La orgía que mis amigas me ocultaron por años
Ocho años hacía que se había divorciado. Ocho años desde la última vez que un hombre la había tocado. Ocho años apartada de cualquier cosa que tuviera que ver con el deseo, y todo, pensaba ahora Inés, por pura estupidez.
Por seguir los convencionalismos. Por hacer caso a sus amigas. Por escuchar a un montón de mujeres que por detrás hacían exactamente lo contrario de lo que predicaban. Por no hacer caso a la única persona que de verdad la había querido: Daniel, su ex.
Era media tarde, finales de primavera, y estaba sola en su casa. Cuarenta y cinco años, una edad que ella vivía como una condena. Se sentía fea, poco atractiva, engañada por todos. Llevaba semanas sin poder quitarse de la cabeza las sorpresas que la vida le había escupido de golpe, y por más que pasaban los días, no lograba superarlo.
Lo curioso era que Daniel, el hombre del que se había separado, seguía siendo su confidente más fiel. Fue clarísimo cuando llegó el momento de poner fin al matrimonio, y aun así jamás le había cerrado la puerta. Él había rehecho su vida, tenía una pareja preciosa y un hijo recién nacido, y a pesar de todo continuaba siendo su refugio cada vez que ella no paraba de llorar.
Cuarenta y cinco años que daban para mucho. Sobre todo para describir a una mujer que se había pasado las últimas tres décadas estudiando y trabajando como si el mundo fuera a acabarse mañana. Conoció a Daniel en la Facultad de Matemáticas de Sevilla, su ciudad natal, y se casaron al poco de terminar la carrera. Pero para ella lo primero siempre fue ser la mejor en todo lo que tocara, y cuando quiso darse cuenta, había perdido lo único que de verdad le importaba.
No tuvieron hijos. Inés lo iba retrasando todo: cuando no estaba formándose, estaba enterrada en el trabajo. Así fueron pasando los años hasta que un día Daniel tocó fondo, harto de estar casado con una mujer que solo lo estaba con su agenda.
***
El final llegó durante unas vacaciones en las Maldivas. Habían pasado unos días buceando, y tras una jornada espectacular entre arrecifes, Daniel regresó al hotel encendido de haberla visto sumergirse. Inés era la única mujer del grupo, ocho hombres contando al instructor, y a todos los puso de los nervios cuando salieron del agua con el traje de neopreno pegado al cuerpo. Sus pechos pequeños pero firmes, su trasero, esa manera de moverse sin enterarse de nada.
Llegaron agotados a la habitación. Se ducharon, pidieron algo de cenar y Daniel no perdió el tiempo: quería ser él quien recogiera el premio que todos habían deseado durante el día. La tomó en brazos, la llevó a la cama y la besó y la acarició largo rato. A Inés siempre le habían gustado las caricias; más de una vez se había corrido solo con sus manos recorriéndola despacio.
Pero el móvil sonó. Una vez. Y otra. Y ella se levantó las dos veces a contestar, dejándolo plantado en la cama con cara de incredulidad.
—Cariño, el que paga todos estos placeres nunca duerme —le soltó, en pleno jadeo, disculpándose con quien fuera que la llamaba.
Daniel lo intentó hasta el final. Quiso terminar al menos en su boca. Y cuando por fin acabó, Inés se incorporó de un empujón, todavía con su semen resbalándole por el pecho, para encender el portátil porque iban a abrir los mercados asiáticos.
—Joder, ahora no era el momento —le recriminó—. ¿Sabes el dinero que puedo perder si me piden una videollamada y no aparezco?
Daniel se vistió en silencio, negando con la cabeza, y se fue a caminar por la playa. Al volver, le pidió el divorcio.
***
Con el tiempo, Daniel se calmó y acabaron siendo grandes amigos. De hecho, se cansó de decirle que se alejara de sus amigas, que no le daban buena espina, que no eran trigo limpio. Pero ella estaba cegada con ellas, encerrada en la amistad que le ofrecían como si fuera una tabla de salvación.
Inés trabajaba en una gestora de fondos. Era la gallina de los huevos de oro de su jefe, Ricardo, un sesentón con más pinta de tiburón de las finanzas que de empresario paternal. La respetaba al máximo; ni siquiera cuando se divorció se acercó a consolarla, como hacía con tantas otras que pasaban por su despacho hambrientas de ascender y dispuestas a tragarse lo que hiciera falta.
