El comentario que metió a otra mujer en nuestra cama
Maldita la hora en que se me ocurrió abrir la boca. Con lo bien que estaba yo, sin problemas ni desconfianzas, sin nada que envidiarle a nadie. Y ahora mírame, dándole vueltas a algo que solo dije por decir, incapaz de pensar en otra cosa.
Tendría que haberlo visto venir. A Lucía le encanta jugar, y cuando una idea le entra en la cabeza no la suelta. Ya la primera noche que pasamos juntos me sorprendió el empeño con el que se entregaba, aunque entonces yo todavía no sabía hasta dónde era capaz de llevar las cosas.
En los años que llevamos juntos siempre nos ha gustado a los dos darnos todo el placer posible, de cualquier manera que se nos ocurriera. Hemos pasado por todas las fases imaginables, desde el sexo en sitios públicos con el miedo a que nos pillaran, hasta los juegos de ataduras, con nuestros límites. A ninguno nos va el dolor de verdad; a ella un poco, pero tampoco demasiado. Tenemos una caja de juguetes a la que le sacamos partido. Comparado con lo que oigo a mi alrededor, lo nuestro es una suerte. Nunca hemos dejado de desearnos, ni enfadados ni cansados. Maldita la hora en que abrí la boca.
Porque yo, a pesar de no tener nada que echar en falta, fantaseo, como todo el mundo. Y siempre con lo mismo. Me ha gustado siempre la idea de verme en un trío, entre dos mujeres que se desearan entre sí con la misma intensidad con la que yo las deseo a ellas, y que los tres nos perdiéramos sin pudor.
Una noche, después de follar, con Lucía todavía recuperando el aliento sobre mi pecho, lo dije sin más. Comenté lo mucho que me gustaría que alguna vez hubiera otra mujer en la cama con nosotros. Lo solté así, sin ponerle cara, ni cuerpo, ni nombre. Solo la idea.
—¿Ya no te basta con la tuya? —preguntó con guasa, incorporándose sobre un codo—. ¿Y cómo la quiere el señorito? ¿Rubia, morena, depilada? Dime, ¿cómo es esa mujer que te quieres comer?
—No, mujer —traté de escabullirme—. Lo digo por decir, no porque lo necesite. Pero no me dirás que tú nunca te imaginas con más gente, dejándote llevar.
—Claro, hombre. Pero no voy pidiendo otra polla justo cuando me acabo de correr —replicó, y me dio un pellizco en el costado.
—Tienes razón, perdona. Ha sido un pensamiento loco.
—No te disculpes. Me gusta que tengas fantasías. Me pone.
Ahí debí callarme. En lugar de eso, me crecí.
—¿Sí? Pues buscamos a una que nos guste a los dos, si tan claro lo ves. Yo, encantado —dije medio en broma.
—Todo se puede plantear —contestó, y por su tono supe que ya no era del todo una broma—. Pero no ahora. Ahora, cabrón egoísta, vas a terminar lo que empezaste, que me has dejado a medias. De lo otro hablamos, si te portas bien.
Me porté bien. Vaya si me porté. Con sus manos tirándome del pelo y la idea del trío rondándome la cabeza, volví a empalmarme antes de lo que mi cuerpo suele permitirme. Esa charla me había encendido como hacía tiempo que no me encendía nada.
***
Dejamos el tema y no volvimos a hablar de ello. Yo lo di por olvidado, una de esas cosas que se dicen en la cama y se quedan en la cama. Pero Lucía no olvida. Un par de semanas después, llegó a casa con una sonrisa rara y se sentó frente a mí con las piernas cruzadas.
—Tengo que contarte una cosa —dijo—. No te rías.
Me explicó que había quedado para tomar café con Marina, una amiga suya que trabaja en una compañía de teatro independiente. A la cita se había sumado una compañera del reparto, una tal Daniela. Y, según Lucía, Daniela no había dejado de mirarla en toda la tarde.
