Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi mujer me pidió después del trío

Habían pasado varias semanas desde que Lorenzo regresó a Turín y la casa volvió a respirar. Después de la tormenta llegó la calma, y con ella el diálogo que tanto necesitábamos. Le prometí a Daniela que nunca más volvería a ocultarle nada; ella me pidió que jamás volviera a actuar a sus espaldas. Lo firmamos donde firmábamos siempre las cosas importantes, en la cama, salvando primero los miedos que cargaba yo.

Porque algo había cambiado en mí durante la visita del italiano, y no sabía cómo nombrarlo. La noche que Lorenzo la tomó desde atrás mientras ella y yo estábamos en un sesenta y nueve, sentí que perdía la erección dentro de su boca. No fue humillación lo que vi en su cara. Fue curiosidad. Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

Daniela percibió la tensión antes de que yo pudiera explicarla. Sabía cómo desactivarme: besos, caricias, palabras al oído, la imagen de lo vivido repetida en voz baja. La estrategia funcionó esa primera vez. El deseo volvió a arder y la penetré con toda mi fuerza, ahuyentando al fantasma que me rondaba. Pero el fantasma no se había ido. Solo esperaba.

***

A partir de entonces empezamos a traer a Lorenzo a nuestra cama sin que estuviera. Ella buscaba colocarse sobre mí, en la posición invertida, señal de que pensaba en aquella tarde. Yo accedía encantado, porque me excitaba recordarlo penetrándola justo encima de mi rostro.

Una noche, sin pensarlo, me deslicé hasta el suelo y le comí el sexo de rodillas. Ella suspiró, me sujetó la cabeza y apoyó un pie en el colchón para abrirse. Yo tenía viva la imagen del italiano en esa misma postura, y ella también, porque de pronto dijo con la voz entrecortada:

—Te gustaría tenerla a él en la boca, ¿verdad?

Solté el bocado un instante y respondí convencido:

—Y a ti te gustaría mirarnos.

Volví a hundir la cara entre sus piernas sin quitarle los ojos de encima. Ella me miraba desde arriba y no paraba de soltar guarradas, y cada palabra estallaba en mi cabeza como una chispa. Se corrió desbordando mi boca, la tumbé de un manotazo y se la clavé sin contemplaciones, hasta hacerla gritar, hasta vaciar la tensión acumulada de semanas.

***

La verdad es que la idea de compartirla no era nueva entre nosotros. La primera vez fue en casa de Lorenzo, meses atrás, cuando ella se encaprichó de él y yo accedí a mirar. Empezó siendo un juego de tres y terminó siendo otra cosa. Recuerdo la cama amplia, la luz baja, los tres enredados sin saber ya de quién era cada mano. Fue él quien la abrió por primera vez por detrás, despacio, mientras yo le sostenía la mirada a ella desde el otro lado de la almohada.

Lo que ocurrió aquella tarde nos separó durante un tiempo. Por su culpa o por la mía, dejamos de hablar el mismo idioma. Pero el regreso del italiano, en lugar de hundirnos, nos enseñó lo contrario: que podíamos jugar al límite sin perdernos, siempre que volviéramos siempre el uno al otro. Ese era el pacto silencioso que sostenía todo lo demás.

***

Una vez perdido el miedo a fallar, Daniela se atrevió a poner sobre la mesa algo que yo no esperaba.

—No imaginas cuánto me puso verte cuando se te bajó —dijo una madrugada, fumando recostada en el cabecero—. Cuando se quedó floja en mi boca, blanda, pequeñita. Fue lo más intenso de toda la noche.

La miré sin saber qué decir. Centró los ojos en mi entrepierna, todavía a medio crecer.

—¿De verdad te gustó? —pregunté.

—Muchísimo. La sensación en la lengua, tan rendida, tan mía. —Sonrió de medio lado—. He intentado repetirlo después de hacer el amor, pero enseguida reaccionas. No es lo mismo.

No es lo mismo. La frase se me quedó dando vueltas durante días, hasta que tomé una decisión que cualquiera consideraría una locura.

