Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera noche en el club de intercambio

El lugar estaba a media luz, decorado en tonos vino con sillones blancos y cojines rojos repartidos por todas partes. Era más elegante de lo que imaginé. No estaba lleno, pero había gente suficiente, casi toda en pareja, alguna que otra en grupos pequeños. De fondo sonaba música suave, lo bastante baja como para que se pudiera conversar sin gritar.

Yo estaba aterrada. Llevaba puesta la bata-toalla blanca que usaba casi todo el mundo, pero me sentía completamente desnuda. Mis pezones, endurecidos, rozaban la tela y mandaban hilitos de electricidad por todo mi cuerpo. La adrenalina me corría a mil.

—Damián, estoy asustada —le susurré.

—¿Por qué? ¿No eras la chica liberal? Tenés experiencia de sobra como para tenerle miedo a una más.

—Damián, yo siempre tuve sexo con alguien que al menos había visto antes. Acá uno se acuesta con cualquiera, sin haber hablado siquiera con esa persona.

—¿Y no te parece riquísimo eso? ¿No es justamente por eso que viniste?

—Sí, el morbo me sobrepasa. Pero que las chicas se rajaran a último momento me bajó toda la confianza.

—Son unas cobardes. Juegan a la mujer de mundo, hablan de sexo y a la hora de la verdad no se animan. Te aseguro que cuando salgas de acá vas a tener otra cabeza. Nada se parece a lo que vas a vivir en un rato.

Damián era mi amigo desde hacía años. Un amigo querido, de esos en los que confiás los secretos. Nos divertíamos hablando de sexo durante horas, aunque entre nosotros nunca había pasado nada. Él frecuentaba ese sitio desde hacía tiempo: un club de intercambio de parejas, de sexo en grupo y todo lo que uno quisiera imaginar.

Presumía de su virilidad, decía que ahí conseguía a las mujeres más bellas durante horas. La verdad, yo nunca lo vi como un gran semental. Me daba la impresión de que iba porque ahí tenía sexo asegurado, sin negociar.

Todos los que entraban iban a lo mismo. Algunos ni se molestaban en cubrirse con la bata y andaban desnudos desde la puerta. Por norma de la casa, nadie podía tocarse ni empezar nada hasta la hora marcada, y tampoco se permitía el sexo en la zona del bar. Para eso estaba el pabellón: una hilera de habitaciones separadas del salón por un pasillo corto.

Según me había contado Damián, cada cubículo tenía un sillón enorme, una cama king, un jacuzzi y un baño diminuto, el único con puerta. La única privacidad era una cortina en la entrada. Cualquiera podía pasar a la habitación que quisiera; de ahí surgían los grupos y los intercambios. Nada de cerrojos: en todo momento se podía entrar y sumarse a lo que estuviera pasando adentro.

Eso sí, había reglas hasta en esa libertad extrema. No se podía forzar a nadie, y un «no» era un «no». A quienes resultaban demasiado poco complacientes, los administradores los invitaban amablemente a buscar otro lugar más acorde a sus gustos.

—Acá el que viene, viene a coger, con quien sea, como sea —me dijo Damián—. Es una locura, vas a ver.

Sexo, sexo y nada más que sexo. De ahí nadie se iba sin haber tenido mucho. Había personal de seguridad vigilando, pero las normas eran tan básicas que, mientras todos estuvieran de acuerdo, casi todo valía.

—¿Y si nadie me busca? —pregunté.

—Te sumás a una pareja o a un grupo en alguna habitación.

—¿Y si me rechazan?

—No lo van a hacer. Pero si pasa, buscás otra puerta o te masturbás mirando.

—Yo no quiero mirar. Quiero sexo.

—Lo vas a tener, reina. Te van a sobrar hombres. Dejá de estar nerviosa y empezá a hacerte ver. Mirá a los que más te gusten.

—¿Por qué no se puede elegir de antemano con quién te vas a acostar?

—Porque perdés la magia de la sorpresa. Es delicioso: de pronto alguien te toma, te toca, y recién en la habitación descubrís cómo es. Es un morbo mortal.

Le hice caso. Empecé a lanzar miradas atrevidas a varios hombres que me gustaron. Ahí los celos no solo no existían, estaban prohibidos. Me pasé la lengua por los labios con descaro, observando a los tipos con los que me encantaría terminar. Ninguno pareció particularmente interesado, pero varios me devolvieron la mirada. Estábamos en la fase de observación, antes de la cacería. Damián tenía razón: el factor sorpresa me tenía el pulso disparado.

Pedí un tequila y lo bajé de un trago. Pedí otro.

