se ve por ahí.
—Esto no es ni como las películas ni como los vídeos. Si jugando a ciegas ya lo pasamos así de bien, imagínate aprendiendo de alguien que controla.
Miramos la web de Adriana y vimos que había un taller de iniciación dos semanas después. Nos apuntamos. Esas dos semanas, nuestros viernes se volvieron temáticos. Lorena empezó a apretarme y tirar de los testículos, a darme algún golpe suave para ir subiendo el nivel. Descubrí que era masoquista, que cuanto más dolor sentía más respondía mi cuerpo. Ella, en cambio, encontró su lado sumiso: dejarse llevar, disfrutar de ser usada. Ninguno de los dos quería ese estilo de vida a tiempo completo, pero sí dar pinceladas en la cama.
Lorena seguía viéndose con Nadia para tomar café, y algún día se habían enrollado. Me lo contaba por las noches mientras follábamos, y esas escapadas me ponían como una moto. Cuando le propuse retomar lo de quedar con las parejas, no lo dudó.
—Me apetece volver a vernos con Nadia y Rubén, o con Sonia y Marc. Y tenemos que ir un fin de semana al chalé de la costa, todos juntos. He hablado con Nadia de lo del taller y se quieren apuntar con nosotros.
—Perfecto. Así los veo, que no coincido con ellos desde la última vez.
***
Llegó el día. Dejamos a los niños con los abuelos y quedamos a tomar café con Nadia y Rubén en el bar de al lado del sex shop, una hora antes del taller. Ya estaban sentados cuando entramos.
—Buenas tardes, chicos —saludé.
Nos levantamos todos. Le di la mano y un abrazo a Rubén mientras las chicas se daban un pico, y luego cruzamos los saludos. Íbamos los cuatro arreglados, como para una fiesta: ellas de vestido, nosotros de chino y camisa.
—¿Y si después nos vamos de cena? —propuso Nadia, mirando a Lorena con complicidad.
—Me da a mí que esto ya estaba hablado —dije.
—Algo habíamos comentado, sí —Lorena puso cara de traviesa.
—Podemos volver al club donde nos conocimos. Hoy hay fiesta de lencería —Nadia se remangó la falda y enseñó parte de un liguero.
La mano de Rubén subió por el muslo de su mujer. Se habían colocado al fondo del bar, donde solo nosotros podíamos verlos. Nadia cerró los ojos y se mordió el labio.
—Me estoy poniendo muy cachonda.
—Calmaos —corté yo, riendo—, que primero toca taller. El club llega después.
Nos terminamos las copas y pasamos al sex shop. Adriana nos buscó en la lista y nos tachó. Había dos chicas que iban juntas y otra pareja. Entraron también dos hombres solos. Faltaba gente.
—Damos cinco minutos de cortesía y bajamos —anunció.
Justo entonces entró una mujer. Morena, de pelo largo, rondaría los cincuenta, pero iba impecable.
—Buenas. Soy Renata.
Adriana la tachó y nos guio escaleras abajo, hasta la mazmorra. Había sillas encaradas a una pared con una pantalla de proyector. Nos sentamos y empezó la charla. Explicó las siglas una a una —el bondage, la dominación y la disciplina, la sumisión y el sadismo, el masoquismo— y, por encima de todo, repitió la regla de oro: sano, seguro y consensuado. Todo hablado de antemano, acordado entre las partes. Yo me sabía la teoría, pero Lorena, Nadia y Rubén escuchaban embobados.
Al terminar, Adriana nos invitó a pasar al fondo y probar lo que quisiéramos. Enseguida empezaron a sonar fustas y látigos. Una chica se subió al potro, un chico se colocó en la cruz de San Andrés. Estábamos todos vestidos, pero la temperatura de la sala subió varios grados.
***
Salimos a la calle con las mejillas encendidas.
—Muy interesante —dijo Nadia—. Nosotros siempre habíamos jugado duro, pero a lo bestia y sin saber.
—En algunos clubes tienen mazmorra. Incluso en el Eclipse, donde vosotras jugasteis juntas por primera vez —solté con picardía.
—¿Quieres que vayamos al Eclipse? —preguntó Lorena.
—Lo que vosotros queráis —contesté, dejando elegir al resto.
—Vámonos de fiesta —zanjó Nadia.
Llegamos al club y entramos. Nadia se acercó a la taquilla y dio el nombre de las dos parejas.
—¿Habíais reservado? —pregunté, retórico.
Los otros tres se echaron a reír. Pasamos a la terraza, cenamos entre cruces de miradas con otras parejas, y después nos movimos a la zona del jacuzzi, donde tres parejas jugaban entre el vapor. Era pronto para la zona de camas, así que entramos a la pista. Ya se veían conjuntos de lencería por todas partes, rojos, negros, alguno blanco. Las chicas se fueron a cambiarse a los vestuarios y nosotros volvimos a la barra.
Cuando reaparecieron, Lorena estaba impresionante, y Nadia no le iba a la zaga: medias con liguero, un tanga transparente y unas pezoneras que no dejaban nada a la imaginación. Salimos a bailar y, casi sin querer, cambiamos de pareja: Lorena pegada a Rubén, que le tocaba el culo sin disimulo, y Nadia conmigo. Dos chicas se subieron a unas barras junto a la cabina del DJ y se marcaron un número de pole. El local entero aplaudía.
En eso, una pareja de mujeres se acercó a bailar a nuestro lado. Se pusieron a hablar con Nadia y Lorena y, al rato, nos presentaron.
