El postre que nos servimos fuera del restaurante
La semana siguiente a nuestra última noche en el Eclipse, Nadia llamó a Lucía para cerrar lo del fin de semana en la costa. Había hablado con Bianca, y ellos pasaban todo el final del verano en la casa de la playa. Quedamos para el último fin de semana de agosto.
Dejaríamos a los niños con mis padres y subiríamos a Cala Roja en el coche de Nadia y Hugo. Esas dos semanas pasaron volando. El viernes, después de comer, llevamos a los críos y volvimos a casa a esperar.
A las tres en punto sonó un claxon en la puerta. Nos asomamos y vimos un BMW recién estrenado. Nadia ya estaba fuera, esperando a que bajáramos con las maletas. Hugo nos recibió con el maletero abierto.
—Hola, chicos. Qué bien, nos vamos de viaje —saludó Nadia, contentísima.
—¡Por fin! —respondió Lucía, emocionada.
Ellas se abrazaron mientras Hugo y yo nos dábamos la mano y cargábamos el equipaje. Las chicas se montaron atrás y yo me senté delante.
—Menudo cochazo —dije.
—Me llegó el mes pasado. Llevaba tiempo queriendo cambiar y se dio la oportunidad.
Esa pareja tenía mucho dinero. Hugo trabajaba en la banca y Nadia llevaba una agencia de viajes. Estaban montados, aunque se les notaba menos que a Bianca e Iván, que eran puro glamour. Las chicas iban entretenidas repasando el plan: el sábado veríamos la ciudad y por la noche tocaba club; volveríamos el domingo por la noche.
—Te gusta pisarle, ¿eh? —le dije a Hugo cuando el motor rugió en la autovía.
—Mucho. A este le puse detector de radar. Con el otro ya me cazaron dos veces. Casi sin puntos, riesgo cero.
Llegamos a la casa en hora y media. Iván abrió la puerta de hierro y Bianca salió detrás de él, sonriendo de oreja a oreja.
—Bienvenidos todos —dijo Iván.
Bianca rodeó el coche para abrazar a su amiga, y Lucía se sumó al recibimiento. Conocíamos la casa de otras veces, y esa familiaridad daba confianza.
—Vamos a la piscina. Hemos preparado unos mojitos para empezar bien.
Iván nos guio hacia la parte trasera. Allí estaba la piscina, rodeada de tumbonas, con el mar de fondo.
—¿Qué tal el verano? —pregunté.
—Trabajando, pero desde aquí. Todo en remoto. No piso la oficina.
—Estáis en el paraíso.
—Es nuestro rincón favorito del mundo. Aislados y felices.
Las chicas llegaron alborotando. Venían medio desnudas, quitándose la ropa las unas a las otras entre risas. La escena era pura provocación. Pasaron a nuestro lado y se tiraron al agua. Bianca estaba muy morena; el verano le sentaba de maravilla. Teníamos a tres bellezas jugando en la piscina y dos vasos de mojito por cabeza esperándonos.
Cuando salieron a la orilla, Bianca levantó el suyo.
—Por un fin de semana muy caliente.
Brindamos todos y dimos el primer trago.
—Está buenísimo —le dije a Iván.
—Los prepara Bianca. Le enseñó la receta un barman cubano, en Cartagena. Mojito cien por cien auténtico.
Mientras ellas seguían en el agua, nosotros nos sentamos a disfrutar de las vistas. Al rato, las chicas salieron y se acomodaron con nosotros, todavía empapadas.
—Sacad lo que hemos preparado para picar, que nosotras estamos mojadas —pidió Bianca.
Seguimos a Iván hasta la cocina. En la encimera había una tabla enorme: jamón ibérico, cecina, queso curado, lomo, chorizo, pan de hogaza cortado y una bandeja con tomate y aguacate en rodajas.
—Qué buena pinta tiene todo —observé.
—Mejor sabrá —contestó Hugo.
Llevamos la comida a la mesa y volvimos a por el vino y seis copas. Cada uno se montó su tostada con un chorro de aceite. Se notaba que les gustaban las cosas de calidad. Al probar el vino me supo a gloria.