—Dejá de tomar como loca, ¿querés arruinar tu primera vez acá?

—El tequila me relaja y me acelera las hormonas.

—Acelerada vas a terminar en el piso. Ya tomaste suficiente.

La música cambió. La luz bajó todavía más. El tema que empezó a sonar era sugerente, una señal de que llegaba la hora de la acción.

Contra mi voluntad, todo mi cuerpo empezó a temblar. Tenía las manos congeladas.

—Chau, amiga. Éxitos.

Damián se marchó al instante y me quedé sola, sin saber qué hacer. Me petrifiqué.

***

Pasaron unos minutos que sentí como horas. Entonces, en la penumbra, vi una mano extendida hacia mí. La tomé. Caminamos por el pasillo, pasamos varias habitaciones y entramos a una. Sus manos bajaron mi bata hasta el suelo. Se acercó, y de pronto una boca se apoderó de la mía, y dos pechos casi tan grandes como los míos se apretaron contra mi piel. Era una mujer.

Me separé tan rápido como pude.

—No, lo siento. No soy lesbiana. Me gustan los hombres.

—Qué bueno que no lo seas. Prefiero a las heterosexuales. Me pareciste hetero desde el principio, por eso te elegí. Yo tampoco soy lesbiana.

Caminó y encendió la luz, una luz tenue, igual a la del bar, pero suficiente para ver mejor. La cortina seguía abierta, y por el pasillo seguían pasando parejas hacia las habitaciones del fondo.

La observé. Era muy bella, bastante mayor que yo, pero estaba impecable. Desnuda, salvo por unos tacones altísimos de color rojo. El maquillaje perfecto, los labios pintados de un rojo intenso que la hacía verse demoledora. No era delgada, tenía sus curvas, pero su cuerpo era pura provocación. Sus pechos firmes delataban un buen trabajo de cirujano.

Se acercó de nuevo y buscó mi boca.

—No, creo que no me entendió. No voy a tener sexo con una mujer. Quiero un hombre.

Cada segundo que pasaba, mi nerviosismo crecía. Quería salir corriendo.

—Querida, juguemos un poquito y después vamos a buscar a mi marido y lo hacemos con él, ¿te parece?

—No. Busquémoslo ya.

—Es tu primera vez acá, ¿verdad?

—Sí, pero eso no tiene nada que ver.

—¿Nunca hiciste nada con una mujer?

—Solo en tríos o en grupo, como parte del juego. Nunca a solas.

—Bueno, esto también es un juego. En un rato estaremos con mi esposo. Relajate, parece que te vas a desmayar. Dejame darte un masajito. Así no podemos salir a buscar hombres. Si estás acá, se supone que sos una mujer de mente abierta.

Nunca debí hacerle caso a Damián.

Respiré hondo. Nadie me obligó a venir. Debí imaginar que entre las múltiples opciones podía aparecer otra mujer.

—Tengo una hermana más o menos de tu edad. A veces hacemos intercambio con mi esposo y su novio. Hoy no vinieron, pero es una delicia venir acá. Me gustaste, esa carita de susto me excitó muchísimo. No vas a salir lesbiana, te lo prometo. Solo te vas a llevar una experiencia más. Después buscamos hombres, que yo sin una verga adentro no me voy ni loca.

Mi cuerpo seguía temblando. Cerré los ojos e intenté calmarme.

Ella empezó a acariciarme los brazos. Sus manos eran increíblemente suaves.

—Soy abogada y masajista. Tengo dos hijos, un marido maravilloso y unos gustos bastante variados a la hora del sexo.

Buscó mi boca otra vez.

—Relajate. Esta noche las dos vamos a disfrutar.

Su beso empezó suave y fue creciendo. Abrí la boca, aunque todavía no lograba sentirme cómoda ni excitada. Seguía asustada. Pero sus pezones presionaban los míos y la electricidad fue invadiéndome. Su boca era deliciosa, su lengua exploraba la mía con una destreza que me desarmó. Me dejé llevar. Ella me rodeaba la cintura y yo enredé los brazos en su cuello. Era nuevo sentir unos pechos tan firmes apretados contra los míos.

De golpe me encontré besándola con ganas, las dos lenguas trenzadas. Era una besadora experta. Me excitaba el morbo de saber que iba a tener sexo con una mujer por primera vez, fuera de un juego de grupo.

Me tomó de la mano y me llevó a la cama. Se puso encima y siguió besándome. En algún momento me di cuenta de que el miedo había desaparecido y de que estaba gimiendo. Su pelvis y la mía rozaban con una fricción exquisita. Las dos teníamos el vello recortado en una franja delgada, y ese contacto áspero lanzaba oleadas de placer. Me estaba volviendo loca.