—Rubén y Hugo. Renata y Ámbar —dijo Nadia.
Al ir a darle los dos besos, una de ellas me resultó familiar. Sin ropa no la había reconocido.
—¿Has estado esta tarde en la mazmorra? —le pregunté.
—Sí, a la vez que vosotros. Soy la que llegaba tarde.
—Es verdad, Renata, vestida no te había situado —le dijo Nadia, posándole una mano en la cadera.
Renata respondió al toqueteo con un beso en la boca. Ese beso fue el pistoletazo de salida. Lorena se pegó a mí, comprobó mi estado y sonrió.
—¿Estás caliente?
—Mucho. Aquí hay demasiada sensualidad junta —le dije antes de besarla, cogerle el culo y atraerla—. Tengo ganas de follar.
***
El juego entre los seis acabó con todos metidos en la pequeña mazmorra del club. Lorena en el columpio, con Ámbar arrancándole los primeros orgasmos de la noche. Nadia y Renata en la cama redonda; yo follaba a Nadia por detrás todo lo fuerte que podía mientras ella se entretenía con Renata. Sentí cómo se corría apretándome con las paredes, tan fuerte que parecía querer partirme en dos. Y entonces me crucé con la mirada de Renata, que me observaba con descaro.
—Quiero que me folles. Yo también quiero correrme así.
Nadia se apartó y Renata cogió un preservativo de un cuenco que había en una mesita. Me lo puso con una destreza que no me esperaba, se tumbó y me atrajo con las piernas. Las levanté, me coloqué y empujé. Su cuerpo ofrecía poquísima resistencia, era una mujer madura que sabía perfectamente lo que quería. Me miró a los ojos.
—Haz conmigo lo que te dé la gana. Fuerte.
Cogió mi mano y se la llevó al cuello.
—Aprieta.
Eso me puso todavía más caliente. Apreté un poco y subí la cadencia. Pronto solo se oía el choque de nuestros cuerpos y los jadeos ahogados que le salían de la garganta. A nuestro lado, Rubén se follaba a Nadia con un ímpetu que nunca le había visto, y en el diván las chicas habían cambiado de postura.
—Dame una bofetada —me pidió Renata.
Dudé. Le di una muy floja, casi una caricia.
—Más fuerte.
Le di otra, un poco más. El sonido hizo que Nadia girara la cabeza.
—Me da miedo hacerte daño. No sé medir la fuerza.
—Mira. Así.
Renata me soltó una bofetada que no me hizo daño pero me escoció en la cara, y el sonido atrajo a Lorena. A esta mujer le gustaba jugar duro de verdad. Solté la mano y, esta vez sí, la bofetada surtió efecto: su cuerpo se contrajo a mi alrededor mientras levantaba las caderas. Me devolvió otra más fuerte. Esa sensación de dolor me tensó todavía más. La agarré del cuello y del pelo.
—¿Te gusta que te peguen? —le pregunté bajito.
—Más —respondió, sin dejar de mirarme.
Le di tres bofetadas pequeñas y ella levantó las caderas, empezando a correrse.
—Más —repitió casi gritando.
Le solté una que casi me dolió a mí. Renata se corrió como una posesa, retorciéndose. Cuando paramos, nos dimos cuenta de que los demás habían dejado de follar y nos rodeaban, disfrutando del espectáculo.
—Soy masoquista —dijo ella, recuperando el aliento—. El dolor me multiplica el placer por mil.
Yo no dije nada, pero las dos bofetadas que había recibido me habían puesto a cien. Propuse cambiar de escenario.
—¿Vamos al cuarto oscuro?
—Mejor a la jaula —saltó Ámbar—. Nos metemos las chicas y que venga quien quiera.
Llegamos a la jaula y ellas entraron, echando un pestillo por dentro. Nosotros nos pegamos a los barrotes y enseguida sus manos y sus bocas se ocuparon de nosotros, mientras las nuestras las sobaban desde fuera. En cuanto la gente vio lo que pasaba, empezó a acercarse, y la jaula quedó rodeada de hombres ofreciendo lo suyo. Renata abrió la puerta e invitó a entrar a uno. Las cuatro se volcaron sobre él: dos de rodillas, Lorena besándolo, Ámbar pellizcándole los pezones a mi mujer hasta hacerla ver las estrellas. Esas mujeres manejaban el dolor a su antojo para amplificar el placer. Seguimos hasta que el tipo terminó sobre ellas, todas de rodillas esperando.
***
Salimos a la terraza a hidratarnos. Llevábamos toda la noche sin parar y mi cuerpo aún aguantaba dura la marcha. Volvimos un rato a la zona de camas y rematamos la noche entre los seis. Lo pasamos de escándalo. Al final, Renata quedó en vernos otro día; quería venir con nosotros a la mazmorra. Era una de esas mujeres que en el ambiente llaman switch, capaz de cambiar de rol y ser tanto sumisa como ama. Una madura deliciosa que escondía una tigresa bajo su apariencia elegante.
Habíamos pasado de tener cero actividad en el ambiente a tener la agenda llena de planes. Lo siguiente era el fin de semana en la costa con Sonia y Marc. Mientras conducía de vuelta a casa, con Lorena dormida en el asiento de al lado, pensé que mi mujer había vuelto a ser la de antes. La que no tenía tabúes ni miedo a experimentar. Y yo no podía estar más enganchado a esa versión suya.