—Qué bueno está —dijo Nadia tras el primer sorbo.
Merendamos casi en silencio, disfrutando. Al terminar, Iván desapareció y volvió con una botella de cava y otras seis copas.
—Por un fin de semana inolvidable.
Levantamos las copas y brindamos de nuevo. Yo estaba sentado al lado de Iván.
—¿De dónde eres? —le pregunté.
—Ciudadano del mundo. Nací en Girona, me crié por esta zona. De crío venía a estas playas. Cuando empecé a ganar dinero compré esta casa, que entonces era una casucha, y la fui reformando hasta lo que ves.
—Me dijiste que eras inversor. ¿Solo en inmuebles?
—No. Ven conmigo.
***
Me llevó hasta un cuarto cerrado con llave. Lo abrió y me quedé con la boca abierta. Era un despacho con tres monitores gigantes sobre una mesa de madera. Iván encendió las pantallas y se llenaron de gráficos y listados de datos.
—Soy trader. Invierto en bolsa. Por eso trabajo desde cualquier parte del mundo: me llevo el portátil y ya estoy conectado.
—¿El capital que mueves es solo tuyo?
—No. Tengo amigos y clientes. Algunos han duplicado su dinero en muy poco tiempo.
Me quedé intrigado. Teníamos unos ahorros y no me importaría hacerlos crecer. No dije nada porque tenía que hablarlo con Lucía, pero el tipo me transmitía seguridad. Era de esas personas que trabajan en la sombra y a las que les va muy bien.
—Hay que diversificar —siguió, cerrando la puerta tras nosotros—. Por eso después invertí en ladrillo y montamos la agencia de viajes. Ahora Bianca va a abrir un departamento para preparar viajes liberales: resorts en el Caribe, cruceros, los mejores clubes de Europa y estancias en Bahía Libre.
—¿Bahía Libre?
—Una ciudad naturista en la costa francesa. Un pueblo donde la gente vive su faceta liberal con total libertad. Hay clubes por todas partes.
—Pues habrá que ir.
Volvimos a la mesa. Ya estaban con los cafés y Bianca había sacado una botella de orujo de hierbas casero y unos vasitos de chupito. La cosa se iba a poner picante, sí o sí; las manos de las chicas no paraban quietas.
—Bianca, le he contado a Dani tu proyecto.
—Sí. Ante el vacío de oferta que hay, vamos a montar una agencia paralela —explicó ella.
—Habrá que viajar, entonces —respondí.
—Cuando queráis. A partir de enero estará en marcha. Solo nos falta cerrar un viaje a Punta Cana y todo estará listo para la campaña de Navidad.
—¿Cuándo vais? —preguntó Nadia.
—En noviembre, cuando pase la época de huracanes. Vamos al resort Edén, tenemos cita con el gerente para cerrar precios. Y de paso nos damos una alegría.
—Igual vamos con vosotros. Podemos coger vacaciones los dos —dijo Hugo, ilusionado.
Esa tarde tuvimos sexo, pero cada uno con su pareja y en su habitación. Queríamos guardar los intercambios y los juegos para más tarde; así llegaríamos con más ganas.
***
Después de la siesta fuimos saliendo al salón. Primero los hombres, bien vestidos pero sin pasarnos. Estábamos hablando del restaurante cuando apareció Nadia con un vestido blanco de ganchillo que transparentaba todo su cuerpo. Un latigazo me sacudió por dentro. A los cinco minutos salieron Bianca y Lucía con el mismo vestido idéntico.
—¿Vais de trillizas? —bromeó Iván.
—Es para que nos confundan en el restaurante —aclaró su mujer.
Iván sonrió de una manera más que morbosa.
—Me gustan esos juegos —dijo.
Yo no terminaba de entenderlo, pero lo intuía. Lucía vino a mi lado y me cogió de la mano. Iván nos invitó a ir todos en su coche. Una vez en marcha, con las chicas detrás, retomó la conversación.