A sus cuarenta y cinco seguía teniendo un cuerpo de envidia. Pelirroja de nacimiento, teñida de rubio durante años, con esas pecas que le salpicaban hasta el escote. En el colmo de su desprecio personal se había quitado el tinte y se había dejado el color natural. Metro setenta, cincuenta y cinco kilos, una silueta que el no haber tenido hijos conservaba intacta. Si repitiera un viaje como el de las Maldivas, volvería a dejar mudos a todos los que se sumergieran con ella, aunque hubieran pasado casi nueve años.
Ricardo estaba pensando en jubilarse, pero no las tenía todas consigo con Inés. Demasiado puritana, le había dicho a su mujer, Helena, que siempre la había visto como una monjita. Lo que Inés no sabía era que Helena había sido una de las mejores acompañantes de Londres antes de conocer a Ricardo, y que ahora, retirada, organizaba en la sombra los encuentros más exclusivos para los clientes de la City. La gestora era mucho más de lo que aparentaba, y Helena lo sabía mejor que nadie.
***
Todo dio un vuelco hacía unas semanas. Fue como una bofetada a mano abierta, sin verla venir, cuando sus amigas Carla y Patricia se presentaron en su casa de improviso.
Las dos llegaron hechas un desastre, con los ojos rojos y el maquillaje corrido. Para Inés, esas mujeres lo eran todo: su apoyo, las que la habían guiado por el camino recto durante ocho años para que no se desviara hacia ninguna perdición. Las únicas por las que gastaba su escaso tiempo libre.
Carla lloraba sin consuelo mientras Patricia la sostenía por los hombros. Acababa de romper con un hombre con el que llevaba unas semanas, un tal Hugo, subdirector de un banco de la ciudad al que Inés conocía de la universidad. Culto, educado, justo lo que ella creía que su amiga necesitaba.
—Qué hijo de puta —escupió Patricia, y a Inés se le heló la sangre, porque jamás la había oído insultar a nadie—. Con todo lo que has hecho por él y por sus amigos. Ya quisieran esos mojigatos otra noche como la que les dimos.
Inés se quedó congelada. «¿Noche? ¿Mojigatos? ¿Les dimos?» Nada le encajaba.
—Pero… ¿os han hecho algo? ¿Llamamos a la policía? —balbuceó.
—Joder, Inés, espabila —le gritó Patricia, fuera de sí—. ¿Qué policía ni qué historias? Nos invitaron a casa de uno de ellos a cenar antes de la despedida de soltero. Las chicas que habían contratado para el espectáculo se hartaron de tanto regateo y no aparecieron. Nos pidieron que nos quedáramos, y una cosa llevó a la otra. Lo peor es que ese imbécil que le presentaste pasó de Carla después de toda la fiesta que montamos en su piso, y ella estaba colada por él.
—Pero entonces… todo lo de no salir de fiesta, lo de no hacer top-less en la playa, todo lo que me habéis predicado durante ocho años…
—Tienes a tu amiga destrozada y tú con tus cuentos. Eres increíble.
Se levantaron y dieron un portazo que retumbó en toda la urbanización, esa de chalés junto al campo de golf en la que Inés vivía a las afueras de la ciudad que tanto adoraba.
***
Se quedó largo rato sin saber qué hacer. Quiso darles el beneficio de la duda; quizá el disgusto las había hecho hablar así. Lo primero que hizo fue llamar a Hugo para reprocharle lo que habían hecho con sus amigas.
—¿Abuso? ¿Pero qué te han contado? —gritó él al otro lado.
—No exactamente eso, pero dejar a mi amiga tirada después de aprovecharte de ella no está bien, Hugo.
—¿Aprovecharme? Inés, por favor. Fueron ellas las que se plantaron en mi casa. Estábamos siete, una cena tranquila y luego unas copas, nada más. Pero ellas tenían otro plan. No sé cómo lo hicieron, pero se las arreglaron para encargarse del catering y, cuando terminamos de cenar, fueron a saco. Unas risas, unas caricias, y al final los siete estábamos más calientes que la sopa. Carla apenas tardó en quitarse la ropa. Se nos repasó a todos, se tumbó en la mesa y ahí la disfrutamos por turnos. Todo entre adultos, todo consentido. De hecho, mi amigo, el que se casaba, no se fiaba de ellas y dejó grabando las cámaras de seguridad de la casa.
—¿Y Patricia no dijo nada?