***

Hugo es mi socio y, además, psiquiatra. Aquella mañana detuve la reunión que teníamos y le pedí hablar de un tema delicado. Le conté lo de la visita de Lorenzo, lo del trío, lo de la erección perdida. Lo escuchó sin pestañear, con esa calma profesional que tanto envidio.

—Carmen, perdón, Daniela —se corrigió—, ¿lo sabe?

—Ella me lo pidió, Hugo. Le excita verme así, sin fuerza, rendido a su lado. Quiere repetirlo, pero mi cuerpo no la deja: en cuanto me toca, reacciono.

—¿Y qué pretendes que haga yo?

—Los dos conocemos los inhibidores. Recétame algo. Solo para una ocasión.

Hugo dejó el bolígrafo sobre la mesa y me miró como si me hubiera vuelto loco.

—Tu mujer se acuesta con medio mundo, conmigo incluido, ¿y a ti no se te ocurre otra cosa que pedirme ayuda para perder la virilidad? Esta conversación ha terminado.

No di mi brazo a torcer. Después del almuerzo entré otra vez en su despacho.

—Llámala. Pregúntale. Si te lo confirma ella, hablamos.

Protestó, pero terminó cogiendo el teléfono. Lo puso en manos libres a regañadientes.

***

Escuché la voz de mi esposa al otro lado, dulce, profesional. Y entonces fui testigo de algo que me dejó sin aliento. Daniela le contó todo a Hugo con una crudeza que jamás le había oído. Le describió cómo me arrodillé frente a Lorenzo, cómo lo tomé en la boca, cómo después le limpié la verga con la lengua sin dejar ni un rincón. Hablaba como otra mujer, suelta, descarada, gozando cada detalle.

—Y lo mejor —dijo— fue cuando se le empezó a aflojar en mi boca, hasta quedar como nada. Lo mantuve ahí, jugando con la lengua. Una sensación absolutamente nueva.

Hugo me lanzaba miradas atónitas. Yo fingía estudiar el techo.

—Cuando quieras lo agotas —le dijo ella— y después un sesenta y nueve. Por cierto, ¿cuándo nos vemos?

—¿Mañana? —respondió él, ronco.

—En casa. Un beso, Hugo. —Y antes de colgar añadió—: Dile a Mario que se lo dices tú.

Colgó. Yo seguía atónito. Mi mujer, mi Daniela, se convertía en otra persona con una facilidad pasmosa.

—La llama Dalia —me explicó Hugo, todavía aturdido—. La primera vez que estuve con ella me sentía incómodo, no podía dejar de pensar que era tu mujer. Entonces me dijo: «No me llames Daniela, llámame Dalia. Así, cuando nos crucemos en un acto profesional, no verás a la furcia, verás a la mujer de tu socio. Es otra dimensión, no afecta a lo que somos». Y funciona. Es otra persona.

«Otra persona». No sabía Hugo hasta qué punto tenía razón.

***

Me costó convencerla del experimento. «¡Estáis locos los dos!», fue lo primero que soltó. Pero después de recordarle lo mucho que había disfrutado paladeando algo tan pequeño y rendido, acabó concediendo una oportunidad. Solo una. Llamó a Hugo, le echó una bronca tremenda por transigir, anotó las recomendaciones y me las transmitió como condiciones inapelables: nada de alcohol, nada de conducir. «¡A sus órdenes!», respondí cuadrándome ante ella.

Empecé a tomarlo un sábado. La primera sensación fue, paradójicamente, frustración: no notaba ningún efecto. El domingo, al orinar, sentí un hormigueo extraño, un entumecimiento sordo. No tenía la erección de cada mañana. Salí a correr y aproveché la soledad para probarme: nada, por más que lo intentaba no respondía. Una alegría absurda se apoderó de mí. Estaba castrado, y guardaría la buena noticia para la noche.

Pero Daniela me conoce cada gesto. Apenas me vio entrar, sonrió.

—¿Te la has estado tocando o sigue tan mustia como un ramo viejo?

Me reí, me bajé el pantalón y le mostré una versión diminuta de lo que estaba acostumbrada a ver. Se acercó y la envolvió en la mano como a un pajarillo herido.