—Si algún día quieres invertir, no tienes más que decirlo. Hago day trading, lo juego a diario con el mínimo riesgo. Llevo más de quince años en esto.
—¿Y si te dejo dinero? Podría disponer de unos diez mil.
—Te lo muevo, sin comisión. Eso no es nada para mí. El domingo, antes de que os vayáis, lo hablamos con calma en mi oficina.
—A Hugo también le inviertes, ¿no?
—Claro. La casa que tiene se la ha pagado con lo que le he sacado. Y como trabaja en la banca, me viene muy bien.
Entrábamos ya en el pueblo. Aparcamos junto a un caserón que por fuera parecía destartalado, pero los coches del aparcamiento delataban su nivel. Al bajar me topé de narices con un Porsche que me encantaba. Lucía me cogió de la mano y, antes de entrar, Bianca detuvo al grupo.
—Cambio de pareja. Entramos con las parejas cambiadas, y cada vez que vayamos al baño volvemos a cambiar. Así despistamos a todos.
Me gustó la idea. Lucía se fue con Iván y Nadia vino conmigo del brazo. El metre nos llevó a una mesa reservada para seis y nos dejó las cartas. Localicé enseguida lo que quería: solomillo a la pimienta. Pedimos unos entrantes variados para compartir.
Estaba todo delicioso, menos las croquetas, que parecían de arena. Lo comentamos y nos echamos a reír. De repente, las tres chicas se levantaron al baño a la vez. Cuando volvieron, se sentaron con las parejas cambiadas de nuevo, pero esta vez pusieron algo en el centro de la mesa: tres trocitos de tela. Eran sus tangas.
—Tenéis que adivinar de quién es el que cojáis.
Menos mal que estábamos en una esquina del local. Cada uno cogió uno y se lo llevó a la nariz. Nos mirábamos de reojo, sin saber quién hablaba primero.
—Nadia —dije yo, jugándomela.
—Lucía —dijo Iván.
Solo quedaba uno.
—El de Lucía es este.
Las chicas se rieron.
—Ese es mío —dijo Nadia, señalándome.
—Y ese es el mío —dijo Lucía, señalando el de Iván.
Habíamos acertado los dos.
—¿Y qué hemos ganado? —preguntó Iván.
—En el postre lo sabréis —contestó Nadia.
***
Trajeron los platos principales y se hizo el silencio. El solomillo estaba para chuparse los dedos, y solo se oían elogios a la comida. Cuando terminamos, Iván anunció el postre. Nadia le hizo un gesto a Lucía y las dos se levantaron. Nadia vino a por mí y Lucía fue a por Iván. Nos cogieron de la mano y nos sacaron del restaurante.
Llegamos al coche de Iván.
—Abre —ordenó Nadia.
Él obedeció. Nadia y yo nos montamos atrás; Iván y Lucía se acomodaron delante.
—Bajaos los pantalones. Los dos.
La luz interior se apagó y la oscuridad se volvió nuestra cómplice. Nadia se inclinó hacia mí, me agarró sin más miramientos y se me metió en la boca. Delante, Lucía hacía exactamente lo mismo. El sonido de las dos bocas trabajando a la vez era hipnótico. Ver la cabeza de mi mujer subiendo y bajando, sumado a la boca experta de Nadia, me empujó al punto de no retorno.
—Me voy a correr —avisé.
Lo único que conseguí con el aviso fue que Nadia acelerara el ritmo y succionara con maestría. No aguanté ni cinco segundos más. Ella tragó hasta la última gota.
—Mmm. Qué rica está tu leche —dijo, relamiéndose, antes de salir del coche.
Esperé a que Lucía terminara con la suya. Mi mujer hizo lo mismo que Nadia, sin dejar rastro. Los tres volvimos al salón a la vez y nos sentamos entre risas.
Bianca fue la primera en hablar.
—Yo también quiero —dijo, mirando a Hugo.
—No has ganado el juego. No adivinaron tu tanga —le recordó Nadia.