—¿Patricia? Esa es peor. No le importó que se follaran a Carla por todos lados, pero que le cayera una gota encima a ella, ni hablar. Para eso estaba la de misa diaria. No te imaginas cómo lo controlaba todo, cómo se ocupaba de que nada se desperdiciara. Una auténtica profesional.
—¿Y por qué pasaste de Carla, si tan bien lo pasasteis?
—Yo no he pasado de nadie. Fue Marcos, el único casado del grupo, el que no quiso saber nada después. Ellas solo querían una noche de diversión y sabían que teníamos la despedida organizada. No es la primera vez que lo hacen, Inés. Tienen fama. ¿De verdad no lo sabías? Te lo digo en serio: aléjate de ellas. Tengo que dejarte, estoy en una reunión.
Inés colgó y se quedó mirándose al espejo del dormitorio mientras las lágrimas empezaban a brotar, primero despacio, luego sin freno, como una tormenta de verano. Terminó corriendo al baño a vomitar, no sabe cuántas veces, y se pasó dos días llorando en la cama.
Su cabeza no procesaba todo lo que se había perdido por culpa de ellas. El resultado fue devastador.
***
Durante semanas deambuló como un fantasma. Llegó a plantearse pedir una excedencia, pero tanto Daniel como Helena le dijeron que ni de broma, que lo que tenía que hacer era empezar a vivir de una vez.
Una tarde, paseando por el centro, entró en una sala de versión original donde proyectaban una película de autor. No le importaba el qué; solo quería olvidarse del mundo. Eran tres personas en el cine: un hombre, otra mujer y ella, los tres en la última fila, con distancia de sobra entre cada uno.
No era una película erótica, pero bien podría haberlo parecido. De repente, el hombre se abrió la bragueta y empezó a masturbarse. Cuando Inés se dio cuenta, se quedó petrificada. Sintió que se le subían los colores y miró hacia todos lados, muerta de vergüenza. El tipo tendría unos treinta años, nada mal de cuerpo ni de lo demás, pero claro, hacía más de ocho años que no tenía un hombre así de cerca.
Al ver que Inés no se movía, la otra mujer se levantó y se acercó a él. Le tomó el miembro con suavidad y empezó a moverlo despacio, marcando un ritmo que iba en aumento. Tras torturarlo unos minutos, se inclinó y lo recorrió con la boca, del glande hasta abajo, haciéndolo retorcerse en la butaca. Inés no sabía cómo reaccionar; tenía demasiado reciente todo aquel encierro que ella misma se había impuesto.
La mujer rondaría los sesenta, pero con unos vaqueros ceñidos aparentaba muchos menos. El joven la sujetó del pelo, le susurró algo y ella se incorporó, apoyándose en los asientos de delante. Él le bajó los pantalones hasta las rodillas, se humedeció los dedos y la penetró con un ritmo mucho más duro del que había recibido. Al cabo de unos instantes la giró para terminar sobre su rostro, y ella no dejó escapar ni una gota. Después ambos se vistieron y salieron del cine pasando justo por delante de Inés, mientras la mujer la miraba a los ojos y se relamía.
Inés volvió a casa hecha pedazos.
***
Ahora no sabía cómo salir del pozo. La negativa al sexo la tenía tan incrustada por dentro que costaría arrancarla. El psicólogo que le había recomendado Daniel le habló de un cambio drástico, empezando por lo físico. Por algún sitio había que empezar.
Daniel le sugirió aplicaciones de citas, incluso una donde organizaban cenas, pero todo terminaba en fracaso: para ella el sexo seguía siendo sinónimo de degradación. Llegó a pensar en pagar por compañía masculina —su nivel adquisitivo se lo permitía de sobra—, pero a la hora de la verdad su cabeza se lo impedía.
Lo último que Daniel le comentó fue una empresa de entretenimiento londinense. Su pareja le había regalado unos días con ellos y, según él, le habían cambiado la vida en una época en la que también lo pasó muy mal, algo que nunca le había contado a Inés.
Por su cumpleaños, Daniel le entregó una tarjeta de aquella empresa inglesa. No tenía nada más que un logo. Ni dirección, ni teléfono, ni nombre. Todo rodeado de un misterio que la inquietó.
—No te preocupes —le dijo, mirándola fijamente a los ojos mientras cenaban en uno de esos restaurantes exclusivos del centro—. Ellos llegarán a ti. Y te aseguro que, cuando termine el juego, serás otra. Por favor, no quiero perderte.
Cuando termine el juego. Inés guardó la tarjeta en el bolso sin saber que aquellas palabras eran apenas el principio.