—¿Te puedes creer que me tiró los tejos descaradamente, delante de Marina? —me contó, todavía colorada—. No disimulaba nada. Me repasaba de arriba abajo cada vez que yo bajaba la vista al café. Antes de que nos sirvieran ya me estaba diciendo lo que me haría si yo la dejara. Le dije que estaba casada y felizmente, y eso solo pareció animarla más. Me preguntó por ti, que cómo eras, si eras celoso, qué te gustaba en la cama. Así, como quien habla del tiempo. Al final Marina se hartó y le pidió que me dejara en paz. Pero antes de irnos me puso esto en la mano.
Sacó del bolso un papel arrugado. En él había un nombre, Daniela, y un número de teléfono. «Llámame cuando quieras», le había dicho.
Hablamos un rato del asunto. Lucía insistía en que solo me lo contaba porque le había hecho gracia, pero se le notaba que el descaro de la otra la había dejado tocada. Le pedí que me la describiera, porque yo ya empezaba a calentarme y no tenía ni idea de qué cara ponerle a la dichosa Daniela.
—Pues es… distinta a mí —dijo, buscando las palabras—. Tiene las caderas anchas, mucho pecho, morena. Bajita. Unas pestañas larguísimas y una boca que no te puedo explicar. Y una risa que te contagia. No sé si será tu tipo, pero a mí me cayó bien.
—¿Y solo te cayó bien? —pregunté, aunque me imaginaba la respuesta.
—No sé. Desde lo que me dijiste el otro día… —empezó, y se mordió el labio—. Llevo dos semanas dándole vueltas a cómo sería. Y la verdad es que con ella podría. No me da miedo, porque está demasiado loca como para que tú te enamores de algo así. Eso es lo que peor llevaría, ¿sabes? Que te enamorases de otra y me dejaras.
—Yo no te dejo ni aunque me eches —dije, y lo decía en serio—. Y si esto te hace sentir insegura, lo olvidamos ahora mismo. No necesito nada de esto.
—Qué va. Si ya te digo que está como una cabra, tú no aguantarías a alguien así ni una semana. Pero seguro que te gusta verla. Es guapísima, y joven. Mira.
Fue corriendo a por el portátil sin esperar mi respuesta. En un minuto teníamos delante el perfil de Daniela: en la playa, en una terraza, entre bambalinas, posando con un montón de gente. La criatura se gustaba y quería gustar, como buena actriz. Y sí, era guapísima. Cada foto la coronaba esa boca enorme y esa sonrisa que le achinaba los ojos. No era mi tipo, ni de lejos el cuerpo fino y espigado de mi mujer, pero tenía algo arrebatador. Otra clase de belleza. Una preciosidad descarada.
—Es muy guapa —admití—. ¿Pero a ti te gusta de verdad?
—Ya sabes que las mujeres no son lo mío —contestó—. Pero la encuentro excitante. Tan lanzada, tan calentorra. Desde que la conocí no paro de imaginármela entre mis piernas, porque me dejó muy claro que es justo lo que quiere. Y te imagino a ti mirándonos, y me pongo a mil.
A medida que hablaba, yo me iba poniendo cada vez más caliente. Ahora era yo quien se la imaginaba entre las piernas de mi mujer, conmigo entre las suyas, dándole forma en mi cabeza a una escena que hacía un rato ni existía.
—¿La llamamos para conocerla? —propuso, como si nada—. Solo para conocerla. Sin compromiso. Y vemos qué pasa.
Ahí me entró el pánico. Una cosa era fantasear en voz alta y otra muy distinta tenerlo a un mensaje de distancia.
—No sé… —dije, de pronto asustado.
—Venga, si los dos nos ponemos a hacernos los estrechos no vamos a ninguna parte —cortó—. Le escribimos, vemos por dónde respira y no estamos obligados a nada. ¿No querías otro coño? Pues a lo mejor lo tienes. Y, para que lo sepas, ahora mismo estoy empapada.
***
No se atrevió a llamar; le pudo la vergüenza. Pero le escribió por la misma red donde habíamos cotilleado las fotos. «Hola, ¿qué tal? Soy Lucía, la amiga de Marina». Frío, prudente.
Daniela tardó medio minuto en contestar. Debía de estar conectada.