Sostuvo mis brazos a los costados y bajó la boca a mis pechos. Chupó un pezón y después el otro. Cerré los ojos y decidí entregarme. Sin verla, solo sentía. No importaba si era una mujer o un hombre: el deseo era el mismo. Yo volaba.

—Dejame chuparte a vos ahora —le pedí.

—Todavía no. Quiero que entiendas que el placer existe por sí solo, no por el género de quien te lo da.

Empezó a bajar, dejando una estela de besos rojos por mi vientre, hasta llegar entre mis piernas. Las abrí por instinto. Su boca femenina era mucho más sutil que cualquiera de las que habían estado ahí antes. Distinto, pero igual de intenso. Atrapó mi clítoris y lo succionó hasta dejarme sin aire.

No iba a aguantar mucho. Llevaba toneladas de adrenalina encima. Pero quería devolverle el placer.

Me incorporé, la tomé de los brazos y empecé a besarla. Su boca tenía mi sabor.

—Ahora es mi turno —le susurré.

Ella se acomodó en la posición donde un momento antes estaba yo. Subí sus piernas a mis hombros y dejé su sexo a la altura de mi boca. Me miraba fijo. Empecé a lamerla sin apartar la vista. Era la primera vez que lo hacía. Probé succionarle el clítoris como ella lo había hecho conmigo, y por sus gemidos entendí que no lo estaba haciendo mal. Movía las caderas mientras yo me concentraba en ese punto duro como piedra.

—Vení, amor. Acabemos juntas.

Dio una palmadita a su lado en la cama y me acomodé ahí. Nos besamos mientras nos tocábamos, primero la una a la otra y al final cada una se masturbó a sí misma. No aguanté más. Separé mi boca de la suya y me hundí en mi propio placer. Me corrí con fuerza, gemí, mi cuerpo se estremeció solo. Quedé un instante en una relajación absoluta, el corazón latiendo a toda velocidad.

Cuando volví a abrir los ojos, la vi llegar a su orgasmo con un grito ahogado y un suspiro largo. Tenía razón. El placer venía de cualquier género.

—Rico, ¿no? —dijo girándose hacia mí.

—Muchísimo. Lo disfruté más de lo que jamás pensé.

—¿Lista para ir a buscar a mi marido? No tenés idea de la verga que tiene.

—Muero por una.

—Igual yo, querida. Aunque yo muero por dos.

Nos reímos. Nos besamos una vez más y salimos de la mano a buscar a su esposo.

***

Caminamos desnudas por el pasillo, los pechos balanceándose con cada paso. Sus nalgas eran tal como las imaginé: esculpidas, perfectas. Yo espiaba la acción en las habitaciones de cortina abierta. En un par de ellas había más de cuatro personas a la vez. Era otro mundo, uno hecho de morbo y deseo absoluto.

De pronto vi a Damián. Me detuve sin poder evitarlo. Un tipo enorme lo embestía de pie mientras él, en cuatro patas en el borde de la cama, gemía como si se le fuera la vida. Su verga estaba dura y goteaba. Jamás lo habría imaginado.

—¿Qué pasa? —me preguntó ella.

—Es mi amigo. Le están dando por el culo y nunca pensé que le gustaran los hombres.

—Quizá no sea así. Quizá solo disfruta del sexo, como vos y como yo.

—¿Querés que nos sumemos o seguimos a tu marido?

—No sé si a él le guste. Y para serte honesta, muero por estar con tu esposo.

Ella sonrió y seguimos. La habitación de su marido estaba a dos puertas de la de Damián. El hombre no era guapo: era espectacular. Maduro, muy varonil. En ese momento penetraba a una chica bajita y llenita, joven, mientras en el sillón un tipo de su misma edad se masturbaba mirándolos.

—¿Es tu esposa? —preguntó mi amante al del sillón.

Él asintió sin dejar de tocarse. También era rellenito, y su miembro, aunque erecto, era bastante pequeño. El de «mi amiga», en cambio, tenía una verga imponente.

Ella se acercó a su esposo y se besaron como si fueran a devorarse. Después se volvió hacia el del sillón.

—¿Querés coger o solo mirar?

—Sentate ya mismo —jadeó él.

Tomó uno de los condones que había por todas partes, se lo puso y se sentó sobre él, cabalgándolo rápido y fuerte. Yo no creía que disfrutara tanto como aparentaba, pero gemía como si fuera verdad.

—Querida, dale un momento a mi marido. Ya te atiende —me dijo entre movimientos.

