El juego de cartas que nos descontroló a los tres
Bruno y yo llevábamos meses dándole vueltas a la idea, esas conversaciones de madrugada que uno tiene medio en broma y medio en serio, cuando la oscuridad hace que nada parezca tan grave. Siempre acababan igual: una risa, un «algún día» y a dormir. Lo que nunca imaginé fue que ese día llegaría un viernes cualquiera, con una baraja sobre la mesa y Leandro sentado enfrente.
Leandro era amigo de Bruno desde la universidad. Esa noche había venido a cenar y se le hizo tarde. Cuando la primera botella de vino se quedó vacía, mi marido sacó otra y, con ella, las cartas. Las reglas las inventamos sobre la marcha, entre risas. Cada mano tenía un ganador, y el ganador mandaba. El que perdía, obedecía. Un dado decidía cuántos segundos duraba cada castigo.
Empezó como un juego tonto. Dejó de serlo muy pronto.
Las primeras prendas cayeron sin demasiada tensión, con la torpeza alegre de quien todavía finge que aquello no va a ninguna parte. Una camisa por aquí, un cinturón por allá. Pero a la cuarta mano yo ya estaba en ropa interior, y los dos hombres me miraban de una forma que no dejaba lugar a dudas sobre adónde íbamos.
Entonces gané yo. Y por primera vez en la noche, los tuve a los dos a mi merced.
Los miré alternativamente, leyéndoles el nerviosismo en la cara. Después bajé la vista hacia el bulto que ambos marcaban bajo la tela, y tuve que morderme el labio para no perder el hilo de mis propios pensamientos. Nunca me había encontrado en una situación igual, y mi primera reacción fue comparar. Nunca me quejé del cuerpo de Bruno, jamás me pareció que le faltara nada. Pero lo de Leandro, incluso adivinado bajo el pantalón, prometía bastante más.
—Quiero que os la saquéis —dije, sorprendida de mi propia voz—. Y que os masturbéis para mí.
Separaron las sillas de la mesa, quedando frente a mí sin ningún obstáculo, y empezaron un movimiento que conocían de sobra. El dado solo les concedió poco más de un minuto, pero a mí me bastó para quedarme hipnotizada, frotándome los muslos uno contra otro, viendo cómo ambos glandes desaparecían y volvían a aparecer entre sus dedos, hinchados y brillantes bajo la luz de la lámpara.
—Se acabó —anuncié, y los dos se detuvieron a regañadientes.
***
La siguiente la perdí yo. Me quedé únicamente con el tanga, y ellos no apartaban la vista de mis pechos, acariciándose despacio para no perder unas erecciones que dudo que corrieran ningún peligro. El golpe del dado contra la mesa los devolvió al mundo. Esta vez le tocaba mandar a Leandro, y el número fue generoso.
—Bruno —dijo, mirando a mi marido con una media sonrisa—, quiero que la beses entre las piernas. —Hizo una pausa, disfrutándola—. Pero por encima de la tela.
No recuerdo haberme abierto de piernas nunca con tanta rapidez. Antes incluso de que Bruno se levantara de la silla, yo ya me había recostado en el sillón y había apoyado los talones en los reposabrazos. Estaba completamente entregada, deseosa de cualquier caricia sin importar de quién viniera. La humedad había vuelto la tela casi transparente, y se adivinaba con total claridad mi sexo, inflamado, palpitando.
Bruno se hundió entre mis muslos, esforzándose por cumplir la orden al pie de la letra. Suspiré al notar el avance curioso de su lengua a través del algodón y no pude evitar agarrarme los pechos con desesperación. Fue entonces cuando Leandro se acercó por detrás del sillón y me sujetó las muñecas, recordándome sin palabras que las normas estaban para cumplirse.
Gemí. Sentirme prisionera en aquel juego, inmovilizada por uno mientras el otro me devoraba, era demasiado. Desde su posición, Leandro no podía ver cómo mi marido hacía trampas, deslizando un dedo bajo el elástico y posando la boca directamente sobre mi clítoris. O quizá sí lo vio y prefirió callar. El caso es que mi grito habría servido de prueba en cualquier juicio. Lo único que hizo Leandro fue cortar el tiempo justo antes de que llegara al final, dejándome al borde, temblando de rabia y de ganas.
***
La mano siguiente fue extraña. Ganó Bruno, perdió Leandro, y yo me quedé en medio y desnuda del todo, algo que tarde o temprano tenía que pasar. Daba un poco igual quién perdiera ya: a esas alturas todos queríamos lo mismo, y costaba recordar por qué seguíamos fingiendo que las cartas importaban.