«Hola, bombón. Ya pensaba que no me escribirías nunca. ¿Qué haces?».
Nos miramos helados. No esperábamos que fuera todo tan rápido.
—Dile que estás conmigo, a ver qué hace —sugerí.
—Espera. Vamos a ver por dónde sale —me frenó, y tecleó—: «Nada, perdiendo el tiempo con el móvil. ¿Y tú?».
«Lo mismo, buscándote a ti. Desde que te conocí no pienso en otra cosa».
—¿Ves lo que te decía? No se corta ni un pelo —me dijo Lucía, a medio camino entre el escándalo y la risa.
«¿Estás sola?», escribió Daniela.
—Joder, sí que va directa —solté—. Dile que estás con tu marido, pero que el marido no se entera de nada.
«No», respondió Lucía, «estoy con mi marido. Viendo la tele». «Ya lo he visto en tus fotos. Está muy bueno, ¿eh? Tienes suerte, zorra». Me subió un orgullo bastante idiota y le pedí a Lucía que le contara que su marido, además, estaba muy bien dotado.
—¿Cómo le voy a decir eso? —protestó.
—Si va a saco, síguele el juego —la animé—. Verás cómo te suelta una barbaridad.
—Anda, tienes razón. A ponerla a mil.
«No me puedo quejar, no. Es buen tío y la tiene como para presumir», escribió. La respuesta llegó al instante: «¡Ay, bruja! Con razón pasaste de mí el otro día. Pero lo que tú no sabes es todo lo que yo te puedo hacer, mi amor. ¿Has estado alguna vez con una mujer? Te aseguro que ningún hombre te hará sentir lo que yo».
—Síguele —dije, ya completamente entregado.
Tardamos un rato en pactar la respuesta sin desvelar que yo leía cada palabra. «Sí, una vez, hace mucho. Era muy joven y ninguna de las dos sabíamos bien qué hacer, pero estuvo bien. A veces me acuerdo y me pongo golosa».
«Pues yo me estoy poniendo golosa ahora mismo. Quiero verte», contestó, sin rodeos.
Decidimos jugar la carta de la culpa. «Qué directa eres. Yo no podría engañar a mi marido». «No me digas que no te gustaría, lo vi en tus ojos». «Tú ves lo que quieres ver». «Lo que quiero es verte a ti. Tu marido no tiene por qué enterarse. Esto es entre nosotras».
«Calla, loca, ¿cómo le voy a hacer eso con lo bueno que es?», escribimos. «Llámame», soltó de golpe. «Quiero oír tu voz. Me estoy poniendo mala solo de pensarlo».
«No puedo, está aquí al lado», mintió Lucía. «Vete a otra habitación. Dime que te gusto, quiero oírlo».
Yo me moría por que la llamara. Quería oír esa voz que me estaba montando una película entera en la cabeza. Otra erección empujaba la tela del pantalón del pijama y ya no aguantaba más. Llevé a Lucía hasta la mesa del salón, dejé el portátil en el otro extremo para que pudiera seguir leyendo, y me arrodillé detrás de ella. Estaba mojada de verdad, chorreante. Apoyada sobre la mesa, con el culo en pompa, se dejó lamer y acariciar sin dejar de mirar la pantalla.
«No puedo, me oiría», volvió a teclear con dedos torpes. «Pero dime, ¿qué cosas son esas que un hombre no me haría y tú sí?». «No quiero decírtelas, quiero hacértelas. Me estoy tocando. Solo necesito tu voz. Llámame, por favor, quiero correrme contigo».
Le pedí que la llamara y le dijera que yo me había metido en la ducha. Quería tomarla en silencio mientras hablaban. Lucía marcó con el pulso temblándole.
—Hola —dijo cuando la otra descolgó—. Mi marido se ha ido a la ducha.
Puso el manos libres. Pude oírla al fin. Daniela tenía una voz cálida y baja, o al menos así me lo pareció en aquel estado. Yo respiraba despacio mientras me abría paso en mi mujer poco a poco, con movimientos lentos, dejándole tiempo, esperando para entrar del todo justo cuando la voz de la otra entrara también.