En la cama, el esposo terminaba con la otra chica, que cayó rendida con un orgasmo brutal antes de irse al sillón con los demás. Yo estaba al borde del delirio de ver dos parejas a la vez.

Entonces aquel hombre delicioso se acercó. Era alto, atractivo, de voz grave. Me apretó los pechos con firmeza, sin lastimarme, mirándome a los ojos.

—Ricas, muy ricas —murmuró.

Cambió el condón con habilidad de experto. Me estremecí al pensar que ese nuevo iba a ser para mí.

—¿Qué se te antoja?

—Cogeme como te cogerías a una puta. Quiero ser tu puta.

Aquello pareció encenderlo. Me lanzó a la cama, se puso encima y me besó desesperado. Su boca carnosa, los pelos de la barba de dos días picándome la piel. Me penetró de golpe, tan grande que dolió un poco a pesar de lo lubricada que estaba. Sus embestidas eran feroces. Esa verga me llenaba entera.

Me giró, me puso en cuatro y me penetró desde atrás. Mis pechos se sacudían con cada golpe. Escuché al del sillón rugir al acabar, y vi cómo las dos mujeres se besaban encima de él. La chica tenía los pechos pequeños y paraditos, y mi amante se los devoraba con la misma destreza con que un rato antes se había devorado los míos.

Él sacó la verga de mi sexo y la apuntó a mi culo. Mis alarmas se encendieron: nunca me habían penetrado ahí con algo de ese tamaño. Empezó a rozar mi ano, metía la verga de vuelta y volvía a salir, buscando excitarme. Metió la punta. Sentí un desgarro, pero no me quejé. Lo intentó de nuevo, entró un poco más y grité. Volvió a mi sexo y me embistió más fuerte, como castigándome por no dejarlo entrar. Algo me decía que no iba a desistir, y no lo hizo. La locura de sentirlo abrirme mientras mi sexo estallaba era demasiado placer junto.

No aguanté y me corrí, completamente exhausta. Mi cuerpo temblaba en oleadas de deseo y dolor.

—Querida y hermosa —dijo ella casi con voz maternal—, ese culo tuyo es un diamante en bruto que mi marido pronto va a abrir entero.

Se acomodó a mi lado, en la misma posición.

—No te saques el condón. Quiero que me cojas con los jugos de ella. También son míos, amor.

Buscó mi boca mientras él la penetraba mucho más rápido y fuerte que a mí. Sus movimientos eran tan brutales que tuvimos que cortar el beso para no lastimarnos. Me recosté de espaldas, saciada, mientras los dos gemían.

—Mirá lo que logro con este hombre —me dijo ella entre jadeos—. Casi no acaba si no tiene un culo que le dé este placer. Pronto vas a probarlo. Es otro nivel.

Arqueó las caderas y él la penetró hasta el fondo. No se había sacado los tacones rojos, y la imagen era pura película. De pronto se quitó el condón de un tirón y siguió embistiéndola sin pausa, cada vez más fuerte. Ella se corrió primero; él, unos segundos después, sin salir de ella, y se desplomó sobre su espalda. Las dos respiraciones iban a mil.

Yo no podía dejar de tocarme, y tuve otro orgasmo viendo esa escena mientras, en el jacuzzi, la pareja joven volvía a darse placer entre el agua.

***

Aquella noche conocí una faceta del sexo que ni sabía que existía. No solo tuve una noche increíble con esa pareja: sumé dos amigos a mi vida y dos amantes a mi cama. Después volví varias veces al club, pero más veces todavía a su casa, donde sus fiestas de intercambio y orgías llegaban a un nivel que dejaba a todos satisfechos.

A Damián no le dije nada de lo que lo vi haciendo, aunque tarde o temprano tocaremos el tema. Esa noche, igual que él, yo también tuve mi propio descubrimiento. No me volvió lesbiana: sigo adorando a los hombres, sigo deseando una verga con locura. Pero aquella mujer me amplió el mapa. Hoy participo activa en los tríos y las orgías, y ya no me limito solo a ellos.

El placer no es cuestión de género. Es sentir y hacer sentir. ¿Vos qué pensás? Dejame tu comentario.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

GabiLec

buenisimo!!! me enganche desde el principio

NocturnaLectora

Por favor que haya segunda parte, me quede con tanta intriga de lo que paso despues

MarisolBA

Me encanto como esta escrito, tiene ese tono de confesion real que no abunda por aca. Seguí así!

Marcos_84

Que giro inesperado jaja, no lo vi venir para nada. Muy buen relato, de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

IvanaK

increible!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.