—Pues que se haga al revés. El que falló el olor, que le devuelva el favor con la lengua —propuse.
—Vamos —Bianca cogió las llaves y se llevó a Hugo de la mano—. Ahora volvemos.
Pedimos unas copas mientras esperábamos. Cinco minutos después entraron los desaparecidos. Bianca volvía sonriendo y Hugo, al sentarse, suspiró.
—Qué rico estaba el postre. Delicioso.
Nos echamos a reír todos y brindamos por las pruebas. Iván pidió la cuenta, pagó sin mirarla siquiera y nos fuimos a la casa. La vuelta fue mucho más animada; las copas y el vino nos habían soltado.
—Luego hacemos cuentas —le dije a Iván.
—La cena invito yo.
—Pues lo siguiente lo pago yo. No me gusta ser un gorrón.
—Calla y déjate invitar. A mí no me supone nada. Mañana pagamos a medias lo de la ciudad. He reservado tres habitaciones en un buen hotel, cerca del club.
***
Entre besos y caricias llegamos al chalet. Fuimos a cambiarnos y volvimos al salón: ellas con vestidos de playa, nosotros con bañador y camiseta.
—¿Y si declaramos el fin de semana nudista? Cuando estemos en casa, sin ropa —propuso Bianca.
—Me parece bien. Pero vamos a estar todo el rato tocándonos —respondí.
—Pues nos tocamos —dijo Nadia, con cara de vicio.
La primera en quitarse el vestido fue Bianca, después Lucía y por último Nadia. Yo me adelanté con el bañador y me siguieron Hugo e Iván. Desnudos, nos fuimos a la piscina. Bianca encendió las luces y el agua se iluminó. Nos metimos y empezaron los toqueteos y las caricias entre todos; el morbo flotaba en el aire.
Al rato salimos, porque ya nos arrugábamos. Era tarde y, por unanimidad, decidimos irnos a la cama. Esta noche, cada uno con su pareja; ya habíamos jugado bastante durante el día.
Lucía se acurrucó en mi pecho y deslizó la mano hacia abajo. Empezó a jugar y mi cuerpo reaccionó.
—¿Te ha gustado la boca de Nadia?
—Es una experta. Aunque las tuyas me gustan más.
Bajó besándome por el torso hasta llegar abajo. Intentó tragárselo entero, sin parar, hasta que lo consiguió. Garganta profunda. Eso era nuevo en ella.
—Dios, qué bueno. Me encanta.
—Cariño, no insistas —le dije al rato, agotado—. Está cansada la pobre. Me he corrido dos veces hoy y la última hace una hora.
Lucía volvió a su sitio en mi pecho y me susurró al oído:
—Hay que entrenar más. Mañana va a ser un día duro.
Recostó la cabeza, le hice mimos y nos dormimos los dos.
***
Nos despertamos a las nueve. En la cocina se oía el lavavajillas. Nos vestimos y salimos. Bianca estaba preparando el desayuno para todos sin parar quieta, yendo de la tostadora a la cafetera. Ya tenía el pan tostado, seis cafés y la mesa de la terraza lista.
—Podéis ir saliendo al sol. Los demás están preparando lo de la playa.
—¿Vamos a la playa? —preguntó Lucía.
—Sí. A la ciudad nos iremos esta noche, después de la siesta. Vamos a la playa del Faro, mi favorita. Es nudista y hay buen ambiente. Comemos allí, así que no hace falta llevar nada: tiene chiringuito.
—Buen plan. Así seguimos de nudistas también en la playa.
—Iván está poniendo los asientos en su todoterreno para ir los seis en un solo coche. Es mejor para movernos luego por la ciudad —explicó Bianca.
Sacamos todo a la terraza y, mientras tanto, entraron Nadia, Hugo e Iván.
—Buenos días, pareja. ¿Habéis dormido bien? Hoy va a ser un día largo.
—De maravilla. Ayer caímos rendidos después del viaje.
—Esta tarde volveremos pronto para echar una siesta. Vamos a necesitar fuerzas para la noche que nos espera.