—¿Te estás tocando? —preguntó Daniela sin tapujos—. Te oigo respirar raro, me estás poniendo a mil. Yo estoy a punto. Espérame, quiero que nos corramos juntas.
—Espérame tú a mí —jadeó Lucía, ya sin disimulo—. Yo también estoy a punto.
Seguimos los tres en lo mismo, aunque yo tenía que tragarme cada sonido. No sé quién estaba más perdido, pero probablemente yo. Imaginarme a aquella mujer que solo conocía por unas fotos tocándose al ritmo de la voz de la mía me estaba volviendo loco.
Del otro lado de la línea llegaba una respiración cada vez más rápida, leves «sí, sí» entre los gemidos. Y entonces, fuera de sí, Daniela gritó:
—¡Quiero follarte, quiero follarte!
Lucía se rompió. Mis embestidas se hicieron más fuertes y supe que se iba enseguida.
—¡Córrete! ¡Córrete conmigo! —gritó hacia el teléfono.
Un sonido largo y ronco vino desde el otro extremo. Nos corrimos los tres a la vez. Yo casi me ahogo conteniendo el mío.
Me aparté en cuanto terminé para poder respirar sin que me oyera. Desde el par de pasos que me alejé, veía el rastro húmedo deslizarse por las piernas de Lucía.
***
La conversación entre ellas continuó. Daniela no paraba de repetir que necesitaba verla, que sabía que tenía tantas ganas como ella, que no podían dejar pasar algo así. Lucía, mientras hablaba, se repartía mi humedad por la piel con la mano, sin terminar de bajar del todo.
—De acuerdo —dijo de pronto, y a mí se me paró el corazón—. ¿Cuándo y dónde? Yo también quiero verte. Quiero sentir tu cuerpo, saborearlo y que saborees el mío.
Nunca sabré si actuaba o si de verdad se había encendido hasta ese punto. Yo la miraba sin poder apartar la mano de mi sexo agotado, ya pensando en lo siguiente. Las imágenes de las dos enredándose sobre mí, sus bocas, nuestros cuerpos, todo, me hacían enloquecer. Tenía que verlo. Y si ella no quería que participara, me conformaría con mirarlas escondido, como un crío, mientras mi mujer se entregaba a aquella desconocida de risa fácil y boca imposible.
Cerraron una cita para el fin de semana. Cuando colgó, Lucía dejó el teléfono sobre la mesa y se giró hacia mí con una calma nueva.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —pregunté.
—Tú no sé. Yo, follármela —respondió, con un descaro que no le conocía.
Se le estaba pegando el desparpajo de la otra y todavía no se habían rozado siquiera. No sé por qué, esa respuesta me sacó de mis casillas. Con el miembro otra vez en la mano, recuperando un brío que no me esperaba a esas alturas de la noche, le pedí, casi le supliqué, que no me dejara fuera.
Lucía miró mi nueva erección con curiosidad y se rió.
—¿Otra vez? Pues sí que te ponen los tríos —dijo, tendiéndome la mano—. Ven aquí, que me habéis dejado burrísima entre los dos.
Mientras me acariciaba despacio, empezó a susurrarme al oído todo lo que aquella situación le provocaba: las ganas de verme entre las dos, de sentirme dentro mientras Daniela la hacía perder la cabeza, de ofrecerme un lugar que la otra no podría disfrutar. Y como un anticipo de lo que vendría, se inclinó de nuevo sobre el respaldo del sofá y me guió ella misma, pidiéndome que no me contuviera.
De pie otra vez detrás de ella, la tomé entre tirones de pelo mientras se tocaba y gemía. Cuando estaba a punto, gritó hacia el vacío, imaginando a Daniela recibiendo su orgasmo en la boca. Me corrí por tercera vez en una hora. Primero me temblaron las piernas y luego me fallaron, y caí al suelo sin fuerzas. Lucía se dejó caer a mi lado y, abrazados sobre la alfombra, nos quedamos dormidos.
Maldita la hora en que abrí la boca. Faltaban tres días para el fin de semana, y yo ya sabía que no iba a pegar ojo en ninguno de ellos.