—A ver si pasa la prueba —murmuró.

Nos besamos con furia. Me la manoseó con dulzura, la estrujó, buscó entre el pellejo un glande que no encontraba para despertarlo. Todo fue inútil. Apenas me llegaba señal del manoseo; aquello estaba dormido, anestesiado. Y, sin embargo, yo ardía de deseo por ella. El fármaco apagaba el cuerpo, no las ganas.

—Ven —ordenó.

***

La seguí por el pasillo viéndola tirar prendas a su paso. Cuando llegó al dormitorio terminó de quitarse la ropa interior y se tendió. Yo me eché a su lado, dispuesto a lo que quisiera hacer conmigo.

—Cómemelo —dijo, abriéndose— y no pares hasta que me chorree la cara.

Me hundí entre sus labios hinchados y bebí hasta saciarme. Ella se movía buscando el ángulo, se arqueaba cuando le rozaba el ano, gemía, decía atrocidades. Y mientras tanto, aquella cosita rendida que me colgaba competía con su lengua, batida contra el paladar, sorbida, mordida con suavidad. Me inundó entre temblores y, aun así, no paré. No podía parar. Bajé la atención a su esfínter empapado y lo recorrí al ritmo de sus caderas hasta que volvió a deshacerse.

—¿Necesitas correrte? —preguntó después, agotada.

—No hace falta —respondí—. Estoy completo.

Y era verdad. Nunca me había sentido tan entregado como aquella noche, sin nada que ofrecer salvo mi boca y mi rendición.

***

Días más tarde me probé un tanga frente al espejo del armario. Fue idea suya. Aseguraba que, sin erección, mi sexo se fundiría con el resto hasta volverse invisible. Tenía razón. Elegí uno color burdeos, ella misma me acomodó la prenda, y al mirarme apenas se adivinaba nada: un pubis casi liso, ajeno, si no fuera porque el resto de mi cuerpo seguía siendo el de un hombre. Daniela, desnuda a mi lado, me acariciaba el pecho con la mirada encendida.

—Podrías depilarte —susurró.

—Ni de broma.

—Imagínate, tú y yo, sin un solo pelo.

—No me vas a convencer.

—¿Seguro? —insistió, poniéndose mimosa.

La rechacé antes de que la idea echara raíces, aunque algo dentro de mí ya empezaba a ceder. El espejo me atraía de un modo que no sabía explicar. Ella, desnuda; yo, con un tanga burdeos sin rastro de mis atributos. No me sentaba mal. No me sentaba nada mal.

***

Más tarde, ya en calma, Hugo me preguntó por qué lo hacía, por qué un hombre como yo elegía entregar su virilidad.

—No sabría explicártelo —le dije—. Verme reducido a nada, al lado de la fuerza de su amante, es la manera perfecta de entregársela del todo. La doy al cien por cien, incluso renunciando a lo que me hace hombre. Y ella lo sabe sin que tengamos que decir una palabra.

—Joder —murmuró—. Me dejas sin palabras.

—Sigues sin entenderlo. Crees que estamos arruinando nuestro matrimonio, y es justo al revés. Ella y yo, Hugo, ella y yo por encima de todo y de todos. Haría cualquier cosa por ella. Si perderme le da placer, lo haré con tu ayuda o sin ella.

Hugo guardó silencio. No lo culpo. Hay deseos que solo se entienden desde dentro de la cama de otro, y el nuestro era uno de ellos. Aquel otoño, detrás de los cristales empañados, llovía sin parar, y yo había encontrado por fin una forma de calma que jamás creí posible.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

MarceloNQ

que fuerte este relato!!! me dejo pensando un buen rato

Paquito_85

Por favor seguí contando como terminó todo, quede con ganas de mas. Como reaccionaste después???

DiegoMDB

No es facil escribir sobre esto sin que quede burdo o crudo, y acá lo lograste perfecto. Muy buen relato.

LectorEsR

La honestidad con la que lo contas le da un toque muy real. Se agradece ese nivel de franqueza.

Enrique_87

Uf, tremendo. De los relatos que te dejan pensando toda la noche jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.