Mi marido estuvo cerca de terminar sin que nadie lo tocara. Tenía la mandíbula apretada y los nudillos blancos sobre el borde de la mesa. Repartí yo, porque entre tanto temblor ninguno de los dos era capaz, y volvió a ganar Leandro.
—Quiero que nos la chupes —pidió en cuanto vio su carta—. A los dos.
Los miré con los ojos hambrientos, acercándome de rodillas mientras me mordía el labio. El dado fue corto; no iba a durar, pero pensaba hacerlo intenso. Se sentaron juntos en el sillón y yo me coloqué en el suelo, entre las piernas de mi marido.
—El que pierde, mira —le dije a Leandro, y a Bruno—: tú primero.
Sujeté con firmeza la erección de mi marido y me la metí en la boca, apoyando la palma sobre su abdomen para mantener el glande apuntando al techo. Recorrí todo el largo con la lengua, de la base a la punta y de vuelta, sin apartar los ojos de Leandro mientras lo hacía. Notaba a Bruno estremecerse bajo mis dedos. El tiempo no me dejó ser tan delicada como habría querido, así que empecé a engullirlo casi entero, moviendo la cabeza en un vaivén lento, masturbándolo con los labios. A juzgar por las gotas que le perlaban el glande, estaba al límite, así que tuve que medirme: no quería que la noche terminara antes de empezar de verdad.
Lo dejé desesperado, bañado en mi saliva, y me giré hacia el segundo plato.
La de Leandro era distinta, más gruesa, más larga, y la añoraba desde el primer castigo. Me la metí entera de una sola vez, hasta sentirla en el fondo de la garganta, y él soltó una maldición que me hizo sonreír con la boca llena. Lo chupé con ganas, sin disimular cuánto lo disfrutaba, hasta que el cronómetro del juego me obligó a parar.
***
La penúltima mano la dejé ganar a Bruno casi a propósito. Necesitaba que recuperara el control, que aguantara, porque yo ya sabía hacia dónde quería llevar todo aquello. Eligió tomarse un respiro, sentado, observando, mientras Leandro aprovechaba su turno para tachar fetiches de su lista.
—Súbete a la mesa —me ordenó—. Y masturbarnos solo con los pies.
Me ayudé de la silla para subir, prolongando a conciencia el momento en que apoyé las rodillas sobre el tapete y les ofrecí una vista privilegiada de lo empapada que estaba. Después me senté en el borde, dejando las piernas colgando sobre las suyas. Leandro siempre me había dicho, medio en broma durante las cenas, que tenía unos pies bonitos. Esa noche, con las uñas pintadas de azul cobalto, comprobó que no exageraba.
Apreté ambos miembros entre las plantas y empecé a moverme, despacio, sintiéndolos resbalar contra mi piel. Los dos echaron la cabeza hacia atrás casi a la vez. Era absurdo, era ridículo, y era lo más excitante que había hecho en mi vida.
Y entonces decidí que ya estaba bien de cartas.
Bajé de la mesa, aparté la baraja de un manotazo y empujé a Leandro contra el respaldo del sillón. No hubo orden, ni dado, ni castigo. Me senté a horcajadas sobre él y lo guié dentro de mí de una sola vez, sin tregua, soltando un gemido largo al sentirlo llenarme por completo. Mientras lo cabalgaba, busqué los ojos de mi marido por encima del hombro.
—Ven —le dije, y no hizo falta repetirlo.
Bruno se colocó detrás de mí. Le tendí la mano, lo atraje, y durante un buen rato dejamos de ser tres personas obedeciendo reglas para convertirnos en otra cosa, algo sin nombre y sin turnos. Yo subía y bajaba sobre Leandro mientras mi marido me besaba la nuca, me apretaba los pechos, me mordía el hombro. Cuando cambiamos de postura y los tuve a los dos por turnos, perdí del todo la cuenta de quién era quién.
El orgasmo que llevaba toda la noche aplazándose me alcanzó por fin sin previo aviso, brutal, dejándome sin aire y aferrada a los dos a la vez. Los oí terminar casi seguidos, uno detrás de otro, con mi nombre a medias entre dientes.
Después nos quedamos los tres tirados en el sillón, sudados y sin palabras, riéndonos por lo bajo como críos que han hecho una travesura. Bruno me apartó un mechón de la cara y me miró con una sonrisa que lo decía todo. Leandro buscó la botella de vino en el suelo y comprobó, decepcionado, que estaba vacía.
—¿La revancha —preguntó, agitando la baraja— es la semana que viene?
Bruno y yo nos miramos. Y los dos asentimos a la vez.